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sábado, 8 de enero de 2011

La sorpresa de Le Monde



Diego Contreras
laiglesiaenlaprensa.com

A los Oscar por Francia

El diario francés Le Monde muestra una gran sorpresa al constatar el triunfo de taquilla de una película que trata de siete monjes franceses. No le falta razón al diario parisino, pues en “Des hommes et des dieux”, de Xavier Beauvois, no revientan helicópteros ni se incendian gasolineras… Es una película lenta, con pausas, narrada en forma sencilla, sobre los siete monjes asesinados en Algeria en 1996. No se trata de la historia de la tragedia, sino de una reflexión sobre las razones que les llevaron a permanecer en el monasterio a pesar de las amenazas.

El diario informa que la película fue distribuida en 256 cines de Francia. En la primera semana ocupó el primer puesto en el box office (468 mil espectadores), por encima de “Salt” o “Inception”. Visto el éxito, en la segunda semana los cines fueron 424 (y los espectadores 481 mil). Hoy los cines que ofrecen el film son 464. Aumentar tres veces el número de cines no es normal para una película de este tipo. Las perspectivas son muy alentadoras: después de haber triunfado en Cannes, el film será un buen candidato a los premios “Cesar” franceses y representará a Francia en los Oscar.

Pero ya se sabe que el éxito de crítica (Cannes) no garantiza el éxito de público. En este caso, parece que la clave está siendo –según Le Monde– el “público católico”, que va poco al cine pero que se está movilizando en este caso. En opinión de un eclesiástico citado por el periódico, “la película plantea preguntas críticas sobre el sentido de la vida, la fraternidad, las relaciones con el Islam. Creyentes y no creyentes se sienten interpelados por un film que tiene diversos niveles de lectura”.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Sonríe, Dios te está filmando


Miguel Aranguren
ALBA

Divertido y profundo

He tomado prestado el título de un joven catalán que acaba de ser ordenado sacerdote en Roma. Antes ejerció como periodista en Barcelona, por lo que es fácil apreciar de dónde le viene esa facilidad para las frases redondas. La sentencia –“sonríe, Dios te está filmando”– es divertida y a la vez profunda, porque nos invita a imaginar a Dios cámara en mano frente a cada uno de nosotros. Yo no sé si Dios será aficionado al séptimo arte (supongo que, como creador, le gustará el buen cine). Lo que sí sé es que su omnipresencia le permite acompañarnos las veinticuatro horas del día, algo que en vez de empujar al agobio debería movernos a la alegría –a la sonrisa que propone el nuevo presbítero– ante la cercanía sin pausas de aquel a quien no podemos ver.

En todo caso, de todo este embrollo lo que más curiosidad me despierta son los motivos del joven tribulete para dejar colgado el ordenador y el teletipo a cambio de convertirse en cura de almas. No en vano, estamos en los primeros compases de un nuevo siglo en el que el hombre parece haber superado cualquier dependencia espiritual, en el que la ciencia anuncia avances sorprendentes frente a enfermedades aún oscuras, en el que hemos convertido la vida en una sucesión de sensaciones placenteras (viajes, relaciones más o menos esporádicas, lujos, caprichos…) y nada provoca mayor rechazo que la cercanía al dolor y la muerte que se le supone a un hombre de alzacuello, presto a atender a agonizantes antes del viaje definitivo.

Hasta cuando "es todo"

Según Leonardo Agustina –que así se llama en nuevo sacerdote–, el sacramento que le acaba de dejar una huella indeleble en el alma confirma, incluso, su anterior dedicación profesional: a partir de ahora, asegura, trabaja para una “emisora” con más de 2.000 años de historia y que seguirá existiendo hasta el día del Juicio por la tarde cuando, por fin, los periodistas allí reunidos podrán cerrar definitivamente la conexión con un: “es todo”.

Puede resultar cómico, pero en la metáfora del joven don Leonardo se esconde una teología de filigrana, aquella que empuja a algunos jóvenes a renunciar a esa visión utilitarista y hedonista del hombre moderno a cambio del asombro ante los misterios del espíritu, tan real como las manos que ahora teclean mi ordenador.

Hay que estar loco para renunciar a tantas cosas y abotonarse una sotana. Pero no es una locura relacionada con debilidades mentales. ¡Todo lo contrario! Así que sonriamos: Dios nos filma y hay jóvenes dispuestos a interpretar papeles de alto riesgo.

lunes, 8 de septiembre de 2008

De estrella de cine a monja de clausura



Jorge Enrique Mújica

Radical cambio a mejor teniéndolo todo

Transcurre las mañanas en el silencio, la oración y la contemplación. Rezar y trabajar, había escrito san Benito, por eso al rayar el alba ordeña la vaca y por las tardes cultiva el campo y cuida las hortalizas. Lo anterior sin descuidar la formación de sus novicias. El canto gregoriano es parte constitutiva de esta abadía femenina de la orden benedictina cuyas religiosas se despiertan con amor a mitad de cada noche para entonar himnos a Dios.

La vida de la madre Dolores no siempre fue ésta. Actriz famosa y reconocida en la década de los 50 y de los 60, compartió escena con los grandes actores de su época como Anthony Quinn, Gary Cooper, Ana Magnani o Elvis Presley. De hecho, en la película Loving you fue la primer actriz en besar a Elvis en la pantalla grande. Figuró en carteleras, revistas y anuncios publicitarios. No podía estar en lugares públicos ya que los admiradores hacían lo imposible por arrancarle un autógrafo.


Al regresar de una gira de promoción de una de sus últimas películas, pide al chofer de su limousine dejarla delante de la abadía Regina Laudis, en Connecticut. Era el 13 de junio de 1963. La súper actriz de la Metro Goldwyn Mayer, Dolores Hart, dejaba el mundo del espectáculo e iniciaba ese otro mundo más pleno: el del seguimiento del llamado de Dios.


Claro que suponía un acto de abnegación de sus propios gustos y de muchos otras posibilidades abiertas. Tenía todo lo que podía desear: juventud, belleza, dinero, fama… Pero le faltaba esa paz que sólo se consigue cuando se es fiel a la conciencia. Le costó dejar a su novio, el emprendedor californiano Don Johnson, le costó dejar los foros, el maquillaje, los vestidos, le costó el nuevo anonimato. Le costó esa radicalidad que posiblemente hoy es menos comprendida por muchos creyentes católicos. Pero tenía viva la determinación de hacer la cosa justa, y eso fue lo que hizo: supo poner su corazón en el puesto justo o, por mejor decir, en la persona adecuada: Dios.


Cuando del L´osservatore Romano (18 de julio de 2008) le preguntaron si era feliz, madre Dolores respondió: “antes de haber cumplido veinte años en el convento me acordé que trabajar en el cine me daba menos felicidad que la que me esperaba aquí”.


Con el paso del tiempo

Ciertamente el itinerario de amor que ha seguido la hoy priora de novicias en la abadía Regina Laudis a Bethlehem, no ha sido un camino de rosas. En 1999 padeció una enfermedad neurológica poco común que la dejó sin posibilidad de caminar, hablar y comer por un tiempo. Pero tuvo fe, se tomó de la mano de Jesús y salió victoriosa.


Hoy, la madre Dolores sigue formando parte de la Motion Picture Academy of Arts and Sciences, la comisión que elige cada año a los galardonados con el premio Óscar. Pero no es todo. Junto a una amiga actriz, Patricia Neal, construyó el The Gary-The Olivia Teather, a un lado del convento. Es un teatro para quinientas personas donde cada verano representan diversas obras. Pero no es todo. A través de www.abbeyofreginalaudis.com promueve un cedé donde a modo de canto se puede escuchar, entre otras cosas, la genealogía de Jesús.


La historia de la madre Dolores es de esas que llegan al fondo de nosotros mismos. Que nos preguntan y que acusan respuesta reflexiva, honda, hecha práctica. Y es que, como ella misma dice “Una relación viva y personal con Cristo es necesaria para entender que su presencia es la única cosa verdaderamente real y verdaderamente hermosa en nuestra propia vida”.

domingo, 6 de julio de 2008

Te miro... y hacen falta gentes como tú


Unas palabras de San Josemaría para meditar a fondo.

Yo quiero que vosotros seáis felices. Lo pido al Señor con toda mi alma. Pero si queréis ser felices, tenéis que estar dispuestos a seguir al Señor poniendo los pies donde Él los puso. Él no vaciló en seguir el camino: un camino fuerte, recio, varonil.

De modo que habéis de hacer el propósito de trabajar y de santificar vuestro trabajo. De esa manera podréis tener un hogar -si ese es el camino que Dios os tiene reservado- os enfrentaréis con las cosas que hay en el mundo -que todas no son agradables- y las que no son agradables se convertirán en cosas agradables, porque tendréis buen humor.

Vuestros deberes de cristiano se pueden reducir a ser leales. No es leal el hombre que no tiene consigo mismo -¡contra sí mismo!- una lucha. Esté donde esté: alto, bajo, a mi derecha, a mi izquierda... en cualquier lado. Si no lucha no es leal.

Habéis, pues, de hacer el propósito de ser leales. De ser serios en vuestras maneras de vivir. Los estudiantes a estudiar. Los que trabajan a trabajar... y a trabajar sin quitar el hombro -¡eh! - con empeño.

Te miro... y hacen falta gentes como tú… en el mundo. Que en tu ambiente, en tu trabajo, en tu familia,... en el lugar donde haces tu vida, en el sitio donde te diviertes, seas un hombre entero, recio, agradable y cristiano. De modo que todo esto espero de ti.

viernes, 4 de julio de 2008

¡No! quien deja entrar a Cristo no pierde nada


Unas palabras de Benedicto XVI al comienzo de su pontificado que siempre me gusta recordar.

"En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro. Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de entonces: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!” El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la libertad a la fe. Sí, él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa. Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él–, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén".

domingo, 29 de junio de 2008

Allí estabas tú (XVIII)


20. Compromiso cristiano

Era a la caída de la tarde, de una tarde de agosto, junto a un río, cuando un joven leyó por primera vez el primer párrafo de un libro de espiritualidad llamado Camino: "Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón" (San Josemaría Escrivá, Camino, 1). Era todo un programa de vida, y su vida empezó a cambiar.

La juventud es la época de entusiasmarse con ideales altos, con empresas ambiciosas, arriesgadas; tiempo de hacer algo por la Humanidad, por los necesitados. Es el tiempo del amor.

Y uno se apunta, se enrola en la aventura, aunque tenga riesgo -y por eso mismo- para conseguir un trofeo, la cumbre de una montaña o sacar un periódico adelante. Quien no vive la vida así a los veinte años no sabe ser joven, tiene artrosis en el alma y arrugas en el corazón.

Pero en todas esas empresas se sabe, más o menos conscientemente, que una vez logrado el objetivo, o que pasados los años, uno tendrá que dejar ese empeño. Así es la vida.

Cuando Cristo salió al encuentro del mundo y les proponía alistarse en su empresa sobrenatural, la gente entendía que se trataba de algo muy exigente, que cogía todos los afanes y toda la vida. Por eso ser cristiano -cuando a uno se lo explican bien- tiene un atractivo especial para la gente joven.

Jesucristo es quien más ofrece -la felicidad propia y la de los demás- y quien más pide. La aventura de ser cristiano es la más apasionante que pueda haber: conocer a Dios a fondo, conocerse uno a sí mismo sin falseamientos y ayudar a la Humanidad entera a resolver los problemas. Y todo ello basado en la Ley del amor. ¿Qué más quiere uno? ¿Qué más le puede pedir uno a la vida, con lo corta y problemática que es?

Cuando se bautizaban, los primeros cristianos ya sabían a qué venían, y que iban a chocar con los paganos. Posiblemente nosotros hayamos sido bautizados cuando éramos pequeños, pero al llegar a la juventud uno tiene que plantearse porqué está en la Iglesia, porqué quiere vivir todo el compromiso cristiano, la radicalidad del amor a Dios y a los demás.

No te extrañes que un día te preguntes por qué vas a Misa, o por qué el dolor en el mundo, o por qué existen los sacerdotes y la gente entregada a Dios, o por qué la radicalidad en vivir la honradez, o tantas otras cosas.

Dios quiere que nos hagamos preguntas, permite que tengamos dudas, que veamos buenos o malos ejemplos e, incluso, tengamos tentaciones o enfermedades. La solución no consiste en actuar como Judas que, ante la dificultad y las preguntas que se hacía, prefirió seguir su comodidad y acabó criticando la doctrina del Señor.

No, la solución no es ésa. La solución está en consultar a un sacerdote, en intentar resolver las cuestiones en presencia de Dios para acertar sobre la verdad de nuestra vida: saber para qué hemos nacido.

Es natural que, ante las exigencias de Cristo en las bienaventuranzas, uno se plantee seriamente si Le sigue o no. A medias, ya hemos visto, no se puede estar.

Te animo a que conozcas a fondo el mensaje cristiano. Esto es fundamental, porque si uno sólo se queda en aspectos externos, de lo que hace tal o cual persona, o no sabe lo que son los Sacramentos, la Gracia, y todo lo demás, claro está que no atrae mucho, y otras religiones ofrecen más.

Entérate bien, pon de tu parte lo que haga falta para enterarte, y busca conocer a Jesucristo, que es el Modelo y la Vida de cada cristiano. Verás que la tarea de la vida interior y del apostolado es una aventura que colma las más íntimas aspiraciones.

Y te comprometerás.

La vida vivida así no es una vida inútil, sino todo lo contrario: será algo que ha merecido la pena. Basta leer la vida de cualquier santo.

Eres joven, tienes tu vida en tus manos.

En el fondo de tu ser hay un deseo de hacer algo grande, de emplear tu vida en algo que merezca la pena.

Con los años, serás el tipo de mujer, de hombre, que quieras ser.

Depende de lo que decidas y hagas ahora.

viernes, 27 de junio de 2008

Allí estabas tú (XVI)


VI. JUDAS

18. Una vida inútil

Ahora es de noche. Ya era de noche cuando Judas salió del cenáculo. Y dentro de él todo era oscuridad. Pero años atrás las cosas no habían sido así.

Hablemos con él.

- Judas, si quisieras, podrías recordar aquel día caluroso, lleno de luz, uno de esos días de verano. Tú estabas sentado sobre una piedra y Jesús se acercó. Tuviste que ponerte la mano como una visera para proteger tus ojos del sol. Y pudiste ver a Jesús, con quien ya habías hablado otras veces. Detrás estaban Pedro y los otros. Y ahora te llamaba a ti. En su boca una sonrisa, en sus ojos un fuego más fuerte todavía que el sol que tenía detrás de sí.

Y tú te llenaste de alegría, de ilusión, porque tú -el único de tu pueblo- eras uno de los afortunados para acompañarle en esa gran aventura de la salvación.

Pero todo fue cambiando. Lentamente.

Había cosas que no entendías y no fuiste a decírselas a Jesús. También Pedro y Juan y los otros no entendían y preguntaban. Pero tú te lo guardabas. No acababas de ser sincero con El, aunque suponías que El acabaría por saberlo. También los otros metían la pata, y Jesús les corregía y enseñaba a ser cristianos, pero tú no has querido aclararte porque no estás dispuesto a cambiar. Prefieres tu amor propio antes que el programa de las bienaventuranzas que Jesús ofrece. No estás dispuesto a ser manso, ni a llorar, ni a ser pobre..., porque cuesta.

Sabías a lo que te comprometías el día que el Señor te llamó. Sabías que dejar todo era la condición para ser alegre y eficaz. Todo era todo el dinero, todas tus ilusiones, todos tus caprichos y toda tu inteligencia. Sí, porque lo que más te cuesta es ceder tu modo de ver las cosas.

lunes, 26 de mayo de 2008

La verdadera sabiduría


-En el mundo académico se invoca a María como sede de la sabiduría.

- Jutta Burggraf (teóloga): Según la gran Tradición de la Iglesia, la redención comienza en la cabeza. Empieza conociendo la verdad, que nunca es sólo teoría. San Agustín habla de una reciprocidad entre "ciencia" y "tristeza": el simple saber -dice- produce tristeza. Y, en efecto -sigue diciendo el Papa Benedicto XVI-, "quien sólo ve y percibe todo lo que sucede en el mundo, acaba por entristecerse. Pero la verdad significa algo más que el saber: el conocimiento de la verdad tiene como finalidad el conocimiento del bien... La verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera".
La sabiduría expresa una visión integral del hombre y del mundo. Hace referencia no sólo a la ciencia, sino también a madurez y belleza interiores. T. S. Eliot habla de "la sabiduría de la humildad". Todas estas dimensiones están realizadas con abundancia en María.
La belleza más profunda es, ciertamente, la belleza de la santidad. Una buena mujer que cuidaba a su madre día y noche en un hospital, dijo hace algún tiempo: "Cuando me encontré temprano por la mañana en la cafetería del hospital y miré a mi alrededor, vi a gente pálida, con ojeras que, evidentemente, habían estado pendientes de sus seres queridos durante la noche. Y pensé: ‘Esta es la verdadera belleza: la belleza de la entrega'".