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domingo, 8 de junio de 2008

"The Beatles" y el amor



Los Beatles son ya unos clásicos, de los que todavía tenemos mucho que aprender. No pasan de moda, como tampoco lo hacen los temas de hondo contenido humano.

Luis Olivera
Periodista


Los Beatles son ya –sólo cuarenta años después-- unos clásicos de la historia de la música. La simplicidad de las letras de sus canciones es compatible con sus muchos significados. Y no es que tuvieran una “inspiración” especialmente grande, sino que más bien les movía su afán de perfeccionismo. Pero nadie puede dudar que ellos supieron transmitir los sentimientos más universales –clásicos--, con unas interpretaciones llenas de sencillez y eficacia.

Pero si algún tema expresa sus canciones, es la necesidad de la cercanía para mantener el amor: para quererse hay que rozarse, “…as long as I/have you near me”; por otro lado exponen su experiencia de tener el amor como alternativa universal al lenguaje de la violencia (“All you need is Love”). Porque, como también cantaron ellos, el trabajo cansa muy poco cuando se hace por amor; porque al final de esas fatigosas jornadas, “tú sabes que me siento bien al llegar a casa, You know I feel alright”). Porque allí está la familia, que es “un fantástico cuento de hadas” (Chesterton).

La vida moderna –y más en las grandes ciudades actuales-- no facilita que los integrantes de una familia estén mucho tiempo juntos. Y las otras formas de familia no son la solución, como dicen las frías estadísticas. Tal vez por eso hay más violencia en la vida del hogar y en el conjunto de la sociedad: vemos que las estadísticas de separaciones, de violencia doméstica y de delincuencia callejera se disparan. Y es que, como afirma el filósofo Alejandro Llano, “el modo de pensar aún dominante recoge los restos de las ideologías decimonónicas: todo lo serio en la vida se reduce a dinero y poder”. Para y por eso se trabaja, … y no se hace por amor, por donación desinteresada al otro, al ‘tú’. Todo se supedita a esos dos aspectos que, por ser tan limitados, no dan la felicidad, porque no llenan. Por eso Los Beatles son ya unos clásicos, de los que todavía tenemos mucho que aprender. No pasan de moda, como tampoco lo hacen los temas de hondo contenido humano.

Los Beatles: sus letras, su mensaje. El amor. Continúo: ellos proponen la necesidad del diálogo para arreglar los problemas. Hablando se entiende la gente. Porque no vale la pena pelearse, viendo la fugacidad de la vida (“Life is very short and there’s no time/ for fussing anf fighting”); que también es bueno superar el egoísmo del ciego, que sólo ve lo que le interesa (“He’s a blind and he can be/just sees what he wants to see”). Un pensamiento tan clásico como el que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

El grupo de Liverpool cantó que hay que saber rectificar continuamente el rumbo de la propia vida, y pedir perdón, superando los propios vicios egoístas. Todos nos equivocamos, porque no hay nadie que sea perfecto. Y tampoco se trata de pretender hacerlo todo uno sólo (“don’t carry the world upon your shoulders”), como si fuéramos Hércules en sus míticos trabajos. O considerar algo tan básico como el influjo de las condiciones climáticas sobre el estado anímico de las personas (“Here Comes the Sun”), pensarlo dos veces y hacer las paces.

Amor. Amor que se entrega en vez de contradicciones culturales y tensiones políticas. Ellos ofrecían la otra cara de la moneda: la optimista, la esperanzada. Cantaban la imposibilidad de comprar el amor (“I didn’t care too much for money”), que no tiene precio; la experiencia durable de la donación total, que eso es la esencia del matrimonio (”All my Loving”), frente a lo efímero del amor de “un día”, que deja el regusto amargo del egoísmo, de cosificar al otro, de usarlo y tirarlo.

Y la consecuencia de esa entrega, que provoca que el amor sea siempre nuevo (novios = os novos, los nuevos, en Portugal), a pesar del tiempo transcurrido: “When I think of Love / all something new”. Y que también cada día sea novedoso, que sorprenda, donde no cabe la rutina.

La producción discográfica de MacCartney, Lennon, Starr y Harrison no se ha agotado todavía. Y no me extrañaría que, dentro de cien años, su música se siguiera oyendo junto a las de Mozart, Bach o Beethoven. El peso de su memoria y de sus recuerdos en la vida de las personas perdurará, como dicen en temas tan conocidos como “Yesterday” o “In my Life”.

Y qué mejor final que la última frase de la canción final del postrer disco que grabaron juntos “Los Beatles”, como una especie de resumen global de todo su arte. Los cuatro la cantan al unísono: “Al final, el amor que recibes es igual al amor que generas”, que das, que has dado (“And in the end/ the love you take/ is equal to the love you make”). Por eso hay que tomar la iniciativa, abrirse al ‘otro’: esa generosidad es la que llena. Por eso el cuarteto de músicos no es un residuo del pasado. Tienen magia porque hablan de lo único esencial.

martes, 27 de mayo de 2008

Productividad no es igual a fecundidad


-¿Piensa que falta conciencia de la presencia de María en el mundo universitario e intelectual?
--Burggraf: María nos recuerda una verdad básica: "El amor siempre hace una carrera hacia abajo".
En una parábola famosa del Evangelio, un fariseo da gracias a Dios por ser mejor que los demás hombres, y Jesucristo desaprueba claramente esta actitud. Pero si, en el caso contrario, el fariseo hubiera pensado que era peor que los demás, tampoco hubiera sido humilde.
Una persona humilde no se compara con nadie. No mira ni a sí misma ni a los otros hombres, como el publicano en aquella parábola. Sólo busca a Dios, y se siente responsable ante Él, porque sabe que Dios le mira con cariño y confianza.
Un cristiano que trata de tener una presencia viva de María, no intenta compararse con los demás -ni comparar a los otros entre sí-. No es nunca un "rival", un "competidor". Contribuye a que el ambiente a su alrededor sea natural y amable, y se alegra del bien y de los logros de los demás.
Una persona unida a Dios y a María, obtiene una libertad mayor que la que tienen los pájaros del cielo. Está por encima de tantas pequeñeces que pueden frenar nuestros pasos.
No quiere dejarse cautivar ni por la comodidad de los bienes materiales, ni por el brillo de la fama o de una máscara, ni por los resultados de su propio trabajo.
Quiere ser generosa y compartir sus bienes con los demás: por supuesto el pan, pero también el vino, también el tiempo y las ideas, también los proyectos profesionales y todas las oportunidades que le brinda la vida.
Quizá pueda parecer, a veces, un poco ingenua y hacerse objeto de burlas o sonrisas compasivas. Puede incluso tener ciertas desventajas profesionales en un ambiente en el que cuentan sólo la imagen y el progreso, el subir en la escala social. Pero sabe que el éxito no es una categoría de Dios.
María nos enseña que todo lo aparentemente grande, poderoso y triunfal no es más que una mota de polvo, si no es purificado por el amor. Mirar hacia ella, la Madre, es importante en nuestra época de activismo.
Cristo, ciertamente, pide a sus discípulos que den frutos. Pero esta exhortación debe comprenderse en el contexto evangélico, y no según las claves de interpretación que se utilizan en las sociedades de rendimiento. La fecundidad es algo muy distinto que la productividad. Una persona puede producir mucho, obtener resultados y méritos incontables por su trabajo, y no ser verdaderamente fértil. Otra, en cambio, puede no rendir nada ante los ojos del mundo, y tener una gran fecundidad.
Cristo pide frutos que permanezcan. Podemos estar completamente seguros de que, lo que permanece para siempre, no será nuestro dinero, ni el aplauso, ni el éxito. Lo único que contará al final de nuestra vida, será el amor que hemos ofrecido y recibido. No tendremos nada más.

lunes, 26 de mayo de 2008

La verdadera sabiduría


-En el mundo académico se invoca a María como sede de la sabiduría.

- Jutta Burggraf (teóloga): Según la gran Tradición de la Iglesia, la redención comienza en la cabeza. Empieza conociendo la verdad, que nunca es sólo teoría. San Agustín habla de una reciprocidad entre "ciencia" y "tristeza": el simple saber -dice- produce tristeza. Y, en efecto -sigue diciendo el Papa Benedicto XVI-, "quien sólo ve y percibe todo lo que sucede en el mundo, acaba por entristecerse. Pero la verdad significa algo más que el saber: el conocimiento de la verdad tiene como finalidad el conocimiento del bien... La verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera".
La sabiduría expresa una visión integral del hombre y del mundo. Hace referencia no sólo a la ciencia, sino también a madurez y belleza interiores. T. S. Eliot habla de "la sabiduría de la humildad". Todas estas dimensiones están realizadas con abundancia en María.
La belleza más profunda es, ciertamente, la belleza de la santidad. Una buena mujer que cuidaba a su madre día y noche en un hospital, dijo hace algún tiempo: "Cuando me encontré temprano por la mañana en la cafetería del hospital y miré a mi alrededor, vi a gente pálida, con ojeras que, evidentemente, habían estado pendientes de sus seres queridos durante la noche. Y pensé: ‘Esta es la verdadera belleza: la belleza de la entrega'".

domingo, 25 de mayo de 2008

María ayuda a perdonar "siempre y sin condiciones"



PAMPLONA viernes, 23 mayo 2008 (ZENIT.org).- María es modelo de perdón porque "nos enseña a perdonar de todo corazón, incondicionalmente, como una madre, no como una educadora", explica la teóloga Jutta Burggraf.

Laica y alemana de origen, profesora de teología en la Universidad de Navarra, Burggraf en esta entrevista concedida a Zenit, al acercarse a su conclusión el mes de la Virgen María, presenta las lecciones de candente actualidad que deja la Madre de Dios.

-¿Cuál es la actitud de Santa María que le parece más importante imitar en nuestros días?

-Burggraf: Perdonar siempre y sin condiciones. Hay muchas personas heridas en nuestras sociedades, personas que no pueden vivir en paz con sus recuerdos. Así, se crea una especie de malestar y de insatisfacción generales. Perdonar no es fácil, pero es posible con la ayuda de Dios. Es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador, tanto para el otro como para mí. Significa optar por la vida y actuar con creatividad.
Nuestra Madre nos ha dado un ejemplo espléndido bajo la Cruz. Cuando oyó las palabras de Cristo: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen," comprendió lo que Dios esperaba también de ella, e hizo lo mismo que su Hijo: perdonó.
A este respecto, recuerdo lo que cuenta una amiga sobre su infancia. Solía tener ataques de rabia: cuando algo iba contra su voluntad, se ponía, con cara roja, a gritar y a golpear con manos y pies. Después de algún tiempo, se daba cuenta del comportamiento poco correcto. Corría llorando a su madre y le pedía perdón. La madre la sentaba en su regaza y, abrazándola, la consolaba con las palabras: "Ya está bien. Tú no eres así. En realidad, eres mucho mejor". De este modo, desde pequeña, ella experimentaba la "fiesta del perdón" y volvía feliz a jugar con sus amigos. Después de cada perdón, la vida empezaba de nuevo para ella... Pero la madre murió, y una educadora cristiana la sustituyó. Pasado algún tiempo, se repitió la escena conocida. La niña se puso furiosa, gritó y golpeó. Después de su ataque de rabia, corrió, como de costumbre, hacia la educadora y pidió perdón. Pero esta vez todo fue distinto: la educadora no le abrazó, ni le besó, ni le consoló. Aceptó el perdón con una cara seria y con varias amonestaciones. "Entonces comprendí que ya no tenía madre", comenta mi amiga.
La Virgen nos enseña a perdonar de todo corazón, incondicionalmente, como una madre, no como una educadora.

miércoles, 21 de mayo de 2008

El heredero



Érase una vez, de acuerdo con la leyenda, que un reino europeo estaba regido por un rey muy cristiano, y con fama de santidad, que no tenía hijos. El monarca envió a sus heraldos a colocar un anuncio en todos los pueblos y aldeas de sus dominios. Este decía que cualquier joven que reuniera los requisitos exigidos, para aspirar a ser posible sucesor al trono, debería solicitar una entrevista con el Rey. A todo candidato se le exigían dos características: 1º Amar a Dios. 2º Amar a su prójimo. En una aldea muy lejana, un joven leyó el anuncio real y reflexionó que él cumplía los requisitos, pues amaba a Dios y, así mismo, a sus vecinos. Una sola cosa le impedía ir, pues era tan pobre que no contaba con vestimentas dignas para presentarse ante el santo monarca. Carecía también de los fondos necesarios a fin de adquirir las provisiones necesarias para tan largo viaje hasta el castillo real. Su pobreza no sería un impedimento para, siquiera, conocer a tan afamado rey. Trabajó de día y noche, ahorró al máximo sus gastos y cuando tuvo una cantidad suficiente para el viaje, vendió sus escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas joyas y emprendió el viaje. Algunas semanas después, habiendo agotado casi todo su dinero y estando a las puertas de la ciudad se acercó a un pobre limosnero a la vera del camino. Aquél pobre hombre tiritaba de frío, cubierto sólo por harapos. Sus brazos extendidos rogaban auxilio. Imploró con una débil y ronca voz: "Estoy hambriento y tengo frío, por favor ayúdeme...". El joven quedó tan conmovido por las necesidades del limosnero que de inmediato se deshizo de sus ropas nuevas y abrigadas y se puso los harapos del limosnero. Sin pensarlo dos veces le dio también parte de las provisiones que llevaba. Cruzando los umbrales de la ciudad, una mujer con dos niños tan sucios como ella, le suplicó: "¡Mis niños tienen hambre y yo no tengo trabajo!". Sin pensarlo dos veces, nuestro amigo se sacó el anillo del dedo y la cadena de oro de cuello y junto con el resto de las provisiones se los entregó a la pobre mujer. Entonces, en forma titubeante, continuó su viaje al castillo vestido con harapos y carente de provisiones para regresar a su aldea. A su llegada al castillo, un asistente del Rey le mostró el camino a un grande y lujoso salón. Después de una breve pausa, por fin fue admitido a la sala del trono. El joven inclinó la mirada ante el monarca. Cuál no sería su sorpresa cuando alzó los ojos y se encontró con los del Rey. Atónito y con la boca abierta dijo: "¡Usted..., usted! ¡Usted es el limosnero que estaba a la vera del camino!". En ese instante entró una criada y dos niños trayéndole agua al cansado viajero, para que se lavara y saciara su sed. Su sorpresa fue también mayúscula: "¡Ustedes también! ¡Ustedes estaban en la puerta de la ciudad!". " Sí -replicó el Soberano con un guiño- yo era ese limosnero, y mi criada y sus niños también estuvieron allí". "Pero... pe... pero... ¡usted es el Rey! ¿Por qué me hizo eso?". "Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran auténticas frente a tu amor a Dios y a tu prójimo -dijo el monarca-. Sabía que si me acercaba a ti como Rey, podrías fingir y actuar no siendo sincero en tus motivaciones. De ese modo me hubiera resultado imposible descubrir lo que realmente hay en tu corazón. Como limosnero, no sólo descubrí que de verdad amas a Dios y a tu prójimo, sino que eres el único en haber pasado la prueba. ¡Tú serás mi heredero! ¡Tú heredaras mi reino!".

sábado, 17 de mayo de 2008

Dos estrellas

Un ermitaño recogía diariamente un hato de ramas, lo cargaba en su borriquillo y lo intercambiaba en el pueblo por lo que le ofrecieran: queso, verduras… A mitad de camino de regreso, cuando el cansancio y el calor arreciaban, pasaba delante de una fuente de agua fresca, y el ermitaño pasaba de largo ofreciéndoselo a Dios. Por la noche Dios le obsequiaba ese sacrificio con una luminosa estrella en el firmamento. Un día un muchacho se unió al ermitaño en su camino. Ese día el sol apretaba especialmente y la cuesta se hacía pesada. Cuando se acercaban a la fuente, el viejo ermitaño leyó en los ojos del joven que el chico no bebería si él no lo hacía. Decidió beber aun a costa de quedarse sin estrella. Esa noche, brillaron dos estrellas.