Mostrando entradas con la etiqueta testimonios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta testimonios. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de junio de 2008

Cartas de un ex prisionero en Vietnam revelan la fuerza de la Eucaristía



(ZENIT.org).- Muchos conocen los escritos sobre la Eucaristía del cardenal Francis Xavier Nguyen Van Thuân (1928-2002), quien pasó largos años en las cárceles vietnamitas; pero los participantes en el Congreso Eucarístico Internacional de Quebec contaron con otra perspectiva.
Elizabeth Nguyen Thi Thu Hong, la hermana más joven del fallecido cardenal, intervino en el evento, que se clausura el domingo, para presentar textos desconocidos escritos en la prisión.
Se ha dedicado a traducir al inglés y francés los escritos de su hermano, en causa de beatificación, y las cartas que escribió a su familia durante 13 años en las mazmorras de Vietnam. Fue arrestado el 15 de agosto de 1975; nueve de sus años en la cárcel fueron en régimen de aislamiento.
Juan Pablo II le nombraría después presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz.
"A través de sus escritos, y especialmente a través de su correspondencia desde la cárcel, emerge un hecho claro: la vida de Francis Xavier estaba firmemente arraigada en una extraordinaria unión con el Dios vivo a través de la Eucaristía, su única fuerza -dijo Elizabeth-. También fue para el la más bella plegaria, y el mejor modo de dar gracias y cantar la gloria de Dios".
La hermana del cardenal afirmó que "la inquebrantable fe en la eucaristía fue siempre la fuerza guía de su vida, la fortaleza y el alimento para su largo trayecto en cautividad".
"Siempre acababa sus cartas clandestinas a nuestro padres con estas palabras: 'Queridos papá y mamá, no apesadumbréis vuestro corazón con la tristeza. Vivo cada día unido a la Iglesia universal y al sacrificio de Jesús. Rezad para que tenga el valor y la fortaleza de mantener siempre mi fe en la Iglesia y el Evangelio, y de hacer la voluntad de Dios'".
Elizabeth dijo que el testimonio de su hermano "nos mostró a todos nosotros que Cristo ofreció su sacrificio con inmenso fervor, en la hora de su pasión y crucifixión, cuando obedeció al Padre; y esto, incluso hasta el punto de su muerte humillante en la cruz para devolver al Padre una humanidad redimida y una creación purificada".
"En la prisión, con el Jesús Eucarístico en medio de ellos -añadió-, prisioneros cristianos y no cristianos lentamente recibieron la gracia de comprender que cada momento presente de sus vidas, en las más inhumanas condiciones, podía unirse al supremo sacrificio de Jesús y elevarse como acto de solemne adoración a Dios Padre".
"Francis Xavier debía recordarse a sí mismo y animar a cada uno a rezar: 'Señor, concédenos que podamos ofrecer el sacrificio Eucarístico con amor, que aceptemos llevar la cruz, y clavados en ella proclamemos tu gloria, para servir a nuestros hermanos y hermanas'".
Elizabeth concluyó sus reflexiones con pensamientos escritos por su hermano en la fiesta del Santo Rosario, el 7 de octubre de 1976, en la prisión de Phu-Khanh, durante su confinamiento solitario.
"Estoy feliz aquí, en esta celda, donde los hongos crecen en mi esterilla de dormir, porque tú estás conmigo, porque tu deseas que yo viva aquí contigo. He hablado mucho en mi vida: Ahora no hablaré más. Es tu turno de hablarme, Jesús; te escucho", escribía el futuro cardenal.
"Cada vez que leo esto, puedo imaginar a mi hermano, sentado en su celda oscura, frente al vacío completo, pero sonriendo amablemente como siempre hacía, incluso durante sus últimos días, y estrechando amorosamente el bolsillo de su chaqueta donde el Señor del cielo habitaba".
"Que este antiguo prisionero que experimentó la armonía del cielo, el amor y la vida en plenitud en la desolación de su celda, siga guiándonos para que podamos ser como los discípulos de Emaús que rogaron ‘Señor, quédate con nosotros y aliméntanos con tu cuerpo'".

domingo, 8 de junio de 2008

"The Beatles" y el amor



Los Beatles son ya unos clásicos, de los que todavía tenemos mucho que aprender. No pasan de moda, como tampoco lo hacen los temas de hondo contenido humano.

Luis Olivera
Periodista


Los Beatles son ya –sólo cuarenta años después-- unos clásicos de la historia de la música. La simplicidad de las letras de sus canciones es compatible con sus muchos significados. Y no es que tuvieran una “inspiración” especialmente grande, sino que más bien les movía su afán de perfeccionismo. Pero nadie puede dudar que ellos supieron transmitir los sentimientos más universales –clásicos--, con unas interpretaciones llenas de sencillez y eficacia.

Pero si algún tema expresa sus canciones, es la necesidad de la cercanía para mantener el amor: para quererse hay que rozarse, “…as long as I/have you near me”; por otro lado exponen su experiencia de tener el amor como alternativa universal al lenguaje de la violencia (“All you need is Love”). Porque, como también cantaron ellos, el trabajo cansa muy poco cuando se hace por amor; porque al final de esas fatigosas jornadas, “tú sabes que me siento bien al llegar a casa, You know I feel alright”). Porque allí está la familia, que es “un fantástico cuento de hadas” (Chesterton).

La vida moderna –y más en las grandes ciudades actuales-- no facilita que los integrantes de una familia estén mucho tiempo juntos. Y las otras formas de familia no son la solución, como dicen las frías estadísticas. Tal vez por eso hay más violencia en la vida del hogar y en el conjunto de la sociedad: vemos que las estadísticas de separaciones, de violencia doméstica y de delincuencia callejera se disparan. Y es que, como afirma el filósofo Alejandro Llano, “el modo de pensar aún dominante recoge los restos de las ideologías decimonónicas: todo lo serio en la vida se reduce a dinero y poder”. Para y por eso se trabaja, … y no se hace por amor, por donación desinteresada al otro, al ‘tú’. Todo se supedita a esos dos aspectos que, por ser tan limitados, no dan la felicidad, porque no llenan. Por eso Los Beatles son ya unos clásicos, de los que todavía tenemos mucho que aprender. No pasan de moda, como tampoco lo hacen los temas de hondo contenido humano.

Los Beatles: sus letras, su mensaje. El amor. Continúo: ellos proponen la necesidad del diálogo para arreglar los problemas. Hablando se entiende la gente. Porque no vale la pena pelearse, viendo la fugacidad de la vida (“Life is very short and there’s no time/ for fussing anf fighting”); que también es bueno superar el egoísmo del ciego, que sólo ve lo que le interesa (“He’s a blind and he can be/just sees what he wants to see”). Un pensamiento tan clásico como el que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

El grupo de Liverpool cantó que hay que saber rectificar continuamente el rumbo de la propia vida, y pedir perdón, superando los propios vicios egoístas. Todos nos equivocamos, porque no hay nadie que sea perfecto. Y tampoco se trata de pretender hacerlo todo uno sólo (“don’t carry the world upon your shoulders”), como si fuéramos Hércules en sus míticos trabajos. O considerar algo tan básico como el influjo de las condiciones climáticas sobre el estado anímico de las personas (“Here Comes the Sun”), pensarlo dos veces y hacer las paces.

Amor. Amor que se entrega en vez de contradicciones culturales y tensiones políticas. Ellos ofrecían la otra cara de la moneda: la optimista, la esperanzada. Cantaban la imposibilidad de comprar el amor (“I didn’t care too much for money”), que no tiene precio; la experiencia durable de la donación total, que eso es la esencia del matrimonio (”All my Loving”), frente a lo efímero del amor de “un día”, que deja el regusto amargo del egoísmo, de cosificar al otro, de usarlo y tirarlo.

Y la consecuencia de esa entrega, que provoca que el amor sea siempre nuevo (novios = os novos, los nuevos, en Portugal), a pesar del tiempo transcurrido: “When I think of Love / all something new”. Y que también cada día sea novedoso, que sorprenda, donde no cabe la rutina.

La producción discográfica de MacCartney, Lennon, Starr y Harrison no se ha agotado todavía. Y no me extrañaría que, dentro de cien años, su música se siguiera oyendo junto a las de Mozart, Bach o Beethoven. El peso de su memoria y de sus recuerdos en la vida de las personas perdurará, como dicen en temas tan conocidos como “Yesterday” o “In my Life”.

Y qué mejor final que la última frase de la canción final del postrer disco que grabaron juntos “Los Beatles”, como una especie de resumen global de todo su arte. Los cuatro la cantan al unísono: “Al final, el amor que recibes es igual al amor que generas”, que das, que has dado (“And in the end/ the love you take/ is equal to the love you make”). Por eso hay que tomar la iniciativa, abrirse al ‘otro’: esa generosidad es la que llena. Por eso el cuarteto de músicos no es un residuo del pasado. Tienen magia porque hablan de lo único esencial.

domingo, 1 de junio de 2008

¡Buen vuelo, comandante Carolina!



Su país aún la llora y no deja de conmoverse por su valiente sacrificio: estaba embarazada de cinco meses cuando supo que padecía esta enfermedad en fase ya terminal. Y, sin embargo, decidió postergar su tratamiento para que su hijo pudiera nacer.

Caroline Aigle hubiera cumplido 33 años de edad el pasado 12 de septiembre.

Se dice pronto: sólo 33. Tenía toda la vida por delante. Fue la primera mujer piloto de caza de la Fuerza Armada Francesa, y ya estaba en camino de ser una futura astronauta. Aficionada al submarinismo y al paracaidismo, fue dos veces campeona del mundo militar de triatlón. Pero murió el 21 de agosto víctima de un cáncer fulminante. Su país aún la llora y no deja de conmoverse por su valiente sacrificio: estaba embarazada de cinco meses cuando supo que padecía esta enfermedad en fase ya terminal. Y, sin embargo, decidió postergar su tratamiento para que su hijo pudiera nacer.

No es un caso aislado de 'madre coraje'. La doctora italiana Gianna Baretta ya ha sido canonizada por haber sido tan heroica como nuestra protagonista de hoy, cuando sólo tenía 40 años. De hecho, nada más ser sepultada en Mesero, rápidamente se difundió su fama de santidad por su vida y por el gesto de amor grande, inconmensurable, que la había coronado.

A mediados de julio pasado, Caroline recibió la devastadora noticia de su enfermedad. Lejos de derrumbarse, esta mujer de su tiempo se enfrentó a la adversidad y no hizo caso a los médicos, que le aconsejaron abortar para tratar de extender su vida en el tiempo. Pero ella tenía como perspectiva otro tipo de tiempo: el de la eternidad, junto al amor en estado puro. La reacción popular ha sido masiva, como en el caso de Gianna: en el blog especialmente creado por el Servicio de Información y Relaciones públicas del ejército, la afluencia de mensajes no ha dejado de crecer. El diario 'Le Figaro' decía: "En una semana, más de 800 personas, civiles o militares, próximos y anónimos, han expresado su tristeza después de su brusca desaparición (?). Una increíble ola de emoción recorre el mundo de la aeronáutica militar y, más allá, se propaga, deseándole hoy: «Bon vol à Caroline»".

Apenas ha tenido dos meses antes de romper la barrera del sonido rumbo al Cielo de todos los pilotos. Junto a su esposo, el también piloto Christophe Deketelaere, decidió darle una oportunidad al nuevo miembro de su familia.

Su segundo hijo nació a inicios de agosto tras sólo cinco meses y medio de gestación. Lo llamó Gabriel, nombre de arcángel. Nació muy pequeño, con poco peso, pero sigue luchando por su vida y tiene muchas posibilidades de salir adelante. Tiene pasión por vivir, como su esforzada madre, de la que seguro que ha heredado su fortaleza.

Ella lo tuvo claro desde el principio. "No podía detener la vida de un ser que había llevado consigo por cinco meses. Me dijo: 'Él tiene el derecho a tener posibilidades como yo'", declaró Christophe a Radio Tele Luxembourg.

Para su esposo, este embarazo fue "su último combate y lo ganó". Antes de morir, pudo ver a su hijo varias veces y cargarlo en sus brazos. "Fue heroica hasta el final", aseguró.

Caroline Aigle (que significa "águila" en francés) nació en Montauban en 1974. A los 14 años de edad ingresó en la escuela militar de Saint-Cyr. En mayo de 1999 se convirtió en piloto de caza y estuvo a cargo de un Mirage

2000-5 del Escuadrón de Caza "Cote d'Or", estacionado en Dijon. En 2005 se convirtió en comandante de escuadrilla y, desde 2006, desempeñaba funciones de seguridad en vuelo en el centro de mando de la ciudad de Metz.

Su funeral fue presidido por el sacerdote Pierre Demoures, un ex piloto de combate. Otro ejemplo: del ejército de los hombres había pasado a engrosar el Ejército de Dios. En su homilía, el Padre Demoures recordó a Caroline como una persona que condujo a la gente a Cristo con sus "sus cualidades, amabilidad, disponibilidad y pasión". Y, además, por sus "opciones" al considerar "a su hijo como una vida que excedía la simple visión humana de la vida" y por la cuál "retrasó un tratamiento que era urgente". Cuando hoy tantas miles de mujeres en España alegan causas psíquicas para abortar, el testimonio de esta madre ejemplar es una bofetada contra la hipocresía que se esconde en una ley que los poderes públicos han convertido en una gran 'tragadera' de un progresismo que no respeta a los que no pueden defenderse a si mismos.

El sacerdote recordó que cuando Carolina y Christophe lo buscaron para preparar su matrimonio, le pidieron un texto que no hablara del amor del uno por el otro, "sino que tratara del amor que nos abre y lleva a amar a los demás". Su jefe de escuadrilla ha escrito: "El ejército del Aire llora a Caroline Aigle, su leyenda".

"La gran lección que nos dio Carolina, es la urgencia de amar. No una urgencia de temer, sino la urgencia vital de saber que sólo el amor trae vida. El hombre está hecho para la vida. Esta urgencia puede hacer que el amor sea más fuerte y dar vida a un tesoro en medio de los eventos más trágicos", aseguró el sacerdote.

Nosotros necesitamos héroes próximos que, con su ejemplo personal, nos recuerden que ese tipo de comportamiento es posible, que está al alcance de nuestras pobres fuerzas. Que nos digan al oído que el amor es más fuerte que cualquier sacrificio. Incluso el de la propia muerte. ¡Buen vuelo, comandante Carolina!

*Luis Olivera
Periodista

jueves, 29 de mayo de 2008

Encontré a Dios durante el rodaje de "Apocalypse Now"



El actor hispano-irlandés Martin Sheen cuenta cómo ha vuelto a descubrir a Dios en un programa televisivo italiano.

—P: "Usted es conocido como un bravo actor, un buen católico pero también como un rebelde, un crítico de la vida política y civil. ¿Esta vocación por la protesta nace del ciudadano o del católico?"

—R: "No logro separar las dos cosas: espero ser la misma persona en misa, en una manifestación de protesta, ante una cámara o ante mi mujer, mis hijos, mi comunidad, en mi trabajo de voluntariado.

—P: "¿Recuerda los motivos de sus arrestos, o al menos de alguno?"

—R: "No siempre he practicado el catolicismo, de joven casi lo abandoné y viví muchos años sin fe. Volví a la fe en 1981 cuando vivía en París. Todo había iniciado cuatro años antes en Filipinas, mientras estaba rodando «Apocalypse Now». Me puse enfermo gravemente, estuve a punto de morir. Tuve una crisis de conciencia y al mismo tiempo de identidad. No tenía ninguna espiritualidad, no sabía cómo unir la voluntad del espíritu al trabajo de la carne ¿entiende? Estaba dividido. Tenía miedo de morir. Llamé a un sacerdote y recibí la extremaunción. Era el 5 de marzo de 1977. Estaba muriendo. Pero yo considero aquél día como el día de mi renacimiento. Me acerqué de nuevo a los sacramentos, volví a ir a Misa, pero iba con miedo: Dios me había golpeado y podía golpearme de nuevo si no me portaba bien. Y esto siguió durante varios meses hasta que un día me dije: «¿No hay amor, no hay alegría, no hay libertad en todo esto?».

—P: "Como la historia del hijo pródigo..."

—R: "¡Exacto! Entonces volví a beber y a llevar una vida loca. Pero algo había nacido. Había sido plantada una semilla y comenzó a crecer. Gradualmente empecé a preguntarme quién era, porqué estaba allí, dónde quería ir. Al final llegué a París, donde encontré a un viejo y muy querido amigo mío que se convirtió en un consejero espiritual muy importante, un guía. Era Terrence Malick, el director con el que había trabajado en «Badlans». Empezó a darme libros. Filosofía, espiritualidad, teología... Un día me dio «Los hermanos Karamazov». Me costó una semana acabarlo, no podía dejar de leer. Aquél libro fue derecho a mi corazón, a mi alma. Así volví al catolicismo en París, el 1 de mayo de 1981.

lunes, 26 de mayo de 2008

¡Esto es la verdad!



S.S. Juan Pablo II canonizó el 11 de octubre de 1998 a la que desde hace unos años era la Beata Edith Stein. Edith no nació católica, sino judía, en Breslau -entonces ciudad alemana, y hoy polaca con el nombre de Wroclaw-, en 1891. Era la menor de una familia numerosa, y perdió repentinamente a su padre apenas dos años después. Su madre se hizo cargo con fortaleza del negocio familiar de maderas y de la educación de sus hijos.

Su madre infundió un elevado código ético a sus hijos: Edith aprendió algunas virtudes que nunca perdería: sinceridad, espíritu de trabajo de sacrificio, lealtad... Pero, aunque se educó en un ambiente claramente judío, la fe era más bien superficial. A los diez años supo de la muerte de un tío muy querido, y acabó enterándose de la causa: suicidio, tras la quiebra de su negocio. Acudió al funeral. "El rabino inició la oración fúnebre. Yo ya había escuchado otras oraciones fúnebres. Eran un resumen de la vida del muerto, en que se realza todo lo bueno que había hecho durante la vida, removiendo el dolor de los familiares y sin que por ello se recibiese ningún consuelo. Por fin, con solemne y engolada voz, dijo el rabino: «si el cuerpo se convierte en polvo, el espíritu vuelve a Dios, que es quien se lo dio». Pero, detrás de todo esto, no había una fe en la pervivencia personal y en un volver a encontrarse tras la muerte.

Tuve una impresión totalmente distinta cuando al cabo de muchos años participé en un culto funerario católico, por primera vez. Se trataba del entierro de un sabio famoso. Pero nada se dijo en la oración fúnebre de sus méritos, ni del apellido que había llevado en el mundo. Solamente se encomendaba a la Misericordia de Dios su pobre alma mediante el nombre de pila. Ciertamente, ¡qué consoladoras y serenantes eran las palabras de la liturgia que acompañaban a los muertos a la eternidad!". Edith supo de bastantes más suicidios: sucedían cuando se derrumbaban las esperanzas terrenas de quienes hasta entonces parecían llenos de amor a la vida.

Las virtudes aprendidas en casa, junto a una profunda y despierta inteligencia, hicieron progresar a Edith en el mundo académico, a pesar de los prejuicios contra las mujeres y los judíos de aquella Alemania rígida. Destacó en el colegio, y fue a Göttingen a estudiar filosofía. Allí conoció a Husserl, y, junto con muchos otros, quedó deslumbrada por la nueva fenomenología. "Las Investigaciones lógicas (de Husserl) habían impresionado, sobre todo porque eran un abandono radical del idealismo crítico kantiano y del idealismo de cuño neokantiano. Se consideraba la obra como una «nueva escolástica». (...) Todos los jóvenes fenomenólogos eran unos decididos realistas". Edith, en filosofía, buscaba la verdad. Pero, a la vez, un intenso trabajo la absorbía, y no dejaba tiempo para la consideración de otras cosas; de hecho, no tenía fe.

Dios preparaba su cabeza, pero también otros aspectos que permitirían descubrirle; entre otros, el contacto con el dolor. En 1914 apareció de improviso la guerra. Muchos de los amigos de Edith fueron al frente. Ella no podía quedarse sin hacer nada, y se apuntó como enfermera voluntaria. La enviaron a un hospital austríaco. Atendió soldados con tifus, con heridas, y otras dolencias. El contacto con la muerte le impresionó. Tras ver morir a uno de los primeros, "cuando ordené las pocas cosas que tenía el muerto reparé en una notita que había en su agenda. Era una oración para pedir que se le conservase la vida. Esta oración se la había dado su esposa. Esto me partió el alma. Comprendí, justo en ese momento, lo que humanamente significaba aquella muerte. Pero yo no podía quedarme allí". Tras los trámites pertinentes, se volvió a refugiar en la incesante actividad. Edith recibió la Medalla al Valor por su trabajo en el hospital.

Tras dejar el hospital, siguió a Husserl a Friburgo, y trabajó como su asistente. Ordenó y recopiló los trabajos del maestro, pero, sin un futuro claro en ese puesto, decidió dejar a Husserl e intentar aspirar a una cátedra universitaria. No lo pudo conseguir por ser mujer, y se tuvo que conformar con la dirección de un colegio privado.

Algunas conversiones de amigos y algunas escenas de fe que pudo ver habían impresionado a Edith. Empezó a leer obras sobre el cristianismo, y el Nuevo Testamento. Un día tomó un libro al azar en casa de unos amigos conversos. Resultó ser la autobiografía -La Vida- de Santa Teresa de Jesús. Le absorbió por completo. Cuando lo acabó, sobrecogida, exclamó: "¡Esto es la verdad!". Inmediatamente, compró un catecismo y un misal. Al poco tiempo se presentó en la parroquia más cercana pidiendo que le bautizaran inmediatamente. Demostró conocer bien la fe, pero había que hacer algunos trámites, y se bautizó el día 1 de enero de 1922, con el nombre de Teresa Edwig.

Lo más duro que le esperaba a la recién conversa era decírselo a su familia. Edith era un orgullo para su madre. Por eso mismo se derrumbó y se echó a llorar cuando su hija se reclinó en su regazo y le dijo: "Madre, soy católica". Edith la consoló como pudo, e incluso le acompañaba a la sinagoga. Su madre no se repuso del golpe -lo consideraba una traición-, aunque no tuvo más remedio que admitir, viendo a su hija, que "todavía no he visto rezar a nadie como a Edith".

Todavía les resultó más costoso aceptar la decisión de Edith de hacerse carmelita descalza. Era una decisión meditada durante años, que se hizo realidad en 1934. Emite sus votos en abril de 1935, en Colonia. Se convirtió en Sor Benedicta de la Cruz.

Mientras todo esto sucede, el ambiente en Alemania se va haciendo progresivamente hostil contra los hebreos, desde la llegada al poder de Hitler en 1933. En 1939 sus hermanas del Carmelo de Colonia deciden que es prudente salga de Alemania, y se traslada al convento de Echt, en Holanda.

En la primavera de 1940 Holanda es ocupada por los nazis. A principios de 1942 se decide en las afueras de Berlín la "solución final": el exterminio programado de los judíos. Unos meses después, la Jerarquía católica holandesa escribe una carta al Comisario del Reich, Seyss-Inquart, protestando contra el trato vejatorio a los judíos; se oyen también protestas en los púlpitos, como la del Obispo de Utrecht. Las SS alemanas reaccionan con represalias, entre ellas la detención de los católicos de origen hebreo. En agosto de 1942 se presentan en el convento de Echt, en busca de Edith Stein y su hermana Rosa, refugiada allí. Al cabo de pocos días, salen de Holanda con destino desconocido. Pocos datos se conocen a partir de este momento, pero todos coinciden en testimoniar la serenidad y entrega ejemplar de Edith.

Más tarde se supo el destino final de Edith Stein: las cámaras de gas de Auschwitz. Allí entregó santamente su alma al Señor el 9 de agosto de 1942.


Las citas son de Estrellas amarillas, autobiografía de Edith Stein.

Dios existe, yo me lo encontré



André Frossard nació en Francia en 1915. Como su padre, Ludovic-Oscar Frossard, fue diputado y ministro durante la III República y primer secretario general del Partido Comunista Francés, Frossard fue educado en un ateísmo total. Encontró la le a los veinte años, de un modo sorprendente, en una capilla del Barrio Latino, en la que entró ateo y salió minutos más tarde "católico, apostólico y romano".

El ateísmo en André Frossard y su posterior y repentina conversión se entienden un poco más contemplando su propia familia, como nos lo cuenta él mismo: "Eramos ateos perfectos, de esos que ni se preguntan por su ateísmo. Los últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las reuniones públicas nos parecían patéticos y un poco ridículos, exactamente igual que lo serían unos historiadores esforzándose por refutar la fábula de Caperucita roja. Su celo no hacia más que prolongar en vano un debate cerrado mucho tiempo atrás por la razón. Pues el ateísmo perfecto no era ya el que negaba la existencia de Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema. (...)

Dios no existía. Su imagen o las que evocan su existencia no figuraban en parte alguna de nuestra casa. Nadie nos hablaba de Él. (...)No había Dios. El cielo estaba vacío; la tierra era una combinación de elementos químicos reunidos en formas caprichosas por el juego de las atracciones y de las repulsiones naturales. Pronto nos entregaría sus últimos secretos, entre los que no había en absoluto Dios.

¿Necesito decir que no estaba bautizado? Según el uso de los medios avanzados, mis padres habían decidido, de común acuerdo, que yo escogería mi religión a los veinte años, si contra toda espera razonable consideraba bueno tener una. Era una decisión sin cálculo que presentaba todas las apariencias de imparcialidad. ¿A los veinte años quiere creer? Que crea. De hecho, es una edad impaciente y tumultuosa en la que los que han sido educados en la fe acaban corrientemente por perderla antes de volverla a encontrar, treinta o cuarenta años más tarde, como una amiga de la infancia... Los que no la han recibido en la cuna tienen pocas oportunidades de encontrarla al entrar en el cuartel...

Mi padre era el secretario general del partido socialista. Yo dormía en la habitación que, durante el día, servía a mi padre de despacho, frente a un retrato de Karl Marx, bajo un retrato a pluma de Jules Guesde (socialista que colaboró en la redacción del programa colectivista revolucionario) y una fotografía de Jaurès.

Karl Marx me fascinaba. Era un león, una esfinge, una erupción solar. Karl Marx escapaba al tiempo. Había en él algo de indestructible que era, transformada en piedra, la certidumbre de que tenía razón. Ese bloque de dialéctica compacta velaba mi sueño de niño. (...)

El domingo era el día del Señor para los luteranos, que a veces iban al templo, y para los pietistas, que se reunían en pequeños grupos bajo la mirada falta de comprensión de otros. Para nosotros era el día del aseo general, en el agua corriente del arroyo truchero, después del cual mi abuelo mi friccionaba la cabeza con un cocimiento de manzanilla..."

En Navidad, las campanas de los pueblos cercanos, que no encontraban eco entre nosotros, extendían como un manto de ceremonia sobre la campiña muerta. Nosotros también nos poníamos nuestros trajes domingueros para ir a ninguna parte (...) Almorzábamos en la mejor habitación, sobre el blanco mantel de los días señalados.

Pero ni el moscatel de Alsacia, ni la cerveza, ni la frambuesa, volvían a la familia más habladora. La comida, más rica que de costumbre, y el abeto, completamente barbudo de guirnaldas plateadas, nada conmemoraban. Era una Navidad sin recuerdos religiosos, una Navidad amnésica que conmemoraba la fiesta de nadie.

Entre las izquierdas la política se consideraba como la más alta actividad del espíritu, el más hermoso de los oficios, después del de médico, sin embargo. A ella debían mis padres, por otra parte, el haberse encontrado. Mi madre de espíritu curioso, había escuchado a mi padre hablar del socialismo ante un auditorio obrero, con la fogosidad de sus veinticinco años, una inteligencia combativa, una voz admirable. Desde aquel día, ella le siguió de reunión en reunión, por amor al socialismo, hasta la alcaldía. Cuando me contaba esa historia, yo no comprendía gran cosa. Para mí, mis padres eran mis padres desde siempre y no imaginaba que hubiesen podido no serlo en un momento dado de su existencia. La honestidad, la natural decencia de su vida en común, me habían dado del matrimonio la idea de una cosa que no podía deshacerse y que, al no tener fin, no había tenido comienzo.

Mi madre vendía al pregón el periódico de la Federación Socialista, completamente redactado por mi padre, entonces maestro destituido por amaños revolucionarios y reducido a la miseria. Pero la política llenaba la vida de mi padre. (...)

Rechazábamos todo lo que venía del catolicismo, con una señalada excepción para la persona -humana- de Jesucristo, hacia quien los antiguos del partido mantenían (con bastante parquedad, a decir verdad) una especie de sentimiento de origen moral y de destino poético. No éramos de los suyos, pero él habría podido ser de los nuestros por su amor a los pobres, su severidad con respeto a los poderosos, y sobre todo por el hecho de que había sido la víctima de los sacerdotes, en todo caso de los situados más alto, el ajusticiado por el poder y por su aparato de represión".

Pero sin tener mérito alguno Frossard, porque Dios quiso y no por otra razón, fue el afortunado en recibir el regalo de la conversión. El no buscaba a Dios. Se lo encontró: "Sobrenaturalmente, sé la verdad sobre la más disputada de las causas y el más antiguo de los procesos: Dios existe. Yo me lo encontré.

Me lo encontré fortuitamente -diría que por casualidad si el azar cupiese en esta especie de aventura-, con el asombro de paseante que, al doblar una calle de París, viese, en vez de la plaza o de la encrucijada habituales, una mar que batiese los pies de los edificios y se extendiese ante él hasta el infinito.

Fue un momento de estupor que dura todavía. Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios.

Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde, en una capilla del Barrio Latino en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra.

Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, y aún más que escéptico y todavía más que ateo, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar -hasta tal punto me parecía pasado, desde hacía mucho tiempo, a la cuenta de pérdidas y ganancias de la inquietud y de la ignorancia humanas-, volví a salir, algunos minutos más tarde, "católico, apostólico, romano", llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Al entrar tenía veinte años. Al salir, era un niño, listo para el bautismo, y que miraba entorno a sí, con los ojos desorbitados, ese cielo habitado, esa ciudad que no se sabía suspendida en los aires, esos seres a pleno sol que parecían caminar en la oscuridad, sin ver el inmenso desgarrón que acababa de hacerse en el toldo del mundo. Mis sentimientos, mis paisajes interiores, las construcciones intelectuales en las que me había repantingado, ya no existían; mis propias costumbres habían desaparecido y mis gustos estaban cambiados.

No me oculto lo que una conversión de esta clase, por su carácter improvisado, puede tener de chocante, e incluso de inadmisible, para los espíritus contemporáneos que prefieren los encaminamientos intelectuales a los flechazos místicos y que aprecian cada vez menos las intervenciones de lo divino en la vida cotidiana. Sin embargo, por deseoso que esté de alinearme con el espíritu de mi tiempo, no puedo sugerir los hitos de una elaboración lenta donde ha habido una brusca transformación; no puedo dar las razones psicológicas, inmediatas o lejanas, de esa mutación, porque esas razones no existen; me es imposible describir la senda que me ha conducido a la fe, porque me encontraba en cualquier otro camino y pensaba en cualquier otra cosa cuando caí en una especie de emboscada: no cuento cómo he llegado al catolicismo, sino como no iba a él y me lo encontré. (...)

Nada me preparaba a lo que me ha sucedido: también la caridad divina tiene sus actos gratuitos. Y si, a menudo, me resigno a hablar en primera persona, es porque está claro para mí, como quisiera que estuviese enseguida para vosotros, que no he desempeñado papel alguno en mi propia conversión. (...)

Ese acontecimiento iba a operar en mí una revolución tan extraordinaria, cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir, transformando tan radicalmente mi carácter y haciéndome hablar un lenguaje tan insólito que mi familia se alarmó.

Se creyó oportuno, suponiéndome hechizado, hacerme examinar por un médico amigo, ateo y buen socialista. Después de conversar conmigo sosegadamente y de interrogarme indirectamente, pudo comunicar a mi padre sus conclusiones: era la "gracia", dijo, un efecto de la "gracia" y nada más. No había por qué inquietarse.

Hablaba de la gracia como de una enfermedad extraña, que presentaba tales y cuales síntomas fácilmente reconocibles. ¿Era una enfermedad grave? No. La fe no atacaba a la razón. ¿Había un remedio? No; la enfermedad evolucionaba por sí misma hacia la curación; esas crisis de misticismo, a la edad en que yo había sido atacado, duraban generalmente dos años y no dejaban ni lesión, ni huellas. No había más que tener paciencia.

Se me toleraría mi capricho religioso a condición de que fuese discreto, como lo serían conmigo. Se me rogó que me abstuviese de todo proselitismo en relación con mi hermana menor. Ella se convertiría a pesar de todo al catolicismo, y mi madre también, bastantes años después de ella".

Frossard escribió el libro de su conversión, Dios existe. Yo me lo encontré, que mereció el Gran Premio de la literatura Católica en Francia en 1969, y que se convertiría en un best-seller mundial.

En 1985 fue elegido miembro de la Academia y trabajó en la Comisión del Diccionario. Muere en París en 1995 a los 80 años de edad, tras haber sido uno de los intelectuales católicos franceses más influyentes de su país en el presente siglo.

domingo, 25 de mayo de 2008

Famoso, mujeriego y converso



El arzobispo de Burgos presenta el testimonio del actor Eduardo Verástegui

Eduardo Verástegui es un actor televisivo y cantante mexicano que provoca el entusiasmo de la gente joven. Nació hace 33 años en un pueblecito al norte de México. Comenzó a estudiar derecho en la Universidad, pero al cabo de un año lo abandonó para perseguir el sueño de ser actor y cantante. Marcha a Ciudad de México y allí se consolida como actor latino de moda, entra en el mundo de la telenovela y da el salto a la industria latina cinematográfica. Se traslada a Miami y graba su primer disco como solista.
Un día, mientras viaja a Los Ángeles para promocionar su disco, conoce en el avión a un directivo de la Fox, que le invita a un casting para un largometraje. Le dan el papel y se traslada a Hollywood. Allí tiene su primera experiencia radical: después de conseguir durante diez años todo lo que pensaba que le haría feliz, siente un profundo vacío. «Estaba triste e insatisfecho. Me faltaba algo. Por aquel entonces no sabía qué».
Mientras tanto, exprime el precio de la fama con sobredosis de sexo, droga y fiestas. Esto le lleva a perder la perspectiva de la realidad y a vivir en un profundo relativismo. Como suele ocurrir en esos ambientes, sus amistades, lejos de ayudarle, le meten cada vez más en el abismo de las fiestas y de la nada. «Me di cuenta que yo era como un galgo que perseguía una falsa liebre en las carreras. Cuando llegué a morderla, me quedé herido porque era de metal. Estaba persiguiendo una mentira».
Un día tiene un encuentro con Jarmine, la profesora de inglés que durante seis meses le ponen los de la Fox. Esta mujer católica le hace ir al fondo de su vida y despierta en él las preguntas últimas. El actor siempre se había sentido católico, pero su trato con Jarmine le descubre que su catolicismo es una etiqueta cultural, casi vacía de contenido y, desde luego, carente de convicciones. Verástegui recuerda el día que, terminadas las clases, se despidió, dejándole la herida abierta: «¿qué estás haciendo con tu vida?» Comenzó a llorar en un rincón de la casa y no cesó en varios días. «Temblaba por dentro», confiesa él.
Tenía necesidad de encontrar alguien que hablara español para compartir todo lo que sentía y el arrepentimiento por una vida tan alejada de Dios. Le pusieron en contacto con un sacerdote, que comenzó a ayudarle y a dejarle libros. Empieza a ir a misa diariamente. Otro sacerdote, el Padre Francisco, le propone una confesión general. Tras una larga preparación, Verástegui hace una confesión de tres horas. El actor la califica como su segunda conversión: «Comprendí que no había nacido para actor u otra cosa, sino para conocer, amar y servir a Jesucristo».
Con la audacia del converso, vende todos sus bienes y decide irse a Brasil como misionero. Pero el sacerdote le hace descubrir que Hollywood es el lugar donde Dios le espera para que anuncie la Buena Nueva. Verástegui, con Leo Severino, crea Metanoia Films para hacer películas al servicio de la esperanza y dignidad humanas. «Bella» es la primera cinta de esta compañía. De ella se ha hablado mucho durante estos meses en toda América. Incluso ganó el Festival de Toronto contra todo pronóstico. Verástegui ha creado también un estudio bíblico para actores y directores y un lugar en Hollywood para los que buscan algo más que la fama.
Desde hace cinco años, el mujeriego "latin lover" vive, feliz y radiante, la castidad, reza el rosario y va a misa todos los días. Es el referente contracultural en los corrillos de Hollywood. Se siente libre de verdad e inmensamente feliz.
+ Francisco Gil Hellín
Arzobispo de Burgos

domingo, 18 de mayo de 2008

Mi guerra con Dios



Testimonio de Ángela de la Comunidad "Nuovi Orizzonti". Festival de Jóvenes Medjugorje 2006. Hace poco tiempo, el Padre Ljubo me pregunto si estaba dispuesta a compartirles mi historia. Y les puedo garantizar que no es fácil. Pero cuando se experimenta el amor de Dios, se aprende que no se puede guardar para uno mismo. Yo llevo 10 años viviendo esta forma de amor. Llevando el amor a quienes no conocen el amor de Dios. La comunidad nace en 1984 de Chiara Amirante, que comienza a llevar la palabra de Dios a los puntos de muerte de la ciudad de Roma. Tantos jóvenes que no conocían la palabra de Dios le pedían "Clara sácanos de este infierno".

Yo llevo 10 años, tengo 38 años y cuando entré a la comunidad no creía absolutamente en Dios. Creía que los sacerdotes y las religiosas se hacían sacerdotes y religiosas por la falta de trabajo. Veía una Iglesia que solo daba reglas. Una Iglesia que prohibía todo. Pero había una pregunta que me hacia: "Si es verdad que Dios es amor, por qué en el mundo hay sufrimiento?". Y con el sufrimiento tuve contacto apenas nací. Porque mi papa y mi mama me abandonaron en un hospital recién nacida. Viví mis primeros 6 años de vida en un orfanato. Dos meses después de mi adopción el instituto fue clausurado por maltrato a menores. Yo había conocido todo menos el amor. Y cuando un niño no conoce el amor es difícil que de adulto sepa dar amor. Crecí rebelde. En la escuela era instrumento de santificación para los profesores. Un día iba a la escuela y dos me suspendían.

Origen y primeras experiencias

A los 18 años eres mayor de edad en Italia, así que me fui de casa. Pude hacerlo porque tenía un trabajo, una ocupación. Yo soy una ex chef internacional de cocina. Comencé a trabajar en Italia y el resto de Europa. El dinero empezó a ser el Dios de mi vida. Entre más tenia, mas quería tener. Pero a fin de mes no quedaba nada. Todo lo que pertenece al mundo de la afectividad era un desastre. Tenía novios en base a la estación del año. Por lo tanto, tenía un novio para la estación invernal y otro para el verano. Y me decía, por lo pronto yo el corazón no lo meto. Pero cada vez era una herida más que dejaba al corazón muy lastimado.

Un duro golpe

Finalmente me enamoro de una persona que todas las madres de familia soñarían para su propia hija, inteligente, bueno, perfecto. Pero tenía un pequeño defecto: era un católico, un católico convencido. Y empezó a hablarme de Dios. Y le dije: "Escucha Luca las relaciones de 3 no funcionan, somos tu y yo y punto. Dios debe estar fuera". El fingió seguirme la corriente. Después de 2 años, una noche viene a mi casa y me dice: escucha Ángela, hablé con mi padre espiritual porque tengo intención de casarme contigo. Yo lo observé un poco perpleja pero por un solo motivo, porque no sabía qué era un padre espiritual. Y le respondí: "Vamos al registro de la ciudad, una cita, dos firmas y estamos casados". Y me dijo: "No, para mí es importante el sacramento del matrimonio. Nos dan la posibilidad de efectuar un matrimonio mixto donde tu declares ser no creyente pero yo puedo casarme contigo dentro de la Iglesia". Entonces mi siguiente pregunta fue: "Y esto cuánto cuesta?". "Nada". Por lo tanto, pensé, no cuesta nada, la imagen no la pierdo, puedo hacerlo. Puse una condición: "Tú organizas la boda".

El comenzó a organizar la boda, pero de repente se enferma, se enferma gravemente... Después de una serie de análisis, nos dicen que debido a una transfusión de sangre había contraído el HIV, tenía SIDA. Sentencia: ni un año de vida. Y ahí entro en contacto con la primera verdad de mi vida. Porque yo con el dinero hasta ese día había comprado todo y a todos. Pero una sola cosa no podía comprar, y esta era la vida. Y para mí fue una derrota. Luca partió para el paraíso 4 días antes del matrimonio. Y ahí se me derrumba el mundo… Recuerdo la tarde del funeral, yo estaba en una playa y dije: "Dios, si tú existes, yo te destruyo. Pero si tú no existes, pasaré mi vida diciéndole al mundo que no existes". Y ahí comenzó mi guerra con Dios.

Adónde llevan las sectas

Primero me acerqué a varias filosofías. Todo lo que era la New Age y Reiki. Pero no encontraba nada de la presencia de Dios. Hasta que un día una colega de trabajo me dijo que tal vez necesitaba ir a psicoterapia. Pensé: he probado todo, pruebo también esto. Y comencé a ir un día a la semana, dos días, tres días, cuatro veces por semana. La psicoterapia se convirtió en mi droga. No tenía la facultad de decidir nada de mi vida. Poco después la doctora me dice: sabes, Ángela, tal vez necesites hipnosis porque tenemos que entrar a lo más profundo de tus heridas. Le dije que sí. Desafortunadamente no estaba en situación de tomar ninguna decisión.

Desafortunadamente esta doctora era una sacerdotisa de una de las sectas satánicas más importantes de Italia. Ahí pasé dos años de mi vida. Dos años que me llevaron a perder mi dignidad de mujer, mi dignidad de ser humano. Solo el poder, solo el tener. Llegué a alcanzar la muerte del alma. La noche de Navidad de hace diez años, durante un rito, me dicen que hay una ciudad en Italia en la que puedo ir yo como líder, pero me dicen que tengo que demostrar mi pertenencia, mi afiliación. Y me dicen: "En Roma hay una joven, de nombre Chiara, que ha fundado hace poco tiempo una comunidad. Esta muy protegida por la Iglesia y para nosotros es un obstáculo. Si tu verdaderamente quieres pertenecer a nosotros y tener el poder, debes hacer una cosa: destruye Nuovi Orizzonti y mata a Chiara". Y acepté.

Parto para Roma la noche del 5 de Enero. Eran las 8 de la noche y Chiara estaba cenando. Toqué la puerta de la comunidad. Estaba segura de aquello que haría. Chiara cuenta siempre que en ese momento en su corazón escucho la voz de María que le decía: "Abre tú la puerta que es una hija mía que tiene una gran necesidad". Chiara se levantó y abrió la puerta y cuando abrió la puerta hizo una sola cosa. Me abrazó y me dijo: "Finalmente estás en casa". Es el abrazo que cambia mi vida. Un abrazo indeleble que llegó a mi corazón. Chiara me llevó a su habitación y hablamos un poco. Le entregué el arma y le dije: "Chiara, para mí ya no hay esperanza". Y me respondió: "Sí. Sí hay esperanza, porque el amor ha vencido a la muerte. Porque un hijo dio la vida por ti. Y Jesús te ama". Le dije: "Chiara, yo los conozco. Tengo pocos minutos. Ellos me matarán a mí y te matarán a ti". "No Ángela, no lo harán. Porque María te quiso en esta casa".

En la Iglesia Católica

Llamaron a un sacerdote, pues obviamente la primera cosa por hacer era una buena confesión. Debido a las actividades en las que estaba involucrada no me pudieron dar la absolución inmediatamente. Escribieron a la Santa Sede, a la Doctrina de la fe, mi historia. Y un cierto cardenal Ratzinger en pocos días respondió: "Hoy la Iglesia está de fiesta porque un Hijo ha regresado a casa". Con un permiso muy especial la noche del 27 de Enero, en la capilla de las hermanas de la Madre Teresa en Roma, pude recibir la comunión, pude consagrar mi corazón al Corazón Inmaculado de María, y pude hacer votos de pobreza, obediencia, castidad y la alegría de Cristo Resucitado. Y ahí comenzó mi camino. Mi camino de sanación. Donde ninguno había conseguido sanar ciertas heridas, solamente el amor de Jesús.

Pero había todavía una herida que no había podido sanar, y era la falta de una madre… porque me faltaba… Me faltaba cuando en Navidad todas la madres telefonaban y yo no recibía una llamada. Y entonces un día Chiara me envía a abrir un centro de ayuda a la vida. Un centro para jóvenes madres y menores en riesgo. Me fui con el entusiasmo de abrir una casa. Pero después de poco tiempo, empecé a recoger un grito de dolor. Madres que habían dado a luz en cárceles, que no sabían leer ni escribir, habían firmado ciertos documentos y una vez dado a luz el niño, les era arrebatado. Y entonces me decían: "Sabes, hoy tendría un hijo, pero está en alguna parte, tiene 8 años, nunca lo he visto". Comencé a recoger el grito de dolor de mujeres que habían abortado y me decían: "Sabes, hoy tendría un hijo pero lo asesiné".

La Cruz de Cristo

Por la noche, cuando llegaba frente a Jesús para entregarle todo este dolor. Empecé a escuchar una cosa en mi corazón: "Ángela, si hoy tú existes es porque tu madre dijo sí a la vida". Cuando se experimenta la misericordia de Dios, la primera cosa que se aprende es a no juzgar. Y yo no tenía ningún derecho de juzgar a mi madre. Porque si una madre llega a abandonar a un hijo es porque hay un gran dolor.

La ley italiana permite obtener información del propio origen. Encontré a mi madre. Comenzó a telefonearme y un día me sugirió conocernos personalmente. El 2 de Junio de 2004 partí para la ciudad donde ella vivía, para encontrarla. Y había dos partes de mí. Estaba la parte humana que decía finalmente podré llamar a alguien mamá. Pero había una parte operativa que me decía: Ángela, no sabes qué puedes encontrar allá. Mi error es que venció la parte humana. Pero el hombre propone y Dios dispone… porque pocos minutos después de encontrarnos, con una mirada que yo no le deseo ni a mi peor enemigo me dijo: "Tú para mi no has existido hasta ahora, no existes hoy, sal de mi vida". Yo no sé qué siente una madre cuando un hijo dice no al amor, pero les puedo decir lo que siente un hijo cuando una madre le dice no al amor…

Fue un gran dolor, regresé a Roma con Chiara y le dije: "Pero yo qué he hecho de malo a Jesús, trabajo para Él, por qué no me puede ayudar?", y Chira me respondió con una frase de Santa Teresa de Ávila a mi pregunta de por qué Jesús me trata así, me contestó: "Sabes, Ángela, a sus amigos los trata así". Y Santa Teresa había respondido: "Ahora entiendo por qué tienes tan pocos amigos"…

Una franca resistencia

Chiara me dijo: "Escucha, Ángela, tienes 20 días de vacaciones, hay un lugar al que puedes ir. Este lugar es Medjugorje, toma tus vacaciones y ve allá". Era el periodo del aniversario. Y pensé: yo a Medjugorje no voy. Mejor me pagas las vacaciones a Croacia que tiene un mar estupendo y un día voy a Medjugorje. Pero yo no voy a ir a meterme en las piedras, las colinas, el calor... Y ella me dijo: "Te recuerdo que tienes un voto de pobreza y un voto de obediencia. Y por obediencia vas a Medjugorje". Así que vine a Medjugorje.

Llego a Medjugorje. Y me daban pena los peregrinos. Porque decía: al menos ellos podrían ir al mar y no van. Yo estoy obligada a estar aquí. Los primeros 10 días no quise saber de nada. El undécimo día, cerca de la tienda verde, pasa la vidente Marija me saluda y me invita a una aparición. Y de golpe, riéndome, le contesto: "Escucha, Marija, la Virgen tiene que venir a mí porque yo no me muevo". Me observó un poco sorprendida y me dice: "De todas formas vienes".

Era al día siguiente en el Oasis de la Paz, estaba lleno de gente. Yo llego a las 6:20 p.m. y había gente que llevaba 2 o 3 horas esperando. Y yo decía: para qué llegar tan temprano, de todas formas no la veo. Llego al Oasis, pasa Marija, me toma por el brazo y me lleva con ella dentro de la capilla del Oasis. Y empieza la aparición. Me hizo arrodillarme, ella estaba al lado de mí. Yo veía a todos los peregrinos, y decía: "¡qué buenos, como rezan!", pero mi corazón estaba cerrado.

Por otro lado pensaba, no se podía estar al lado a un personaje como Marija y no verse afectado. De repente la observaba y veía que movía sus labios de vez en cuando, y en ese momento ¿saben cuál era mi preocupación? ¿Pero ella con la Virgen habla en italiano o en croata? Quince días después le hice esta pregunta y me dijo que hablaba en croata.

Contacto con lo divino

Pero en cierto momento sucedió una cosa, y se lo dice la persona más racional que existe. Empecé a sentir un calor en el cuerpo, era un calor que me envolvía, era como si algo me abrazara, pero lo más increíble era como si fuera un transplante de corazón y subrayo la palabra transplante porque no era un corazón reparado, era un corazón nuevo…

Termina la aparición, y yo continuaba repitiéndome, Ángela no ha pasado nada. Y entre más lo decía mejor me sentía. Marija se levanta e hizo lo que hace siempre, explica lo que ha sucedido. Delante a todos dice: "He presentado a la Virgen todas las intenciones de oración, la Virgen ha orado por ustedes, los ha bendecido" y después delante a todos me observa y me dice: "La Virgen hace suyo el dolor que llevas, pero a partir de hoy sólo Ella será tu Madre".

Marija de mi historia no sabia absolutamente nada. Salí de la capilla, Marija me toma por el brazo y nos vamos a casa. Y aún sin convencerme le hago una pregunta: ¿Marija, estabas ahí, tú en la capilla me viste? Y ella sonriendo me respondió: "Yo no, pero la Virgen sí". Y desde aquel día he sentido a María en mi vida.

He descubierto que cada vez que tengo el rosario en las manos es María quien me toma de la mano. Aquella tarde aprendí otra cosa, que era cierto que hasta ese día había trabajado para Dios. Pero que María quería que trabajara con Dios. Y otra cosa bellísima es que si yo quería llegar a ser santa, debería tomar a María como modelo de santidad. Y para un carácter como el mío no era fácil. No era fácil vivir la obediencia de María. No era fácil vivir la humildad de María. No era fácil vivir el silencio de María. El silencio de María bajo la cruz. María estaba bajo la cruz.

Un profundo en inexplicable cambio

Fue una experiencia bellísima. Porque descubrí que el dolor, puede ser transformado en amor por la humanidad. Cuando el Padre Ljubo me llamó, a través de Chiara, porque si hoy yo les hablo es porque me han autorizado a hacerlo, me imagino en el paraíso. Me imagino la Santísima Trinidad, con Maria, y los santos. ¡Cuantos se están formando en este momento!

Porque si aquella tarde yo dije que Dios no existe, después de 12 años puedo decirles que Dios existe. Por 8 años, viví en el silencio. Viví escondida. Pero hace 2 años, durante un capitulo general de la familia salesiana, Chiara y otras personas importantes me pidieron contar mi historia. Al principio tuve miedo. Pero cuando aprendes que la vida no te pertenece a ti, que la vida es un regalo..., hice este pacto con Jesús: "Jesús te ruego, si mi vida, mi historia, sirve a un solo joven a encontrar tu misericordia, daré mi vida por esto".

Seguridad en medio de la indigencia

Queridos Jóvenes: no tengan miedo al sufrimiento. El sufrimiento existe. El mundo nos enseña que no existe. El mundo nos enseña a cubrir el sufrimiento. Pero Jesús nos ha enseñado a vivirlo con Él. Lo que tiene clavado a Jesús a la cruz no son los clavos sino el amor especial que tiene por cada uno de nosotros… Les ruego, como decía San Francisco, no permitan que el amor de los amores no sea amado. Llevemos el amor de Dios a todo el mundo. La Madre Teresa decía: somos gotas en el mar, pero tantas gotas hacen un océano.

Queridos Jóvenes: como decía San Pedro, yo no tengo oro ni plata. Queridos Jóvenes: todo lo que tengo me llega de la Providencia, ni siquiera este rosario, me lo han dado. Queridos Jóvenes: yo no tengo nada. A diferencia de San Pedro, yo no hago milagros. Pero les puedo decir una cosa: que hay un Dios que ha dado la vida. Que hay un Dios que nos ama. Que debemos experimentar la alegría. La alegría de Cristo resucitado. Ese pedazo de pan que nosotros adoramos, ese pedazo de pan con el que nos nutrimos. Ahí está realmente el cuerpo de Jesús. Y lo digo con un gran dolor, porque los satanistas creen más que nosotros que ahí está el cuerpo de Jesús. Nosotros tenemos que empezar a creer. Tenemos que empezar a vivir a Jesús. San Pablo decía, no soy yo quien vivo, es Jesús quien vive en mí.

Entonces jóvenes, ya saben donde está la verdadera libertad. Está en una sola palabra, la verdadera libertad está en la obediencia. Y lo repito, no escapen al sufrimiento. Llévenlo con Jesús, y entonces ese sufrimiento se transformará en amor. Me despido con una frase de Edith Stein. Cuando Edith Stein se convirtió le preguntaron: ¿por qué te convertiste a la religión católica? Y ella respondió: "Porque busqué el amor y encontré a Jesús".