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jueves, 30 de diciembre de 2010

La prueba del dolor



Alfonso Aguiló
www.interrogantes.net

Demasiada exigencia

"Yo siempre he sido considerado en mi ambiente profesional –me decía no hace mucho un viejo amigo– como una persona muy exigente. Me he exigido siempre mucho a mí mismo y he exigido también siempre mucho a los demás.

"Me costaba mucho comprender que había gente a la que no le era posible seguir mi ritmo, y a veces, tengo que reconocerlo, los maltrataba. Y en casa me pasaba un poco igual. Echaba en cara las cosas a mi mujer y a mis hijos con muy poca consideración.

"Y tuvo que venir la enfermedad, y luego aquellos problemas serios en el trabajo, para que empezara a entender que la vida no era tan simple como yo me la había planteado.

"La verdad es que he funcionado siempre como un triunfador, rebosante de salud y de éxito profesional, y, sin darme casi cuenta, menospreciaba a los demás. Pensaba que, si ellos no lograban lo que lograba yo, era simplemente porque a ellos no les daba la gana esforzarse como yo lo hacía.

"Pensaba así hasta que empecé a sentir en mis carnes todo ese sufrimiento, a notar en mi vida el peso de esa carga. Fue entonces cuando comencé a reparar en que los demás también sufrían, que en la vida hay mucho sufrimiento de muchas personas. Y comprendí que pasar sin consideración por delante de ese dolor es algo realmente indigno.

Los otros también sufren

"He empezado a dormir mal, y ahora tengo mucho tiempo para pensar. Al principio me enfadaba, pero pronto me di cuenta de que con pataleos no arreglas nada: ni te duermes ni resuelves lo que te preocupa. Es curioso, pero antes yo era muy irascible, y ahora, en cambio, me he vuelto bastante sereno y comprensivo. Creo que esto que me ha pasado ha marcado una nueva etapa en mi vida.

"A mí, el dolor me ha curtido el alma, me ha hecho entender un poco mejor a los demás. Antes, yo apenas había tenido problemas serios y juzgaba a los demás con dureza y frialdad. Ahora, todo lo veo de modo distinto. Ya no grito a mi secretaria ni me peleo con mi mujer o mis hijos."

Recordando el relato de aquel joven y brillante ejecutivo, pensaba en el distinto modo en que reciben las personas el dolor. A unos les mejora y a otros, en cambio, les desespera. Y pensaba en la enseñanza que esta persona obtuvo: que hay que comprender mejor a la gente, pues quienes nos rodean son personas que también sufren, y eso siempre es duro; y que hay gente que lo pasa mal, y quizá en parte por culpa nuestra, y que todo hombre debiera detenerse siempre junto al sufrimiento de otro hombre y hacer lo posible por remediarlo.
Imposible de evitar

El dolor es una escuela en donde se forman en la misericordia los corazones de los hombres. Una escuela que nos brinda la oportunidad de curarnos un poco de nuestro egoísmo e inclinarnos un poco más hacia los demás. Nos hace ver la vida de una manera especial, nos muestra un perfil más profundo de las cosas. Nos lleva a reflexionar, a preguntarnos por el sentido que tiene todo lo que sucede a nuestro alrededor. El hombre, al recibir la visita del dolor, vive una prueba dentro de sí: es como un pellizco que detiene el curso normal de su vida, como un parón que le invita a reflexionar. Por eso se ha dicho que toda filosofía y toda reflexión profunda adquiere una especial lucidez en la cercanía del dolor y de la muerte.

El dolor, si se sabe asumir, advierte al hombre del error de las formas de vida superficiales, ayuda al hombre a no alejarse de los demás, a no arrellanarse en su egoísmo. El dolor nos vuelve más comprensivos, más tolerantes, nos va curando de nuestra intransigencia, nos perfecciona. Es, además, una realidad que llega a todo hombre y que, por tanto, en cierto sentido –como ha señalado Enrique Rojas–, conduce a una suerte de fraternización universal, ya que iguala a todos por el mismo rasero.

Lo que hace feliz la vida del hombre no es la ausencia del dolor, entre otras cosas, porque se trata de algo imposible. La vida no puede diseñarse desde una filosofía infantil que quisiera permanecer ajena al misterio de la presencia del dolor o del mal en el mundo. Y enfadarse o escandalizarse ante esa realidad no conduce a ninguna parte. Aprender a convivir con el dolor, aprender a tolerar lo malo inevitable, es una sabiduría fundamental para vivir con acierto

sábado, 19 de julio de 2008

La historia del Caballero Antek



“Mamá, ¿me voy a morir?”, preguntaba Antek. La enfermedad y el dolor de un niño pequeño es un interrogante de difícil respuesta. Antek, de cinco años, le encontró un sentido. Esta es su historia.

Nadie quiere que estas cosas ocurran, pero ocurren. Durante las vacaciones de verano, al “Caballero Antek” le dolió el estomago y se le quitaron las ganas de jugar con sus hermanas Marysia y Rosa. Se quedaba en la cama y lloraba.

Sus padres le llevaron a Urgencias, donde con una inyección le calmaron los dolores. “No le gustó nada -explica Dorota, su madre-, pero le alivió el dolor del estómago. Pensamos que sería algo puntual, pero cada vez volvíamos con más frecuencia al Hospital”.

Cuando terminaron las vacaciones, Antek comenzó a ir al colegio. Pronto se ganó a todos los profesores y compañeros, con su alegría y educación. Siempre jugaba a ser un caballero andante, y se comportaba como tal.

La familia de Antek vive en Varsovia (Polonia), donde los niños van a un colegio obra corporativa del Opus Dei.En su familia y en el colegio Sternik, una obra corporativa del Opus Dei en Varsovia (Polonia), rezaban por la salud de Antek. Algo no iba bien. El niño, en cambio, rezaba por otras muchas cosas, más o menos serias: por la paz en el mundo, por sus hermanas, por su equipo de fútbol...

Finalmente, los médicos se decidieron a operarle de apendicitis. Parecía la solución, pero sólo fue el inicio de ataques más fuertes de dolor de estómago.

- ¿Por qué tengo que estar en el hospital? –preguntaba Antek- ¿Por qué estoy enfermo?

Su madre, que no tenía muchas razones que darle, intentó explicarlo así:

- Hijo mío, si Jesús te mirase y te preguntara: “Antek, ¿me ayudas con la Cruz?”. Tú, ¿que le dirías?

- Pues.... bueno, que sí.

- Pues te lo está preguntando ahora.

Un sacerdote amigo de los padres de Antek fue a visitar al niño. Habló con él y le regaló un crucifijo pequeño, de madera. Desde entonces, Antek lo llevó siempre en la mano cuando le iban hacer una prueba o cuando le llevaban a la sala de operaciones.

Las enfermeras veían que el niño se acercaba la mano a la boca y le oían susurrar: “Jesús, confío en ti”.

El día que les iban a confirmar la diagnosis definitiva, Dorota cuenta que se dirigió al despacho del médico lentamente, al paso de una mujer el el noveno mes del embarazo. “Es un cáncer –les dijo el doctor a los padres-. Mañana empezamos con quimioterapia”.

El Caballero Antek se enfrentó con valentía y muy pocas fuerzas a este temido dragón. Sin pelo, con vómitos y débil, preguntó:

- Mamá, pero ¿qué me pasa?

La madre le dijo la verdad:

- Tienes una enfermedad que se llama cáncer. Los médicos van a intentar curarte, pero tienes que saber que a veces no lo consiguen.

- O sea, que me puedo morir.

- Bueno... como todos, como papá, como yo... Pero solo Dios sabe en qué orden.

El niño no añadió nada. Sólo se giró, tomó de la mesa su crucifijo y susurró otra vez: “Jesús, confío en ti”.

La madre puso en marcha una cadena de oración: en la familia, entre los amigos. Cada día, recibía diferentes SMS en su móvil: “Hoy he ido a misa por Antek”, “Haré unos minutos de oración por tu hijo”... Dorota pedía oraciones a cualquiera. Un día, al bajarse de un taxi, dijo al conductor:

- “Mi hijo se está muriendo. ¿Podría usted rezar por él? “

Rezó e hizo rezar. Quería presentar a Dios “toneladas de oración”.

Antek luchó mucho contra el cáncer. Algunos días estaba fuerte y corría por todo el hospital como un rayo, revolucionándolo todo. Otros, sólo tenía fuerzas para ver la tele.

Y maduraba rápido. Cada vez con más frecuencia, preguntaba a su madre sobre la muerte, el Cielo, el porqué del sufrimiento.

- Mamá, ¿qué se hace en el cielo?

- Juega, corres con la bici, te diviertes con Dios...

La madre asegura ahora que las “toneladas de oración” dieron a Antek un descanso antes del final. Durante unos días, se encontró perfectamente, corría de aquí para allá, paseaba, había recuperado la felicidad...

Pero los médicos sabían que el cáncer seguía creciendo, cada vez más rápido, y aconsejaron a los padres que lo llevaran a casa, donde se encontraría más tranquilo durante sus últimos días. Allí, recayó de nuevo.

Antek disfrutó del ambiente familiar. Desde su cama veía a su madre preparar la cena, a sus hermanas hacer los deberes, a su padre leyéndole un cuento.

Un día llamó a su hermana Róża, con quien a veces peleaba:

- Róża –le dijo-, eres tan bonita y tan buena. Yo te quiero, acuérdate.

En otra ocasión, su padre le dijo llorando:

– Hijo mío, si pudiera, moriría por ti.

El chico sonrió con dificultad y le respondió:

- Pero soy yo quien va a morir por ti.

Antek tenía 6 años y 9 meses.

Murió poco después a las siete de la mañana. En su tumba, un amigo dejó escrito: “Gracias Antek: nos enseñaste a aceptar el dolor que llega sin saber porqué. A sostenernos con la fe. A aceptar la voluntad de Dios y confiar en Él”.

domingo, 22 de junio de 2008

Allí estabas tú (XIII)


V. OLIVOS CENTENARIOS

15. Agonía de Jesús en el huerto

Jesús tiene miedo y angustia (Mc 14,33). Está rodeado de olivos retorcidos, amenazantes: sombras de fantasmas. Porque aquella es la hora de las tinieblas. Son los últimos momentos de las tinieblas, ciertamente, porque en breve saldrá el Sol de Justicia, Cristo resucitado, que disipará la oscuridad.

Pero las cosas son en ese momento como son. Allí está ahora Él, tumbado boca abajo sobre una roca, roca que todavía hoy se conserva.

En septiembre se recogen las uvas y se echan en unas cubas con rendijas. La uva se pisa, se prensa, y sale a borbotones por las ranuras un río de mosto rojo. Los judíos rezaban de pie, los cristianos adoramos de rodillas. Él está postrado con la cara pegada a la piedra, aplastado por el inmenso peso de los pecados de la Humanidad entera, que presionan hasta hacer que se le salten las venas y fluya la sangre.

"Adán... ¿dónde estás" (Gen 4,9). Estás allí. "En ti pensaba en mi agonía; he derramado tales gotas de sangre por ti... ¿quieres acaso que siempre me cueste sangre de mi cuerpo y, en cambio, tú no me das lágrimas?... Si conocieses tus pecados, sentirías náuseas... A medida que los expíes, los reconocerás y escucharás: Mira los pecados que te son perdonados. Haz penitencia, pues, por tus pecados ocultos y por la malicia oculta de los que sólo tú conoces" (Pascal, El misterio de Jesús).

Jesús ya no puede más. Es la agonía, ese tiempo incierto hasta la muerte en el que el hombre pierde el control de los sentidos, la cabeza parece que va a estallar. Se sabe que es un camino sin retorno. Cuesta morirse porque la muerte es arrancarse el alma del cuerpo, lo más profundo de nuestro ser.

Y es que la muerte es un castigo por el pecado. Es natural, a todos nos cuesta morir.

Pero además Jesús ha cargado con los pecados de los demás. Visto humanamente, es una injusticia que uno sea castigado por un delito que no cometió. Y Él tiene que padecer por los millones y millones de montañas de pecados de todo género de cada siglo, de cada año, de cada fin de semana...

El diablo, que ya Le había tentado en el desierto, va a tentarle otra vez (Cf. Jn 14,30). ¿Y qué tentaciones pudo presentarle a Jesús en esos momentos?

Como ha hecho suyos los pecados ajenos, ahora, en el momento de la agonía, se agolpan en su memoria todos los pecados que ha asumido como propios. El diablo mismo le puede sugerir la desesperación: "Tú no tienes perdón de Dios".

Y los sufrimientos que vas a padecer no tienen sentido. Total, si habrá millones de personas que ni se enterarán de la Redención; si habrá millones que mueran en pecado, desagradecidos... ¡qué frustración la tuya!

¿Y para qué sufrir esa Pasión que ves venir, cuando una sola gota de tu sangre puede redimir al mundo de todos los pecados? ¿Para qué la flagelación, los martillazos en la cabeza y colgar en la cruz? Poco sentido tiene, ¿no?

Jesús en su agonía ha padecido ya todas las agonías de todos los hombres para que ellos no desesperen en sus últimos momentos. Que sepan que Él se acordaba de ellos en ese instante, porque existe una misteriosa solidaridad entre los que sufren el mismo tormento.

"«Nam, et si ambulavero in medio umbrae mortis, non timebo mala» -aunque anduviere en medio de las sombras de la muerte, no tendré temor alguno. Ni mis miserias, ni las tentaciones del enemigo han de preocuparme, «quoniam tu mecum es» -porque el Señor está conmigo" (San Josemaría Escrivá, Forja, 194).

lunes, 16 de junio de 2008

Allí estabas tú (VII)


III. SAN PEDRO

9. Historia de un santo

¿Y quién lo iba a decir de ti, Simón, el hijo de Juan?, se pregunta la suegra de Pedro. Yo que conozco a tu madre y a toda tu familia desde toda la vida, que te veía jugar en el pueblo y que ya me preocupé yo de que te casaras con mi hija... ¿Quién te iba a decir a ti, que eras un pescador, que te iban a construir una Basílica en Roma, con una Plaza tan grande y que toda la cristiandad estaría mirando la fumata blanca cada vez que eligieran a un sucesor tuyo?

¿Quién era ese Jesús que ha armado tanto revuelo histórico; y qué era esa Buena Nueva que ha hecho cambiar de esquema al mundo? ¿Y qué tenías tú que no tuvieran los otros del pueblo para que Él se fijara en ti y te hiciera Papa?

La verdad es que mi vida, podría contar Simón, era de lo más normal: yo salía a pescar un día y otro, echaba las redes, las recogía y, luego en el puerto, las extendía para recoger los peces, y después nos íbamos a la taberna...

No sé porqué siempre se me pinta calvo y con barba. Así era yo al final de mi vida, pero cuando hablábamos con Jesús no llegábamos ninguno de los amigos a los treinta años.

Recuerdo cuando Jesús empezó a predicar como Maestro y nos dijo que Le siguiéramos.

Y Le seguimos porque había algo especial en Él. No sólo era muy amable y decía la verdad que cada uno necesitaba -¡era un gran amigo!-, sino que había en Él algo especial, no sé si me entiendes. Jesús era muy humano, pero también muy sobrenatural; infundía como un respeto sagrado. Jesús era, en este sentido, distinto a cualquier otro hombre que había conocido.

Sí, los otros y yo Le seguimos. Entonces empezó una aventura apasionante. Si quieres que te diga la verdad, con Jesús la vida era muy normal, no es que estuviera a todas horas haciendo milagros, pero a veces era desconcertante. Por dos veces sacamos miles de panecillos y de peces de una bolsa, le vimos andar sobre las aguas, y calmar tempestades. No ocurría todos los días, ya te digo, pero tampoco era infrecuente.

Estábamos asombrados. Y lo comentábamos entre nosotros. Sabíamos que con Él estábamos seguros ya fuera ante las inclemencias del tiempo como ante la borrasca de los envidiosos. Porque, asómbrate, los abogados y los sacerdotes de aquel tiempo se pusieron a la contra de Jesús. Incomprensible, porque Él no hacía mal a nadie, y decía unas cosas sobre Dios impresionantes. Por eso también nos empezaron a amenazar a nosotros.

Y Él lo que nos pedía, sobre todo a mí, era que tuviéramos fe. Que nos fiáramos de Él, y que si teníamos fe haríamos las cosas que Él hacía. Una lección que a mí me costó bastante aprender. Una vez, después de una pesca milagrosa tuve que decirle a Jesús "Apártate de mí que soy un pecador" (Lc 5,8).

Porque, a veces, a Jesús yo no le entendía, como os sucede ahora a vosotros; no comprendía que Él fuera a morir en la Cruz. ¿Morir? ¿Jesús? Imposible. ¿Y además en una cruz? "Ni se te ocurra, Señor", vine a decirle. Pero Jesús tenía otros planes.

De verdad, que a veces no le entendíamos: era sorprendente. Y nos equivocábamos, y yo tenía que pedirle perdón: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que yo te amo"(Jn 21,17), como cuando la gente se confiesa.

"¿Y aquella vez en el Tabor? ¿Te acuerdas?", podría recordar Pedro a Santiago y a Andrés. ¡Qué bien se estaba allí! Porque, la verdad, ¡qué bien se estaba con Jesús! ¡Cuántos ratos de tertulia! Jesús...; no habían conocido a nadie como Él.

Sí, pero la verdad es que ya le costó a Jesús enseñar a sus Apóstoles; enseñarles a que hicieran Su voluntad, la voluntad de Dios. Sin embargo, ellos fueron aprendiendo; y entre el amor que le tenían y el sentido sobrenatural que fueron adquiriendo, fueron capaces de decir, como San Pedro: "Daré mi vida por ti" (Jn 13,37).

Y él la dio. Murió crucificado boca abajo por Cristo en el circo de Nerón, y después su cuerpo fue enterrado a pocos metros del circo, ahí en la falda del monte Vaticano.

Él no sabía ser San Pedro, él no hubiera podido serlo, pero fiado en la palabra de Jesús y con la asistencia del Espíritu Santo, que recibió el día de Pentecostés, fue lo que fue: un santo.

domingo, 15 de junio de 2008

Allí estabas tú (VI)


8. Yo, pecador

Pero el pecado es una realidad en el mundo. Es un hecho que nosotros cometemos pecados. Aquí es donde entramos nosotros. Cada uno es el otro protagonista de aquellos sucesos que ocurrieron en Jerusalén hace dos mil años. Si nosotros no hubiéramos pecado, la Pasión no hubiera tenido lugar.

"Que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo..., padeció bajo el poder de Poncio Pilato", afirmamos en el Credo. Jesús vino a esta tierra a cambiar las cosas: Él, siendo Dios, se hizo hombre para que el hombre no se crea dios, y a la vez se divinice. Para esto vino, para redimirnos del pecado y darnos ejemplo de vida, para que nosotros sepamos cómo vivir: con El y como El.

"¿Qué es el hombre, Señor, para que te acuerdes de él?", dice el Salmo 9. Cada uno en particular debemos ser muy importantes para Dios. Ya deberíamos saber que nuestra grandeza -tal como Dios la valora- no consiste precisamente en la valoración que hace el propio orgullo.

Sí, la importancia nuestra consiste en que Dios nos quiere. Nos quiere a cada uno más que a todos los millones de estrellas y de pájaros y de puestas de sol. Para Dios cada uno somos muy importantes. Y por eso nos creó, y nos creó tal como somos, y nos ha dado muchos otros dones sobrenaturales, porque tenemos la capacidad de ser y de vivir como hijos suyos, aquí en la tierra y, después, eternamente en el Cielo.

Sí, tú vales más de lo que te crees.

Pero tenemos la libertad. Y la realidad es que nacemos en pecado y cometemos pecados. Son hechos de nuestra propia historia. Nuestra soberbia nos inclina a pensar que somos Dios, porque tenemos la libertad, la capacidad de autodeterminarnos. Y la tentación es fuerte: si quito a Dios de mi vista, yo soy Dios para mí.

Cuesta reconocer que yo no soy Dios. Que Otro me haya puesto unas normas -Mandamientos- para que yo actúe ordenadamente, sin amor propio.

Porque la moral, no lo olvides, no es otra cosa que el recto orden del amor.

Sí, nosotros estamos hechos para amar a Dios y a los demás, y a veces se mete el amor propio. Y, entonces hacemos lo que nos da la gana en beneficio propio, no como debemos de actuar. Y eso es el pecado.

Grandes misterios estos: el de nuestra libertad, el del pecado, el del infierno, el de la Pasión del Señor y el del dolor en el mundo. Aunque te parezca difícil de entender, el pecado que hoy se comete, estaba presente aquel primer Viernes Santo en el Gólgota.

Por eso, qué importante es contemplar la Pasión para valorar nuestros pecados y tener verdadero arrepentimiento. "Para el dolor y arrepentimiento de nuestros pecados, nos da grande motivo la Pasión del Salvador, pues es cierto que todo lo que padeció, por los pecados lo padeció (...). De manera que los pecados, así los tuyos como los míos, como los de todo el mundo, fueron los verdugos que le ataron, y le azotaron y le coronaron de espinas, y le pusieron en la Cruz. Por donde verás cuánta razón tienes aquí para sentir la grandeza y malicia de tus pecados, pues realmente ellos fueron la causa de tantos dolores" (Fray Luis de León, Vida de Jesucristo, 15).

sábado, 14 de junio de 2008

Allí estabas tú (V)


7. Ayúdame, gracias

Para saber quiénes somos, lo mejor que podemos hacer es recordar de dónde venimos. Hace años tú eras un bebé, un niño o una niña. Observar a un bebé enseña muchas cosas: que él no se ha dado la vida a sí mismo. El cuerpo lo ha recibido de sus padres y el alma se la regalado Dios. Y es una vida muy frágil, que si no se tiene un continuo cuidado, se puede morir. Y hay que hacerle todo, no se vale por sí mismo para nada.

Pero, claro, ¿quién se acuerda de aquello si éramos muy pequeños? Sucedió hace tantísimos años... hace dieciséis o veinte, que ya nos hemos olvidado.

Este es un eterno problema de la persona humana, que tiene una capacidad rapidísima de olvidar. ¿Pero no te das cuenta de que si Dios mirara hacia otro lugar y se olvidara de ti, dejarías de existir? ¿Pero tan pronto te olvidas de lo que han hecho tus padres por ti, tantas noches, tantos días, tantos años?

Tan pagados estamos de nosotros mismos, que sólo hablamos de nuestros "derechos" y nos olvidamos de ayudar a los demás, que tantas veces nos han ayudado.

¿Alguien te preguntó al nacer si querías estar en la existencia? ¿Si querías ser persona humana o un animal de cualquiera de las otras especies, o si querías nacer en el siglo veinte o en un país desarrollado?

¿No te das cuenta que todo lo que sabes es porque otras personas te lo han enseñado y hasta el bolígrafo o el ordenador que utilizas alguien lo ha diseñado, otro fabricó el material, otro lo confeccionó, otro lo ha transportado...

Si algo es verdaderamente humano es la humildad. Y si algo produce pena es la falta de agradecimiento por los dones recibidos. Esto lo saben muy bien quienes están en las camas de los hospitales.

¿Quién soy yo? Alguien que vale muchísimo a los ojos de Dios. Pero no precisamente por lo que el soberbio se cree (que es más listo, más guapo y más alto que los demás), sino por algo que el mismo Dios nos da: la gracia divina.

Todo lo que tenemos es recibido, es don gratuito. Entonces, ¿de qué gloriarse?

Y, además, tenemos una misión que cumplir en la tierra, también puesta por Dios: vivir como hijos de Dios, cumpliendo Su voluntad. La grandeza del hombre consiste en su humildad, en procurar hacer no su voluntad -la del YO-, sino la de Dios: en obedecer a Dios.

Por eso el humilde cumple los Mandamientos.

No habla de sí mismo.

No se cree lo que hace.

No se asombra de sus errores.

Huye del peligro.

Escucha y aprende.

Ayuda a los demás y es amable (es querido).

Agradece a Dios y a los demás.

Pide ayuda.

Reza.

Sí, el humilde reza, acude a Dios, porque sabe que sin Él no sabe nada, no tiene nada, no puede nada, no es nada. Se ve a sí mismo como un niño, que todo lo necesita de su Padre Dios. Por eso existe en los libros de ascética un capítulo dedicado a la infancia espiritual.

La vida sobrenatural, la vida de la gracia es algo que sólo Dios da. Hemos de entender que la santidad es un don gratuito; que nosotros no nos hacemos santos a nosotros mismos, sino que nos hace santos Él, que es el tres veces Santo.

"Dios resiste a los soberbios, y a los humildes da su gracia" (Sant 4,6); enaltece a los humildes, a los hambrientos de santidad los colma de bienes, y a los ricos, a los llenos de sí mismos, los despide vacíos (Cf. Lc 1,52-53).

El humilde sabe que toda la eficacia sobrenatural viene de Dios, y que lo que uno debe de hacer es poner todos sus talentos y ponerse a sí mismo -su libertad- al servicio de Dios. Obedecer, ser instrumento, dejarse llevar por el Espíritu Santo, esta es la grandeza del hombre.

viernes, 13 de junio de 2008

Allí estabas tú (IV)


II. AQUÍ ESTOY YO

6. Yo soy YO

- Hijo de Adán, ¿por qué te empeñas en ser Dios?

- ¿Quién? ¿Yo? Si yo no me creo eso.

- ¿Cómo que no? ¿No han salido de tu pensamiento palabras como: "Yo hago lo que me da la gana, a mí nadie me organiza la vida, yo pienso que, pues a mí me parece, a mí no se me hace, y mil frases de este estilo, sobre todo cuando estás enfadado?

Sí, no te extrañes; el «yo, mí, me, conmigo» te sale por todas partes, y eso no indica otra cosa que tú, para ti, eres lo más importante. Que juzgas el mundo desde tu punto de vista. Incluso te permites juzgar a los demás, y ya sabes que "el que juzga es el Señor" (1 Co 4,4).

Aunque no nos lo creamos, en el fondo de nosotros hay una oculta soberbia que nos lleva a la exaltación de nuestra libertad, de nuestro YO, por encima de todo, a decir que "Los diez Mandamientos se encierran en dos: amarás al señor tu YO con todas tus fuerzas, y no te meterás con el prójimo para que no te haga daño".

Y ante los Diez Mandamientos que puso Dios se insinúa en nuestro interior: ¿Por qué he de obedecer yo a Dios. ¿Yo? ¿Yo, que tengo mi libertad y mi punto de vista? Me parece bien que Dios dé sus Mandamientos, pero ante ellos Yo pienso, Yo hago...

El pecado, cualquier pecado consiste, en el fondo, en esto: Dios dice..., pero yo prefiero hacer otra cosa. Dios tiene sus normas y yo las mías. Yo no me meto con Dios, que Él no se meta en mi vida.

¿Y por qué tengo que obedecer a mis padres? ¿Y por qué tengo que estudiar o ir a Misa y todas esas cosas que me dicen?

Y por eso me enfado cuando me enfado. Porque, además, siempre tengo la razón.

Y por eso critico y murmuro de los demás. Porque yo soy la objetividad.

Y por eso hago lo que me da la gana. Porque yo siempre hago lo mejor.

Yo no necesito de nadie.

Yo aprendo sólo. Soy autodidacta.

¡Yo soy...YO!

... y mis circunstancias.

(... y tus defectos).

* * *

Era el león el animal más poderoso de la selva por su fuerza y su astucia. Todos le temían, y si alguno refunfuñaba, él daba un grito y todo el mundo callaba. Era el Rey de la Selva.

Un día de calor estaba echado a la sombra y vinieron a decirle, con cuidado, no fuera a molestarse, que había llegado a la selva un animal que se decía era el Rey de la Creación. Enojado, salió corriendo hacia su encuentro. Cuando le vio de lejos pensó que sería mejor ver de quién se trataba y destrozarle con astucia. Se acercó al hombre y le preguntó con voz dulce quién era. El hombre le invitó cortésmente a entrar en su casa para dialogar, a la vez que abría la puerta de una jaula. Entró el león y quedó preso para siempre. En un momento dejó de ser el rey.

Era Luzbel el más perfecto de los ángeles que Dios había creado y se lo creyó, y quiso ser como Dios, y en ese momento fue abatido hasta lo más bajo, al abismo. La soberbia le destrozó.

Eran Adán y Eva los reyes de la creación... La historia ya te la sabes. Apareció el diablo y les dijo que el día que desobedecieran a Dios serían como dioses. Desobedecieron a Dios y perdieron lo más grande que tenían: la Gracia de Dios.

En toda desobediencia a Dios hay un punto de soberbia. Y cuando el hombre es soberbio, en ese mismo instante se enjaula a sí mismo, se pierde a sí mismo, cae en la necedad. El diablo le engaña.

domingo, 8 de junio de 2008

Allí estabas tú (III)


I. JESÚS


3. ¿Qué dice la gente?



En el Credo decimos los católicos que Jesucristo "padeció bajo el poder de Poncio Pilato". La verdad es que uno se pregunta: ¿Pero qué pinta Pilato en el Credo? Sin embargo, la respuesta es de la mayor importancia, pues estamos diciendo que Jesucristo vivió y murió en un lugar concreto y en un tiempo determinado. Precisamente en el que los romanos dominaban Palestina, bajo el mandato del gobernador Pilato, puesto por el emperador.

¿Y quién fue -quién es- Jesucristo? Importa mucho saberlo, porque, según el cristianismo, éste es el camino para ir al Cielo.

En cierta ocasión Jesús hizo una especie de encuesta entre sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías u otro de los profetas. Y El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,13-16).

Quizá Jesús se sonreiría escuchando lo que se decía de El. Si hiciera hoy la misma pregunta, ¿qué oiría? Quizá escuchara con un poco de pena las tonterías que se dicen. Sí, Señor, se dicen tantas cosas hoy de Ti. Que si eres el primer hippie, un rebelde ante las estructuras sociales, el que va a resolver el problema de la pobreza y del hambre en el mundo,...

Después de todo lo que nos explicó sobre la salvación, después de tantos siglos asistiendo al Magisterio de la Iglesia que nos dice Quién es, después de tantas locuciones a tantos santos...; todavía hay gente que no sabe que Dios ha estado entre los hombres.

4. ¿Quién es Jesucristo?


Todos los Viernes Santos se lee en los Oficios la Pasión según San Juan. La Pasión de un hombre con un cuerpo de más de un metro ochenta de altura, que tenía cabellos, manos, ojos; es decir, un verdadero cuerpo. Y que tenía sentimientos: era capaz de amar y de sentir pena, como atestiguan los que le conocieron. Jesús sufrió en su alma y en su cuerpo.

Sufrió el desprecio como nos sucede a nosotros cuando nos desprecian y humillan. Y sufrió en todo su cuerpo: en sus espaldas, en los pies, en la cabeza, en las manos... Tuvo dolor de cabeza, y sed, y sueño. Cuando le descolgaron de la cruz, quedó en el suelo como un saco de tierra, inerte. La cara llena de sangre reseca, los músculos de los brazos y del cuello tensos; la piel amoratada, sucia, abierta por mil rotos. La cara como la de un boxeador después de perder un combate donde el contrario se ha ensañado: hinchada, irreconocible.

Jesús, nacido en Belén y criado en Nazaret, no es una leyenda; es alguien de carne y hueso. Era -es- un hombre con su historia, sus amigos, sus recuerdos... y con enemigos que lograron el linchamiento hasta matarle.

Y ese Hombre era -es- Dios.

La Pasión del Viernes Santo la cuenta San Juan que estuvo allí viéndolo.

Pero también cuenta otras cosas.

El Evangelio de San Juan tiene una estructura distinta de la que tienen los otros tres Evangelios. No pretende narrar paso a paso la vida de Jesús. Lo que quiere explicar, continuamente, es que ese Jesús al que él conoció ¡es Dios!

Y comienza diciendo: "Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios (...). Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,1-14). Enseguida pasa a narrar varios milagros que ponen en claro Quién es: después de la multiplicación de los panes la gente le quiere hacer rey, la samaritana se da cuenta que está en presencia del Mesías, y Marta confiesa, antes de la resurrección de su hermano: "Yo sé que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Jn 11,27).

Luego cuenta la Pasión tal y como él la vio y el hecho asombroso de la Resurrección. Al final de su Evangelio dice que "Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (Jn 20,30-31).

La Historia se divide en dos, antes y después de Cristo. Y el mundo se divide en dos, los que creen en Cristo y le siguen -los cristianos-, y los que no lo son. Los mundanos y los que han vencido al mundo. Y ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Jn 5,5). La Fe en Jesús nos lleva a la conversión, a renacer por el agua y la sangre (1 Jn 5,6): a seguir un modo nuevo de vida, a ser cristiano.

sábado, 7 de junio de 2008

Allí estabas tú (II)


2. Sé tú el protagonista



Es absolutamente cierto que Cristo ha resucitado. Los que le vieron y hablaron con Él después de la resurrección no sólo lo propagaron con sus palabras, sino que dieron su vida por ello.

Pero si esto es verdad, la historia debería dividirse en dos: antes de Cristo y después de Él. Ya ningún hombre debería pasar por la tierra sin conocer a ese Hombre llamado Jesús y tener noticia de lo que dijo.

Bueno será conocer las cuatro biografías que nos dejaron de Él los que Le conocieron y los que oyeron hablar de Él a sus Apóstoles. Bueno será leer despacio los Evangelios para conocer su vida y sus palabras y, sobre todo, el momento, la hora, a la que apuntaba toda su existencia: su Pasión y Muerte.

La Resurrección es la prueba clave, la demostración de que Jesús decía la verdad. Pero antes del Domingo de Resurrección Jesús tenía que pasar por el Viernes Santo. Te invito, pues, en estas próximas páginas a considerar la Pasión del Señor.

Pero no seas un frío testigo de aquellos tremendos sucesos. Intenta considerarlos como lo que fueron: un drama cruel, una injusticia, si se ve desde un ángulo humano; momentos de salvación, si se ven desde el ángulo de Dios.

Porque, efectivamente, allí estabas tú; virtualmente, en tu realidad, con tus pecados. Porque esta es la realidad: en Adán pecamos todos, y nacemos en pecado. El pecado es una realidad en el mundo, en nuestra propia historia.

Allí en Jerusalén, en la Pascua del año treinta y tres después de Cristo, allí estaban Adán y todos los hijos de Adán.

Jesús murió por ti. Considera la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo como lo que fueron: los momentos más trascendentales de la historia de la Humanidad, y los más importantes de tu propia historia.

Meditar esos momentos es algo que hemos de hacer de vez en cuando.

"¡Cuánto agrada a Jesucristo nuestro recuerdo frecuente de su pasión y cuánto siente que lo echemos en olvido! Si uno hubiera padecido por su amigo injurias, golpes y cárceles, ¡qué pena le embargaría al saber que el favorecido no hace nada por recordar tales padecimientos, de los que ni siquiera quiere oír hablar!" (San Alfonso Mª de Ligorio, Práctica del amor a Jesucristo, cap IV).

Una vez que hubo resucitado, Jesús habló con sus discípulos. "Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, y les dijo: Que así estaba escrito, que el Mesías padeciese y al tercer día resucitase de entre los muertos, y que se predicase en su nombre la penitencia para la remisión de los pecados"(Lc 24, 46-47).

Pido a Dios que también a nosotros nos abra la inteligencia para que entendamos nuestra presencia en la Pasión, la necesidad de pedir perdón por nuestros pecados y no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Aquél que por nosotros murió y resucitó (Cf. 2 Co 5,15).

Hablemos, pues, en primer lugar de los dos grandes protagonistas de la Pasión -Jesús y yo-, para después mirar a otros testigos de esos momentos y sacar consecuencias.

viernes, 6 de junio de 2008

Allí estabas tú (I)


INTRODUCCIÓN


1. Todo será diferente



Aquella mañana era domingo. Era el primer domingo de la historia, el que iba a marcar todas las semanas posteriores.

Ha amanecido hace un rato. Como todas las mañanas de los domingos de todas las ciudades, la ciudad de Jerusalén duerme esa mañana.

No se ve a nadie circular por las calles, todo está en calma.

Parece que todos duermen, pero esa mañana todo el mundo está en pie. Hay mucha tensión contenida. Detrás de las ventanas cerradas de las casas, los corazones de la muchedumbre que abarrota Jerusalén laten con fuerza. También los fariseos están inquietos, aunque tienen guardias por toda la ciudad por si acaso.

Y es que los ojos del más de un millón de personas venidas para las fiestas están pendientes de un sepulcro, el de Jesús de Nazaret, ajusticiado el viernes pasado, porque había dicho que resucitaría al tercer día.

Nadie duerme allí, ¡como para dormirse esa noche! Todo el mundo está a la espera de las noticias. Pero nadie se mueve, como quien espera el inminente estallido del volcán cercano, o la señal para comenzar la revolución popular todo un pueblo que ha sido oprimido durante decenios.

Pero nadie hace un gesto que pueda delatarle. Todo el mundo está a la espera. Las calles siguen en calma aunque el sol ha comenzado a elevarse.

De pronto se escuchan unos pasos desacompasados que suben por una estrecha calle empedrada. Un curioso no puede aguantarse y abre unos centímetros una ventana de madera. Por la rendija entra la luz amarilla.

- Es una mujer -dice a los de dentro- que sube jadeando. Lleva el pelo suelto y parece que tiene prisa. Con una mano se agarra la falda para no tropezar.

Ella sigue subiendo y desaparece del campo de visión del curioso de la ventana, que se apresura a cerrarla. Se siguen escuchando sus pasos, cada vez más lejanos, y de nuevo el silencio.

Por fin la mujer se detiene frente a una casa. Llama a la puerta. Dentro, en penumbra, están varios hombres sentados en corro, como esperando. Al oír los golpes se sobresaltan.

- ¿Será la policía? ¿Quién será?

Uno se acerca a la puerta y con voz seca pregunta:

- ¿Quién es?

- Soy yo, María Magdalena.

Un inmenso chorro de luz entra por el hueco de la puerta abierta. A contraluz les dice:

- No está en el sepulcro.

Como si de una contraseña se tratara, Pedro y Juan salen corriendo hacia las afueras de la ciudad.

Juan llegó antes al sepulcro, pero se quedó a la puerta y no entró. Cuando Pedro hubo entrado en él, Juan miró hacia dentro. "Y vio y creyó"(Jn 20,8), dice él en su Evangelio.

¿Qué es lo que vio Juan? Vio que el sudario, una tela que se colocaba sobre la cara de los difuntos, estaba doblado aparte (señal de que no había habido ladrones, pues suelen dejar todo revuelto), y los lienzos -unas cintas grandes que envolvían una gran sábana- estaban "caídos". Juan se da cuenta de que están ¡caídos! No tirados en el suelo de cualquier manera. Están exactamente en el mismo lugar y posición en que los dejaron, pero sin cuerpo dentro.

Nadie los ha desenvuelto para sacar el bulto y volver a enrollar las cintas. No; son como un globo deshinchado. Y no hay agujeros. ¿Por dónde ha salido? ¡Se ha evaporado, se ha ido! No, no se lo han llevado... ¡Ha resucitado, según predijo!

Pedro sale despacio de dentro con cara perpleja, mira a Juan con cara seria y, a cámara lenta, a ambos les va cambiando la cara, como cuando a uno le dan la noticia de que ha aprobado todo el curso... ¡después de tanto sacrificio!; como cuando a una madre le comunican que su hijo que estaba en la guerra y no volvió en el tren con los supervivientes, le dicen que su hijo está ahí afuera...

Las caras de Pedro y de Juan se han iluminado. La sorpresa ha dado paso a la alegría; ¡Ha resucitado! ¡Jesús ha resucitado!

A partir de ahora todo será distinto. Ha comenzado la mayor revolución –de paz– que jamás ha existido: el cristianismo.

jueves, 5 de junio de 2008

En las cárceles de Albania



Con motivo de la celebración de los 50 años de sacerdocio de Juan Pablo II, Anton Luli, sacerdote jesuita albanés, contó al Papa su experiencia bajo el régimen comunista (L'Osservatore Romano, 15-XI-96).

(...) Acababa de ser ordenado sacerdote cuando a mi país, Albania, llegó la dictadura comunista y la persecución religiosa más despiadada. Algunos de mis hermanos en el sacerdocio, después de un proceso lleno de falsedades y engaño, fueron fusilados y murieron mártires de la fe. Así celebraron, como pan partido y sangre derramada por la salvación de mi país, su última Eucaristía personal. Era el año 1946.

A mí el Señor me pidió, por el contrario, que abriera los brazos y me dejara clavar en la cruz y así celebrara, en el ministerio que me era prohibido y con una vida transcurrida entre cadenas y torturas de todo tipo, mi Eucaristía, mi sacrificio sacerdotal.

El 19 de diciembre de 1947 me arrestaron con la acusación de agitación y propaganda contra el gobierno. Viví diecisiete años de cárcel estricta y muchos otros de trabajos forzados. Mi primera prisión, en aquel gélido mes de diciembre en una pequeña aldea de las montañas de Escútari, fue un cuarto de baño. Allí permanecí nueve meses, obligado a estar agachado sobre excrementos endurecidos y sin poder enderezarme completamente por la estrechez del lugar. La noche de Navidad de ese año -¿cómo podría olvidarla?- me sacaron de ese lugar y me llevaron a otro cuarto de baño en el segundo piso de la prisión, me obligaron a desvestirme y me colgaron con una cuerda que me pasaba bajo las axilas. Estaba desnudo y apenas podía tocar el suelo con la punta de los pies. Sentía que mi cuerpo desfallecía lenta e inexorablemente. El frío me subía poco a poco por el cuerpo y, cuando llegó al pecho y estaba para parárseme el corazón, lancé un grito de agonía. Acudieron mis verdugos, me bajaron y me llenaron de puntapiés. Esa noche, en ese lugar y en la soledad de ese primer suplicio, viví el sentido verdadero de la Encarnación y de la cruz.

Pero en esos sufrimientos tuve a mi lado y dentro de mí la consoladora presencia del Señor Jesús, sumo y eterno sacerdote, a veces, incluso, con una ayuda que no puedo menos de definir "extraordinaria", pues era muy grande la alegría y el consuelo que me comunicaba.

Pero nunca he guardado rencor hacia los que, humanamente hablando, me robaron la vida. Después de la liberación, me encontré por casualidad en la calle con uno de mis verdugos: sentí compasión por él, fui a su encuentro y lo abracé.
Me liberaron en la amnistía del año 1989. Tenía 79 años.

Esta es mi experiencia sacerdotal en todos estos años; una experiencia, ciertamente, muy particular con specto a la de muchos sacerdotes, pero desde luego no única: son millares los sacerdotes que en su vida han sufrido persecución a causa del sacerdocio de Cristo. Experiencias diversas, pero todas unificadas por el amor. El sacerdote es, ante todo, una persona que ha conocido el amor; el sacerdote es un hombre que vive para amar: para amar a Cristo y para amar a todos en Él, en cualquier situación de vida, incluso dando la vida.

sábado, 10 de mayo de 2008

Dio su vida por sus amigos

Al final de la Primera Guerra Mundial, un destacamento de soldados ingleses esperaba entrar en un pequeño pueblo cerca del Rhin, cuando repentinamente un soldado salió corriendo de un edificio gritando: "¡Alerta!". Instantáneamente, una descarga de rifles le dejaron muerto en el suelo. Pero la advertencia salvó a la compañía de una emboscada. El destacamento luchó haciendo retirar al enemigo y pronto se supo la historia del que les había salvado. Era un soldado de la guardia real irlandesa, prisionero de los alemanes quien conociendo los planes del enemigo esperó el momento oportuno y sacrificó su propia vida para salvar la de muchos compatriotas. Reconocidos y conmovidos los ingleses le dieron una buena sepultura, poniendo sobre ella una cruz con este texto: "A otros salvó, a sí mismo no se pudo salvar".

Estas fueron precisamente las palabras que los judíos lanzaron contra Cristo cuando estaba pendiente de la cruz. No pudo salvar a otros y a sí mismo a la vez, y prefirió sacrificarse él en favor de otros, incluso de aquellos que le crucificaron.