Mostrando entradas con la etiqueta servicio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta servicio. Mostrar todas las entradas

miércoles, 12 de noviembre de 2008

"La carreta vacía"



Alfonso Aguiló
www.interrogantes.net

De casi todo lo malo

«Caminaba despacio con mi padre, cuando él se detuvo en una curva y, después de un pequeño silencio, me preguntó: “Además del canto de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?”. Agucé el oído y le respondí: “Oigo el ruido de una carreta”. “Eso es —dijo mi padre—, una carreta, pero una carreta vacía”. Pregunté a mi padre: “¿Cómo sabes que está vacía, si aún no la hemos visto?”.

»Entonces mi padre respondió: “Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por el ruido. Cuanto más vacía va la carreta, mayor es el ruido que hace”.

»Me convertí en adulto, y ahora, cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación, siendo inoportuna o arrogante, presumiendo de lo que tiene o de lo que es, mostrándose prepotente o menospreciando a los demás, tengo la impresión de oír de nuevo la voz de mi padre diciendo: "Cuanto más vacía va la carreta, mayor es el ruido que hace". La humildad hace callar a nuestras virtudes y permite a los demás descubrirlas, y nadie está más vacío que quien está lleno de sí mismo.»

Es interesante el mensaje que nos deja este viejo relato. Cuando imaginamos el paso de una carreta llena de carga, esforzada, silenciosa, un poco hundida por el peso que lleva, esa imagen nos transmite una sensación de plenitud y de silencio. Y algo parecido sucede con las personas. Hay vidas que están llenas de contenido, de esfuerzo y de sentido. Suelen ser vidas activas y luchadoras, pero hacen poco ruido. Son vidas que no cuadran con los alardes grandilocuentes de actividad, ni con los excesos de protagonismo personal, ni con ese individualismo que suele delatar ocultas faltas de rectitud y de sentido de servicio.

Tengo el convencimiento de que la soberbia es la clave de casi todos los conflictos humanos. Formas de soberbia más o menos elaboradas, más primarias o más sutiles, pero siempre la soberbia está en la raíz de las actitudes que los provocan. En las personas más simples, se nota enseguida. En las más inteligentes, cuesta un poco más, pues con el tiempo van aprendiendo a disimularlo.

Muchas variantes y común denominador

Cuando vemos que en torno a una persona los conflictos tienden a enconarse, o que surgen distanciamientos o desencuentros tontos, o que a su alrededor los equipos humanos se desunen o se rompen, casi siempre está detrás ese empeño vanidoso e histriónico de la soberbia. Puede adoptar muchas formas, pero casi siempre son variantes de lo mismo: ese afán un tanto ridículo por dejar constancia del propio mérito, la susceptibilidad enfermiza que quien se siente agraviado constantemente por auténticas simplezas, las pugnas y desavenencias absurdas por una pequeña cuota de protagonismo personal, los agradecimientos exigidos y contabilizados, las ayudas aparentemente desinteresadas pero que luego reclaman una sumisión perpetua, los consejos que se dan con aire liberal pero que luego se considera una traición que no se sigan. Todo eso suele estar tejido y comunicado por el correoso hilo de la soberbia, e identificado por la falta de calado y de silencio interior.

El que sabe, suele hablar poco; el que habla mucho, suele saber poco. El que profundiza en las cosas, suele hablar con prudencia y con mesura. Los que hablan a la ligera y hacen juicios precipitados sobre las personas o los asuntos, suelen hablar demasiado. Son personas que con su alma vacía hacen chirriar el ambiente en todo su entorno, como las carretas vacías. Y chirrían sobre todo porque les falta el aplomo de la verdad. Porque la verdad, sobre todo en las cosas más patentes e inmediatas, es lo que más enerva al soberbio, que ve a la verdad ahí, independiente de él, imponiendo todo el peso de sus exigencias intelectuales y morales. Porque la verdad fastidia su constante búsqueda de satisfacción personal, y eso no lo soportan.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Gates vs. Calcuta


Por Domingo del Toro

La generosidad y la duda


Bill Gates, inyectando 3 mil millones de dólares a su fundación filantrópica ha podido ayudar con programas de beneficencia a millones de personas. La Madre Teresa de Calcuta, a pesar de su imagen buena y abnegada labor, después de años de gestos heroicos no ha auxiliado a tanta gente como el dueño de Microsoft. Ésta es la conclusión del Sr. Pinkers publicada en el New York Times: Bill Gates ha vencido en humanidad a la madre Teresa ¿Usted qué opina? ¿Quién de los dos alcanza mayores alturas de bien?

En realidad, Gates no está solo con estos donativos multimillonarios. El año pasado William Barron Hilton –magnate de hoteles y casinos– anunció que a su muerte donará 1.2 mil millones de dólares a su propia fundación. El año antepasado el rico financiero Warren Buffet anunció que se desprendería de 43 mil millones de dólares para darlos a la fundación de Bill y Melinda Gates.

Tanta generosidad y magnanimidad ¿son plenamente desinteresadas? ¿Sólo habría que agradecer y reverenciar estos gestos de liberalidad?

Vamos a dejar de lado ahora ese “caché” social que crean estas donaciones, al elevar el nombre y buena fama de los donantes. Esto es quizás normal y humano, excusable, pues de todas formas se pueden hacer cosas muy buenas con ese dinero. Dejemos también de lado la objeción de otros que les acusan de estar dando migajas, pues aún dando la mitad de su riqueza continuarían siendo multimillonarios.

Me parece más preocupante ver si realmente esas fortunas están parando en ayudas “buenas” o se desvían para fines que la generalidad de la gente consideraría torcidos si se desvelan.

Las fundaciones y el aborto

No basta decir que vas a donar, importa decir a qué los vas a donar para valorar el “peso moral” del filántropo. Algunos datos que preocupan, y dan una idea de esto: George Soros, que ha hecho su dinero en la especulación financiera, dona unos 500 millones de dólares a sus fundaciones Open Society y Soros Humanitarian Foundation ¿qué hacen? preponderantemente promoción de ideologías, entre ellas, por ejemplo, la liberación de la droga. Jon Stryker, heredero de una compañía médica, destinó 68 millones de dólares a su fundación Arcus, que se usarán para impulsar apertura a la cultura gay en el mundo.

Otro dato. La fundación de Gates hace alarde que entre sus principales preocupaciones está la salud ¿qué programas promueve? Entre ellos la financiación de campañas internacionales para promover el aborto (a través sobre todo de la organización Planned Parenthood). Así, hay toda una serie de grandes fundaciones mundiales que se destacan por su apoyo desmedido a la “salud reproductiva” y legalización del aborto especialmente las Fundaciones Gates, Soros, Turner, Ford, Mac Arthur, Pathfinder, Rockefeller, Sunnen, Playboy y Packard, entre muchas otras.

Una primera pregunta: ¿no será mejor usar ese dinero de “beneficencia” para destinos que sean urgentes y buenos en el sentir general (Vgr. acabar con la pobreza en el mundo, luchar contra enfermedades reales, educar para dar trabajo…)?

Quizás esos grandes magnates creen que están haciendo el bien y que serán los salvadores del mundo ¿qué es el bien para ellos? ¿Quién es el hombre para ellos? Cito a Bill Gates «La informática es el mejor instrumento de la historia para liberar la creatividad del hombre (…) la prioridad para cada país tiene que ser la inversión en esto».

Los dólares y el amor

Volviendo al tema inicial ¿quién gana, Gates o Calcuta?. Démosle la palabra a la monja de Calcuta: «Si aquel día en que me tropecé con aquella mujer –con medio cuerpo roído y mutilado por las ratas– hubiera cerrado los ojos, para no ver; si me hubiera tapado la nariz, para no oler el hedor, y si me hubiera alejado de ella para seguir mi camino, si no me hubiera cargado a la enferma sobre mis espaldas y no me la hubiese llevado al hospital... yo no habría sido una verdadera misionera de la Caridad». Con ojos económicos, esa moribunda no pesaba nada en las bolsas de valores; el tiempo invertido por la monja de Calcuta en llevarla y atenderla fue tiempo desperdiciado en una persona inútil a la cadena de producción, una persona sin solución que pronto moriría. Viéndolo con otros ojos, esa mujer se encontró con una persona que le vio a los ojos con amor justo antes de morir ¿cuántos dólares vale eso?

No los millones de dólares, sino la intensidad del amor en cada pequeño gesto, ahí está la clave que trató de aplicar esa gran mujer para transformar el mundo. Por eso decía la santa de Calcuta: «A la hora de la muerte, no seremos juzgados según el número de obras de mérito que hayamos realizado ni por el número de diplomas que hayamos cosechado a lo largo de nuestra vida. Seremos juzgados por el amor que hemos puesto en nuestras obras y gestos».

Cuánta verdad y qué gran aliento. No tenemos que esperar a ser multimillonarios como Gates para hacer este mundo más hermoso: todos tenemos al alcance de la mano hacer actos de amor, generosidad, ayuda a los demás, consuelo, benevolencia… Basta hacerlos, y habrás dado sentido a esa parte del universo ligado a tu existencia.

lunes, 11 de agosto de 2008

Gente joven con empuje



"Siempre gusta que la juventud, en un momento de su vida, sea capaz de embarcarse en grandes aventuras. Pero para eso es necesario sacudirse la comodidad del aburguesado".
Jose Luis Mota Garay
canarias7.es

Cuando se encuentra un sentido

Ya es la segunda vez que leo sobre Rafael Selas. La última es una entrevista que le hace Alfredo Urdaci. Rafael, a sus treinta años, lleva «una marcha», que puede ser la envidia muchos jóvenes de su generación. Estudió en Madrid, pero hizo la High School en Pennsylvania, donde se graduó con unas notas excelentes. Eligió Comunicación; y a los 20 años estaba trabajando, en Miami, para Univisión. Después fichó por Murdoch para sus programas musicales de sky. Para asistir a la boda de un amigo fue a Kenia. Allí se queda estremecido por la desatención de los niños abandonados, huérfanos en su mayoría, por la muerte de sus padres de sida. Su decisión de quedarse en Kenia fue irreversible; lo que dejó impresionados a sus familiares y amigos.

Rafael Selas, con la puesta en marcha de sus proyectos, es un testimonio de que todavía queda gente joven capaz de altos ideales. Siempre gusta que la juventud, en un momento de su vida, sea capaz de embarcarse en grandes aventuras. Pero para eso es necesario sacudirse la comodidad del aburguesado, que está instalado en la vida, tiene de todo, y se encuentra satisfecho de sí mismo. Unos niños desamparados, sin familia, le despertaron la ilusión de hacer algo hermoso por ellos; pero lo que, hasta ese momento, no se le había pasado por la imaginación es que tendría que ser el protagonista: "Me quedé porque a los 30 años necesitas encontrar un sentido a la vida, y yo lo encontré en África. Si tuviera que dejarlo en algún momento, mi vida perdería su significado".

Algo más que el ejemplo

Esta ilusión por algo grande, por un proyecto de envergadura, le hace salir de una vida vulgar. Gente de su edad marcha hacia la mediocridad cuando: hace su trabajo sin el deseo de mejorar las condiciones de vida de los que dependen de él, y no se empeña en tareas de servicio; o no se decide a hacer feliz a la persona del otro sexo con la que va a crear una familia.

Estoy seguro de que todos los jóvenes que están leyendo este artículo caen en la cuenta de que ellos también han pensado en estas cosas, en momentos en los que han reflexionado sobre su vida y su futuro. Además de dar ejemplo, Rafael es capaz de llegar hasta metas concretas: crea una Asociación para recabar fondos y una ONG, "Anidan Kenia", que tiene como objeto la apertura en España y países del tercer mundo de casas de acogida de niños y niñas marginados o sin arraigo familiar, para prestarles servicios sociales básicos, con especial incidencia en su alimentación, salud y educación. Ahora acoge a más de 250 niños, y piensa que la red debe seguir ampliándose. Su mentalidad emprendedora le ha llevado a abrir un Hospital pediátrico, que atiende a 50 niños al día, en el que colaboran algunos médicos españoles. Y además ha sabido rodearse de colaboradores, altruistas o remunerados, del propio país que serán una garantía de que estas iniciativas pervivirán.

domingo, 3 de agosto de 2008

"Servir a los demás"


Alfonso Aguiló
www.interrogantes.net

"Siempre tiene su retorno..."

Una noche de tormenta, hace ya bastantes años, un matrimonio mayor entró en la recepción de un pequeño hotel en Filadelfia. Se aproximaron al mostrador y preguntaron: "¿Puede darnos una habitación?".

El empleado, un hombre atento y de movimientos rápidos, les dijo: "Lo siento de verdad, pero hoy se celebran tres convenciones simultáneas en la ciudad. Todas nuestras habitaciones y las de los demás hoteles cercanos están ocupadas.” El matrimonio manifestó discretamente su agobio, pues era difícil que a esa hora y con ese tiempo tan horroroso pudieran encontrar dónde pasar la noche. El empleado entonces les dijo: "Miren..., no puedo dejarles marchar sin más con este aguacero. Si ustedes aceptan la incomodidad, puedo ofrecerles mi propia habitación. Yo me arreglaré con el sillón de la oficina, pues tengo que estar toda la noche pendiente de lo que pase.”

El matrimonio rechazó el ofrecimiento, pues les parecía abusar de la cortesía de aquel hombre. Pero el empleado insistió con cordialidad y finalmente ocuparon su habitación. A la mañana siguiente, al pagar la estancia, aquel hombre dijo al empleado: "Usted es el tipo de gerente que yo tendría en mi propio hotel. Quizás algún día construya uno para devolverle el favor que hoy nos ha hecho". Él tomó la frase como un cumplido y se despidieron amistosamente.

Pasados dos años, recibió una carta de aquel hombre, donde le recordaba la anécdota y le enviaba un billete de ida y vuelta a New York, con la petición expresa de que por favor acudiese. Con cierta curiosidad, aceptó el ofrecimiento. Después de un breve recorrido, el hombre mayor le condujo hasta la esquina de la Quinta Avenida y la calle 34, señaló un imponente edificio con fachada de piedra rojiza y le dijo: "Este es el hotel que estoy construyendo para usted". El empleado le miró con asombro: "¿Es una broma, verdad?". "Puedo asegurarle que no", le contestó. Así fue como William Waldorf Astor construyó el Waldorf Astoria original y contrató a su primer gerente, de nombre George C. Boldt.

Es evidente que Boldt no podía imaginar que su vida estaba cambiando para siempre cuando tuvo el detalle al atender cortesmente al viejo Waldorf Astor en aquella noche tormentosa en Filadelfia. Pero lo sucedido es una muestra de cómo servir a los demás es algo que siempre tiene un buen retorno, sobre todo cuando uno no lo busca ni lo espera.

Pero contemplando a los demás

La amistad, el amor, la felicidad y el servicio a los demás, son realidades muy vinculadas. Nadie puede asegurarnos la felicidad, pero lo que a cada uno corresponde es procurar merecerla. La felicidad es como el premio de la virtud. Por eso decía Platón que “si el semblante de la virtud pudiera verse, enamoraría a todos”.

Mejorar en nuestra propia virtud —y ser por tanto personas más sinceras, leales, generosas, pacientes o trabajadoras—, no debe ser un empeño narcisista, ni una búsqueda ansiosa de la propia excelencia que acaba en una obstinación egoísta y ridícula. La mejora personal no se alcanza cuando se considera un fin en sí misma, sino cuando nos apremia la necesidad de tratar bien a las personas.

Habituarse a pensar en los demás y a prestarles ayuda, sin servilismos, es una buena forma de superar ese sentimentalismo bobalicón que inicialmente exhala generosidad pero luego se echa atrás, siempre con muy razonados motivos, cuando llega el momento diario de la verdad. A medida que las personas adquirimos la madurez y la libertad necesarias para superar los imperativos del egoísmo, se abre paso ese criterio de servicio que llena la vida de interés y de alegría espontáneas. Templar el propio yo, con sus deseos y sus miserias, purifica el espíritu de muchos pequeños motivos de tristeza que nacen del excesivo apego y preocupación por uno mismo.