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sábado, 28 de junio de 2008

Allí estabas tú (XVII)


19. Síntomas de la tibieza

- Judas, te has vuelto tibio.

- ¿Tibio yo?

- Sí, te voy a explicar qué es la tibieza y por qué sigues malhumoradamente a Jesús y te fastidia tener que vivir como un Apóstol.

La pereza es un pecado capital; no, no me refiero al mero dejar las cosas para después. La pereza o acedia es una especie de tristeza, precisamente la tristeza sobre el bien divino del hombre. Te da tristeza el hecho de que Dios te haya elevado a algo grande. Es la tristitia saeculi, aquella tristeza del mundo de la cual dice San Pablo que "lleva a la muerte" (2 Co 7,10).

Por eso Le tienes aversión constante y huyes de la luz de Dios, porque te ha elevado a un modo de ser superior, divino, y esto implica vivir de una determinada manera, menos cómoda con tus caprichos. Preferirías que Dios te hubiera dejado en paz, que no te hubiera llamado a ser santo.

Judas, estás renunciando tristemente, egoístamente, a tu vocación cristiana. Prefieres no ser santo, porque "nobleza obliga" a vivir como hijo de Dios (Cfr. J. Pieper, Sobre la esperanza).

Sí, has caído en la tibieza. Porque no haces oración, y cuando la haces no piensas más que en ti y en tus cosas, no en Él y en sus cosas. Y has empezado a frecuentar ambientes que no te favorecen, y lo sabes. ¿Qué hacías de noche en aquel ambiente donde sabías que se ofendía a Jesús? Seguro que te han prometido la felicidad en la tierra si te apartas de El, si cometes un pecado.

- Yo no quiero cometer un pecado mortal. Yo voy a procurar apartarme de El, pero sin llegar a eso.

- No, no; si no quieres ir al infierno. Pero también sabes que para ir al Cielo es preciso vivir como hijo de Dios.

- Mira, lo que voy a hacer es entregarle, porque ya he dicho que lo iba a hacer, y si no quedo mal; pero luego me voy a mi casa como si nada, como si no le hubiera conocido nunca...

- Sí, con un beso, guardando las apariencias, y por la espalda clavando el cuchillo. ¿Pero no te das cuenta a dónde puede llevar la doble vida? Claro, ya lo dijo Jesús, "El que no está conmigo, está contra mí" (Mt 12,30). No se puede estar a dos aguas. O sí o no. O frío o caliente. Pero tibio ¡no!

* * *

"Aún estaba hablando, cuando llegó Judas, uno de los doce, y con él una gran turba, armada de espadas y garrotes, enviada por los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que iba a entregarles les dio una señal (...). Al instante, acercándose a Jesús, dijo: Salve, Rabbí. Y le besó. Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué has venido?" (Mt 26,47-50).

Judas se ha quedado boquiabierto. Esas palabras le han desconcertado. ¡Amigo! ¡Es a uno de los pocos a quien Jesús llama amigo en los Evangelios! Jesús le quería mucho y confiaba en él: era el administrador del grupo, y entre los judíos ese encargo... Para Jesús, Judas era muy importante, le amó y le seguía amando, su llamada seguía en pie.

¿A qué has venido? ¿A qué viniste a la existencia sino para ser San Judas Iscariote y evangelizar el país que se te encargara? ¿A qué viniste a la Iglesia cuando te llamó por primera vez? A darte del todo. Jesús te prometió el Cielo, la felicidad si tú... creías en El como Señor y Dios tuyo y le amabas por encima de todo.

"Efectivamente, ésta es la vocación: una propuesta, una invitación; más aún, un afán de llevar al Salvador al mundo de hoy que tanta necesidad tiene de El. Una negativa significaría no sólo rechazar la palabra del Señor, sino también abandonar a muchos hermanos nuestros en el error, en el sin sentido o en la frustración de sus aspiraciones más secretas y más nobles, a las que no saben y no pueden dar respuesta por sí solos¨ (Juan Pablo II, Audiencia 17-XII-1981).

¿Para qué está el hombre en la tierra sino para amar y servir a Dios y a todos los hombres? ¿No estamos hechos para amar? ¿Qué sentido tiene estar en el mundo amándose a sí mismo sin Dios?

Amigo..., amigo... Nos lo dice Dios. Dios que nos ha creado, que nos ha amado primero y nos llenó de dones. Y algunos no quieren su amistad, la amistad de Dios, por... unas malditas treinta monedas. Por el apego a su propio juicio, a su opinión, a un trozo de tierra, a un amor humano...; por su ansia equivocado de libertad. De pensar que los mandatos de Dios coartan su libertad.

¡Mi libertad!, podría decir Judas. ¿Libertad? ¿Tu? Tú, que te dejas comprar por treinta mil pesetas? No, Judas, la libertad es algo mucho más grande; es un don de Dios, precisamente para amar y ser fieles a Dios.

* * *

Se habían llevado a Jesús atado, los demás habían salido corriendo. Y allí estaba él, Judas, sólo en ese huerto de muerte dándose cuenta de que había traicionado lo más valioso de su vida, su sentido. Había jugado cartas muy fuertes pero no preveía el desenlace. ¡Van a matar a Jesús, y lo había hecho él! Y eso sí que era un pecado mortal. ¿Adónde ha llegado Judas? A lo más bajo.

Judas lo tenía muy difícil porque, precisamente había traicionado a Quien le podía salvar. ¿Cómo ir a Jesús si había sido él el culpable? No sabía, sin embargo, que era muy fácil obtener el perdón. El problema es que se estaba obcecando. Bastaba que hubiera dicho: "Jesús, perdóname" para que hubiera sido perdonado.

Pero eso tiene la falta de humildad, que no se es capaz de pedir perdón. Todo tiene arreglo en esta vida. Pero esto tiene la dinámica del mal: la falta de sinceridad, de humildad, va borrando el propio camino de la humildad, de la salvación.

Judas se encuentra sin Jesús, sin Dios. Por no querer vivir como hijo de Dios, se imagina solo. Es muy peligroso seguirle el juego al diablo...

De Judas nunca más se supo. Su vida fue una vida estéril, sin fruto, que no ha servido para nada, ¡cuando estaba destinado a ser santo!

Lamentable biografía. Al menos que sirva de experiencia ajena para que los tibios espabilen y reaccionen.

Y que te ayude a ti a ser sabio y tu vida no tenga otro recuerdo que la inutilidad.

domingo, 25 de mayo de 2008

Famoso, mujeriego y converso



El arzobispo de Burgos presenta el testimonio del actor Eduardo Verástegui

Eduardo Verástegui es un actor televisivo y cantante mexicano que provoca el entusiasmo de la gente joven. Nació hace 33 años en un pueblecito al norte de México. Comenzó a estudiar derecho en la Universidad, pero al cabo de un año lo abandonó para perseguir el sueño de ser actor y cantante. Marcha a Ciudad de México y allí se consolida como actor latino de moda, entra en el mundo de la telenovela y da el salto a la industria latina cinematográfica. Se traslada a Miami y graba su primer disco como solista.
Un día, mientras viaja a Los Ángeles para promocionar su disco, conoce en el avión a un directivo de la Fox, que le invita a un casting para un largometraje. Le dan el papel y se traslada a Hollywood. Allí tiene su primera experiencia radical: después de conseguir durante diez años todo lo que pensaba que le haría feliz, siente un profundo vacío. «Estaba triste e insatisfecho. Me faltaba algo. Por aquel entonces no sabía qué».
Mientras tanto, exprime el precio de la fama con sobredosis de sexo, droga y fiestas. Esto le lleva a perder la perspectiva de la realidad y a vivir en un profundo relativismo. Como suele ocurrir en esos ambientes, sus amistades, lejos de ayudarle, le meten cada vez más en el abismo de las fiestas y de la nada. «Me di cuenta que yo era como un galgo que perseguía una falsa liebre en las carreras. Cuando llegué a morderla, me quedé herido porque era de metal. Estaba persiguiendo una mentira».
Un día tiene un encuentro con Jarmine, la profesora de inglés que durante seis meses le ponen los de la Fox. Esta mujer católica le hace ir al fondo de su vida y despierta en él las preguntas últimas. El actor siempre se había sentido católico, pero su trato con Jarmine le descubre que su catolicismo es una etiqueta cultural, casi vacía de contenido y, desde luego, carente de convicciones. Verástegui recuerda el día que, terminadas las clases, se despidió, dejándole la herida abierta: «¿qué estás haciendo con tu vida?» Comenzó a llorar en un rincón de la casa y no cesó en varios días. «Temblaba por dentro», confiesa él.
Tenía necesidad de encontrar alguien que hablara español para compartir todo lo que sentía y el arrepentimiento por una vida tan alejada de Dios. Le pusieron en contacto con un sacerdote, que comenzó a ayudarle y a dejarle libros. Empieza a ir a misa diariamente. Otro sacerdote, el Padre Francisco, le propone una confesión general. Tras una larga preparación, Verástegui hace una confesión de tres horas. El actor la califica como su segunda conversión: «Comprendí que no había nacido para actor u otra cosa, sino para conocer, amar y servir a Jesucristo».
Con la audacia del converso, vende todos sus bienes y decide irse a Brasil como misionero. Pero el sacerdote le hace descubrir que Hollywood es el lugar donde Dios le espera para que anuncie la Buena Nueva. Verástegui, con Leo Severino, crea Metanoia Films para hacer películas al servicio de la esperanza y dignidad humanas. «Bella» es la primera cinta de esta compañía. De ella se ha hablado mucho durante estos meses en toda América. Incluso ganó el Festival de Toronto contra todo pronóstico. Verástegui ha creado también un estudio bíblico para actores y directores y un lugar en Hollywood para los que buscan algo más que la fama.
Desde hace cinco años, el mujeriego "latin lover" vive, feliz y radiante, la castidad, reza el rosario y va a misa todos los días. Es el referente contracultural en los corrillos de Hollywood. Se siente libre de verdad e inmensamente feliz.
+ Francisco Gil Hellín
Arzobispo de Burgos

domingo, 18 de mayo de 2008

El día que Jesús guardó silencio

Aún no llego a comprender cómo ocurrió, si fue real o un sueño. Sólo recuerdo que ya era tarde y estaba en mi sofá preferido con un buen libro en la mano. El cansancio me fue venciendo y empecé a cabecear... En algún lugar entre la semiinconsciencia y los sueños, me encontré en aquel inmenso salón, no tenía nada en especial salvo una pared llena de tarjeteros, como los que tienen las grandes bibliotecas. Los ficheros iban del suelo al techo y parecían interminables en ambas direcciones. Tenían diferentes rótulos. Al acercarme, me llamó la atención un cajón titulado: "Muchachas que me han gustado". Lo abrí descuidadamente y empecé a pasar las fichas. Tuve que detenerme por la impresión, había reconocido el nombre de cada una de ellas: ¡se trataba de las chicas que a mí me habían gustado! Sin que nadie me lo dijera, empecé a sospechar dónde me encontraba. Este inmenso salón, con sus interminables ficheros, era un crudo catálogo de toda mi existencia. Estaban escritas las acciones de cada momento de mi vida, pequeños y grandes detalles, momentos que mi memoria había ya olvidado. Un sentimiento de expectación y curiosidad, acompañado de intriga, empezó a recorrerme mientras abría los ficheros al azar para explorar su contenido. Algunos me trajeron alegría y momentos dulces; otros, por el contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa tan intensos que tuve que volverme para ver si alguien me observaba. El archivo "Amigos" estaba al lado de "Amigos que racioné" y "Amigos que abandoné cuando más me necesitaban". Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo. "Libros que he leído", "Mentiras que he dicho", "Consuelo que he dado", "Chistes que conté", otros títulos eran: "Asuntos por los que he peleado con mis hermanos", "Cosas hechas cuando estaba molesto", "Murmuraciones cuando mamá me reprendía de niño", "Videos que he visto"... No dejaba de sorprenderme de los títulos. En algunos ficheros había muchas más tarjetas de las que esperaba y otras veces menos de lo que yo pensaba. Estaba atónito del volumen de información de mi vida que había acumulado. ¿Sería posible que hubiera tenido el tiempo de escribir cada una de esas millones de tarjetas? Pero cada tarjeta confirmaba la verdad. Cada una escrita con mi letra, cada una llevaba mi firma. Cuando vi el archivo "Canciones que he escuchado" quedé atónito al descubrir que tenía más de tres cuadras de profundidad y, ni aun así, vi su fin. Me sentí avergonzado, no por la calidad de la música, sino por la gran cantidad de tiempo que demostraba haber perdido. Cuando llegué al archivo: "Pensamientos lujuriosos" un escalofrío recorrió mi cuerpo. Solo abrí el cajón unos centímetros.. Me avergonzaría conocer su tamaño. Saqué una ficha al azar y me conmoví por su contenido. Me sentí asqueado al constatar que "ese" momento, escondido en la oscuridad, había quedado registrado... No necesitaba ver más... Un instinto animal afloró en mí. Un pensamiento dominaba mi mente: Nadie debe de ver estas tarjetas jamás. Nadie debe entrar jamás a este salón... ¡Tengo que destruirlo! En un frenesí insano arranqué un cajón, tenía que vaciar y quemar su contenido. Pero descubrí que no podía siquiera desglosar una sola del cajón. Me desesperé y trate de tirar con más fuerza, sólo para descubrir que eran más duras que el acero cuando intentaba arrancarlas. Vencido y completamente indefenso, devolví el cajón a su lugar. Apoyando mi cabeza al interminable archivo, testigo invencible de mis miserias, y empecé a llorar. En eso, el título de un cajón pareció aliviar en algo mi situación: "Personas a las que les he compartido el Evangelio". La manija brillaba, al abrirlo encontré menos de 10 tarjetas. Las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos. Lloraba tan profundo que no podía respirar. Caí de rodillas al suelo llorando amargamente de vergüenza. Un nuevo pensamiento cruzaba mi mente: nadie deberá entrar a este salón, necesito encontrar la llave y cerrarlo para siempre. Y mientras me limpiaba las lágrimas, lo vi. ¡Oh no!, ¡por favor no!, ¡Él no!, ¡cualquiera menos Jesús!. Impotente vi como Jesús abría los cajones y leía cada una de mis fichas. No soportaría ver su reacción. En ese momento no deseaba encontrarme con su mirada. Intuitivamente Jesús se acercó a los peores archivos. ¿Por qué tiene que leerlos todos? Con tristeza en sus ojos, buscó mi mirada y yo bajé la cabeza de vergüenza, me llevé las manos al rostro y empecé a llorar de nuevo. Él se acercó, puso sus manos en mis hombros. Pudo haber dicho muchas cosas. Pero Él no dijo ni una sola palabra. Allí estaba junto a mí, en silencio. Era el día en que Jesús guardó silencio... y lloró conmigo. Volvió a los archivadores y, desde un lado del salón, empezó a abrirlos, uno por uno, y en cada tarjeta firmaba Su nombre sobre el mío. ¡No!, le grité corriendo hacia Él. Lo único que atiné a decir fue sólo ¡no!, ¡no!, ¡no! cuando le arrebaté la ficha de su mano. Su nombre no tenía por que estar en esas fichas. No eran sus culpas, ¡eran las mías! Pero allí estaban, escritas en un rojo vivo. Su nombre cubrió el mío, escrito con su propia sangre. Tomó la ficha de mi mano, me miró con una sonrisa triste y siguió firmando las tarjetas. No entiendo cómo lo hizo tan rápido. Al siguiente instante lo vi cerrar el último archivo y venir a mi lado. Me miró con ternura a los ojos y me dijo: - Todo esta Consumado, está terminado, yo he cargado con tu vergüenza y culpa. En eso salimos juntos del Salón... Salón que aún permanece abierto.... Porque todavía faltan más tarjetas que escribir... Aún no sé si fue un sueño, una visión, o una realidad... Pero, de lo que sí estoy convencido, es que la próxima vez que Jesús vuelva a ese salón, encontrará más fichas de que alegrarse, menos tiempo perdido y menos fichas vanas y vergonzosas.