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viernes, 19 de junio de 2009

Crimen y castigo


Miguel Aranguren
ALBA


Seguramente ya está todo dicho y todo resuelto en la literatura

A mis alumnos de Excelencia Literaria, que sueñan convertirse en escritores, les suelo decir que un novelista no precisa conocimientos académicos precisos. Su Universidad está en los libros (en los buenos libros, se entiende). Si quieren de verdad aprovechar el tiempo para hacer de su vida una aventura que merezca la pena, deben hacerse con un buen listado de títulos y dejarse llevar por la magia de la lectura. Y sé que mi consejo no es palabrería vana. De hecho, estos tiempos de economías revueltas nos dicen que muchos de los responsables de la debacle financiera –así como sus peones, tan bien trajeados en tantos chiringuitos a lo largo y ancho de Occidente– no hubiesen caído en las redes de la avaricia y demás Pecados Capitales si conocieran un poco mejor el alma humana. Alma que en ningún sitio está más detalladamente explicada que en la historia de la Literatura universal. Es decir, en aquellos libros que han superado el paso de los años por seguir interpelando al lector con la misma fuerza con la que lo hicieron en el momento de su edición.

En suma, ofrezco la literatura como analgésico, como preventivo, como vacuna y hasta antibiótico contra las necedades del siglo. Los errores y los horrores del siglo XXI están ya descritos y hasta resueltos por la pluma de los grandes autores. Las bondades y maravillas del ser humano, también. Por ejemplo, otro gallo nos cantaría a los cristianos si antes de comenzar la jornada dedicásemos unos minutos a conocer de primera mano lo que fueron las jornadas de Jesucristo. Esto es, a leer su biografía. Es decir, los santos Evangelios. Tenemos la suerte de que nuestra religión es una revelación personal, la revelación del propio Cristo, que no es un mito sino un personaje histórico bien detallado hasta por cuatro testigos de sus primeros días. En ellos se cuenta, por ejemplo, que en el cielo tendrán preferencia las meretrices. Lo dijo porque entre sus primeros discípulos habría alguna. Convertida, eso sí. Y su conversión debió despertar el escándalo de más de un puritano que, en el fondo y en la forma, no creía en la capacidad de Dios para perdonar.

Dostoievski hace una radiografía del alma perturbada en “Crimen y castigo”. Al joven Raskólnikov le persigue el peso de la culpa después de haber asesinado a una vieja prestamista y a su inocente hermana. Y es precisamente una prostituta de aquel paupérrimo San Petesburgo, la miserable Sonia que compra con el precio de su virtud el alimento para su familia, quien le narra la resurrección de Lázaro como muestra de que Dios es capaz de vivificar hasta la carne podrida. La piedad de una ramera conmueve el alma enferma del asesino y el corazón del lector, que descubre el sello indeleble de la misericordia a través de las páginas de una novela imperecedera.

viernes, 2 de mayo de 2008

Convertido por una frase del Papa

París. Parque de los Príncipes. Un universitario logra acercarse al Papa y le grita: “Santo Padre, soy ateo, ¡ayúdeme!”. El Papa se le acercó. Hablaron a solas unos instantes. De regreso a Roma, Juan Pablo II recordó a ese chico y le dijo a don Estanislao (su secretario y años después arzobispo de Cracovia): “Pienso que quizá podía haberle ayudado mejor. Quizá todavía se puede hacer algo por él”. Escribieron a París. La respuesta fue algo así como “lo intentaremos pero va a ser más difícil que encontrar una aguja en un pajar”. Sin embargo, al final se localizó al muchacho y le dijeron: “El Papa quiere que sepas que reza diariamente por ti y está preocupado porque quizá no resolvió tu problema”. Aquel muchacho explicó que al salir de allí fue a una librería y compró un Nuevo Testamento, como el Papa le había dicho..., “y nada más abrirlo, encontré la respuesta que buscaba. Díganselo al Papa. Ya me preparo para mi bautismo”.
Tomada de Miguel Angel Velasco, “Juan Pablo II, ese desconocido”, p.56.