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sábado, 22 de noviembre de 2008

Consejos para un noviazgo maduro



Ricardo Ruvalcaba

Escuela de amor

En la Jornada Mundial de la Juventud de Paris, un joven le preguntó a Juan Pablo II: “¿Qué está bien y qué está mal en el noviazgo?” A lo que el Papa respondió: “Está bien lo que puedes hacer enfrente de tu mamá”. Si Cristo te pide ser casto en el noviazgo, dile que sí. Nosotros no somos nadie para darle lecciones de felicidad al creador de la felicidad.

El noviazgo es para escoger a tu acompañante para la vida y a la madre o padre de tus hijos. “El que sólo ama hoy y no le interesa amar mañana, no sabe lo que es el amor, pero sí el capricho. El verdadero amor quiere durar para siempre”. Aunque toda convivencia a la larga traiga problemas.

Ninguna persona es un objeto de placer para satisfacer tus pasiones desordenadas. Tu pareja no es un objeto para que tú puedas disfrutar de ella. Si tu usas a tu pareja y ella te usa a ti para proporcionarse mutuamente placer, sólo están viviendo una “comunión de egoísmos”. Eso es rebajarse a simples objetos de placer recíproco. El verdadero amor busca en el otro no algo para disfrutar, sino alguien a quien hacer feliz. No eres novio de un cuerpo, sino de una persona con cuerpo y alma. La felicidad de tu pareja debe ser tu propia felicidad. Recuerda que el regalo más grande que le puedes ofrecer a tu futuro esposo o esposa es llegar virgen a tu matrimonio. Dice Jorge Loring que “todos prefieren una de estreno. Nadie quisiera una de segunda o quinta mano”.

Sé fiel a tu pareja como quieras que ella lo sea contigo. La infidelidad es el cáncer del amor. Busca una pareja que vista con pudor. Quien viste sin pudor quiere que la aprecien por lo que su cuerpo ofrece y no tanto por lo que ella es. Que tus dones físicos nunca te aparten de tu dignidad y de la vida de gracia.

El noviazgo es la escuela donde se aprende a amar como preparación inmediata para el matrimonio. “Escuela del amor. Esto debe ser el noviazgo. La escuela en la que dos jóvenes se conocen a fondo y aprenden a amarse de veras, a desprenderse de sí mismos para darse al otro y dar vida a otros, sus futuros hijos”. El noviazgo es para conocerse, aceptarse y superarse en pareja. En el noviazgo abre los ojos y en el matrimonio ciérralos un poco.

El mejor consejo

Para perseverar en el amor durante el noviazgo hay que vivir el consejo de las tres “Des”: Dios. Diálogo. Detalles.

a. Dios: pareja que reza unida, permanece unida.

b. Diálogo: Mayor será la armonía matrimonial cuanto mayor sea la armonía espiritual. ¿Cuáles son sus convicciones respecto a la religión, al matrimonio, a la apertura a la vida, a la educación de los posibles hijos...? ¿Está madurando nuestro amor? ¿Hay armonía en nuestras relaciones o son frecuentes los roces y las discusiones? ¿Por qué? ¿Nuestras aficiones e ideales se complementan armónicamente o son causa permanente de discordias?

c. Detalles: el amor nunca puede estar ocioso. Cada recuerdo es un alimento del amor. Un recuerdo da alegría, pero un detalle aumenta el amor. El amor es un fuego que hay que mantenerlo vivo. Séneca afirmó: “Si quieres ser amado, ama”.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Woody Allen y el dragón



Jose Ramón Ayllon
jrayllon.es

La fuerza de la debilidad

"Existe un feroz dragón llamado tú debes, pero contra él arroja el superhombre las palabras yo quiero". Durante un siglo, esta pretensión de Nietzsche ha ido calando en los países occidentales hasta provocar una profunda inversión de la moral pensada y vivida. Un ejemplo elocuente lo encontramos en Woody Allen y en cualquiera de sus películas. Como Melinda y Melinda, nombre que se repite en el título quizá para subrayar que su creador también se repite y nos cuenta lo mismo en todos sus guiones: una inteligente y risueña justificación del sinsentido existencial y la infidelidad conyugal. Porque los personajes de casi todas sus películas se casan, se lían, se divorcian, se deprimen..., se casan de nuevo, se lían de nuevo, se divorcian de nuevo, se deprimen de nuevo... Son vidas donde cualquier idea sobre el deber o la responsabilidad es sofocada por una maleza de deseos y sentimientos que crecen sin control. Hace tiempo, en la contraportada del guión de Hannah y sus hermanas, publicado por Tusquets, encontré la expresión exacta de esa completa amoralidad. La perla decía: "Nada de lo que aquí hacen o dejan de hacer los personajes está bien o mal hecho, pues todos se conducen según sus propias debilidades".

En Melinda y Melinda, ya digo, encontramos más de lo mismo. Personajes que son marionetas de sus impulsos y podrían decir, como el Felipe de Mafalda: "Hasta mis debilidades son más fuertes que yo". Hombres y mujeres incapaces de llevar las riendas de sus vidas, abandonados al escapismo inmaduro del carpe diem. El amor es –para su creador– una quimera imposible, y lo sustituye por el sexo sin compromiso y los pequeños caprichos de una vida burguesa. En Woody Allen, la debilidad humana justifica casi todo en el terreno sexual, y eso también nos recuerda al Nietzsche que escoge al dios griego Dionisos como exponente máximo de un modo de vida que desea embriagarse en los instintos vitales.

De amor y felicidad

Igual que Nietzsche, Woody Allen tiene alergia al deber moral. Una aversión que le incapacita para ese compromiso estable que llamamos fidelidad. Y esa incapacidad pasa una enojosa factura: el guionista y sus personajes suelen acabar en el sillón del psiquiatra, mareados por los vientos cambiantes de sus propios caprichos. Quieren ser felices –como todo el mundo–, pero lo quieren a toda costa y a costa de los demás, que van a ser usados y manoseados como objetos de placer. Woody Allen intuye que la clave de la felicidad es el amor, y no se equivoca, pero su cabeza freudiana entiende por amor hacer el amor y poco más. Así –de forma irrefutable y sin pretenderlo–, Woody Allen nos demuestra que el placer es solo un ingrediente de la felicidad. Un ingrediente que ni siquiera es necesario, porque cuando pretendemos alcanzar la plenitud por el atajo del placer, esa plenitud se nos escapa. Woody Allen sabe que estamos hechos para la felicidad, pero parece desconocer que esa delicada sustancia se amasa con amor sacrificado y amistad generosa, con servicio a los demás y sentido trascendente de la vida. A pesar de todo, ese señor que dice ser lo suficientemente bajo y feo como para triunfar por sí mismo, nos desarma a menudo. Sus personajes, empeñados en ser personajillos a fuerza de cinismo, nos conmueven. Porque nosotros somos como ellos. O podríamos serlo.