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domingo, 7 de diciembre de 2008

17 años en prisión en las cárceles comunistas de Rumania.


Mons. Tertulian Lnga: ¡Contigo, Cristo!
En 1948, el régimen comunista de Rumanía liquidó la Iglesia greco-católica –uno de los ritos orientales de la Iglesia católica– forzándola a unirse con la Iglesia ortodoxa. Los siete obispos y muchos sacerdotes y laicos que no quisieron renunciar a la unidad con Roma fueron arrestados. Tertulian Langa, de 26 años, abogado y teólogo, fue arrestado entonces y pasó 17 años en prisión. Éste es el relato de su sufrimiento en prisión y de su unión a Cristo, extraído del documental Hacia el sol, de Ayuda a la Iglesia Necesitada.

La tortura sin más explicaciones

Tenía estrechas relaciones con el Episcopado y tenía contactos regulares con los obispos. Fui requerido por la Securitate para obtener información sobre la Iglesia y su actitud hacia el régimen comunista. Me golpearon sin que me hicieran una sola pregunta. Como no conseguían nada, cogieron un saco de arena del tamaño de una botella de un litro y comenzaron a golpearme en la cabeza: "¡Habla!" 50, 80, 1.000 veces, sin que me hicieran ni una sola pregunta. Sólo ¡Habla! ¡Habla! Era la noche de Juevedes Santo. Oí sonar las campanas en una iglesia cercana, y de repente recordé que Jesús también había sido golpeado, y empecé a repetir: ¡Jesús, Jesús! Gritaba a Jesús para sufrir juntos. Me miré las heridas e, inconsciente por los golpes, seguía diciéndome: Jesús está conmigo.

Empezaron a amenazarme con hacer daño a mi esposa. Sabían que sólo habíamos estado juntos durante tres meses después de nuestra boda, y que ella estaba embarazada. Decían: "La traeremos aquí y la golpearemos hasta que dé a luz ante tus ojos". No me rendí a sus amenazas, pero fue lo más difícil que he tenido que soportar en la vida.

Tras dos años de interrogatorios, me condenaron a 20 años de trabajos forzados. Me llevaron a una prisión, con celdas individuales, en completo aislamiento. Era una celda sin nada, sin cama, silla o mesa alguna, sólo barrotes y una ventana con rejas. Estábamos desnudos, el tiempo empeoraba, hacía viento y nevaba. De repente oí que alguien tocaba en la pared: "Nos han traído aquí para morir de frío. Recuerde esto: el que no camina, muere". Seguí su consejo y caminaba durante 23 horas al día. A las doce en punto, cuando el sol entraba en las celdas, nos parábamos y nos arrodillábamos, luego el sol se iba y nos helábamos de frío, y volvíamos a caminar. Así, durante cuatro meses. Quien se paraba, moría.

Yo no era sacerdote cuando me enviaron a prisión. Fue allí cuando fui consciente de mi vocación. Todos los días rezaba el Rosario con un grupo de compañeros. Durante todo ese tiempo en prisión, en que viví sin la Eucaristía, la oración fue mi único medio de comunión espiritual.

Me llevaron a otro sitio. Mi esposa y mi hija, que tenía seis años, vinieron a visitarme. Yo no la conocía porque había nacido estando yo en prisión. Ella me reconoció, aunque nunca me había visto, y exclamó: "¡Papá!" El oficial se conmovió y la levantó sobre la reja para que pudiera tocarla. La besé, y nunca olvidaré aquel sentimiento, un beso cortado por los alambres comunistas.

Catolicismo clandestino en la cárcel

Se me concedió el derecho a recibir correo. Entre las medicinas que recibí había una botella. Un oficial la probó y después escupió lo que había bebido a tierra. Era vino, dulce y nada amargo, pero Dios hizo el milagro de hacerle parecer a ese oficial que era un líquido amargo para escupirlo. Pudimos celebrar la Eucaristía con este vino, a escondidas, gracias a uno de los sacerdotes presos. Vertíamos ocho gotas de este vino con una gota de agua en una botella de penicilina. Guardábamos el Pan sagrado, sin saber quién podía necesitarlo en los días siguientes, y lo escondíamos en nuestra celda. Un día, tras volver del trabajo, uno de los oficiales más crueles de la prisión me estaba esperando: "¿Qué es esto? ¿Pan consagrado?" Contesté que sí, y entonces lo tiró todo al suelo. Me arrodillé y comencé a chupar todos los lugares donde yacía la Santa Eucaristía. Recogí todo lo que se podía recoger y me levanté. Entonces aquella bestia me preguntó: "¿Crees realmente? " Me eché a llorar y dije: "Sí, señor comandante, creo". Él se conmovió y, saliendo de la celda, me dijo: "Reza entonces por mi mujer, porque está enferma, tiene cáncer".

Cuando estaba al borde de mi resistencia, a fin de tomar fuerzas, me decía: Contigo, Cristo. No fue un lugar infernal, fue el lugar de mi consagración, fue el lugar donde muchas personas encontraron la fe, donde expiaron sus pecados. Por tanto, el diablo, si había querido hacernos sufrir, en realidad sirvió al designio santificante de Dios. El diablo estaba allí, pero estaba sentado a un lado, mordiéndose las uñas, viendo cómo había servido para aumentar nuestro amor a Jesús.

miércoles, 16 de julio de 2008

Benedicto XVI a los jóvenes


Fragmento del Mensaje del Papa para la XXIII Jornada Mundial de la Juventud en Sydney

Quisiera añadir aquí una palabra sobre la Eucaristía. Para crecer en la vida cristiana es necesario alimentarse del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. En efecto, hemos sido bautizados y confirmados con vistas a la Eucaristía (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1322; Exhort. apost. Sacramentum caritatis, 17). Como «fuente y culmen» de la vida eclesial, la Eucaristía es un «Pentecostés perpetuo», porque cada vez que celebramos la Santa Misa recibimos el Espíritu Santo que nos une más profundamente a Cristo y nos transforma en Él. Queridos jóvenes, si participáis frecuentemente en la Celebración eucarística, si consagráis un poco de vuestro tiempo a la adoración del Santísimo Sacramento, a la Fuente del amor, que es la Eucaristía, os llegará esa gozosa determinación de dedicar la vida a seguir las pautas del Evangelio. Al mismo tiempo, experimentaréis que donde no llegan nuestras fuerzas, el Espíritu Santo nos transforma, nos colma de su fuerza y nos hace testigos plenos del ardor misionero de Cristo resucitado.

viernes, 27 de junio de 2008

El secretario de Juan Pablo II muestra el misterio de la Eucaristía


(ZENIT.org).- No permanezcáis al borde del misterio de la Eucaristía sino zambullíos profundamente en él para aprender lo que queda por conocer, urgió el secretario de Juan Pablo II, actual arzobispo de Cracovia, a los participantes en el Congreso Eucarístico Internacional.
El cardenal Stanislaw Dziwisz expuso su invitación en una homilía pronunciada en el segundo día del acontecimiento, que se celebra en Quebec, Canadá, hasta el domingo próximo.
Unos 11.000 peregrinos, 50 cardenales y más de 100 obispos se han reunido para reflexionar sobre el tema "La Eucaristía Don de Dios para la Vida del Mundo".
"La Eucaristía no es sólo un memorial del misterio pascual en el sentido de una conmemoración y de hacer presente el tránsito pascual del Señor -dijo el cardenal Dziwisz-. La Eucaristía es también un memorial que sitúa al creyente ante la cuestión de su propio ‘Yo rememoro, yo recuerdo', un memorial que sitúa a la entera comunidad de la Iglesia ante la cuestión: ¿Qué significa lo que ‘yo rememoro, yo recuerdo'?".
"‘Yo rememoro' significa ‘yo estoy presente' en el misterio pascual, ‘me dejo introducir en una dimensión del mundo en la que Dios salva a cada hombre y a toda la humanidad", explicó el cardenal.

Y añadió: "Con la gracia de la fe [...] subo al Calvario para ver, para contemplar al único Cordero Pascual. Dejo la Galilea de los milagros, la Samaría de las preguntas sobre el agua de la vida y la Jerusalén de los debates con los fariseos, dejo el Mar de Galilea -el lago de pesca abundante y escasa, el lago de la tempestad y la calma- y llego al Gólgota, y estoy allí, en el centro del misterio de la salvación.
"‘Yo rememoro, yo recuerdo, de un modo Eucarístico' significa que no estoy en cualquier lugar sino en el centro de la Iglesia, en el corazón del hombre y en corazón de Dios mismo".
"‘Yo recuerdo' significa que yo también hago presente este misterio aquí, donde estoy", añadió.
"El hombre que ha pisado una vez el Gólgota -dijo el cardenal Dziwisz- con el don de la gracia de la fe, siempre lleva en su corazón la marca del sacrificio pascual. ‘Yo recuerdo de un modo Eucarístico' significa que tengo una imagen y un testimonio vivos de la muerte y resurrección de nuestro Señor".

"Seríamos desagradecidos con la Eucaristía -añadió- si la encerramos en los altares de todo el mundo. Seríamos meros espectadores del sacrificio de salvación de Cristo en el Calvario, si nosotros mismos no nos hacemos Calvario".

El cardenal de 69 años abordó luego el misterio pascual: "Sobre todo, se debe ser humilde ante el misterio".
"Humildad ante el misterio significa un fe profunda y sencilla, que sabe que para Dios el pan y el vino, el Cuerpo y la Sangre son suficientes para rescatar al mundo entero".
"El misterio no invita sólo a la humildad -añadió el cardenal Dziwisz-. El misterio también llama al conocimiento".
"Si yo se que estoy al borde de un océano, me pregunto que hay más allá del horizonte. Al mismo tiempo, con este interrogante viene un puro deseo de partir, descubrir y conocer algo que es todavía inimaginable, inconcebible hoy [...]".
"Si por tanto la Eucaristía es un misterio pascual, y nosotros somos conscientes de estar todavía al borde de este gran misterio, no temamos ni nos quedemos fuera de él. Consintamos en dejarnos llevar por este deseo natural de conocer lo que es todavía impenetrable. No pensemos que sabemos algo y que ya lo hemos aprendido todo".

El cardenal añadió: "Quedarse al borde del océano significa decir de hecho que no hay nada nuevo tras el horizonte. Creer que la Eucaristía es un misterio es, de hecho, no cansarse nunca de conocer el tránsito pascual de nuestro Señor más profundamente".
"La Pascua es sobre todo el paso a la libertad -añadió el cardenal Dziwisz-. Cuando el pueblo elegido se sentó a la mesa en Egipto aquella noche inolvidable, la décima del mes primero, para comer el cordero pascual, todo el pueblo pensaba que era la última noche de cautividad".
"Cuando Jesús, el Cordero Pascual, fue inmolado en la cruz, Dios, con la muerte de su Hijo, puso a la humanidad liberada en el camino de la libertad".

Y añadió: "Cada día en la Eucaristía, en los altares de todo el mundo, Dios dice [...] ‘Vosotros ya no sois esclavos, sino hijos'".
"Es el don de la Eucaristía para el mundo -afirmó el arzobispo de Cracovia-. El don asegura el final de la cautividad, la Pascua libera a cada uno".
"Celebrar la Pascua significa también comer. Se puede decir también que no hay pasaje, camino a la libertad sin comer la Pascua".
"Si para nosotros la muerte y resurrección de Jesucristo es la Pascua de la Nueva Alianza, y la Eucaristía es el memorial y la presencia, es difícil hablar del don liberador de la Eucaristía si esta no es comida -dijo el cardenal Dziwisz. Ni el Cuerpo ni la Sangre del señor serán nunca un don para nosotros o para el mundo si no son comidos con dignidad".

miércoles, 25 de junio de 2008

Cartas de un ex prisionero en Vietnam revelan la fuerza de la Eucaristía



(ZENIT.org).- Muchos conocen los escritos sobre la Eucaristía del cardenal Francis Xavier Nguyen Van Thuân (1928-2002), quien pasó largos años en las cárceles vietnamitas; pero los participantes en el Congreso Eucarístico Internacional de Quebec contaron con otra perspectiva.
Elizabeth Nguyen Thi Thu Hong, la hermana más joven del fallecido cardenal, intervino en el evento, que se clausura el domingo, para presentar textos desconocidos escritos en la prisión.
Se ha dedicado a traducir al inglés y francés los escritos de su hermano, en causa de beatificación, y las cartas que escribió a su familia durante 13 años en las mazmorras de Vietnam. Fue arrestado el 15 de agosto de 1975; nueve de sus años en la cárcel fueron en régimen de aislamiento.
Juan Pablo II le nombraría después presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz.
"A través de sus escritos, y especialmente a través de su correspondencia desde la cárcel, emerge un hecho claro: la vida de Francis Xavier estaba firmemente arraigada en una extraordinaria unión con el Dios vivo a través de la Eucaristía, su única fuerza -dijo Elizabeth-. También fue para el la más bella plegaria, y el mejor modo de dar gracias y cantar la gloria de Dios".
La hermana del cardenal afirmó que "la inquebrantable fe en la eucaristía fue siempre la fuerza guía de su vida, la fortaleza y el alimento para su largo trayecto en cautividad".
"Siempre acababa sus cartas clandestinas a nuestro padres con estas palabras: 'Queridos papá y mamá, no apesadumbréis vuestro corazón con la tristeza. Vivo cada día unido a la Iglesia universal y al sacrificio de Jesús. Rezad para que tenga el valor y la fortaleza de mantener siempre mi fe en la Iglesia y el Evangelio, y de hacer la voluntad de Dios'".
Elizabeth dijo que el testimonio de su hermano "nos mostró a todos nosotros que Cristo ofreció su sacrificio con inmenso fervor, en la hora de su pasión y crucifixión, cuando obedeció al Padre; y esto, incluso hasta el punto de su muerte humillante en la cruz para devolver al Padre una humanidad redimida y una creación purificada".
"En la prisión, con el Jesús Eucarístico en medio de ellos -añadió-, prisioneros cristianos y no cristianos lentamente recibieron la gracia de comprender que cada momento presente de sus vidas, en las más inhumanas condiciones, podía unirse al supremo sacrificio de Jesús y elevarse como acto de solemne adoración a Dios Padre".
"Francis Xavier debía recordarse a sí mismo y animar a cada uno a rezar: 'Señor, concédenos que podamos ofrecer el sacrificio Eucarístico con amor, que aceptemos llevar la cruz, y clavados en ella proclamemos tu gloria, para servir a nuestros hermanos y hermanas'".
Elizabeth concluyó sus reflexiones con pensamientos escritos por su hermano en la fiesta del Santo Rosario, el 7 de octubre de 1976, en la prisión de Phu-Khanh, durante su confinamiento solitario.
"Estoy feliz aquí, en esta celda, donde los hongos crecen en mi esterilla de dormir, porque tú estás conmigo, porque tu deseas que yo viva aquí contigo. He hablado mucho en mi vida: Ahora no hablaré más. Es tu turno de hablarme, Jesús; te escucho", escribía el futuro cardenal.
"Cada vez que leo esto, puedo imaginar a mi hermano, sentado en su celda oscura, frente al vacío completo, pero sonriendo amablemente como siempre hacía, incluso durante sus últimos días, y estrechando amorosamente el bolsillo de su chaqueta donde el Señor del cielo habitaba".
"Que este antiguo prisionero que experimentó la armonía del cielo, el amor y la vida en plenitud en la desolación de su celda, siga guiándonos para que podamos ser como los discípulos de Emaús que rogaron ‘Señor, quédate con nosotros y aliméntanos con tu cuerpo'".

martes, 24 de junio de 2008

Prepararse para lo más grande


QUEBEC, domingo, 22 junio 2008 (ZENIT.org).- Al participar por satélite en la clausura del Congreso Eucarístico Internacional de Quebec, Benedicto XVI pidió a toda la Iglesia "una atención renovada a la preparación y recepción de la Eucaristía".

Los miles de fieles reunidos en la mañana del domingo (hora de Canadá) en la explanada de Abraham, en la ciudad canadiense, pudieron ver y escuchar al Papa a través de grandes pantallas, quien pronunció la homilía en la misa conclusiva.
Comentando el tema del congreso, «La Eucaristía, don de Dios para la vida del mundo", el Santo Padre reconoció: "La Eucaristía es nuestro tesoro más bello".
"Es el sacramento por excelencia; nos introduce por adelantado en la vida eterna; contiene todo el misterio de nuestra salvación; es la fuente y la cumbre de la acción y de la vida de la Iglesia"
, aclaró.
"Por tanto, es particularmente importante el que los pastores y los fieles profundicen permanentemente en este gran sacramento", añadió.
De este modo, señaló, "cada quien podrá fortalecer su fe y cumplir cada vez mejor su misión en la Iglesia y en el mundo, recordando la fecundidad de la Eucaristía para la vida persona, para la vida de la Iglesia y del mundo".
Por este motivo el Papa quiso "invitar a los pastores y a los fieles a una atención renovada a la preparación y recepción de la Eucaristía".
"A pesar de nuestra debilidad y de nuestro pecado, Cristo quiere poner en nosotros su morada". Por tanto, dijo, "tenemos que hacer todo lo posible para recibirle con un corazón puro, volviendo a encontrar sin cesar, a través del sacramento del perdón, la pureza que el pecado ha ensuciado".
En efecto, aclaró, "el pecado, sobre todo el pecado grave, se opone a la acción de la gracia eucarística en nosotros. Por otra parte, quienes no pueden comulgar a causa de su situación, encontrarán en la comunión de deseo y en la participación en la Eucaristía una fuerza y una eficacia salvadora".
"La Eucaristía no es una comida entre amigos", advirtió. "Estamos llamados a entrar en este misterio de alianza, conformando cada día cada vez más nuestra vida con el don recibido en la Eucaristía".
El obispo de Roma invitó a rezar para que Dios envíe sacerdotes a la Iglesia y a transmitir esta invitación a muchachos jóvenes, "para que acepten con alegría y sin miedo responder a Cristo. No quedarán decepcionados. Que las familias sean el lugar primordial de esta cuna de vocaciones".
Aclaró que "la participación de la Eucaristía no aleja de nuestros contemporáneos, al contrario, dado que es la expresión por excelencia del amor de Dios, nos llama a comprometernos con todos nuestros hermanos para afrontar los desafíos presentes y para hacer que el planeta sea un lugar agradable".
"Para esto -dijo-, tenemos que luchar sin cesar para que toda persona sea respetada desde su concepción hasta su muerte natural, que nuestras sociedades ricas acojan a los más pobres y les vuelvan a dar toda su dignidad, que toda persona pueda alimentarse y hacer vivir a su familia, que la paz y la justicia brillen en todos los continentes".
La celebración eucarística fue presidida por el legado papal, el cardenal Jozef Tomko, en medio de una constante lluvia que no desalentó a los peregrinos. El próximo Congreso Eucarístico Internacional, según anunció el Papa, se celebrará en Dublín (Irlanda) en el año 2012.

viernes, 30 de mayo de 2008

Adorar a Dios y la Santa Misa



Se llama Rosa Porta. Ha trabajado como médico-lepróloga en el Hospital Leprosería de Surat de la India. Es religiosa. Ella me explicó que fueron al hospital, para hacer prácticas, unos estudiantes de medicina. Visitaron a una mujer que llevaba allí treinta años.

Los estudiantes de medicina le hacían preguntas y ella se reía. Uno de ellos me dijo: Pero no entiendo. ¿Cómo se puede reír en medio de la tragedia que vive? No se puede mover, no ve nada, está metida aquí tantos años, sentada en la cama y aún tiene humor para reírse.

Ella se echó a reír aún más, y dijo: Bueno, tú le llamas tragedia. Tú crees que sufro tanto porque tú tienes piernas, brazos, ojos... Y ¿qué? ¿Vosotros qué creéis que tenéis? ¿Os parece que es todo lo que tenéis? Pues yo tengo mis ojos interiores. He descubierto en estos años una luz interior. He conocido a Jesús. Y El es para mí la fuente de mi vida y felicidad. Por eso no me importa no tener pies, no tener manos...

La hermana médica acabó diciéndome. De esa mujer aprendí una gran lección. Esta enferma de lepra, que ha perdido las manos, los pies y los ojos, al decir: Dios es mi felicidad, Dios es la fuente de mi vida, valora a Dios muchísimo más que sus pies y sus manos y sus ojos.

Dios, al haber perdido esta enferma estos miembros por su enfermedad de lepra, le proporciona muchísima más felicidad que la que le podrían dar sus ojos, etc.

Valorar a Dios viene a ser algo así como adorarle. Adorar es reconocer con el pensamiento y la voluntad -con obras- que Dios está por encima de todo.

Leemos en el Evangelio: «El que me sigue no anda en tinieblas, sino que tiene la luz de la vida». Esta enferma de lepra, porque sigue a Jesús con la cruz, puede decir: «He descubierto, estos años, una luz interior - «que es la luz de la vida» - a pesar de no tener ojos».

Afirma también, después de reírse aún más al oír hablar de tragedia: «Vosotros creéis que porque tenéis ojos, manos y pies, lo tenéis todo»; «pues yo tengo unos ojos interiores con los que he conocido a Jesús, que es para mí la fuente de mi vida y felicidad».

La adoración es el primer fin de la Sta. Misa.

San Juan Mª Vianney dijo: «una sola Misa, glorifica más a Dios, que lo que le glorifican en el cielo, todos los ángeles, los santos y la Virgen santísima, por toda la eternidad».

Es que el valor de la Sta. Misa es infinito; aunque sus efectos se nos aplican en la medida de nuestras disposiciones.

«La Sta. Misa no es sólo un acto de culto al que los fieles asisten para estar» E. Saura.

Se lee en el Vaticano II -en relación con los fieles que participan en la Sta. Misa- que «el altar debe ser el punto de convergencia de toda nuestra vida».

«Si los que la oyen se limitaran a estar presentes, no sería su Misa aunque sería válido el sacrificio» E. Saura.

Sacrificar tiene dos significados. Uno es matar o hacer desaparecer (...) Jesucristo muere en el cuerpo. Con Jesucristo hemos de morir y matar nuestros defectos personales, nuestra sobrestimación, soberbia, egoísmo, pereza, intenciones
torcidas, haciéndolas desaparecer (...).

Según san Pablo: «si morimos con Cristo, viviremos con El». «Si sufrimos con Cristo -si compatimur- seremos glorificados -et conglorificemur-» (...). En la medida que morimos, en la medida que sacrificamos lo defectuoso de nuestros actos, seremos glorificados. Continúa diciendo san Pablo: «Yo completo en mi carne, lo que falta a la pasión de Jesucristo, en bien de la Iglesia». «El sacrificio de Jesucristo como cabeza está completo» E. Saura.

No obstante, san Pablo quiere indicar que al sacrificio de la cruz le faltan los sufrimientos de cada uno de nosotros para que seamos redimidos, para que se nos apliquen sus méritos infinitos.

Por esto, durante el día hemos de procurar unir con amor a la pasión del Señor nuestros actos bien hechos y sufrimientos, sacrificando lo malo, los defectos y los pecados.

Esto está simbolizado en la Sta. Misa, en el momento que el sacerdote une unas gotas de agua con el vino dentro del cáliz. Las gotas de agua representan nuestros actos y sufrimientos que padecemos durante el día.

Como las gotas de agua forman parte después de la consagración de la sangre de Jesucristo, así nuestros actos y sufrimientos de cada día unidos con amor a la pasión de Jesucristo adquieren el valor de redimirnos.

«Este es el segundo significado de sacrificar: Sacralizar: nuestros actos se vuelven sagrados y nos redimen, al unirlos a la pasión de Jesucristo» E. Saura. Completamos así lo que falta a la pasión de Jesucristo para cada uno y para otras personas, como dice san Pablo, para poder entrar en el cielo.

«Sería una pena que, pudiendo tener nuestros actos y sufrimientos un valor redentor para cada uno y para otras personas, quedasen relegados a una bondad natural, a ras de tierra». E. Saura.

La teología dice: «la intención -al hacer un acto- es lo que le da más valor, incluso por encima da la bondad del mismo acto». El unir con amor a la pasión de Jesucristo los actos y sufrimientos, completa lo que falta a la pasión de Jesucristo, para uno mismo y para otras almas. Nuestros actos y sufrimientos, ofrecidos, son pues, una manera de adorar a Dios, porque sometemos nuestra voluntad
a El, aunque nos cueste.

Esto es vivir con obras el primer fin de la Sta. Misa, que es adorar. A esto precisamente se refieren las palabras del Concilio Vaticano II: «El altar debe ser el punto de convergencia de toda nuestra vida». Es así como nuestros actos -¡tantos actos que hacemos durante el día!- y nuestros sufrimientos, adquieren valor infinito.

A Sta. Faustina Kowalski le dijo Jesucristo: Une tus sufrimientos a mi pasión, para que adquieran un valor infinito ante mi divina majestad ».

La enferma de lepra que no tenía manos, ni pies, ni ojos, se echó a reír aún más diciendo: Vosotros le llamáis a esto tragedia y creéis que lo tenéis todo. Pues yo tengo unos ojos interiores y no me importa no tener pies, ni manos, ni ojos.

Algunos textos sobre la Eucaristía



Presencia real
En el santísimo sacramento de la Eucaristía están "contenidos verdadera, real y sustancial mente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero", "Esta presencia se denomina real, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen reales, sino por excelencia, porque es sustancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente".

Catecismo, n. 1374


Misterio de la fe
Por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transustanciación".

Catecismo, n. 1376


Cristo todo entero

La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo.

Catecismo, n. 1377


Sólo por la fe
"La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en ese sacramento, no se conoce por los sentidos, dice Santo Tomás, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios. Por ello, comentando el texto de S. Lucas 22, 19: Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros, S. Cirilo declara: no te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Señor, porque él, que es la Verdad, no miente".

Catecismo, n. 1381



Jesús está presente en la Eucaristía

¡No olvidéis que Jesús ha querido permanecer presente personal y realmente en la Eucaristía, misterio inmenso, pero realidad segura, para concretar de modo auténtico este amor suyo individual y salvífico!

Juan Pablo II, Roma, 11-III-1979


¡Cristo vive!
Este mismo sacrificio redentor de Cristo se actualiza sacramentalmente en cada Misa que se celebra, quizá muy cerca de vuestros lugares de estudio y de trabajo. No es Jesús, por tanto, Alguien que ha dejado de actuar en nuestra historia. ¡No! ¡El vive! Y continúa buscándonos a cada uno para que nos unamos a Él cada día en la Eucaristía, también, si es posible, acercándonos -con el alma en gracia, limpia de todo pecado mortal- a la comunión.

Juan Pablo II, Buenos Aires, 11-IV-1987


EI momento de la despedida
¡Cuántas veces en nuestra vida hemos visto separarse a dos personas que se aman!

Y en la hora de la partida, un gesto, una fotografía, un objeto que pasa de una mano a otra para prolongar de algún modo la presencia en la ausencia. Y nada más. El amor humano sólo es capaz de estos símbolos.

En testimonio y como lección de amor, en el momento de la despedida, "viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn. 13, 1).

Así, al despedirse, Nuestro Señor Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre, no deja a sus amigos un símbolo, sino la realidad de Sí mismo. Va junto al Padre, pero permanece entre nosotros los hombres. No deja un simple objeto para evocar su memoria. Bajo las especies del pan y del vino está Él, realmente presente, con su Cuerpo y su Sangre, su alma y su divinidad.

Juan Pablo II. Fortaleza (Brasil), 9-VII-1980


Adorar a Cristo en el Sagrario

Cristo se queda en medio de nosotros. No sólo durante la Misa, sino también des¬pués, bajo las especies reservadas en el Sagrario. Y el culto eucarístico se extiende a todo el día, sin que se limite a la celebración del Sacrificio. Es un Dios cercano, un Dios que nos espera, un Dios que ha querido permanecer con nosotros. Cuado se tiene fe en esa presencia real, ¡qué fácil resulta estar junto a Él, adorando al Amor de los amores!, ¡qué fácil es comprender las expresiones de amor con que a lo largo de los siglos los cristianos han rodeado la Eucaristía!

Juan Pablo II. Uma, 15-VI-1988


Examínese cada cual
Para responder a esta invitación, debemos preparamos para este momento tan grande y santo. San Pablo exhorta a un examen de conciencia: "quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come Y bebe su propio castigo". Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar.

Ante la grandeza de este sacramento, el fiel sólo puede repetir humildemente Y con fe ardiente las palabras del Centurión: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme"

Catecismo n. 1385


Jamás dejéis la misa dominical

Que vuestra fidelidad se manifieste especialmente en la participación litúrgica dominical Y festiva: jamás dejéis la Santa Misa y, si os es posible, no dejéis jamás el encuentro con Cristo en la' comunión eucarística.

Juan Pablo II. Velletri (Italia), 8-IX-1980

jueves, 29 de mayo de 2008

Quince minutos con Jesús sacramentado




• No es preciso, hijo mío, saber mucho para agradarme; basta que me ames mucho. Háblame sencillamente, como hablarías al más íntimo de tus amigos, como hablarías a tu madre, o a tu hermano.
• ¿Necesitas hacerme alguna súplica en favor de alguien? Dime su nombre, sea el de tus padres, el de tus hermanos y amigos; dime en seguida qué quisieras que hiciese yo realmente por ellos. Pide mucho, muchas cosas; no vaciles en pedir, me gustan los corazones generosos, que llegan a olvidarse de sí mismos para atender las necesidades ajenas. Háblame con llaneza, de los pobres a quienes quisieras consolar; de los enfermos a quienes ves padecer; de los extraviados que anhelas devolver al buen camino; de los amigos ausentes que quisieras ver otra vez a tu lado. Dime por todos al menos una palabra; pero palabra de amigo, palabra entrañable y fervorosa. Recuérdame que he prometido escuchar toda súplica que salga del corazón.
• ¿Necesitas alguna gracia? Haz, si quieres, una lista de lo que necesitas, y ven, léela en mi presencia. Dime con sinceridad que sientes orgullo, pereza y amor a la sensualidad, que eres tal vez egoísta, inconstante, negligente..., y pídeme luego que venga en ayuda de los esfuerzos, pocos o muchos, que haces para sacudir de encima de ti tales miserias.
• No te avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay en el cielo tantos y tantos justos, tantos y tantos santos de primer orden que tuvieron tus mismos defectos! Pero rezaron con humildad, y poco a poco se vieron libres de sus miserias.
• Tampoco vaciles en pedirme bienes para el cuerpo y para el entendimiento: salud, memoria, éxito feliz en tus trabajos, negocios o estudios... Todo eso puedo darte, y lo doy y deseo me lo pidas en cuanto no se oponga, sino que favorezca y ayude a tu santificación. Hoy por hoy, ¿qué necesitas? ¿Qué puedo hacer por tu bien? ¡Si conocieses los deseos que tengo de favorecerte!
• ¿Te preocupa alguna cosa? Cuéntamelo todo detalladamente. ¿Qué te preocupa?, ¿qué piensas?, ¿qué deseas? ¿No querrías poder hacer algún bien a tus prójimos, a tus amigos a quienes amas tal vez mucho y que viven quizá olvidados de mí? ¿No te sientes con deseos de mi gloria?
• Dime: ¿qué cosa llama hoy particularmente tu atención? ¿qué anhelas más vivamente y con qué medios cuentas para conseguirlo? Dime qué es lo que te ha salido mal, y yo te diré las causas del fracaso. Hijo mío, soy dueño de los corazones, y dulcemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, donde me place.
• ¿Estás triste o de mal humor? Cuéntame tus tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te ofendió?, ¿quién lastimó tu amor propio?, ¿quién te ha menospreciado? Acércate a mi corazón, que tiene el bálsamo eficaz para todas las heridas del tuyo. Cuéntame todo, y acabarás por decirme que, a semejanza de mi, todo lo perdonas, todo lo olvidas, y en pago recibirás mi consoladora bendición. ¿Tienes miedo de algo? ¿Sientes en tu alma tristeza? Échate en brazos de mi providencia. Contigo estoy, aquí, a tu lado me tienes; todo lo oigo, ni un momento te desamparo.
• ¿Sientes desprecio por las personas que antes te quisieron bien, y ahora, se alejan de ti, sin que les hayas dado el menor motivo? Ruega por ellas, y yo las volveré a tu lado si no han de ser obstáculo a tu santificación.
• ¿Tienes alguna alegría que comunicarme? ¿Por qué no me haces partícipe de ella por lo buen amigo tuyo que soy? Cuéntame lo que desde ayer, desde la última visita que me hiciste, te ha consolado y hecho como sonreír tu corazón. Quizás has tenido alguna sorpresa agradable; quizás se han disipado algunos recelos; quizás has recibido buenas noticias, una carta, una muestra de cariño; quizás has vencido una dificultad o salido de un apuro... Obra mía es todo esto, y yo te lo he proporcionado. ¿Por qué no has de manifestarme por ello tu gratitud, y decirme sencillamente como un hijo a su padre: gracias, padre mío, gracias? El agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor le agrada verse correspondido.
• ¿Tienes alguna promesa que hacerme? Puedo leer en el fondo de tu corazón. A los hombres se les engaña fácilmente, -a Dios, no. Háblame, pues, con toda sinceridad. ¿Tienes un propósito firme de no ponerte más en aquella ocasión de pecado?, ¿de privarte de aquello que te dañó?, ¿de no leer más aquel libro que dio rienda suelta a tu imaginación?, ¿de no tratar más a aquella persona que turbó la paz de tu alma, haciéndote pecar? ¿Volverás a ser amable con aquella persona a quien miraste hasta hoy como enemiga?
• Hijo mío, vuelve a tus ocupaciones habituales, a tu trabajo, a tu familia, a tu estudio..., pero no olvides la grata conversación que hemos tenido aquí los dos, en la soledad de la capilla. Ama a mi Madre, que lo es tuya también, la Virgen Santísima... y vuelve otra vez a mí con el corazón más amoroso todavía, más entregado a mi servicio: en el mío encontrarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios, nuevos consuelos.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Los dos cuerpos de Cristo



(ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap. --predicador de la Casa Pontificia-- a la liturgia de la Palabra del domingo, Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.
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Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Deuteronomio 8,2-3.14b-16a; 1 Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-59

Los dos cuerpos de Cristo

En la segunda lectura san Pablo nos presenta la Eucaristía como misterio de comunión: "El cáliz que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?". Comunión significa intercambio, compartir. La regla fundamental de compartir es ésta: lo que es mío es tuyo, y lo que es tuyo es mío. Probemos a aplicar esta regla a la comunión eucarística y nos daremos cuenta de la "enormidad" del tema.
¿"Qué tengo yo específicamente 'mío' "? La miseria, el pecado: esto es exclusivamente mío. ¿Y qué tiene "suyo" Jesús que no sea santidad, perfección de todas las virtudes? Entonces la comunión consiste en el hecho de que yo doy a Jesús mi pecado y mi pobreza, y Él me da su santidad. Se realiza el "maravilloso intercambio", como lo define la liturgia.
Conocemos diversos tipos de comunión. Una comunión bastante íntima es la que se produce entre nosotros y el alimento que comemos, pues éste se hace carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. He oído a madres decir a su niño, estrechándole hacia su pecho y besándole: "¡Te quiero tanto que te comería!".
Es verdad que la comida no es una persona viva e inteligente con la que podemos intercambiar pensamientos y afectos, pero supongamos por un momento que lo fuera. ¿acaso no se tendría la perfecta comunión? Pues es lo que precisamente sucede en la comunión eucarística. Jesús, en el pasaje evangélico, dice: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo... Mi carne es verdadera comida... El que come mi carne tiene vida eterna". Aquí el alimento no es una simple cosa, sino una personas viva. Se tiene la más íntima, si bien la más misteriosa, de las comuniones.
Observemos qué sucede en la naturaleza, en el ámbito de la nutrición. Es el principio vital más fuerte el que asimila al menos fuerte. Es el vegetal el que asimila al mineral; es el animal el que asimila al vegetal. También en las relaciones entre el hombre y Cristo se verifica esta ley. Es Cristo quien nos asimila; nosotros nos transformamos en Él, no Él en nosotros. Un famoso materialista ateo dijo: "El hombre es lo que come". Sin saberlo dio una definición óptima de la Eucaristía, gracias a la cual el hombre se convierte verdaderamente en lo que come, esto es, ¡en el cuerpo de Cristo!
Leamos cómo prosigue el texto inicial de san Pablo: "Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan". Está claro que en este segundo caso la palabra "cuerpo" no indica ya el cuerpo de Cristo nacido de María, sino que nos indica a "todos nosotros", indica aquel cuerpo de Cristo más amplio, que es la Iglesia. Esto significa que la comunión eucarística es siempre también comunión entre nosotros. Comiendo todos del único alimento, formamos un solo cuerpo.
¿Cuál es la consecuencia? Que no podemos tener verdadera comunión con Cristo si estamos divididos entre nosotros, nos odiamos, no estamos dispuestos a reconciliarnos. Si has ofendido a tu hermano, decía san Agustín, si has cometido una injusticia contra él, y después vas a recibir la comunión como si nada hubiera pasado, tal vez lleno de fervor ante Cristo, te pareces a quien ve llegar a un amigo al que no ve desde hace mucho tiempo. Corre a su encuentro, le echa los brazos al cuello y se pone de puntillas para besarle en la frente. Pero al hacer esto no se percata de que le está pisando los pies con su calzado embarrado. Los hermanos, en efecto, especialmente los más pobres y desvalidos, son los miembros de Cristo, son sus pies posados aún en la tierra. Al darnos la sagrada forma, el sacerdote dice: "El cuerpo de Cristo", y respondemos: "¡Amén!". Ahora sabemos a quién decimos "Amen", o sea, sí, te acojo: no sólo a Jesús, el Hijo de Dios, sino también al prójimo.
En la fiesta del "Corpus Domini" no puedo ocultar un pesar. Hay formas de enfermedad mental que impiden reconocer a las personas cercanas. Es cuando hay quien grita durante horas: "¿dónde está mi hijo? ¿dónde está mi esposa? ¿qué fue de ellos?", y tal vez el hijo o la esposa están ahí, le toman de la mano y le repiten: "Estoy aquí, ¿no me ves? ¡Estoy contigo!". Así le ocurre también a Dios. Los hombres, nuestros contemporáneos, buscan a Dios en el cosmos o en el átomo; discuten si hubo o no un creador en el inicio del mundo. Seguimos preguntando: "¿Dónde está Dios?", y no nos percatamos de que está con nosotros y se ha hecho comida y bebida para estar aún más íntimamente unido a nosotros. Juan el Bautista debería repetir tristemente: "En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis". La solemnidad del "Corpus Domini" nació precisamente para ayudar a los cristianos a tomar conciencia de esta presencia de Cristo entre nosotros, para mantener despierto lo que Juan Pablo II llamaba "estupor eucarístico".

domingo, 25 de mayo de 2008

¡Qué bien se está contigo!



¡Que bien se está contigo, Señor, junto al Sagrario! ¡Que bien se está contigo...! ¿Por qué no vendré más?
Desde hace muchos años vengo a verte a diario y aquí te encuentro siempre, amante solitario...solo, pobre, escondido, pensando en mí quizás...

Tú no me dices nada ni yo te digo nada, si ya lo sabes todo, ¿que te voy yo a decir? Sabes todas mis penas, todas mis alegrías, sabes que vengo a verte con las manos vacias y que no tengo nada que te pueda servir.

Siempre que vengo a verte siempre te encuentro solo, ¿Será que nadie sabe, Señor, que estás aquí? ¡No sé! pero sé en cambio, que aunque nadie te amara ni te lo agradeciera aquí estarías siempre esperándome a mí...

¿Por qué no vendré más...? ¡Que ciego estoy, que ciego! Si sé por experiencia que cuando a Tí me llego siempre vuelvo cambiado, siempre salgo mejor...¿A donde voy, Dios mio, cuando a mi Dios no vengo? Si Tú me esperas siempre, si a Tí siempre te tengo, si jamás me has cerrado las puertas de tu amor...

Por otros se recorren a pie largos caminos, acuden de muy lejos cansados peregrinos, o pagan grandes sumas que no han de recobrar. Por Tí nadie pregunta, de Tí nadie hace caso, aquí, si alguno entra sólo es como de paso... Aquí eres Tú quien paga si alguno quiere entrar..

¿Por qué no vendré más si sé que aquí a tu lado puedo encontrar, Dios mio, lo que tanto he buscado? Mi luz, mi fortaleza, mi paz, mi único bien... Si jamás he venido que no te haya encontrado. Si jamás he sufrido, si jamás he llorado, Señor, sin que conmigo llorases Tú también...

¿Por qué no vendré más, Jesucristo bendito? Si Tú lo estás deseando, si yo lo necesito...Si sé que no se nada cuando no vengo aquí. Si aquí me enseñarías la ciencia de los santos, esa ciencia bendita que aquí aprendieron tantos que fueron tus amigos y gozan ya de Tí...

¿Por qué no vendré más? Si sé que Tú eres el modelo que mi alma necesita, que nada se hace duro mirándote a Tí aquí. El Sagrario es la celda donde estás encerrado ¡Que pobre! ¡que obediente! ¡que manso! ¡que callado! ¡que solo! ¡que escondido! ¡Nadie se fija en Tí!

¿Por qué no vendré más, oh Bondad infinita? ¡Riqueza inestimable que nada necesita y que te has humillado a mendigar mi amor! ¡Abreme ya esa puerta, sea ya esa mi vida olvidada de todos, de todos escondida, ¡Que bien se está contigo! ¡Que bien se está, Señor!.

sábado, 24 de mayo de 2008

La Eucaristía nos une más allá de cualquier diferencia



CIUDAD DEL VATICANO, 22 MAY 2008 (VIS).-Hoy, solemnidad del Corpus Christi, Benedicto XVI celebró la Santa Misa a las 19,00 en la explanada de la basílica de San Juan de Letrán y posteriormente presidió la procesión eucarística hasta la basílica de Santa María la Mayor.

En la homilía, el Papa habló del significado de esa solemnidad a través de los tres gestos fundamentales de la celebración.. El primero es la reunión "alrededor del altar del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, la procesión, "caminar con el Señor", y por último, "arrodillarse ante el Señor, la adoración".

Para explicar el primer gesto, el Santo Padre citó la epístola de San Pablo a los Gálatas, donde está escrito: "Ya no hay ni judío, ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús". "En estas palabras -dijo el Papa- se siente la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta en torno a la Eucaristía: aquí se reúnen en presencia del Señor personas diversas, por edad, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado. (...) La Eucaristía es un culto público, no tiene nada de esotérico o exclusivo. (...) Estamos unidos más allá de nuestras diferencias, (...) nos abrimos unos a otros para convertirnos en una cosa sola a través de Èl".

Tocando el segundo aspecto, "caminar con el Señor", Benedicto XVI afirmó que "con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús (...) hace que nos levantemos (...) y nos pone en camino con la fuerza de este Pan de vida. (...) La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía quiere liberarnos de todo desaliento y desánimo (...) para que podamos reanudar el camino con la fuerza que Dios nos da mediante Jesucristo".

"Sin el Dios con nosotros, el Dios cercano cómo podemos sostener la peregrinación de la existencia, sea como personas que como sociedad y familia de los pueblos? La Eucaristía es el sacramento de Dios que no nos deja solos en el camino sino que se coloca a nuestro lado y nos indica la dirección. Efectivamente no basta ir adelante, sino ver hacia donde se va. No basta el progreso si no hay criterios de referencia".

Por último, el tercer elemento del Corpus Christi, "arrodillarse en adoración frente al Señor" es "el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy, (...) es profesión de libertad: el que se inclina ante Jesús no puede ni debe postrarse ante algún poder terrenal, por fuerte que sea".

Los cristianos, concluyó el Santo Padre, "nos inclinamos ante un Dios que fue el primero en inclinarse hacia el ser humano (...) para socorrerlo y darle vida, que se arrodilló ante nosotros para lavarnos los pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo significa creer que en ese trozo de pan, está realmente Cristo, que da sentido a nuestra vida, al universo inmenso y a la criatura más pequeña, a toda la historia humana y a la existencia más breve".

Terminada la misa, el Papa presidió la procesión eucarística que recorrió la Via Merulana hasta la basílica de Santa María la Mayor. Durante el camino, miles de fieles rezaron y cantaron acompañando al Santísimo Sacramento. Un vehículo descubierto transportó el Santísimo en una custodia, frente a la cual iba el Papa.

(Incluyo la homilía completa)


Homilía de Benedicto XVI en el Corpus Christi


En la misa celebrada ante la Basílica de San Juan de Letrán

Queridos hermanos y hermanas:

Tras el tiempo fuerte del año litúrgico, que centrándose en la Pascua se extiende durante tres meses --primero los cuarenta días de la Cuaresma, después los cincuenta días del Tiempo Pascual--, la liturgia nos permite celebrar tres fiestas que tienen un carácter "sintético": la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, y por último el Sagrado Corazón de Jesús.

¿Cuál es el significado de la solemnidad de hoy, del Cuerpo y la Sangre de Cristo? Nos los explica la misma celebración que estamos realizando, con el desarrollo de sus gestos fundamentales: ante todo, nos hemos reunido alrededor del Señor para estar juntos en su presencia; en segundo lugar, tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; por último, vendrá el arrodillarse ante el Señor, la adoración que comienza ya en la misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postraremos ante Aquél que se ha agachado hasta nosotros y ha dado la vida por nosotros.

Analicemos brevemente estas tres actitudes para que sean realmente expresión de nuestra fe y de nuestra vida.

Reunirse en la presencia del Señor

El primer acto es el de reunirse en la presencia del Señor. Es lo que antiguamente se llamaba "statio". Imaginemos por un momento que en toda Roma sólo existiera este altar, y que se invitara a todos los cristianos de la ciudad a reunirse aquí, para celebrar al Salvador, muerto y resucitado. Esto nos permite hacernos una idea de cuáles fueron los orígenes de la celebración eucarística, en Roma y en otras muchas ciudades, a las que llegaba el mensaje evangélico: en cada Iglesia particular había un solo obispo y, a su alrededor, alrededor de la Eucaristía celebrada por él, se constituía la comunidad, única, pues uno era el Cáliz bendecido y uno era el Pan partido, como hemos escuchado en las palabras del apóstol Pablo en la segunda lectura (Cf. 1 Corintios 10,16-17).

Pasa por la mente otra famosa expresión de Pablo: "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 28). "¡Todos vosotros sois uno!". En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía: aquí se reúnen en la presencia del Señor personas de diferentes edades, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. En esta tarde, no hemos decidido con quién queríamos reunirnos, hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, reunidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de Él. Esta ha sido desde los inicios la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía, y es necesario velar siempre para que las tentaciones del particularismo, aunque sea de buena fe, no vayan en el sentido opuesto. Por tanto, el Corpus Christi nos recuerda ante todo esto: ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en Él y con Él.

Caminar con el Señor

El segundo aspecto constitutivo es caminar con el Señor. Es la realidad manifestada por la procesión, que viviremos juntos tras la santa misa, como una prolongación natural de la misma, avanzando tras Aquél que es el Camino. Con el don de sí mismo en la Eucaristía, el Señor Jesús nos libera de nuestras "parálisis", nos vuelve a levantar y nos hace "pro-ceder", nos hace dar un paso adelante, y luego otro, y de este modo nos pone en camino, con la fuerza de este Pan de la vida. Como le sucedió al profeta Elías, que se había refugiado en el desierto por miedo de sus enemigos, y había decidido dejarse morir (Cf. 1 Reyes 19,1-4). Pero Dios le despertó y le puso a su lado una torta recién cocida: "Levántate y come -le dijo--, porque el camino es demasiado largo para ti" (1 Reyes 19, 5.7). La procesión del Corpus Christi nos enseña que la Eucaristía nos quiere liberar de todo abatimiento y desconsuelo, quiere volver a levantarnos para que podamos retomar el camino con la fuerza que Dios nos da a través de Jesucristo. Es la experiencia del pueblo de Israel en el éxodo de Egipto, la larga peregrinación a través del desierto, de la que nos ha hablado la primera lectura. Una experiencia que para Israel es constitutiva, pero que para toda la humanidad resulta ejemplar. De hecho, la expresión "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Deuteronomio 8,3) es una afirmación universal, que se refiere a cada hombre en cuanto hombre. Cada uno puede encontrar su propio camino, si encuentra a Aquél que es Palabra y Pan de vida y se deja guiar por su amigable presencia. Sin el Dios-con-nosotros, el Dios cercano, ¿cómo podemos afrontar la peregrinación de la existencia, ya sea individualmente ya sea como sociedad y familia de los pueblos?

La Eucaristía es el sacramento del Dios que no nos deja solos en el camino, sino que se pone a nuestro lado y nos indica la dirección. De hecho, ¡no es suficiente avanzar, es necesario ver hacia dónde se va! No basta el "progreso", sino no hay criterios de referencia. Es más, se sale del camino, se corre el riesgo de caer en un precipicio, o de alejarse de la meta. Dios nos ha creado libres, pero no nos ha dejado solos: se ha hecho él mismo "camino" y ha venido a caminar junto a nosotros para que nuestra libertad tenga el criterio para discernir el camino justo y recorrerlo.

Arrodillarse en adoración ante el Señor

Al llegar a este momento no es posible de dejar de pensar en el inicio del "decálogo", los diez mandamientos, en donde está escrito: "Yo, el Señor, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí" (Éxodo 20, 2-3). Encontramos aquí el tercer elemento constitutivo del Corpus Christi: arrodillarse en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros, los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el santísimo Sacramento, porque en él sabemos y creemos que está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su unigénito Hijo (Cf. Juan 3, 16).

Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.

Por este motivo, reunirnos, caminar, adorar, nos llena de alegría. Al hacer nuestra la actitud de adoración de María, a quien recordamos particularmente en este mes de mayo, rezamos por nosotros y por todos; rezamos por cada persona que vive en esta ciudad para que pueda conocerte e ti, Padre, y a Aquél que tú has enviado, Jesucristo. Y de este modo tener la vida en abundancia. Amén.

domingo, 18 de mayo de 2008

El día que Jesús guardó silencio

Aún no llego a comprender cómo ocurrió, si fue real o un sueño. Sólo recuerdo que ya era tarde y estaba en mi sofá preferido con un buen libro en la mano. El cansancio me fue venciendo y empecé a cabecear... En algún lugar entre la semiinconsciencia y los sueños, me encontré en aquel inmenso salón, no tenía nada en especial salvo una pared llena de tarjeteros, como los que tienen las grandes bibliotecas. Los ficheros iban del suelo al techo y parecían interminables en ambas direcciones. Tenían diferentes rótulos. Al acercarme, me llamó la atención un cajón titulado: "Muchachas que me han gustado". Lo abrí descuidadamente y empecé a pasar las fichas. Tuve que detenerme por la impresión, había reconocido el nombre de cada una de ellas: ¡se trataba de las chicas que a mí me habían gustado! Sin que nadie me lo dijera, empecé a sospechar dónde me encontraba. Este inmenso salón, con sus interminables ficheros, era un crudo catálogo de toda mi existencia. Estaban escritas las acciones de cada momento de mi vida, pequeños y grandes detalles, momentos que mi memoria había ya olvidado. Un sentimiento de expectación y curiosidad, acompañado de intriga, empezó a recorrerme mientras abría los ficheros al azar para explorar su contenido. Algunos me trajeron alegría y momentos dulces; otros, por el contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa tan intensos que tuve que volverme para ver si alguien me observaba. El archivo "Amigos" estaba al lado de "Amigos que racioné" y "Amigos que abandoné cuando más me necesitaban". Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo. "Libros que he leído", "Mentiras que he dicho", "Consuelo que he dado", "Chistes que conté", otros títulos eran: "Asuntos por los que he peleado con mis hermanos", "Cosas hechas cuando estaba molesto", "Murmuraciones cuando mamá me reprendía de niño", "Videos que he visto"... No dejaba de sorprenderme de los títulos. En algunos ficheros había muchas más tarjetas de las que esperaba y otras veces menos de lo que yo pensaba. Estaba atónito del volumen de información de mi vida que había acumulado. ¿Sería posible que hubiera tenido el tiempo de escribir cada una de esas millones de tarjetas? Pero cada tarjeta confirmaba la verdad. Cada una escrita con mi letra, cada una llevaba mi firma. Cuando vi el archivo "Canciones que he escuchado" quedé atónito al descubrir que tenía más de tres cuadras de profundidad y, ni aun así, vi su fin. Me sentí avergonzado, no por la calidad de la música, sino por la gran cantidad de tiempo que demostraba haber perdido. Cuando llegué al archivo: "Pensamientos lujuriosos" un escalofrío recorrió mi cuerpo. Solo abrí el cajón unos centímetros.. Me avergonzaría conocer su tamaño. Saqué una ficha al azar y me conmoví por su contenido. Me sentí asqueado al constatar que "ese" momento, escondido en la oscuridad, había quedado registrado... No necesitaba ver más... Un instinto animal afloró en mí. Un pensamiento dominaba mi mente: Nadie debe de ver estas tarjetas jamás. Nadie debe entrar jamás a este salón... ¡Tengo que destruirlo! En un frenesí insano arranqué un cajón, tenía que vaciar y quemar su contenido. Pero descubrí que no podía siquiera desglosar una sola del cajón. Me desesperé y trate de tirar con más fuerza, sólo para descubrir que eran más duras que el acero cuando intentaba arrancarlas. Vencido y completamente indefenso, devolví el cajón a su lugar. Apoyando mi cabeza al interminable archivo, testigo invencible de mis miserias, y empecé a llorar. En eso, el título de un cajón pareció aliviar en algo mi situación: "Personas a las que les he compartido el Evangelio". La manija brillaba, al abrirlo encontré menos de 10 tarjetas. Las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos. Lloraba tan profundo que no podía respirar. Caí de rodillas al suelo llorando amargamente de vergüenza. Un nuevo pensamiento cruzaba mi mente: nadie deberá entrar a este salón, necesito encontrar la llave y cerrarlo para siempre. Y mientras me limpiaba las lágrimas, lo vi. ¡Oh no!, ¡por favor no!, ¡Él no!, ¡cualquiera menos Jesús!. Impotente vi como Jesús abría los cajones y leía cada una de mis fichas. No soportaría ver su reacción. En ese momento no deseaba encontrarme con su mirada. Intuitivamente Jesús se acercó a los peores archivos. ¿Por qué tiene que leerlos todos? Con tristeza en sus ojos, buscó mi mirada y yo bajé la cabeza de vergüenza, me llevé las manos al rostro y empecé a llorar de nuevo. Él se acercó, puso sus manos en mis hombros. Pudo haber dicho muchas cosas. Pero Él no dijo ni una sola palabra. Allí estaba junto a mí, en silencio. Era el día en que Jesús guardó silencio... y lloró conmigo. Volvió a los archivadores y, desde un lado del salón, empezó a abrirlos, uno por uno, y en cada tarjeta firmaba Su nombre sobre el mío. ¡No!, le grité corriendo hacia Él. Lo único que atiné a decir fue sólo ¡no!, ¡no!, ¡no! cuando le arrebaté la ficha de su mano. Su nombre no tenía por que estar en esas fichas. No eran sus culpas, ¡eran las mías! Pero allí estaban, escritas en un rojo vivo. Su nombre cubrió el mío, escrito con su propia sangre. Tomó la ficha de mi mano, me miró con una sonrisa triste y siguió firmando las tarjetas. No entiendo cómo lo hizo tan rápido. Al siguiente instante lo vi cerrar el último archivo y venir a mi lado. Me miró con ternura a los ojos y me dijo: - Todo esta Consumado, está terminado, yo he cargado con tu vergüenza y culpa. En eso salimos juntos del Salón... Salón que aún permanece abierto.... Porque todavía faltan más tarjetas que escribir... Aún no sé si fue un sueño, una visión, o una realidad... Pero, de lo que sí estoy convencido, es que la próxima vez que Jesús vuelva a ese salón, encontrará más fichas de que alegrarse, menos tiempo perdido y menos fichas vanas y vergonzosas.