Mostrando entradas con la etiqueta libertad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libertad. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de julio de 2010

La libertad y los valores



Juan Manuel Roca

Los valores y su referencia a Dios

El hecho de existir supone una misión que cada uno debe ir cumpliendo con su actuar libre. Pero en todas las fases de nuestras acciones –explica Yepes– intervienen unos criterios previos que uno tiene ya formados antes de actuar y de los que parte para escoger –o rechazar– unos u otros medios. A estos criterios previos los llamamos valores.

Los valores son los distintos modos de concretar o determinar la verdad: son la verdad y el bien tomados, no en abstracto, sino en concreto. Su característica principal es que no contestan a la pregunta ¿y esto para qué vale? Valen por sí mismos; es más, todo lo demás vale –o no vale– por referencia a ellos.

Los valores son, por eso, criterio para la toma de decisiones, para la acción. Pueden ser muy variados: utilidad, belleza, poder, dinero, familia, ecología, sabiduría... El máximo valor es Dios: el Bien supremo en función del cual los demás valores son medios, es decir tienen un valor relativo que se juzga por su concreta relación aquí y ahora con el Valor Absoluto.

A la hora de discernir y asumir como propios los valores que serán criterio de nuestra actuación, debemos estar atentos a algunos peligros, para no vivir tomando decisiones por motivos equivocados o inconsistentes. Algunos, por ejemplo, podrían tomar como valor una necesidad ficticia (como ganar fama). Y cabe también el peligro de asumir valores verdaderos pero sólo de manera teórica, es decir, sin interiorizarlos (permanecen como referencias externas que nos parecen bien, pero sin pasar a integrar las motivaciones internas de nuestra libertad); o de interiorizar una versión incompleta o equivocada de ellos: por ejemplo, se siente la necesidad de Dios, pero se trata con Él sólo en momentos "difíciles"; o se hace algo no en función del valor mismo, sino de la satisfacción personal que nos produce; o por buscar una compensación, llamar la atención, etc. (R. Berzosa).

Es necesario aprender a vivir la libertad como un poder de ob-ligarse a todo lo grande. No somos libres cuando optamos por una acción porque nos agrada, sino cuando tomamos distancia de nuestras apetencias –que pueden ser caprichosas, variables según los momentos y las circunstancias– y elegimos en virtud del ideal que más vale, que más trascendencia tiene para los demás, para dejar en esta vida un surco profundo, divino, eterno. Esto es lo que supone elegir la verdad de la vocación como núcleo y referencia de valores. Al hacerlo así el hombre se siente esponjado, libre y desbordante de luz y alegría.

sábado, 28 de junio de 2008

Allí estabas tú (XVII)


19. Síntomas de la tibieza

- Judas, te has vuelto tibio.

- ¿Tibio yo?

- Sí, te voy a explicar qué es la tibieza y por qué sigues malhumoradamente a Jesús y te fastidia tener que vivir como un Apóstol.

La pereza es un pecado capital; no, no me refiero al mero dejar las cosas para después. La pereza o acedia es una especie de tristeza, precisamente la tristeza sobre el bien divino del hombre. Te da tristeza el hecho de que Dios te haya elevado a algo grande. Es la tristitia saeculi, aquella tristeza del mundo de la cual dice San Pablo que "lleva a la muerte" (2 Co 7,10).

Por eso Le tienes aversión constante y huyes de la luz de Dios, porque te ha elevado a un modo de ser superior, divino, y esto implica vivir de una determinada manera, menos cómoda con tus caprichos. Preferirías que Dios te hubiera dejado en paz, que no te hubiera llamado a ser santo.

Judas, estás renunciando tristemente, egoístamente, a tu vocación cristiana. Prefieres no ser santo, porque "nobleza obliga" a vivir como hijo de Dios (Cfr. J. Pieper, Sobre la esperanza).

Sí, has caído en la tibieza. Porque no haces oración, y cuando la haces no piensas más que en ti y en tus cosas, no en Él y en sus cosas. Y has empezado a frecuentar ambientes que no te favorecen, y lo sabes. ¿Qué hacías de noche en aquel ambiente donde sabías que se ofendía a Jesús? Seguro que te han prometido la felicidad en la tierra si te apartas de El, si cometes un pecado.

- Yo no quiero cometer un pecado mortal. Yo voy a procurar apartarme de El, pero sin llegar a eso.

- No, no; si no quieres ir al infierno. Pero también sabes que para ir al Cielo es preciso vivir como hijo de Dios.

- Mira, lo que voy a hacer es entregarle, porque ya he dicho que lo iba a hacer, y si no quedo mal; pero luego me voy a mi casa como si nada, como si no le hubiera conocido nunca...

- Sí, con un beso, guardando las apariencias, y por la espalda clavando el cuchillo. ¿Pero no te das cuenta a dónde puede llevar la doble vida? Claro, ya lo dijo Jesús, "El que no está conmigo, está contra mí" (Mt 12,30). No se puede estar a dos aguas. O sí o no. O frío o caliente. Pero tibio ¡no!

* * *

"Aún estaba hablando, cuando llegó Judas, uno de los doce, y con él una gran turba, armada de espadas y garrotes, enviada por los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que iba a entregarles les dio una señal (...). Al instante, acercándose a Jesús, dijo: Salve, Rabbí. Y le besó. Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué has venido?" (Mt 26,47-50).

Judas se ha quedado boquiabierto. Esas palabras le han desconcertado. ¡Amigo! ¡Es a uno de los pocos a quien Jesús llama amigo en los Evangelios! Jesús le quería mucho y confiaba en él: era el administrador del grupo, y entre los judíos ese encargo... Para Jesús, Judas era muy importante, le amó y le seguía amando, su llamada seguía en pie.

¿A qué has venido? ¿A qué viniste a la existencia sino para ser San Judas Iscariote y evangelizar el país que se te encargara? ¿A qué viniste a la Iglesia cuando te llamó por primera vez? A darte del todo. Jesús te prometió el Cielo, la felicidad si tú... creías en El como Señor y Dios tuyo y le amabas por encima de todo.

"Efectivamente, ésta es la vocación: una propuesta, una invitación; más aún, un afán de llevar al Salvador al mundo de hoy que tanta necesidad tiene de El. Una negativa significaría no sólo rechazar la palabra del Señor, sino también abandonar a muchos hermanos nuestros en el error, en el sin sentido o en la frustración de sus aspiraciones más secretas y más nobles, a las que no saben y no pueden dar respuesta por sí solos¨ (Juan Pablo II, Audiencia 17-XII-1981).

¿Para qué está el hombre en la tierra sino para amar y servir a Dios y a todos los hombres? ¿No estamos hechos para amar? ¿Qué sentido tiene estar en el mundo amándose a sí mismo sin Dios?

Amigo..., amigo... Nos lo dice Dios. Dios que nos ha creado, que nos ha amado primero y nos llenó de dones. Y algunos no quieren su amistad, la amistad de Dios, por... unas malditas treinta monedas. Por el apego a su propio juicio, a su opinión, a un trozo de tierra, a un amor humano...; por su ansia equivocado de libertad. De pensar que los mandatos de Dios coartan su libertad.

¡Mi libertad!, podría decir Judas. ¿Libertad? ¿Tu? Tú, que te dejas comprar por treinta mil pesetas? No, Judas, la libertad es algo mucho más grande; es un don de Dios, precisamente para amar y ser fieles a Dios.

* * *

Se habían llevado a Jesús atado, los demás habían salido corriendo. Y allí estaba él, Judas, sólo en ese huerto de muerte dándose cuenta de que había traicionado lo más valioso de su vida, su sentido. Había jugado cartas muy fuertes pero no preveía el desenlace. ¡Van a matar a Jesús, y lo había hecho él! Y eso sí que era un pecado mortal. ¿Adónde ha llegado Judas? A lo más bajo.

Judas lo tenía muy difícil porque, precisamente había traicionado a Quien le podía salvar. ¿Cómo ir a Jesús si había sido él el culpable? No sabía, sin embargo, que era muy fácil obtener el perdón. El problema es que se estaba obcecando. Bastaba que hubiera dicho: "Jesús, perdóname" para que hubiera sido perdonado.

Pero eso tiene la falta de humildad, que no se es capaz de pedir perdón. Todo tiene arreglo en esta vida. Pero esto tiene la dinámica del mal: la falta de sinceridad, de humildad, va borrando el propio camino de la humildad, de la salvación.

Judas se encuentra sin Jesús, sin Dios. Por no querer vivir como hijo de Dios, se imagina solo. Es muy peligroso seguirle el juego al diablo...

De Judas nunca más se supo. Su vida fue una vida estéril, sin fruto, que no ha servido para nada, ¡cuando estaba destinado a ser santo!

Lamentable biografía. Al menos que sirva de experiencia ajena para que los tibios espabilen y reaccionen.

Y que te ayude a ti a ser sabio y tu vida no tenga otro recuerdo que la inutilidad.

domingo, 8 de junio de 2008

Keremos ser libres



La libertad, como el dinero, si no se invierte no genera riqueza. Se estanca y sufre. La riqueza, al contrario que la libertad, no es algo que se posea por nacimiento. Hay que trabajar duro para lograrla. Esta riqueza no es la opulencia del dinero, sino la de la dignidad, la hombría de bien y la generosidad. Es decir, la fortuna que enriquece a todos y no sólo a uno.

Por Javier Láinez


Los ideales de Fede

Encontré a Federico hace unos días en el Metro. Ya no lleva las pintillas de tardoadolescente que lucía en su etapa universitaria. Ha prescindido incluso del pañuelo palestino que formaba parte de su ser; algo así como la mantita de Linus, el de la pandilla de Charlie Brown. Salimos a tomar un café y me contó que sigue con sus movidas reivindicativas, porque —afirma rotundamente— este mundo es un asco y hay que cambiarlo. En los últimos meses ha estado expresando clamorosamente su opinión acerca de la guerra a algunos cajeros automáticos y a un par de cabinas telefónicas. También me cuenta que se ha dejado unos cuantos euros en sprays de pintura para escribir lo que opina en los muros de las casas de los bienpensantes.

Fede es un buenazo y no le pega nada ser violento. Un poco insensato, a fuer de idealista, pero sin maldad en el corazón. Le he visto prestar generosamente su tiempo, sus apuntes y sus libros a compañeros de clase más despistados que él. Si bien es cierto que no responde al perfil clásico de revolucionario urbano, también lo es que se comporta como un entusiasta capaz de apuntarse a una ronda de aspirinas. Tanto le da que se trate del petróleo en las playas, de los desajustes de la globalización o de la caza indiscriminada de ballenas en el Ártico. Su deseo de hacer justicia y de castigar a los malvados que hacen de este planeta un lugar inhabitable puede más que mis prudentes objeciones, que no duda en calificar de burguesas y acríticas.

De profesión, rebelde

A pesar de todo, su montaje retórico-justiciero se viene al suelo cuando descendemos al terreno personal. No ha terminado ninguna de las tres carreras que empezó, jamás ha ganado un céntimo en un trabajo y vive confortablemente acogido en la modesta casa de sus padres. Su padre, en cambio, es uno de esos viejos luchadores, obrero de una conocida fábrica de camiones que se encontró prejubilado de la noche a la mañana en una cruel regulación de empleo y terminó de mantenedor en el campo de fútbol del barrio. A su madre no se le cayeron los anillos por limpiar escaleras cuando Fede y sus hermanos cabían todos en un cesto. Lo pasaron mal, bebieron en las fuentes amargas del resentimiento contra una sociedad dura e inmisericorde, pero no perdieron el tiempo gimoteando. Gastaron su cólera en trabajar duro y mirar para adelante en lugar de reventar las lunas de las sucursales bancarias. Ahora, las cosas han mejorado. Sus padres disfrutan de una pensión y sus hermanos trabajan, salvo la pequeña que aún estudia Bachillerato. Sólo Fede parece varado en una vía muerta. Con algo más de un cuarto de siglo a sus espaldas, le hago notar que está viviendo a costa de esa sociedad que tan mal le cae. Y se irrita cuando le digo que parece que los hijos de obrero han empezado a coger las mañas de los hijos de papá. “No te falta de nada y todavía no has dado un palo al agua”, observo. “Ya —replica, mostrando la cara más ingenua y vulnerable de su carácter— pero alguien tiene que sacudir la conciencia de esta sociedad podrida. Y es más fácil criticar que arreglar las cosas”.

Qué significa ser libre

En mi barrio es frecuente encontrar multitud de pintadas. Cualquier excusa vale para dejar un pensamiento atravesado en la pared. Algunas son muy ingeniosas y otras simples aullidos de una generación desorientada. Una me llamó la atención por su aire categórico, y es la que da título a este artículo: keremos ser libres. Era como una explicación de muchas conductas anticonvencionales: ¿Por qué hacéis esto?, se les podía preguntar. Pues, porque “keremos ser libres”, parecían responder. Y se lo espetaban sin reparo a la misma sociedad que les da de comer y les abriga. Semejante “libertad con ira” se parece sospechosamente a la actitud de un crío consentido que se siente legitimado a destrozar los regalos de Reyes porque, a fin de cuentas, han pasado a ser de su exclusiva propiedad.

No tengo nada, al contrario, contra las justas reclamaciones de paz, justicia o libertad. Pero me atrae una libertad, llamémosla creativa. Una libertad que no es carta blanca para que los demás tengan que fastidiarse por lo que elijo. Una libertad que me lleva a ser mejor persona, en relación conmigo mismo y con los otros. El alma necesita abrir caminos, explorar rutas ambiciosas, entusiasmarse con la ilusión de conquistar mundos. Quedarse atrapada en opciones raquíticas, miopes, utilitaristas o de simple consumo es como represarla y arriesgarse a que el agua limpia del caudal interior quede recluida en una charca infecta que se poblará de bichos al menor descuido.

Elegir una ruta

Un experto en educación me aseguraba hace unos días que muchos de los problemas con que a diario tropezamos en las aulas se resolverían solos con enviar a los alumnos a participar en la recogida de la fruta con los temporeros que acuden desde toda Europa a la zona en la que está su pueblo. Argumentaba su original propuesta educativa —basada en doblar el espinazo de sol a sol— con la pretensión de corregir el poco valor que damos en las sociedades urbanas a las innegables ventajas del bienestar alcanzado con el esfuerzo de los currantes que nos permiten vivir como marajás. Quizá nos hemos acostumbrado a recibir mucho de balde y encima no nos satisface. Tal vez la vida carente de responsabilidades y de apremios ha contribuido a generar insaciables que no saben lo que vale un peine. Basta observar el hastío y aburrimiento de los veranos vacíos de no pocos jóvenes y adolescentes.

Me gustó muchísimo el planteamiento de la película Billy Elliot: un chaval de once años, crecido en una barriada obrera, testigo y víctima de la lucha de su padre viudo y de su hermano por evitar el cierre de las minas, descubre que su vocación no es el boxeo sino el ballet clásico. Todo un feroz conflicto social sirve de telón de fondo al drama de un muchacho que ve crecer dentro de sí un anhelo que nadie de su entorno está en condiciones de comprender. Hay en el alma de Billy una firme determinación que le empuja a luchar por aquello en lo que se cree. Y asume los riesgos que supone alcanzar esa meta. Me pregunto si eso será posible cuando a un niño se le ha educado en la seguridad práctica de que más que pelear las cosas es mejor comprarlas. Basta ver cómo algunas familias celebran los cumpleaños de sus retoños. Incluso entre no pocos católicos causa dolor ver la falta de templanza al montar la fiesta de una Primera Comunión. Querámoslo o no, a todos se nos va la mano en determinadas fechas, y pongo como prueba la inexistente sobriedad en los regalos y agasajos de Navidad. El simple gesto de diferir las gratificaciones ha sido siempre una sana medida para hacer madurar lo que los sabios del ramo llaman inteligencia emocional.

Calvin & Hobbes

Watterson, el genial dibujante norteamericano, ha captado en muchas viñetas la insatisfacción del resentido. Recuerdo una en la que el pequeño Calvin —seis años en la ficción y una mente de treinta a los ojos del lector— está enfadado porque su madre le ha negado una subvención para financiar el horripilante muñeco de nieve que ha hecho en el jardín y al que ha bautizado con el nombre de “Bufón Burgués”. Hobbes, su tigre de peluche que manifiesta su alter ego chinchante y gusta de la filosofía plomífera del sentido común, le pregunta: “¿Para qué necesitas una subvención?” Calvin responde: “¡Estoy creando arte! ¡Mi trabajo merece apoyo público!” Hobbes pregunta: “¿Y si al público no le gusta tu trabajo?” “¡No tiene porqué gustarle! —replica Calvin— ¡Es vanguardista! ¡Critico a los mediocres que no aprecian un arte así!” “Pero aceptas su dinero”, dice Hobbes escandalizado. “¿Y qué quieres que haga? ¿Sufrir?”, le espeta Calvin dando por finalizada la conversación y el chiste.

Un banquero romántico

Hace algún tiempo escuché a un conocido banquero contar cómo, con ocasión de las primeras elecciones libres después de muchos años de no haberlas, había accedido a financiar la campaña electoral de unos partidos extremadamente radicales y negársela en cambio a los grupos más moderados. Me llamó la atención, porque los banqueros se parecen poco a las Hermanitas de la Caridad y porque seguramente en el programa de los extremistas figuraba la pretensión de colgar de sus propias tripas a los representantes de la oligarquía terrateniente y financiera. Pero él adujo que los líderes más conocidos de los partidos poderosos pedían dinero por su cara bonita y su seguridad de triunfo. En cambio los gestores de esos grupúsculos utópicos no dudaron en poner sus propias casas como aval para solicitar sus créditos. Esto conmovió las endurecidas fibras del financiero.

No trato de concluir nada contundente con estos ejemplos. Tan sólo el pensamiento de que hay quien se la juega por alcanzar sus ideales mientras que otros, con toda la buena intención que se quiera ver en su gesto, simplemente viven de ellos sin arriesgar nada. Es natural que a muchos jóvenes no les guste el mundo que encuentran como herencia. Gente como Fede sirve de vanguardia para despertar en todos el deseo de un mundo más justo. Admiro su gesto que reclama libertad porque se siente atenazado por fuerzas poderosas. Y lo comprendo también, porque el agua, como ocurre con los ríos, tiene que pasar por algún sitio.

El Santo Antojo

Sin embargo, el clamor por una libertad egoísta me suena vacuo. Nuestros tatarabuelos hicieron revoluciones para entronizar a la diosa Razón. Ahora muchos parecen encaminarse —como dice la canción de Sabina— a una manifestación para enaltecer el Santo Antojo. Un ídolo de barro consumista y reaccionario que no aporta soluciones ni arrima el hombro. Sólo brama disgustado porque no se le mima lo suficiente. Se hace una barricada con la propia capacidad de decidir y al final uno cosecha vacío o frutos ridículos por su mezquindad. Sin una elección que apueste por la excelencia, por el deseo de servir, de colaborar, de darse, es fácil caer en el capricho pueril o en el lamento estéril.

Contra semejante desperdicio han clamado las almas más nobles que han atravesado la Historia. La libertad es un don divino que hace a los hombres capaces de lo más grande y de lo más vil. Por eso me gusta el programa que traza San Josemaría en el primer punto de Camino, enmarcado nada menos que en el capítulo sobre el carácter. Una ruta clara porque proporciona un compromiso serio capaz de orientar toda la existencia: Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. —Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón.

martes, 27 de mayo de 2008

Productividad no es igual a fecundidad


-¿Piensa que falta conciencia de la presencia de María en el mundo universitario e intelectual?
--Burggraf: María nos recuerda una verdad básica: "El amor siempre hace una carrera hacia abajo".
En una parábola famosa del Evangelio, un fariseo da gracias a Dios por ser mejor que los demás hombres, y Jesucristo desaprueba claramente esta actitud. Pero si, en el caso contrario, el fariseo hubiera pensado que era peor que los demás, tampoco hubiera sido humilde.
Una persona humilde no se compara con nadie. No mira ni a sí misma ni a los otros hombres, como el publicano en aquella parábola. Sólo busca a Dios, y se siente responsable ante Él, porque sabe que Dios le mira con cariño y confianza.
Un cristiano que trata de tener una presencia viva de María, no intenta compararse con los demás -ni comparar a los otros entre sí-. No es nunca un "rival", un "competidor". Contribuye a que el ambiente a su alrededor sea natural y amable, y se alegra del bien y de los logros de los demás.
Una persona unida a Dios y a María, obtiene una libertad mayor que la que tienen los pájaros del cielo. Está por encima de tantas pequeñeces que pueden frenar nuestros pasos.
No quiere dejarse cautivar ni por la comodidad de los bienes materiales, ni por el brillo de la fama o de una máscara, ni por los resultados de su propio trabajo.
Quiere ser generosa y compartir sus bienes con los demás: por supuesto el pan, pero también el vino, también el tiempo y las ideas, también los proyectos profesionales y todas las oportunidades que le brinda la vida.
Quizá pueda parecer, a veces, un poco ingenua y hacerse objeto de burlas o sonrisas compasivas. Puede incluso tener ciertas desventajas profesionales en un ambiente en el que cuentan sólo la imagen y el progreso, el subir en la escala social. Pero sabe que el éxito no es una categoría de Dios.
María nos enseña que todo lo aparentemente grande, poderoso y triunfal no es más que una mota de polvo, si no es purificado por el amor. Mirar hacia ella, la Madre, es importante en nuestra época de activismo.
Cristo, ciertamente, pide a sus discípulos que den frutos. Pero esta exhortación debe comprenderse en el contexto evangélico, y no según las claves de interpretación que se utilizan en las sociedades de rendimiento. La fecundidad es algo muy distinto que la productividad. Una persona puede producir mucho, obtener resultados y méritos incontables por su trabajo, y no ser verdaderamente fértil. Otra, en cambio, puede no rendir nada ante los ojos del mundo, y tener una gran fecundidad.
Cristo pide frutos que permanezcan. Podemos estar completamente seguros de que, lo que permanece para siempre, no será nuestro dinero, ni el aplauso, ni el éxito. Lo único que contará al final de nuestra vida, será el amor que hemos ofrecido y recibido. No tendremos nada más.