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martes, 29 de septiembre de 2009

¿Cómo se ha de acrecar los hijos a Dios?



Rafael Sanz Carrera

















Una vez resuelto el problema de cuándo comenzar, y considerado brevemente el qué queremos trasmitir, ahora consideraremos el cómo: el mejor modo de encauzar la preocupación de los padres que quieren formar en la piedad a sus hijos, de forma que el aprendizaje consiga enraizarse hondamente en la inteligencia, en la voluntad, en la memoria del niño. Empecemos:

*
Paso a paso, paulatinamente, con alegría y serenidad

Lo primero que conviene es tener presente los tiempos normales de crecimiento intelectual y afectivo del niño. No sería ni lógico ni siquiera sensato, pretender que los niños vivan todas las prácticas de piedad, todas las formas de dirigirse a Dios, de oración, que resultan normales para sus padres.

Como preámbulo general vamos a recordar ahora a los padres una serie de maneras de actuar que vale la pena tener muy en cuenta en esta misión de transmitir la fe, de abrir la mente a la enseñanza religiosa, y muy especialmente, en la invitación a la oración. Lógicamente se aplicarán de manera distinta según las edades y las etapas de la vida. En la tarea de introducir a los hijos en la oración es muy oportuno actuar:

* Siempre, cuidando estas tres primeras, que podríamos llamar los tres SÍ.
o siempre en libertad;
o siempore con alegría;
o siempre cariñosamente: manifestando el rostro alegre de Dios.
* Y Nunca, lo que podríamos denominar los tres NOS:
o nunca imponiendo obligaciones;
o nunca con dureza;
o nunca subrayando la ofensa a Dios: el rostro severo de Dios.

domingo, 27 de septiembre de 2009

¿Cómo acercar a los hijos a Dios?



Rafael Sanz Carrera

Esta tarde tengo que hablar a un grupo de padres acerca de la educación de los hijos y de cómo acercarlos a Dios. Entre las cosas que pienso decir está esta, que aprovecho para editar el post de hoy.

Para ayudar a ese discernimiento, y los padres tengan presente en todo momento, la finalidad de esta formación a la vida del espíritu de su hijos, podemos señalar TRES OBJETIVOS que se pretende que los hijos consigan alcanzar paso a paso.

* El primero, es que se les está enseñando a adquirir hábitos, modos de actuar que cuajarán con el tiempo en verdaderas virtudes, hábitos de hacer el bien. Como para este desarrollo es necesaria la constancia, y la constancia requiere una cierta motivación, vale la pena no olvidar que esos hábitos de oración, de piedad, al surgir del amor a Dios, son verdaderos compromisos voluntarios y libres que los muchachos se van exigiendo a sí mismos. Así los vivirán por encima de apetencias o inapetencias temporales y circunstanciales.

De esta forma, la vida del espíritu desarrollada con la ayuda de sus padres tiene para el niño, para la niña, un significado de seriedad que le servirá para no dejarlos. Inculcar a los hijos el amor a Dios es una verdadera y maravillosa tarea en la que vale la pena empeñarse a fondo. Si al llegar a la noche, el niño se retira un momento a su habitación, porque no le ha dicho a Jesús algo durante muchas horas del día, la vida espiritual ya está echando raíces en su espíritu.

* El segundo objetivo que los padres han de tener presente es que no se trata de que los niños aprendan muchas oraciones y vivan muchas prácticas de piedad, sino de que lleguen a adquirir personalmente una cierta intimidad, confianza, amistad con Dios, con Jesucristo.

Es preciso, por tanto, animarles a que vayan tomando la iniciativa, sostenerles en el empeño cuando veamos que flaquean, retirarnos cuando comprobamos que los hábitos comienzan a echar raíces y ellos gozan con esos encuentros personales, y amistosos, con Jesucristo, con la Virgen María, queridos por ellos mismos.

Si la niña termina el día diciendo a la Virgen una frase, apenas tres palabras, «Qué bonita eres», que ella misma ha inventado, vamos por buenos caminos.

* El tercero es el de conseguir que los niños vayan desarrollando un claro sentido de responsabilidad personal en lo que están haciendo. No sería suficiente con que pongan un cierto grado de libertad, iniciativa y amor, si no crece en su espíritu la responsabilidad de estar realizando algo que vale realmente la pena, de que de su actuación dependen cosas importantes, y de que a él le compete llevarlas a cabo.

Si el padre encarga una tarea al hijo, y el hijo comienza a desarrollarla y se da cuenta de que es del agrado del padre ver los resultados poco a poco, se empeñará más el día siguiente para llevar a término lo encargado, y un poco más. Ese sentido de responsabilidad, que crece humanamente con los años, ha de crecer sobrenaturalmente con la oración, con el conocimiento de Cristo, con el saberse importante para el Señor, con descubrir que Dios «cuenta» con el hombre, con cada uno de nosotros.

Cuando el niño diga, y con una cierta alegría: «hoy he rezado yo», y comience a olvidarse de que es un encargo de sus padres, de que es una cierta obligación que se ha impuesto, quiere decir que el rezar, el dirigirse a Dios, ha pasado a ser un asunto personal, que cae casi exclusivamente sobre el ámbito de su propia y exclusiva responsabilidad.

Entre las fuentes usadas está sobre todo el libro: Acercar los hijos a Dios de Ernesto Juliá, de la colección “Hacer Familia”

martes, 16 de septiembre de 2008

Íngrid Betancourt revela cómo Dios le ha tocado el corazón



Confidencias tras la audiencia con Benedicto XVI


CIUDAD DEL VATICANO, martes, 2 septiembre 2008 (ZENIT.org).- Tras los 25 minutos de encuentro con Benedicto XVI, este lunes, en el palacio apostólico de Castel Gandolfo, la ex candidata a la presidencia de Colombia, Íngrid Betancourt, reveló en una rueda de prensa cómo Dios le ha tocado el corazón en su cautiverio.

Antes de ser secuestrada, en febrero de 2002, Ingrid era una mujer de poca fe. Ella misma lo reconoce. Sin embargo, durante los casi siete años que permaneció en poder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en el sur de la selva colombiana, los únicos libros que tenía consigo eran la Biblia y el diccionario, así que durante los largos días de cautiverio se dedicaba a leer y meditar la Palabra de Dios.

Consagración al Sagrado Corazón

Ingrid todos los días escuchaba la radio para poder entretenerse e informarse. Un mes antes de su liberación, el pasado 1 de junio, estaba oyendo la Radio Católica Mundial y escuchó las promesas que experimentaría quien se consagre al Sagrado Corazón.

Si bien Ingrid reconoce que no las recuerda todas, las enumeró a los periodistas: la primera es tocar el corazón duro de quienes le hagan sufrir; la segunda bendecir los proyectos del interesado; y la tercera, la ayuda del para cargar la cruz y que le esperará en el tránsito de la muerte.

Cuenta Íngrid que al escuchar estas promesas dijo: "Eso es para mí. Yo necesito que Dios toque el corazón duro de la guerrilla, que toque el corazón duro de todos aquellos que no dejan que se produzca la libertad nuestra".

"Yo necesito que la empresa mía, que es la de obtener la libertad de todos nosotros, Él la tome para sí, la bendiga y permita que esto suceda. Y yo necesito que Él me acompañe a llevar esta cruz porque yo sola ya no puedo más", comentó la ciudadana colombo-francesa.

Luego de conocer estas promesas, cuenta Ingrid que le dijo al Sagrado Corazón: "Jesús, yo en estos años nunca te he pedido nada. Pero hoy sí te voy a pedir algo: como este es el mes del Sagrado Corazón, tu mes, te voy a pedir que me hagas el milagro, no de mi liberación porque no creo que sea posible, pero hazme el milagro de que yo sepa cuándo voy a ser liberada porque si yo sé cuándo, por más de que sea dentro de muchos años, yo voy a tener la fuerza de aguantar. Si tu me haces ese milagro, Señor mío, seré tuya".

Ingrid cuenta que le dijo al Santo Padre: "Yo no sé lo que quiere decir ser de Cristo". Él le respondió: "Él te va a mostrar la vía"

El 27 de junio un comandante de las FARC fue a hablar con Íngrid: "Hay una comisión internacional que va a visitar a los prisioneros y es muy probable que algunos de ustedes sean liberados", le dijo.

Cuenta Ingrid que el Santo Padre le respondió: "Él te hizo el milagro de tu liberación, porque tú supiste pedirle. Porque tú no le pediste tu liberación, tú le pediste que se hiciera su voluntad y que te ayudara a entender su voluntad"

Creerle a Dios

Betancourt aprovechó la ocasión para invitar a todos aquellos que no creen: "Hay muchas personas que están enojadas con Dios y no quieren creer y tantas personas a quienes les da vergüenza creer en Dios. Yo lo único que les puedo decir es que hay alguien que nos oye y nos habla con palabras y que si nosotros entendemos cómo hablarle a él, él nos va a ayudar".

Tras la audiencia, Ingrid aseguró que Benedicto XVI siempre ora por los secuestrados: "El Papa lleva el dolor de los que sufren en su alma", es un "hombre de luz".

Igualmente envió un mensaje de aliento a aquellos que fueron sus compañeros de cautiverio y que aún no han sido liberados: "Sé que esta voz va a llegar a la selva colombiana. Sé que pronto los voy a abrazar en la libertad".

También hizo un llamado a los miembros de la guerrilla, que actualmente tienen cerca de 3 mil secuestrados en su poder: "Ustedes me tuvieron siete años cautiva. Los conozco profundamente, conozco su organización su manera de pensar sus objetivos. Hoy quiero decirles que el mundo los está esperando. El mundo quiere que haya espacios en su mente para que ustedes logren la paz en Colombia. (...) La respuesta esta en el corazón de ustedes no en los cálculos militares y políticos", concluyó

Por Carmen Elena Villa Betancourt

lunes, 23 de junio de 2008

Allí estabas tú (XIV)


16. La intensidad del set-ball

Ahí están los viejos olivos. Dicen que viven muchos años, siglos. Dicen que hoy día hay en aquel huerto olivos que son retoños nietos de aquellos que vieron a Jesús en la agonía.

Pero el tiempo pasa. Los siglos pasan y hasta los olivos centenarios desaparecen. Ellos han visto pasar generaciones, porque la vida del hombre en la tierra es mucho más fugaz de lo que él se cree. Nuestra vida dura tres segundos comparada con la vida de las estrellas y la de las galaxias. Lo que sucede es que nos parece muy larga porque la vivimos a cámara lenta.

Pasa el primer segundo, y uno ya ha cumplido los treinta años. Entonces uno vive a fondo, pero sin darse cuenta ha pasado el segundo segundo y ya tiene sesenta años. Y a los noventa ¿cuántos llegan?

El tiempo pasa inexorable. Siempre vamos de ida, nunca volvemos. Porque hasta el recordar es ir de ida. Este es el tiempo cronos que decían los griegos, el tiempo de las estaciones, de los años, de las glaciaciones.

Cada uno tiene un tiempo cronos, el tiempo que Dios le ha dado para que realice libremente aquello que Dios tiene previsto para él. Unos tienen más y otros menos.

Pero este tipo de tiempo no es el importante, o por decirlo de otra manera, lo que importa es el kairós, el momento importante, el tiempo con contenido, lo que sucede en él.

¡Qué distintas son las horas para un estudiante en el mes de octubre y en el mes de mayo! ¡Qué distinta la intensidad del primer juego en un partido de tenis que la que puede ser la última bola del partido: el set-ball! Concentración, interés, cuidado de no fallar el saque, amarrar bien... Cabeza y músculos en tensión, porque uno se juega mucho, tanto si va ganando como si va perdiendo.

Hay gente que aprende a vivir en el set-ball de su vida, cuando el tiempo cronos ya lo ha agotado. Se dan cuenta de que, entonces, hay que llenarlo de esas cosas que se cotizan en el Cielo. ¡Porque hay tantas cosas -preocupaciones, fiestas, cosas materiales- que en la otra vida carecen de interés...!

En cambio, uno se afana en hablar con Dios, en acudir a los Sacramentos, en arreglar las cosas, en desprenderse de objetos superfluos...

Sí, es el momento de hacer todo eso. Pero esa última hora no es distinta cronológicamente que las de hacía dos años. ¿Por qué, entonces, no poner interés, contenidos de vida eterna cada día?

Uno tiene su vida en sus manos y hace con ella lo que le da la gana. Es verdad que quien peca y se olvida de Dios hace lo que le da la gana. Pero también lo hace el sabio, el que ha ido a Misa también los días que no estaba obligado a ir, el que se preocupó de los demás, el que se confesaba con frecuencia y huía del pecado,...

Quizá sea bueno pensar ahora, en la mitad de nuestro primer segundo de vida, qué estamos haciendo con nuestro tiempo cronos. Si nuestra vida vale según los criterios de Dios o no. Echar una mirada a los libros sapienciales de la sagrada Escritura -el libro de la Sabiduría, el Eclesiástico, el Eclesiastés,...- nos darán mucha luz para aprender a vivir en sabiduría y no como los necios.

Sí, échales una ojeada porque dicen muchas cosas. Vale la pena aprender a vivir -y vivir- ahora como desearíamos al final haber vivido: llenándonos los bolsillos de esas cosas eternas.

¡Ahora!, el instante presente es el momento en que nos podemos hacer santos, porque es el instante en el que el tiempo cronos coincide con la eternidad.

Ahora es el momento de vivir como Dios quiere -quizá de rectificar-. Ya lo decía San Pablo: "Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios, porque dice: «En el tiempo propicio te escuché y en el día de la salvación te ayudé». Éste es el tiempo propicio, éste es el día de la salvación" (2 Co 6,1-2).

domingo, 22 de junio de 2008

Allí estabas tú (XIII)


V. OLIVOS CENTENARIOS

15. Agonía de Jesús en el huerto

Jesús tiene miedo y angustia (Mc 14,33). Está rodeado de olivos retorcidos, amenazantes: sombras de fantasmas. Porque aquella es la hora de las tinieblas. Son los últimos momentos de las tinieblas, ciertamente, porque en breve saldrá el Sol de Justicia, Cristo resucitado, que disipará la oscuridad.

Pero las cosas son en ese momento como son. Allí está ahora Él, tumbado boca abajo sobre una roca, roca que todavía hoy se conserva.

En septiembre se recogen las uvas y se echan en unas cubas con rendijas. La uva se pisa, se prensa, y sale a borbotones por las ranuras un río de mosto rojo. Los judíos rezaban de pie, los cristianos adoramos de rodillas. Él está postrado con la cara pegada a la piedra, aplastado por el inmenso peso de los pecados de la Humanidad entera, que presionan hasta hacer que se le salten las venas y fluya la sangre.

"Adán... ¿dónde estás" (Gen 4,9). Estás allí. "En ti pensaba en mi agonía; he derramado tales gotas de sangre por ti... ¿quieres acaso que siempre me cueste sangre de mi cuerpo y, en cambio, tú no me das lágrimas?... Si conocieses tus pecados, sentirías náuseas... A medida que los expíes, los reconocerás y escucharás: Mira los pecados que te son perdonados. Haz penitencia, pues, por tus pecados ocultos y por la malicia oculta de los que sólo tú conoces" (Pascal, El misterio de Jesús).

Jesús ya no puede más. Es la agonía, ese tiempo incierto hasta la muerte en el que el hombre pierde el control de los sentidos, la cabeza parece que va a estallar. Se sabe que es un camino sin retorno. Cuesta morirse porque la muerte es arrancarse el alma del cuerpo, lo más profundo de nuestro ser.

Y es que la muerte es un castigo por el pecado. Es natural, a todos nos cuesta morir.

Pero además Jesús ha cargado con los pecados de los demás. Visto humanamente, es una injusticia que uno sea castigado por un delito que no cometió. Y Él tiene que padecer por los millones y millones de montañas de pecados de todo género de cada siglo, de cada año, de cada fin de semana...

El diablo, que ya Le había tentado en el desierto, va a tentarle otra vez (Cf. Jn 14,30). ¿Y qué tentaciones pudo presentarle a Jesús en esos momentos?

Como ha hecho suyos los pecados ajenos, ahora, en el momento de la agonía, se agolpan en su memoria todos los pecados que ha asumido como propios. El diablo mismo le puede sugerir la desesperación: "Tú no tienes perdón de Dios".

Y los sufrimientos que vas a padecer no tienen sentido. Total, si habrá millones de personas que ni se enterarán de la Redención; si habrá millones que mueran en pecado, desagradecidos... ¡qué frustración la tuya!

¿Y para qué sufrir esa Pasión que ves venir, cuando una sola gota de tu sangre puede redimir al mundo de todos los pecados? ¿Para qué la flagelación, los martillazos en la cabeza y colgar en la cruz? Poco sentido tiene, ¿no?

Jesús en su agonía ha padecido ya todas las agonías de todos los hombres para que ellos no desesperen en sus últimos momentos. Que sepan que Él se acordaba de ellos en ese instante, porque existe una misteriosa solidaridad entre los que sufren el mismo tormento.

"«Nam, et si ambulavero in medio umbrae mortis, non timebo mala» -aunque anduviere en medio de las sombras de la muerte, no tendré temor alguno. Ni mis miserias, ni las tentaciones del enemigo han de preocuparme, «quoniam tu mecum es» -porque el Señor está conmigo" (San Josemaría Escrivá, Forja, 194).

sábado, 21 de junio de 2008

Allí estabas tú (XII)


14. No sé hacerla

Hablar con Dios es muy fácil. No es otra cosa que estar de tertulia con Jesucristo, como hicieron los Apóstoles. Escuchar lo que Él decía y contarle lo que llevamos dentro: alegrías, penas, ilusiones, amistades, propósitos de mejora.

¿No tienes nada que contarle? ¿No tienes nada que pedir? ¿De qué hablamos con los demás? Pues con Dios lo mismo. Con confianza y con gran respeto, pues sabemos que es Dios.

Cuéntale las cosas de ayer, o los proyectos que tienes para estos días. Pero no le hables sólo de tus cosas, sino también de las suyas. De lo que te dicen a ti de parte de Dios.

¿Por qué no nos sale la oración? Porque a lo mejor no vamos -como Jesús fue al huerto-, a un lugar apartado, donde haya silencio. El silencio exterior es fundamental. Por eso en los días de retiro se puede escuchar bien a Dios.

A lo peor sucede que llevamos mucho jaleo y mucha música en la cabeza, cuando es en el silencio donde habla Dios.

Quizá porque no vamos a la iglesia o al oratorio, donde está Jesús sacramentado. Y a base de preferir otro lugar, acabemos pensando que la oración es pensar o imaginar, no un diálogo con otra persona con la que se ha quedado previamente.

Pero además la oración supone una actividad: quedar, fijar la cita, y una actividad intelectual. Para enriquecer nuestra oración es preciso trabajarla, llevar libros que nos hablen de Dios.

Pero, ojo, la oración no consiste en hablar de las cosas de Dios, sino en hablar con Él, de tú a tú: un diálogo. Por su parte, Él nos habla a través de la Sagrada Escritura, y a través de los santos. Es preciso anotar frases o propósitos, examinarse, recordar cosas que hemos visto u oído.

Si vamos a la oración a ver qué pasa, no pasará nada. Las velas del altar no se moverán, ni bajará un ángel con un dardo a inflamarnos el corazón. Y qué pena si, como los tres Apóstoles que estaban con Jesús en ese momento, nos dormimos en la oración... Luego no nos quejemos de que no entendemos al Señor, de que el ambiente está difícil, de que no podemos con la tentación... Sin oración se pierde el sentido sobrenatural.

Y una condición absolutamente necesaria: "No se haga mi voluntad, sino la tuya". ¡Cuántos van a la oración a que Dios les escuche y dirija las cosas para que se haga la voluntad de ellos: que me cure, que apruebe el examen, que me toque la lotería... Eso está bien, pero no es oración perfecta.

La verdadera oración recorre el camino inverso: Hágase tu voluntad en mí; es decir, que yo me entere de lo que Tú quieres y yo haga Tu voluntad. Como la oración de María: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38).

Sí, es bueno que le digamos a Dios nuestras necesidades, pero hemos de aprender de Jesús en el huerto a cumplir la voluntad de Dios sobre nosotros.

viernes, 20 de junio de 2008

Allí estabas tú (XI)


13. ¿Por qué tengo que hacer oración?

Precisamente fue en esos momentos, en aquel huerto donde Jesús nos dijo porqué habíamos de orar: "Velad y orad para no caer en la tentación" (Mt 26,41). Se lo decía a Pedro y a los otros. Y Pedro se lo dirá después a sus discípulos, a todos: "Estad en vela porque el diablo está como león rugiente buscando a quien devorar" (1 Pe 5,8). El diablo no para. Sabe que tiene poco tiempo (Ap 12,12) con cada alma para conseguir llevarla consigo.

Y se durmió Pedro, y por eso luego le negó. Y se durmió en la oración la gente que hacía oración y por eso luego no acertaron a evangelizar, a responder a los mundanos en sus preguntas. Y se durmió el mundo.

Sí, el mundo está dormido, atontado por mil actividades que hoy son y mañana no. Ahí están los periódicos para atestiguarlo. ¿Quién se acuerda de las noticias de la cuarta página de tal diario de un jueves de abril de 1968? Ese día eran noticia y al siguiente no. El mundo entero, y cada uno de sus habitantes, está como atontado por lo de aquí y ahora. Está como atontado por la frivolidad.

¿Que por qué tengo que hacer oración? Para conectar con lo eterno, para vivir como persona y no como si fuera un mero animal racional; para conocer y cumplir la voluntad de Dios.

Al diablo no le interesa nada que hagamos oración, porque entonces espabilamos, descubrimos sus tretas, nos arrepentimos de nuestros pecados, comprendemos a los demás, descubrimos la grandeza de la vocación a la que hemos sido llamados; conectamos con Dios.

¿Por qué tantas guerras entre países y dentro de las familias? ¿Por qué la gente va tan desquiciada? ¿Por qué no hay vocaciones? No busquemos respuestas en las estadísticas o en la psicología, busquémosla en el fondo de nosotros mismos.

La Madre Teresa de Calcuta lo explicaba en 1985 en el Congreso Eucarístico de Nairobi: "Hasta 1973 teníamos en nuestro instituto media hora mensual de adoración al Santísimo. Pero entonces, con motivo del Capítulo General, decidimos por unanimidad fijar una hora diaria de adoración. Tenemos mucho que hacer, como es bien sabido, porque nuestro hogares para enfermos, leprosos y niños abandonados están en todas partes a plena ocupación. Sin embargo, nos mantenemos fieles a nuestra hora diaria de adoración. Pues bien: desde que introdujimos este cambio de la hora diaria de adoración, nuestro amor por Jesús es más íntimo, es más comprensivo nuestro amor recíproco, reina una mayor felicidad entre nosotras, amamos más a nuestros pobres. Y, lo que es más sorprendente, se ha doblado el número de vocaciones".

No le demos vueltas; el desasosiego interior, el malestar que provocamos a nuestro alrededor, los pecados, y cosas por el estilo no tienen otra causa que ésta: tener los sentidos despiertos y el alma dormida. Los sentidos externos ocupados con las cosas de la tierra, y los sentidos internos ocupados en nuestras cosas. Y en vez de pensar en Dios y en los demás, sólo pensamos en nosotros mismos.

Ahí comienza el drama del hombre y todos sus problemas. Porque cuando se pierde el sentido sobrenatural, la vida carece de su verdadero sentido. Necesitamos urgentemente hacer oración. Necesitamos conectar con Dios para recuperar lo más valioso de nosotros mismos.

Esto es lo que diferencia esencialmente al hombre de cualquier otra criatura: es el único ser que puede hablar con Dios. ¿Y no debería de ser esto algo normal en un cristiano?

Desde hace años veo por la calle cada mañana y cada tarde a una señora joven que saca a su perrito blanco, como un gran copo de algodón. Con una fidelidad digna del mayor elogio, lo saca puntualmente: media hora por la mañana y media hora por la tarde. Detrás del perrito, atada a la cuerda, la señora se va deteniendo en cada lugar donde al perro le apetece detenerse, volviendo a andar cuando él lo desea. No puede dejar de hacerlo cada día, porque ¡es tan importante sacar al perro! Antes tenía otro, pero se murió. Luego tendrá otro...

¿Seguro que no puedes encontrar un rato al día para hablar con Dios? ¿No sacas tiempo para otras actividades que te interesan?

jueves, 19 de junio de 2008

Allí estabas tú (X)


IV. LUNA LLENA

12. La oración de Jesús

Jesús ha salido del Cenáculo con sus amigos más íntimos. Es de noche, y la luna llena del catorce de Nisán está en lo alto. Jesús recorre las estrechas callejuelas de Jerusalén, pasa por debajo del arco de una de las puertas de la ciudad y desciende hasta el torrente Cedrón. Al atravesar el puente, la luna reflejada en el río ha visto la cara de Jesús, cara de preocupación, de miedo.

Si la luna pudiera hablar... ¡Cuántas veces hemos mirado cara a cara a la luna llena, luna fría que no dice nada! Y es que se quedó como muda aquella noche viendo la cara del Señor.

Después de atravesar el río, Jesús sube por la vereda hacia el monte de los Olivos. ¡Tantas veces había ido allí a rezar muy de mañana, a la luz del día! Porque desde allí, al otro lado del valle, está situado, a la misma altura, el Templo, el lugar donde Dios estaba.

Pero esta noche ha ido allí a rezar porque lo necesita, como todo el que tiene alguna necesidad. Y ha ido para enseñarnos a rezar, que por eso enunciamos el quinto Misterio de Dolor como «La oración de Jesús en el huerto».

Jesús en oración habla con su Padre. "Cuando queráis rezar decid: Padre" (Lc 11,2). "Padre (...), yo sé que siempre me escuchas" (Jn 11,42), también en este momento tremendo; y en la Cruz... ¿Cuándo aprenderemos a tratar así a Dios, y no verle como a un ser lejano, como a una especie de idea o de nube de cristal fría con quien es absurdo hablar?.

Este es el gran descubrimiento. Y este es el gran escándalo para los fariseos: "Porque no sólo violaba el sábado, sino que decía que Dios era su Padre" (Jn 5,18).

Sí, "-Dios es mi Padre! -Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración"(San Josemaría Escrivá, Forja, 2). Porque Él es Eterno, Todopoderoso, lo sabe todo,... y yo puedo tratarle como un hijo, porque lo soy (1 Jn 3,1).

Y la oración es eso: hablar con Él. Por eso es natural hablarle con confianza. ¿Y hablar de qué?

Jesús nos enseña en el huerto de los Olivos.

"Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (...). Por segunda vez fue a orar, diciendo: Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad" (Mt 26, 39-42).

Otras veces había hablado con su Padre de otras cosas: de su Madre, de sus amigos... Pero ahora le exponía el problema que llevaba en la cabeza y le encogía el corazón: la redención de la humanidad y lo que tendría Él que padecer.

Jesús estaba angustiado. Y su Padre, como siempre, le escuchó: le envió un ángel para confortarle. Como a nosotros; siempre que hacemos bien la oración, siempre que buscamos Su voluntad -no la nuestra- nos quedamos con paz de espíritu. Dios siempre envía un ángel que consuela a quien hace bien la oración.

La luna, contemplativa, ha visto a Jesús hacer oración.

miércoles, 18 de junio de 2008

Allí estabas tú (IX)


11. ¿Quieres ser santo?

Si por parte de Dios no hay impedimento; es decir, que nos ha dado todos los medios –el Espíritu Santo, los Sacramentos, La Santísima Virgen, etc.-, todo depende de nosotros, de que queramos.

Ser santo no es difícil, sin embargo requiere una decisión continuada durante toda la vida, como decía Santa Teresa a sus religiosas: "Los que quieren beber de esta agua de vida y quieren caminar hasta llegar hasta la misma fuente, cómo han de comenzar, y digo que importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo" (Santa Teresa, Camino de perfección, 35).

Si Cristo te preguntara si quieres ir a Cielo, contestarías sin vacilar que sí, lógicamente. Pero si te mirara fijamente y te volviera a hacer la pregunta despacio, captarías lo que ese compromiso encierra: poner los medios, todos los medios; abandonarte totalmente como San Pedro. Estar dispuesto a que el Señor te diga como a Simón: "Cuando eras joven, tú te ceñías e ibas adonde querías; cuando seas mayor extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras" (Jn 21,18), es decir, dejarse conducir por Él.

¡Ah, entonces la pregunta cambia! Y es que, a lo mejor, uno desea ganar el premio eterno, pero sin poner los medios, sin empeñar lo que cuesta, y quedarse con la sonrisa de marioneta de cartón como el joven rico.

Piénsalo.

"Me dices que sí, que quieres. -Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? -¿No? -Entonces no quieres" (San Josemaría Escrivá, Camino, 316).

Si alguien desea nuestra felicidad más que nosotros mismos ese alguien es Dios. Para eso nos ha facilitado los medios necesarios pasa ir al Cielo -que ya Le costó, ¡eh!-. Todo depende de nosotros. Precisamente para eso estamos de visitantes en esta tierra.

¿Quieres ser santo? ¿De verdad?

martes, 17 de junio de 2008

Allí estabas tú (VIII)



10. Todos tenemos vocación



Hay algunas personas que se preguntan si tendrán ellas vocación, y la pregunta está mal hecha, porque todos tenemos una llamada divina.

Lo que sucede es que hay que descubrirla, y luego seguirla. Descubrir lo que Dios propone a cada uno: Dios nos da todo, se nos da Él mismo. Y pide todo, toda la vida. El mensaje que Cristo proponía a los suyos era radical, exigía una dedicación completa. Y esto en todos los estados y condiciones. No sólo a los presbíteros, sino a las amas de casa, a los estudiantes, a los senadores,...

Una nueva manera de vivir. El planteamiento que Dios hace al cristiano es grandioso: le ofrece la santidad.

Pero exige mucho. Ser cristiano supone haber hecho una opción, haber tomado una decisión en la vida de amar a Dios sobre todas las cosas y de servir a los demás.

Meter toda nuestra existencia en esas dos coordenadas. El cristiano vive cada día para amar a Dios y a los demás; todo lo demás que realiza tiene que tener esa connotación del amor y del servicio. Por eso, el final de su vida da como resultado una vida llena, repleta de amor.

La pregunta, por tanto, no es ¿tengo vocación?, sino ¿de qué?

Jesucristo vino a llamar a todos a seguirle, a la santidad, al Cielo. Sería absurdo pensar que entre los bautizados hubiera unos llamados a mayor perfección que otros. Así no pensaban los primeros cristianos. Cuando se convertían, se comprometían a dar la vida por Cristo, a ser cristianos con todas sus fuerzas, incluso estaban dispuestos al martirio. Que hubiera sacerdotes, diáconos y Obispos era otra historia, era porque se necesitaban. Pero todos eran muy importantes.

Algunos de los santos de los primeros tiempos que veneramos en los altares eran sacerdotes o Papas, pero la mayoría eran profesionales o estudiantes. Por poner un ejemplo, Santa Felicidad murió con veintidós años, estaba casada y tenía un crío de meses.

Dios llama a todos a la santidad. "Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Pastor que 'a sus ovejas las llama a cada una por su nombre' (Jn 10, 3)" (Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici).

Todos estamos llamados a ser santos, a no vivir una existencia meramente humana, sino divina. Y en algún momento de nuestra existencia aparece Cristo que pregunta por nosotros, diciéndonos: ven y sígueme.

Descubrir el sentido vocacional de nuestra existencia, aquello para lo que hemos nacido, es lo más importante de nuestra vida. Simón nació para ser San Pedro, Teresa de Avila para ser carmelita, ser Santa Teresa de Jesús; Ignacio del País Vasco para ser el santo Fundador de los Jesuitas; aquel chico de Barbastro llamado Josemaría Escrivá, para ser el Fundador del Opus Dei. Y todas las personas de todos los tiempos estamos llamados a lo mismo: a ser santos. No a ser fundadores o carmelitas. Pero sí a tener una vida interior no menos intensa que la de ellos.

Lo que hace falta es hacer oración, estar con Jesús, para darse cuenta. Y tener a alguien que nos oriente en esta llamada. Dios pone siempre a nuestro lado alguien que, de parte de Dios, con su palabra o su ejemplo nos llame la atención.

¿Para qué me puso Dios en la existencia? ¿Para qué estoy yo en esta vida? Para algo muy grande que Dios tiene previsto. Es muy importante descubrirlo, y seguirlo... hasta la muerte. Hasta el Cielo. Porque en el Cielo están los santos: esas personas -normales- que le fueron diciendo que sí a Dios.

No, la santidad no es para gente especial, para unos pocos; es para todos. Todos deberíamos llegar al Cielo con una nota de sobresaliente. Si sólo llevamos un aprobado será porque no habremos descubierto nuestra vocación o porque no la habremos vivido bien.

Lo normal en todos los cristianos debería ser la identificación con Cristo, la frecuencia de la Eucaristía y de la Confesión, la devoción a la Virgen, la oración, la mortificación, etc. Es decir, vivir una vida normal, como todos los mortales, pero con un estilo y unas prácticas que los paganos no viven.

Lo que sucede es que, frecuentemente, la vocación cristiana se concreta en una vocación específica; vivir en la Iglesia de un modo determinado, con unas normas y costumbres particulares (Reglas se llaman en algunos sitios). Pero que no suponen algo superior a la llamada bautismal, sino una concreción en el modo de vivirla.

Y uno tiene que ver si Dios le llama a una vocación particular. Decía el Santo Padre: "Me dirijo sobre todo a vosotros, queridísimos chicos y chicas, jóvenes y menos jóvenes, que os halláis en el momento decisivo de vuestra elección. Quisiera encontrarme con cada uno de vosotros personalmente, llamaros por vuestro nombre, hablaros de corazón a corazón de cosas verdaderamente importantes, no sólo para vosotros individualmente, sino para la humanidad entera.

Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros: ¿Qué vas a hacer de tu vida? ¿Cuales son tus proyectos? ¿Has pensado en entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?"
(Juan Pablo II, Audiencia 13-V-84).

Como a Pedro, como a los otros Apóstoles y como a todos los hombres y mujeres que a lo largo de la historia han conocido la llamada, también nosotros nos quedamos confundidos. Porque, ¿qué méritos tengo yo?, ¿por qué se ha fijado Dios en mí?

Sin embargo, más que mirarnos a nosotros mismos, a nuestras posibilidades, a si podremos o no podremos, a qué va a pasar, qué van a decir..., lo que hemos de hacer es mirar a Jesús.

Si de El ha partido la idea, será por algo. El ya nos conoce y sabe nuestras pequeñas posibilidades y nuestros defectos. Si, a pesar de todo, nos llama -y nos ha llamado por el hecho de estar bautizados-, lo que hay que hacer es fiarse de El, intentar realizar lo que El tiene previsto.

Será El quien ponga en nosotros lo que nos falte y conducirá todas las cosas para el bien de los que ama. Tú no puedes, tú no vales; pero el Señor sí puede. Puede sacar de un pescador rudo de Galilea un santo: San Pedro.

"La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía" (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 45).

La vida tiene otro color con Él. Si San Pedro pudiera contarnos cosas de su vida con Jesús, ¡nos contaría tantas cosas! ¡Que bien se está con Él!, podría decirnos como aquella vez en el Tabor. Y ante el asombro de los milagros obrados por Jesús: apártate de mí que soy un pecador. También puede suceder que el recorrido de nuestra vida se nos haga largo y nos sucedan cosas. Posiblemente las mismas que a Simón Pedro. A él se le hacía duro tener que ir con Jesús a la Cruz y, ante las dificultades, ante las voces agoreras del ambiente, se nos ocurra decir: Señor, ayúdanos que perecemos.

Y al comprobar nuestros errores, nuestras faltas de fidelidad, tendremos que decir, muchas veces, cuando acudamos al sacramento del perdón: Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo.

Todo esto es nuestra vida; no pensemos que la vida de los santos era un continuo milagro. Eran personas normales, como nosotros, con una vida muy parecida a la nuestra. Siempre buscando hacer la voluntad de Dios; con tribulaciones y viendo los frutos, con alegrías y con penas. Pero eso sí, siempre con una decisión del corazón radical: Señor, yo daré mi vida por ti.

Y así hasta el último momento de la vida. La muerte, entonces, no es otra cosa que el encuentro con Quien amamos ya aquí. La muerte lo que hará es hacernos santos para siempre. Porque el Cielo es la casa de los santos.

domingo, 15 de junio de 2008

Allí estabas tú (VI)


8. Yo, pecador

Pero el pecado es una realidad en el mundo. Es un hecho que nosotros cometemos pecados. Aquí es donde entramos nosotros. Cada uno es el otro protagonista de aquellos sucesos que ocurrieron en Jerusalén hace dos mil años. Si nosotros no hubiéramos pecado, la Pasión no hubiera tenido lugar.

"Que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo..., padeció bajo el poder de Poncio Pilato", afirmamos en el Credo. Jesús vino a esta tierra a cambiar las cosas: Él, siendo Dios, se hizo hombre para que el hombre no se crea dios, y a la vez se divinice. Para esto vino, para redimirnos del pecado y darnos ejemplo de vida, para que nosotros sepamos cómo vivir: con El y como El.

"¿Qué es el hombre, Señor, para que te acuerdes de él?", dice el Salmo 9. Cada uno en particular debemos ser muy importantes para Dios. Ya deberíamos saber que nuestra grandeza -tal como Dios la valora- no consiste precisamente en la valoración que hace el propio orgullo.

Sí, la importancia nuestra consiste en que Dios nos quiere. Nos quiere a cada uno más que a todos los millones de estrellas y de pájaros y de puestas de sol. Para Dios cada uno somos muy importantes. Y por eso nos creó, y nos creó tal como somos, y nos ha dado muchos otros dones sobrenaturales, porque tenemos la capacidad de ser y de vivir como hijos suyos, aquí en la tierra y, después, eternamente en el Cielo.

Sí, tú vales más de lo que te crees.

Pero tenemos la libertad. Y la realidad es que nacemos en pecado y cometemos pecados. Son hechos de nuestra propia historia. Nuestra soberbia nos inclina a pensar que somos Dios, porque tenemos la libertad, la capacidad de autodeterminarnos. Y la tentación es fuerte: si quito a Dios de mi vista, yo soy Dios para mí.

Cuesta reconocer que yo no soy Dios. Que Otro me haya puesto unas normas -Mandamientos- para que yo actúe ordenadamente, sin amor propio.

Porque la moral, no lo olvides, no es otra cosa que el recto orden del amor.

Sí, nosotros estamos hechos para amar a Dios y a los demás, y a veces se mete el amor propio. Y, entonces hacemos lo que nos da la gana en beneficio propio, no como debemos de actuar. Y eso es el pecado.

Grandes misterios estos: el de nuestra libertad, el del pecado, el del infierno, el de la Pasión del Señor y el del dolor en el mundo. Aunque te parezca difícil de entender, el pecado que hoy se comete, estaba presente aquel primer Viernes Santo en el Gólgota.

Por eso, qué importante es contemplar la Pasión para valorar nuestros pecados y tener verdadero arrepentimiento. "Para el dolor y arrepentimiento de nuestros pecados, nos da grande motivo la Pasión del Salvador, pues es cierto que todo lo que padeció, por los pecados lo padeció (...). De manera que los pecados, así los tuyos como los míos, como los de todo el mundo, fueron los verdugos que le ataron, y le azotaron y le coronaron de espinas, y le pusieron en la Cruz. Por donde verás cuánta razón tienes aquí para sentir la grandeza y malicia de tus pecados, pues realmente ellos fueron la causa de tantos dolores" (Fray Luis de León, Vida de Jesucristo, 15).

sábado, 14 de junio de 2008

Allí estabas tú (V)


7. Ayúdame, gracias

Para saber quiénes somos, lo mejor que podemos hacer es recordar de dónde venimos. Hace años tú eras un bebé, un niño o una niña. Observar a un bebé enseña muchas cosas: que él no se ha dado la vida a sí mismo. El cuerpo lo ha recibido de sus padres y el alma se la regalado Dios. Y es una vida muy frágil, que si no se tiene un continuo cuidado, se puede morir. Y hay que hacerle todo, no se vale por sí mismo para nada.

Pero, claro, ¿quién se acuerda de aquello si éramos muy pequeños? Sucedió hace tantísimos años... hace dieciséis o veinte, que ya nos hemos olvidado.

Este es un eterno problema de la persona humana, que tiene una capacidad rapidísima de olvidar. ¿Pero no te das cuenta de que si Dios mirara hacia otro lugar y se olvidara de ti, dejarías de existir? ¿Pero tan pronto te olvidas de lo que han hecho tus padres por ti, tantas noches, tantos días, tantos años?

Tan pagados estamos de nosotros mismos, que sólo hablamos de nuestros "derechos" y nos olvidamos de ayudar a los demás, que tantas veces nos han ayudado.

¿Alguien te preguntó al nacer si querías estar en la existencia? ¿Si querías ser persona humana o un animal de cualquiera de las otras especies, o si querías nacer en el siglo veinte o en un país desarrollado?

¿No te das cuenta que todo lo que sabes es porque otras personas te lo han enseñado y hasta el bolígrafo o el ordenador que utilizas alguien lo ha diseñado, otro fabricó el material, otro lo confeccionó, otro lo ha transportado...

Si algo es verdaderamente humano es la humildad. Y si algo produce pena es la falta de agradecimiento por los dones recibidos. Esto lo saben muy bien quienes están en las camas de los hospitales.

¿Quién soy yo? Alguien que vale muchísimo a los ojos de Dios. Pero no precisamente por lo que el soberbio se cree (que es más listo, más guapo y más alto que los demás), sino por algo que el mismo Dios nos da: la gracia divina.

Todo lo que tenemos es recibido, es don gratuito. Entonces, ¿de qué gloriarse?

Y, además, tenemos una misión que cumplir en la tierra, también puesta por Dios: vivir como hijos de Dios, cumpliendo Su voluntad. La grandeza del hombre consiste en su humildad, en procurar hacer no su voluntad -la del YO-, sino la de Dios: en obedecer a Dios.

Por eso el humilde cumple los Mandamientos.

No habla de sí mismo.

No se cree lo que hace.

No se asombra de sus errores.

Huye del peligro.

Escucha y aprende.

Ayuda a los demás y es amable (es querido).

Agradece a Dios y a los demás.

Pide ayuda.

Reza.

Sí, el humilde reza, acude a Dios, porque sabe que sin Él no sabe nada, no tiene nada, no puede nada, no es nada. Se ve a sí mismo como un niño, que todo lo necesita de su Padre Dios. Por eso existe en los libros de ascética un capítulo dedicado a la infancia espiritual.

La vida sobrenatural, la vida de la gracia es algo que sólo Dios da. Hemos de entender que la santidad es un don gratuito; que nosotros no nos hacemos santos a nosotros mismos, sino que nos hace santos Él, que es el tres veces Santo.

"Dios resiste a los soberbios, y a los humildes da su gracia" (Sant 4,6); enaltece a los humildes, a los hambrientos de santidad los colma de bienes, y a los ricos, a los llenos de sí mismos, los despide vacíos (Cf. Lc 1,52-53).

El humilde sabe que toda la eficacia sobrenatural viene de Dios, y que lo que uno debe de hacer es poner todos sus talentos y ponerse a sí mismo -su libertad- al servicio de Dios. Obedecer, ser instrumento, dejarse llevar por el Espíritu Santo, esta es la grandeza del hombre.

viernes, 13 de junio de 2008

Allí estabas tú (IV)


II. AQUÍ ESTOY YO

6. Yo soy YO

- Hijo de Adán, ¿por qué te empeñas en ser Dios?

- ¿Quién? ¿Yo? Si yo no me creo eso.

- ¿Cómo que no? ¿No han salido de tu pensamiento palabras como: "Yo hago lo que me da la gana, a mí nadie me organiza la vida, yo pienso que, pues a mí me parece, a mí no se me hace, y mil frases de este estilo, sobre todo cuando estás enfadado?

Sí, no te extrañes; el «yo, mí, me, conmigo» te sale por todas partes, y eso no indica otra cosa que tú, para ti, eres lo más importante. Que juzgas el mundo desde tu punto de vista. Incluso te permites juzgar a los demás, y ya sabes que "el que juzga es el Señor" (1 Co 4,4).

Aunque no nos lo creamos, en el fondo de nosotros hay una oculta soberbia que nos lleva a la exaltación de nuestra libertad, de nuestro YO, por encima de todo, a decir que "Los diez Mandamientos se encierran en dos: amarás al señor tu YO con todas tus fuerzas, y no te meterás con el prójimo para que no te haga daño".

Y ante los Diez Mandamientos que puso Dios se insinúa en nuestro interior: ¿Por qué he de obedecer yo a Dios. ¿Yo? ¿Yo, que tengo mi libertad y mi punto de vista? Me parece bien que Dios dé sus Mandamientos, pero ante ellos Yo pienso, Yo hago...

El pecado, cualquier pecado consiste, en el fondo, en esto: Dios dice..., pero yo prefiero hacer otra cosa. Dios tiene sus normas y yo las mías. Yo no me meto con Dios, que Él no se meta en mi vida.

¿Y por qué tengo que obedecer a mis padres? ¿Y por qué tengo que estudiar o ir a Misa y todas esas cosas que me dicen?

Y por eso me enfado cuando me enfado. Porque, además, siempre tengo la razón.

Y por eso critico y murmuro de los demás. Porque yo soy la objetividad.

Y por eso hago lo que me da la gana. Porque yo siempre hago lo mejor.

Yo no necesito de nadie.

Yo aprendo sólo. Soy autodidacta.

¡Yo soy...YO!

... y mis circunstancias.

(... y tus defectos).

* * *

Era el león el animal más poderoso de la selva por su fuerza y su astucia. Todos le temían, y si alguno refunfuñaba, él daba un grito y todo el mundo callaba. Era el Rey de la Selva.

Un día de calor estaba echado a la sombra y vinieron a decirle, con cuidado, no fuera a molestarse, que había llegado a la selva un animal que se decía era el Rey de la Creación. Enojado, salió corriendo hacia su encuentro. Cuando le vio de lejos pensó que sería mejor ver de quién se trataba y destrozarle con astucia. Se acercó al hombre y le preguntó con voz dulce quién era. El hombre le invitó cortésmente a entrar en su casa para dialogar, a la vez que abría la puerta de una jaula. Entró el león y quedó preso para siempre. En un momento dejó de ser el rey.

Era Luzbel el más perfecto de los ángeles que Dios había creado y se lo creyó, y quiso ser como Dios, y en ese momento fue abatido hasta lo más bajo, al abismo. La soberbia le destrozó.

Eran Adán y Eva los reyes de la creación... La historia ya te la sabes. Apareció el diablo y les dijo que el día que desobedecieran a Dios serían como dioses. Desobedecieron a Dios y perdieron lo más grande que tenían: la Gracia de Dios.

En toda desobediencia a Dios hay un punto de soberbia. Y cuando el hombre es soberbio, en ese mismo instante se enjaula a sí mismo, se pierde a sí mismo, cae en la necedad. El diablo le engaña.

domingo, 8 de junio de 2008

Allí estabas tú (III)


I. JESÚS


3. ¿Qué dice la gente?



En el Credo decimos los católicos que Jesucristo "padeció bajo el poder de Poncio Pilato". La verdad es que uno se pregunta: ¿Pero qué pinta Pilato en el Credo? Sin embargo, la respuesta es de la mayor importancia, pues estamos diciendo que Jesucristo vivió y murió en un lugar concreto y en un tiempo determinado. Precisamente en el que los romanos dominaban Palestina, bajo el mandato del gobernador Pilato, puesto por el emperador.

¿Y quién fue -quién es- Jesucristo? Importa mucho saberlo, porque, según el cristianismo, éste es el camino para ir al Cielo.

En cierta ocasión Jesús hizo una especie de encuesta entre sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías u otro de los profetas. Y El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,13-16).

Quizá Jesús se sonreiría escuchando lo que se decía de El. Si hiciera hoy la misma pregunta, ¿qué oiría? Quizá escuchara con un poco de pena las tonterías que se dicen. Sí, Señor, se dicen tantas cosas hoy de Ti. Que si eres el primer hippie, un rebelde ante las estructuras sociales, el que va a resolver el problema de la pobreza y del hambre en el mundo,...

Después de todo lo que nos explicó sobre la salvación, después de tantos siglos asistiendo al Magisterio de la Iglesia que nos dice Quién es, después de tantas locuciones a tantos santos...; todavía hay gente que no sabe que Dios ha estado entre los hombres.

4. ¿Quién es Jesucristo?


Todos los Viernes Santos se lee en los Oficios la Pasión según San Juan. La Pasión de un hombre con un cuerpo de más de un metro ochenta de altura, que tenía cabellos, manos, ojos; es decir, un verdadero cuerpo. Y que tenía sentimientos: era capaz de amar y de sentir pena, como atestiguan los que le conocieron. Jesús sufrió en su alma y en su cuerpo.

Sufrió el desprecio como nos sucede a nosotros cuando nos desprecian y humillan. Y sufrió en todo su cuerpo: en sus espaldas, en los pies, en la cabeza, en las manos... Tuvo dolor de cabeza, y sed, y sueño. Cuando le descolgaron de la cruz, quedó en el suelo como un saco de tierra, inerte. La cara llena de sangre reseca, los músculos de los brazos y del cuello tensos; la piel amoratada, sucia, abierta por mil rotos. La cara como la de un boxeador después de perder un combate donde el contrario se ha ensañado: hinchada, irreconocible.

Jesús, nacido en Belén y criado en Nazaret, no es una leyenda; es alguien de carne y hueso. Era -es- un hombre con su historia, sus amigos, sus recuerdos... y con enemigos que lograron el linchamiento hasta matarle.

Y ese Hombre era -es- Dios.

La Pasión del Viernes Santo la cuenta San Juan que estuvo allí viéndolo.

Pero también cuenta otras cosas.

El Evangelio de San Juan tiene una estructura distinta de la que tienen los otros tres Evangelios. No pretende narrar paso a paso la vida de Jesús. Lo que quiere explicar, continuamente, es que ese Jesús al que él conoció ¡es Dios!

Y comienza diciendo: "Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios (...). Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,1-14). Enseguida pasa a narrar varios milagros que ponen en claro Quién es: después de la multiplicación de los panes la gente le quiere hacer rey, la samaritana se da cuenta que está en presencia del Mesías, y Marta confiesa, antes de la resurrección de su hermano: "Yo sé que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Jn 11,27).

Luego cuenta la Pasión tal y como él la vio y el hecho asombroso de la Resurrección. Al final de su Evangelio dice que "Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (Jn 20,30-31).

La Historia se divide en dos, antes y después de Cristo. Y el mundo se divide en dos, los que creen en Cristo y le siguen -los cristianos-, y los que no lo son. Los mundanos y los que han vencido al mundo. Y ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Jn 5,5). La Fe en Jesús nos lleva a la conversión, a renacer por el agua y la sangre (1 Jn 5,6): a seguir un modo nuevo de vida, a ser cristiano.

sábado, 7 de junio de 2008

Allí estabas tú (II)


2. Sé tú el protagonista



Es absolutamente cierto que Cristo ha resucitado. Los que le vieron y hablaron con Él después de la resurrección no sólo lo propagaron con sus palabras, sino que dieron su vida por ello.

Pero si esto es verdad, la historia debería dividirse en dos: antes de Cristo y después de Él. Ya ningún hombre debería pasar por la tierra sin conocer a ese Hombre llamado Jesús y tener noticia de lo que dijo.

Bueno será conocer las cuatro biografías que nos dejaron de Él los que Le conocieron y los que oyeron hablar de Él a sus Apóstoles. Bueno será leer despacio los Evangelios para conocer su vida y sus palabras y, sobre todo, el momento, la hora, a la que apuntaba toda su existencia: su Pasión y Muerte.

La Resurrección es la prueba clave, la demostración de que Jesús decía la verdad. Pero antes del Domingo de Resurrección Jesús tenía que pasar por el Viernes Santo. Te invito, pues, en estas próximas páginas a considerar la Pasión del Señor.

Pero no seas un frío testigo de aquellos tremendos sucesos. Intenta considerarlos como lo que fueron: un drama cruel, una injusticia, si se ve desde un ángulo humano; momentos de salvación, si se ven desde el ángulo de Dios.

Porque, efectivamente, allí estabas tú; virtualmente, en tu realidad, con tus pecados. Porque esta es la realidad: en Adán pecamos todos, y nacemos en pecado. El pecado es una realidad en el mundo, en nuestra propia historia.

Allí en Jerusalén, en la Pascua del año treinta y tres después de Cristo, allí estaban Adán y todos los hijos de Adán.

Jesús murió por ti. Considera la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo como lo que fueron: los momentos más trascendentales de la historia de la Humanidad, y los más importantes de tu propia historia.

Meditar esos momentos es algo que hemos de hacer de vez en cuando.

"¡Cuánto agrada a Jesucristo nuestro recuerdo frecuente de su pasión y cuánto siente que lo echemos en olvido! Si uno hubiera padecido por su amigo injurias, golpes y cárceles, ¡qué pena le embargaría al saber que el favorecido no hace nada por recordar tales padecimientos, de los que ni siquiera quiere oír hablar!" (San Alfonso Mª de Ligorio, Práctica del amor a Jesucristo, cap IV).

Una vez que hubo resucitado, Jesús habló con sus discípulos. "Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, y les dijo: Que así estaba escrito, que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos, y que se predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados"(Lc 24, 46-47).

Pido a Dios que también a nosotros nos abra la inteligencia para que entendamos nuestra presencia en la Pasión, la necesidad de pedir perdón por nuestros pecados y no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Aquél que por nosotros murió y resucitó (Cf. 2 Co 5,15).

Hablemos, pues, en primer lugar de los dos grandes protagonistas de la Pasión -Jesús y yo-, para después mirar a otros testigos de esos momentos y sacar consecuencias.

viernes, 6 de junio de 2008

Allí estabas tú (I)


INTRODUCCIÓN


1. Todo será diferente



Aquella mañana era domingo. Era el primer domingo de la historia, el que iba a marcar todas las semanas posteriores.

Ha amanecido hace un rato. Como todas las mañanas de los domingos de todas las ciudades, la ciudad de Jerusalén duerme esa mañana.

No se ve a nadie circular por las calles, todo está en calma.

Parece que todos duermen, pero esa mañana todo el mundo está en pie. Hay mucha tensión contenida. Detrás de las ventanas cerradas de las casas, los corazones de la muchedumbre que abarrota Jerusalén laten con fuerza. También los fariseos están inquietos, aunque tienen guardias por toda la ciudad por si acaso.

Y es que los ojos del más de un millón de personas venidas para las fiestas están pendientes de un sepulcro, el de Jesús de Nazaret, ajusticiado el viernes pasado, porque había dicho que resucitaría al tercer día.

Nadie duerme allí, ¡como para dormirse esa noche! Todo el mundo está a la espera de las noticias. Pero nadie se mueve, como quien espera el inminente estallido del volcán cercano, o la señal para comenzar la revolución popular todo un pueblo que ha sido oprimido durante decenios.

Pero nadie hace un gesto que pueda delatarle. Todo el mundo está a la espera. Las calles siguen en calma aunque el sol ha comenzado a elevarse.

De pronto se escuchan unos pasos desacompasados que suben por una estrecha calle empedrada. Un curioso no puede aguantarse y abre unos centímetros una ventana de madera. Por la rendija entra la luz amarilla.

- Es una mujer -dice a los de dentro- que sube jadeando. Lleva el pelo suelto y parece que tiene prisa. Con una mano se agarra la falda para no tropezar.

Ella sigue subiendo y desaparece del campo de visión del curioso de la ventana, que se apresura a cerrarla. Se siguen escuchando sus pasos, cada vez más lejanos, y de nuevo el silencio.

Por fin la mujer se detiene frente a una casa. Llama a la puerta. Dentro, en penumbra, están varios hombres sentados en corro, como esperando. Al oír los golpes se sobresaltan.

- ¿Será la policía? ¿Quién será?

Uno se acerca a la puerta y con voz seca pregunta:

- ¿Quién es?

- Soy yo, María Magdalena.

Un inmenso chorro de luz entra por el hueco de la puerta abierta. A contraluz les dice:

- No está en el sepulcro.

Como si de una contraseña se tratara, Pedro y Juan salen corriendo hacia las afueras de la ciudad.

Juan llegó antes al sepulcro, pero se quedó a la puerta y no entró. Cuando Pedro hubo entrado en él, Juan miró hacia dentro. "Y vio y creyó"(Jn 20,8), dice él en su Evangelio.

¿Qué es lo que vio Juan? Vio que el sudario, una tela que se colocaba sobre la cara de los difuntos, estaba doblado aparte (señal de que no había habido ladrones, pues suelen dejar todo revuelto), y los lienzos -unas cintas grandes que envolvían una gran sábana- estaban "caídos". Juan se da cuenta de que están ¡caídos! No tirados en el suelo de cualquier manera. Están exactamente en el mismo lugar y posición en que los dejaron, pero sin cuerpo dentro.

Nadie los ha desenvuelto para sacar el bulto y volver a enrollar las cintas. No; son como un globo deshinchado. Y no hay agujeros. ¿Por dónde ha salido? ¡Se ha evaporado, se ha ido! No, no se lo han llevado... ¡Ha resucitado, según predijo!

Pedro sale despacio de dentro con cara perpleja, mira a Juan con cara seria y, a cámara lenta, a ambos les va cambiando la cara, como cuando a uno le dan la noticia de que ha aprobado todo el curso... ¡después de tanto sacrificio!; como cuando a una madre le comunican que su hijo que estaba en la guerra y no volvió en el tren con los supervivientes, le dicen que su hijo está ahí afuera...

Las caras de Pedro y de Juan se han iluminado. La sorpresa ha dado paso a la alegría; ¡Ha resucitado! ¡Jesús ha resucitado!

A partir de ahora todo será distinto. Ha comenzado la mayor revolución –de paz– que jamás ha existido: el cristianismo.

jueves, 29 de mayo de 2008

Quince minutos con Jesús sacramentado




• No es preciso, hijo mío, saber mucho para agradarme; basta que me ames mucho. Háblame sencillamente, como hablarías al más íntimo de tus amigos, como hablarías a tu madre, o a tu hermano.
• ¿Necesitas hacerme alguna súplica en favor de alguien? Dime su nombre, sea el de tus padres, el de tus hermanos y amigos; dime en seguida qué quisieras que hiciese yo realmente por ellos. Pide mucho, muchas cosas; no vaciles en pedir, me gustan los corazones generosos, que llegan a olvidarse de sí mismos para atender las necesidades ajenas. Háblame con llaneza, de los pobres a quienes quisieras consolar; de los enfermos a quienes ves padecer; de los extraviados que anhelas devolver al buen camino; de los amigos ausentes que quisieras ver otra vez a tu lado. Dime por todos al menos una palabra; pero palabra de amigo, palabra entrañable y fervorosa. Recuérdame que he prometido escuchar toda súplica que salga del corazón.
• ¿Necesitas alguna gracia? Haz, si quieres, una lista de lo que necesitas, y ven, léela en mi presencia. Dime con sinceridad que sientes orgullo, pereza y amor a la sensualidad, que eres tal vez egoísta, inconstante, negligente..., y pídeme luego que venga en ayuda de los esfuerzos, pocos o muchos, que haces para sacudir de encima de ti tales miserias.
• No te avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay en el cielo tantos y tantos justos, tantos y tantos santos de primer orden que tuvieron tus mismos defectos! Pero rezaron con humildad, y poco a poco se vieron libres de sus miserias.
• Tampoco vaciles en pedirme bienes para el cuerpo y para el entendimiento: salud, memoria, éxito feliz en tus trabajos, negocios o estudios... Todo eso puedo darte, y lo doy y deseo me lo pidas en cuanto no se oponga, sino que favorezca y ayude a tu santificación. Hoy por hoy, ¿qué necesitas? ¿Qué puedo hacer por tu bien? ¡Si conocieses los deseos que tengo de favorecerte!
• ¿Te preocupa alguna cosa? Cuéntamelo todo detalladamente. ¿Qué te preocupa?, ¿qué piensas?, ¿qué deseas? ¿No querrías poder hacer algún bien a tus prójimos, a tus amigos a quienes amas tal vez mucho y que viven quizá olvidados de mí? ¿No te sientes con deseos de mi gloria?
• Dime: ¿qué cosa llama hoy particularmente tu atención? ¿qué anhelas más vivamente y con qué medios cuentas para conseguirlo? Dime qué es lo que te ha salido mal, y yo te diré las causas del fracaso. Hijo mío, soy dueño de los corazones, y dulcemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, donde me place.
• ¿Estás triste o de mal humor? Cuéntame tus tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te ofendió?, ¿quién lastimó tu amor propio?, ¿quién te ha menospreciado? Acércate a mi corazón, que tiene el bálsamo eficaz para todas las heridas del tuyo. Cuéntame todo, y acabarás por decirme que, a semejanza de mi, todo lo perdonas, todo lo olvidas, y en pago recibirás mi consoladora bendición. ¿Tienes miedo de algo? ¿Sientes en tu alma tristeza? Échate en brazos de mi providencia. Contigo estoy, aquí, a tu lado me tienes; todo lo oigo, ni un momento te desamparo.
• ¿Sientes desprecio por las personas que antes te quisieron bien, y ahora, se alejan de ti, sin que les hayas dado el menor motivo? Ruega por ellas, y yo las volveré a tu lado si no han de ser obstáculo a tu santificación.
• ¿Tienes alguna alegría que comunicarme? ¿Por qué no me haces partícipe de ella por lo buen amigo tuyo que soy? Cuéntame lo que desde ayer, desde la última visita que me hiciste, te ha consolado y hecho como sonreír tu corazón. Quizás has tenido alguna sorpresa agradable; quizás se han disipado algunos recelos; quizás has recibido buenas noticias, una carta, una muestra de cariño; quizás has vencido una dificultad o salido de un apuro... Obra mía es todo esto, y yo te lo he proporcionado. ¿Por qué no has de manifestarme por ello tu gratitud, y decirme sencillamente como un hijo a su padre: gracias, padre mío, gracias? El agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor le agrada verse correspondido.
• ¿Tienes alguna promesa que hacerme? Puedo leer en el fondo de tu corazón. A los hombres se les engaña fácilmente, -a Dios, no. Háblame, pues, con toda sinceridad. ¿Tienes un propósito firme de no ponerte más en aquella ocasión de pecado?, ¿de privarte de aquello que te dañó?, ¿de no leer más aquel libro que dio rienda suelta a tu imaginación?, ¿de no tratar más a aquella persona que turbó la paz de tu alma, haciéndote pecar? ¿Volverás a ser amable con aquella persona a quien miraste hasta hoy como enemiga?
• Hijo mío, vuelve a tus ocupaciones habituales, a tu trabajo, a tu familia, a tu estudio..., pero no olvides la grata conversación que hemos tenido aquí los dos, en la soledad de la capilla. Ama a mi Madre, que lo es tuya también, la Virgen Santísima... y vuelve otra vez a mí con el corazón más amoroso todavía, más entregado a mi servicio: en el mío encontrarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios, nuevos consuelos.

domingo, 25 de mayo de 2008

¡Qué bien se está contigo!



¡Que bien se está contigo, Señor, junto al Sagrario! ¡Que bien se está contigo...! ¿Por qué no vendré más?
Desde hace muchos años vengo a verte a diario y aquí te encuentro siempre, amante solitario...solo, pobre, escondido, pensando en mí quizás...

Tú no me dices nada ni yo te digo nada, si ya lo sabes todo, ¿que te voy yo a decir? Sabes todas mis penas, todas mis alegrías, sabes que vengo a verte con las manos vacias y que no tengo nada que te pueda servir.

Siempre que vengo a verte siempre te encuentro solo, ¿Será que nadie sabe, Señor, que estás aquí? ¡No sé! pero sé en cambio, que aunque nadie te amara ni te lo agradeciera aquí estarías siempre esperándome a mí...

¿Por qué no vendré más...? ¡Que ciego estoy, que ciego! Si sé por experiencia que cuando a Tí me llego siempre vuelvo cambiado, siempre salgo mejor...¿A donde voy, Dios mio, cuando a mi Dios no vengo? Si Tú me esperas siempre, si a Tí siempre te tengo, si jamás me has cerrado las puertas de tu amor...

Por otros se recorren a pie largos caminos, acuden de muy lejos cansados peregrinos, o pagan grandes sumas que no han de recobrar. Por Tí nadie pregunta, de Tí nadie hace caso, aquí, si alguno entra sólo es como de paso... Aquí eres Tú quien paga si alguno quiere entrar..

¿Por qué no vendré más si sé que aquí a tu lado puedo encontrar, Dios mio, lo que tanto he buscado? Mi luz, mi fortaleza, mi paz, mi único bien... Si jamás he venido que no te haya encontrado. Si jamás he sufrido, si jamás he llorado, Señor, sin que conmigo llorases Tú también...

¿Por qué no vendré más, Jesucristo bendito? Si Tú lo estás deseando, si yo lo necesito...Si sé que no se nada cuando no vengo aquí. Si aquí me enseñarías la ciencia de los santos, esa ciencia bendita que aquí aprendieron tantos que fueron tus amigos y gozan ya de Tí...

¿Por qué no vendré más? Si sé que Tú eres el modelo que mi alma necesita, que nada se hace duro mirándote a Tí aquí. El Sagrario es la celda donde estás encerrado ¡Que pobre! ¡que obediente! ¡que manso! ¡que callado! ¡que solo! ¡que escondido! ¡Nadie se fija en Tí!

¿Por qué no vendré más, oh Bondad infinita? ¡Riqueza inestimable que nada necesita y que te has humillado a mendigar mi amor! ¡Abreme ya esa puerta, sea ya esa mi vida olvidada de todos, de todos escondida, ¡Que bien se está contigo! ¡Que bien se está, Señor!.