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sábado, 10 de mayo de 2008

Descubrir al que sufre

Edith Zirer es judía y en 1995, cuando contaba este relato, tenía 66 años. En 1945 fue liberada por los soldados rusos después de pasar tres años en campos de concentración y haber perdido a su familia. Dos días después llegó a una pequeña estación ferroviaria. “Me eché en un rincón de una gran sala donde había docenas de prófugos. Wojtyla me vio. Vino con una gran taza de te, la primera taza caliente que probaba en unas semanas. Después me trajo un bocadillo de queso. No quería comer, pero me forzó levemente a hacerlo. Luego me dijo que tenía que caminar para poder subir al tren. Lo intenté, pero caí al suelo. Entonces me tomó en sus brazos y me llevó durante mucho tiempo, kilómetros, a cuestas, mientras caía la nieve. Recuerdo su chaqueta marrón y su voz tranquila que me contaba la muerte de sus padres, de su hermano, y me decía que él también sufría, pero que era necesario no dejarse vencer por el dolor y combatir para vivir con esperanza. Su nombre se me quedó grabado para siempre”.

Tomado de Miguel Angel Velasco, “Juan Pablo II, ese desconocido”, p.20.

viernes, 2 de mayo de 2008

Convertido por una frase del Papa

París. Parque de los Príncipes. Un universitario logra acercarse al Papa y le grita: “Santo Padre, soy ateo, ¡ayúdeme!”. El Papa se le acercó. Hablaron a solas unos instantes. De regreso a Roma, Juan Pablo II recordó a ese chico y le dijo a don Estanislao (su secretario y años después arzobispo de Cracovia): “Pienso que quizá podía haberle ayudado mejor. Quizá todavía se puede hacer algo por él”. Escribieron a París. La respuesta fue algo así como “lo intentaremos pero va a ser más difícil que encontrar una aguja en un pajar”. Sin embargo, al final se localizó al muchacho y le dijeron: “El Papa quiere que sepas que reza diariamente por ti y está preocupado porque quizá no resolvió tu problema”. Aquel muchacho explicó que al salir de allí fue a una librería y compró un Nuevo Testamento, como el Papa le había dicho..., “y nada más abrirlo, encontré la respuesta que buscaba. Díganselo al Papa. Ya me preparo para mi bautismo”.
Tomada de Miguel Angel Velasco, “Juan Pablo II, ese desconocido”, p.56.