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sábado, 7 de junio de 2008

La Madonna de Stalingrado


La paz nace en Navidad
Por Elisabeth Reinhardt*

Con su segunda Encíclica Spe salvi, el papa Benedicto XVI nos ha despertado la esperanza; nos ha enseñado en qué y sobre todo en Quién podemos esperar. El Quién no es otro que el Verbo eterno del Padre encarnado en María Virgen que lo dió a luz en Navidad. Elisabeth Reinhardt nos ofrece un testimonio elocuente de cómo viviendo el sentido profundo de la Navidad, se encuentra la paz aún en las circunstancias más duras.


El nombre de Stalingrado evoca una de las batallas más cruentas de la Segunda Guerra Mundial. Esta ciudad situada a orillas del Volga se llamaba antiguamente Tsaritsyn, luego fue Stalingrado o "ciudad de Stalin" de 1925 a 1961, cuando se cambió a Volgogrado o "ciudad del Volga" durante la época de desestalinización.

Nos situamos en noviembre de 1942. Era pleno invierno en la cuenca del Volga. El sexto ejército alemán, en número de unos 220.000 hombres, había avanzado hasta Stalingrado. El plan de tomar la ciudad fracasó al avanzar el Ejército Rojo casi simultáneamente por tres flancos. Las órdenes desde Berlín continuaron inalterables, pues Hitler insistía en lograr la victoria, costara lo que costara. Las temperaturas descendieron de forma implacable, franqueando los veinte bajo cero. A finales de noviembre empezaron a escasear los víveres al quedar bloqueados los suministros, pues la nieve y el hielo impedían el aterrizaje de aviones. Aún estaba abierta una brecha de comunicación en el lado occidental del cerco, un espacio suficiente para emprender la retirada si el Führer lo consentía. El general Friedrich Paulus, que mandaba el sexto ejército, solicitó la orden de retirada, pero la contestación del mando supremo fue negativa. Hitler prometió refuerzo de tropas y suministros aéreos de alimentos. Los combates alemanes se redujeron a débiles esfuerzos por resistir, mientras fue aumentando el número de víctimas mortales y de heridos. En diciembre la ración diaria de alimentos por cabeza se había reducido a 300 gramos de pan, tres cigarrillos, 15 gramos de margarina y 40 gramos de miel sintética. Se servía una vez al día sopa de agua caliente con reminiscencias de carne de caballo y alguna patata.

El 24 de diciembre por la tarde, Kurt Reuber, médico encargado de la unidad de acorazados, regresó a su barracón después de atender a los heridos. "Es Noche Buena", pensó, noche de luz, de paz y de amor. Era fuerte la tentación de tomarse el trozo de pan duro reservado para ese momento y acurrucarse cerca de la estufa de hierro que funcionaba a media potencia debido a la escasez de combustible. Los demás soldados aún no habían regresado de las trincheras. El Dr. Reuber, además de médico, era pastor luterano y licenciado en teología, y le gustaba pintar. Se acordó de su esposa y de la comunidad de creyentes que había atendido en un pueblo cerca de Göttingen antes de ser reclutado para el ejército. Por un momento su rostro marcado por el sufrimiento perdió la tensión habitual. También para nosotros es Navidad, pensó. La palabra “nosotros” estimuló su ingenio: quería sorprender a los demás con un dibujo navideño. A falta de papel desdobló el mapa ruso que llevaba en la mochila, y con uno de los carboncillos que conservaba hizo un dibujo. Los trazos negros sobre el mapa, hechos con los dedos entumecidos de frío, fueron construyendo la imagen de la Virgen María, sedente, con el niño en brazos, al que abriga cuidadosamente con su manto. Alrededor del dibujo el Dr. Reuber puso las palabras: "1942 Weihnachten im Kessel. Licht - Leben - Liebe. Festung Stalingrad" (1942 Navidad en el cerco. Luz - Vida - Amor. Fuerte de Stalingrado). Delante de la imagen colocó un cabo de vela. Los soldados que fueron llegando a la barraca experimentaron un ambiente acogedor. Se pusieron en semicírculo ante la imagen y cantaron “Noche de paz”. Uno de ellos sacó de su mochila una armónica que siempre llevaba y empezó a tocar villancicos y melodías de su tierra, la región de la Selva Negra. Fueron recordando Navidades de otros tiempos, cuando eran niños. Sacaron los restos de víveres y cigarrillos que habían guardado para tiempos todavía peores, y en un instante todo era de todos. Cuando se fueron a dormir notaron menos que otras veces el frío que penetraba por las rendijas que no habían logrado cerrar del todo.

El día de Navidad de 1942 murieron en Stalingrado 1280 soldados del sexto ejército. El prometido suministro de víveres no pudo llegar por la imposibilidad de aterrizar, y los paquetes tirados desde el aire no siempre alcanzaban su destino. En enero de 1943, el general Paulus solicitó cada vez con más insistencia el permiso para la rendición, pero el Führer se negó. Por fin, el 30 de enero se rindió Paulus, después de recibir la sarcástica noticia de parte de Hitler, de su ascenso a mariscal de campo. Cayeron prisioneros unos 113.000 soldados alemanes, de los que sólo unos miles sobrevivieron la cautividad.

El Dr. Reuber cayó prisionero y murió el 21 de enero de 1944 en el campo de Yelabuga, mil kilómetros al este de Moscú. Antes de su cautividad logró enviar la “Madonna de Stalingrado” y una carta a su esposa, a través del cerco. A propósito del dibujo escribió: “Madre e Hijo están inclinados el uno hacia el otro, envueltos en un gran manto, que protege a ambos. Me vinieron a la mente las palabras de San Juan: Luz, Vida, Amor”. Esta imagen de la Virgen, bajo la advocación de "Stalingrad-Madonna", se encuentra desde 1983 en la iglesia memorial (Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche) de Berlín, una iglesia luterana bombardeada en 1943 que se reconstruyó sólo en parte, para recordar el terror de la guerra y exhortar a la paz.

*Profesora de Historia de la Teologia Medieval
Universidad de Navarra Departamento de Teología Histórica

lunes, 2 de junio de 2008

Encuentro inesperado



Alphonse Ratisbonne era un joven judío de Estrasburgo, rico, cultivado, callejero, hijo de banquero... En 1842, Ratisbonne vivía en Roma -entre un viaje a Oriente y una escala en Palermo- una especie de ociosidad turística e indolente que le hace parecerse de lejos a un personaje de Stendhal: habría podido posar para Lucien Leuwen. Ratisbonne estaba prometido y preparaba su instalación viajando mucho. Era ateo y tenía un escepticismo quisquilloso que le llevaba a levantar querellas contra la Iglesia y el cristianismo. Tenía un amigo: el barón de Bussieres, muy piadoso, que multiplicaba por su conversión votos y exhortaciones.

Ratisbonne había accedido desde hacía algún tiempo -por pura gentileza, y porque no le concedía verdaderamente importancia alguna- a llevar consigo una medalla piadosa ofrecida por su amigo; un día, el amigo de Ratisbonne le invita a dar un paseo en coche; el carruaje del barón de Bussieres se para en la pequeña plaza de Roma, donde se eleva la iglesia de San Andrés delle-Fratte. La iglesia de San Andrés delle-Fratte es un edificio de modestas dimensiones; una tibieza a la italiana por la severidad del plano, el calor del decorado y la abundancia de cirios que plantan aquí y allá arbustos de luz. La iglesia demuestra una evidente insustancialidad, y no es de las que extravían las imaginaciones.

El barón -que ha de hacer una gestión en la iglesia- desciende, e invita a su pasajero a esperar, o a acompañarle; es asunto, añade, de pocos minutos. Ratisbonne, antes que aburrirse en el vehículo, decide visitar la iglesia, sin otra intención -por supuesto- que adicionarla a su colección de monumentos romanos.

Cuando empuja la puerta de esa iglesia, es un perfecto incrédulo, curioso por la arquitectura; no es un alma torturada a la zaga de un ideal. Yo no sé lo que se produce en ese instante en el «inconsciente» de Ratisbonne, como algunos pretenden conocer de lo acontecido en parecida circunstancia en el inconsciente de San Pablo; pero si el mío trabaja, actúa y me prepara una jugada, mi inconsciente es el único en saberlo.

Ratisbonne se mantiene no lejos de la entrada, cerca de una capilla lateral (la segunda), algo empotrada en la muralla, a su izquierda; es un incrédulo que tiene dos o tres minutos que desperdiciar; que no está mejor dispuesto a las emociones místicas, ni deseoso de creer; pero su incredulidad va a terminar allí, hecha añicos por la evidencia; la capilla que Ratisbonne recorre con mirada distraída, que ninguna obra maestra detiene en su paso, desaparece bruscamente. Lo que él ve entonces es la Virgen María, tal y como figura en la medalla que lleva al cuello, y tal como está hoy representada, con colores realzados por algunos artificios luminosos, en la capilla de San Andrés delle-Fratte.

Hay esa dicha, que le arroja al suelo; y yo imagino que habrá tenido tantas dificultades en hacerla compartir, como Bernadette de Lourdes en convencer al clero de la diócesis, o en persuadir a las damas de la prefectura, de que una persona de buena sociedad como la Virgen María haya podido aparecer dieciocho veces seguidas con el mismo vestido.

Esta es la narración que hace el propio Ratisbonne; estamos en el 20 de enero de 1842:

«... Si alguien me hubiera dicho en la mañana de aquel día: "Te has levantado judío y te acostarás cristiano"; si alguien me hubiera dicho eso, lo habría mirado como al más loco de los hombres.

»Después de haber almorzado en el hotel y llevado yo mismo mis cartas al correo, me dirigí a casa de mi amigo Gustave, el pietista, que había regresado de la caza; excursión que le había mantenido alejado algunos días.

»Estaba muy asombrado de encontrarme en Roma. Le expliqué el motivo: ver al Papa.

»Pero me iría sin verlo -le dije-, pues no ha asistido a las ceremonias de la Cátedra de San Pedro, donde se me habían dado esperanzas de encontrarlo.

»Gustave me consoló irónicamente y me habló de otra ceremonia completamente curiosa, que debía tener lugar, según creo, en Santa María la Mayor. Se trataba de la bendición de los animales. Y sobre ello hubo tal asalto de equívocos y chanzas como el que se puede imaginar entre un judío y un protestante.

»Hablamos de caza, de placeres, de diversiones del carnaval; de la brillante velada que había organizado, la víspera, el duque de Torlonia. No podían olvidarse los festejos de mi matrimonio; yo había invitado a M. de Lotzbeck, que me prometió asistir.

»Si en ese momento -era mediodia- un tercer interlocutor se hubiese acercado a mí y me hubiera dicho: "Alphonse, dentro de un cuarto de hora adorarás a Jesucristo, tu Dios y Salvador; y estarás prosternado en una pobre iglesia; y te golpearás el pecho a los pies de un sacerdote, en un convento de jesuitas, donde pasarás el carnaval preparándote al bautismo; dispuesto a inmolarte por la fe católica; y renunciarás al mundo, a sus pompas, a sus placeres, a tu fortuna, a tus esperanzas, a tu porvenir; y, si es preciso, renunciarás también a tu novia, al afecto de tu familia, a la estima de tus amigos, al apego de los judíos...; ¡y sólo aspirarás a servir a Jesucristo y a llevar tu cruz hasta la muerte!..."; digo que si algún profeta me hubiera hecho una predicción semejante, sólo habría juzgado a un hombre más insensato que ése: ¡al hombre que hubiera creído en la posibilidad de tamaña locura! Y, sin embargo, ésta es hoy la locura causa de mi sabiduría y de mi dicha.

»Al salir del café encuentro el coche de M. Théodore de Bussieres. El coche se para; se me invita a subir para un rato de paseo. El tiempo era magnífico y acepté gustoso. Pero M. de Bussieres me pidió permiso para detenerse unos minutos en la iglesia de San Andrés delle-Fratte, que se encontraba casi junto a nosotros, para una comisión que debía desempeñar; me propuso esperarle dentro del coche; yo preferí salir para ver la iglesia. Se hacían allí preparativos funerarios, y me informé sobre el difunto que debía recibir los últimos honores. M. de Bussieres me respondió: "Es uno de mis amigos, el conde de La Ferronays; su muerte súbita es la causa-añadi6-de la tristeza que usted ha debido notar en mí desde hace dos días." Yo no conocía a M. de La Ferronays; nunca le había visto, y no apreciaba otra impresión que la de una pena bastante vaga, que siempre se siente ante la noticia de una muerte súbita. M. de Bussieres me dejó para ir a retener una tribuna destinada a la familia del difunto. "No se impaciente usted -me dijo mientras subía al claustro-, será cuestión de dos minutos."

»La iglesia de San Andrés es pequeña, pobre y desierta; creo haber estado allí casi solo; ... ningún objeto artístico atraía en ella mi atención. Paseé maquinalmente la mirada en torno a mí, sin detenerme en ningún pensamiento; recuerdo tan sólo a un perro negro que saltaba y brincaba ante mis pasos... En seguida el perro desapareció, la iglesia entera desapareció, ya no vi, o más bien, ¡¡¡Oh, Dios mío, vi una sola cosa!!!

»¿Cómo sería posible explicar lo que es inexplicable? Cualquier descripción -por sublime que fuera- no sería más que una profanación de la inefable verdad. Yo estaba allí, prosternado, en lágrimas, con el corazón fuera de mí mismo, cuando M. de Bussieres me devolvió a la vida.

»No podía responder a sus preguntas precipitadas; mas al fin, tomé la medalla que había dejado sobre mi pecho; besé efusivamente la imagen de la Virgen, radiante de gracia... ¡Era, sin duda, Ella!

»No sabía dónde estaba, ni si yo era Alphonse u otro distinto; sentí un cambio tan total que me creía otro yo mismo... Buscaba cómo reencontrarme y no daba conmigo... La más ardiente alegría estalló en el fondo de mi alma; no pude hablar, no quise revelar nada; sentí en mí algo solemne y sagrado que me hizo pedir un sacerdote... Se me condujo ante él y sólo después de recibir su positiva orden hablé como pude: de rodillas y con el corazón estremecido.

»Mis primeras palabras fueron de agradecimiento para M. de La Ferronays y para la archicofradía de Nuestra Señora de las Victorias. Sabía de una manera cierta que M. de La Ferronays había rezado por mí; pero no sabría decir cómo lo supe, ni tampoco podría dar razón de las verdades cuya fe y conocimiento había adquirido. Todo lo que puedo decir es que, en el momento del gesto, la venda cayó de mis ojos; no sólo una, sino toda la multitud de vendas que me habían envuelto desaparecieron sucesiva y rápidamente, como la nieve y el barro y el hielo bajo la acción del sol candente.

»Todo lo que sé es que, al entrar en la iglesia, ignoraba todo; que saliendo de ella, veía claro. No puedo explicar ese cambio, sino comparándolo a un hombre a quien se despertara súbitamente de un profundo sueño; o por analogía con un ciego de nacimiento que, de golpe, viera la luz del día: ve, pero no puede definir la luz que le ilumina y en cuyo ámbito contempla los objetos de su admiraci6n. Si no se puede explicar la luz física, ¿cómo podría explicarse la luz que, en el fondo, es la verdad misma? Creo permanecer en la verdad diciendo que yo no tenía ciencia alguna de la letra, pero que entreveía el sentido y el espíritu de los dogmas. Sentía, más que veía, esas cosas; y las sentía por los efectos inexpresables que produjeron en mí. Todo ocurría en mi interior; y esas impresiones -mil veces más rápidas que el pensamiento- no habían tan sólo conmocionado mi alma, sino que la habían como vuelto del revés, dirigiéndola en otro sentido, hacia otro fin y hacia una nueva vida.»

Esta es la aventura romana de Alphonse de Ratisbonne. A partir de entonces -añade- el mundo ya no fue nada para él; sus prevenciones contra el cristianismo se borraron sin dejar rastro, lo mismo que los prejuicios de su infancia; y el amor de su Dios «había ocupado el lugar de cualquier otro amor».

Que esos profesionales de la verdad que los intelectuales deberían ser aparten de su pensamiento las apariciones de Lourdes, pretextando que Bernadette Soubirous era una niña, y que las niñas no disciernen, según parece (aunque yo no lo crea en absoluto), el sueño de la realidad. Admitámoslo. Que rechacen la relación de los pastorcillos de la Salette, que han visto llorar a la Virgen Santísima en las montañas del Dauphiné, porque unos pastorcillos sin instrucción pueden ser influenciables; o víctimas de una clase de reciprocidad de la autosugestión; o por cualquier otro motivo del mismo género. Admitámoslo también. Finalmente, que no se tenga en cuenta mi testimonio, porque nada es tan difícil de comprender como una visión sin imágenes; ni de creer a un periodista que dice haber hallado la verdad. Consiento en ello, aunque sea duro saber y no convencer; y más duro todavía constatar que no se ha convencido por falta de elocuencia, y que se ha carecido de elocuencia sólo por haber carecido de amor.

Pero, ¿y Ratisbonne? Los hijos de banquero pueden -tanto como los demás- estar sujetos a las alucinaciones, pero están, por lo general, provistos del bagaje intelectual suficiente para advertir su desventura, si no inmediatamente, por lo menos, después. Es bastante extraordinario que un fenómeno así procure una serenidad nueva al paciente, además de una vocación, además de una doctrina; y más extraordinario todavía que -aparte de dos o tres grandes espíritus, como Henri Bergson o Jean Guitton- ningún pensador de oficio haya juzgado útil examinar una mutación tan insólita; aunque sólo fuere para explicar cómo un joven-tan bien dotado de sentido crítico como puede serlo un judío; y de realismo, como puede serlo un hijo de familia perfectamente consciente de las ventajas de su posición-haya podido fundamentar todo el resto de su vida sobre una ilusión de los sentidos, y sin retroceder ante sus consecuencias, retornando a su sangre fría.

sábado, 31 de mayo de 2008

El Rosario


EL ROSARIO

Una carta de Sor Lucía a su sobrino.
La que fue una pastora en una aldea portuguesa de Fátima, Lucía,
después religiosa carmelita en un convento de Coímbra, escribe al
Director (sacerdote) del Centro «Mater Divinae gratiae» de Rasta
–Turín–, esta carta traducida del italiano.
Lo que me dice del rezo del Santo Rosario es una gran pena porque
la oración del Rosario es, después de la Sagrada Liturgia Eucarística,
la que más une a Dios.
Es la que más une a Dios por la riqueza de las oraciones de que se
compone, todas ellas venidas del cielo, dictadas por el Padre, por el
Hijo y el Espíritu Santo.
El Gloria, que rezamos en todos los misterios, fue dictado por el
Padre a los ángeles, cuando les envió a cantar junto a su Hijo recién
nacido. Es además un himno a la Stma. Trinidad.
El Padrenuestro nos fue dictado por el Hijo, y es una oración dirigida
al Padre.
El Avemaría está todo impregnado del sentido trinitario y eucarístico.
Las primeras palabras fueron dictadas por el Padre al Ángel, cuando
le envió a anunciar el misterio de la Encarnación del Verbo:
Dios te salve, María, llena de gracia; el Señor es contigo. Estás llena
de gracia porque reside en ti la fuente de la misma gracia.
Es por tu unión con la Santísima Trinidad por lo que tú estás llena de
gracia.
Movida por el Espíritu Santo, dijo santa Isabel: «Bendita tú eres entre
todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús».
La Iglesia también movida por el Espíritu Santo, añadió: Santa María,
Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la
hora de nuestra muerte.

Esta es también una oración dirigida a Dios a través de María.
Porque eres madre de Dios, ruega por nosotros. Es oración Trinitaria,
porque María fue el primer templo vivo de la Santísima Trinidad.
El Espíritu Santo descenderá sobre ti, el Padre te cubrirá con su
sombra, y el Hijo que de ti ha de nacer será llamado el Hijo del Altísimo.
María es el primer sagrario vivo; donde el Padre encerró su Verbo.
Su Corazón Inmaculado es la primera custodia que lo guardó.
Su regazo y sus brazos fueron el primer altar y el primer trono, en el
que el Hijo de Dios fue adorado.
Así le adoraron los ángeles, los pastores y los sabios de la tierra.
María es la primera que tomó en sus manos puras e inmaculadas al
Hijo de Dios, y lo condujo al templo para ofrecérselo al Padre como
víctima para la salvación del mundo.
Así, la oración del Rosario es, después de la Sagrada Liturgia
Eucarística, la que más acerca a los misterios de la fe, esperanza y
caridad.
Es el pan espiritual de las almas; el que no reza desfallece y muere.
En la oración nos encontramos con Dios, y es en ese encuentro en
el que nos comunica la fe, la esperanza y la caridad, virtudes sin las
cuales no nos salvaremos.
El Rosario es una oración de los pobres y de los ricos, de los sabios
y de los ignorantes.
Apartar a las almas de esta devoción es apartarlas del pan espiritual de
cada día.
Esa oración es la que sustenta esta pequeña llama de fe, que no se
ha apagado del todo en muchas conciencias.
Incluso para aquellas almas que rezan sin meditarlo, el simple hecho
de coger el rosario, les sirve para acordarse de Dios, de lo sobrenatural.
El simple recuerdo de los misterios en cada decena es un rayo de luz
más, que sustenta en las almas la mecha que todavía humea.
Por eso el demonio le tiene declarada la guerra.
Y lo peor es que ha conseguido desorientar y engañar almas llenas
de responsabilidad por el lugar que ocupan.

Son ciegos que guían a otros ciegos... y quieren apoyarse en el Concilio
y no ven que el Sagrado Concilio ordenó que se conserven todas las
devociones, que a través de los años, se han practicado en honor de la
Madre de Dios.
Y que la oración del Rosario es una de las principales a la que estamos
obligados, al hacer lo ordenado por el Sagrado Concilio y por el
Sumo Pontífice; esto es, debemos conservarlo.
Yo tengo una gran esperanza de que no esté lejos el día en el que la
oración del Santo Rosario sea declarada oración litúrgica, porque
toda ella participa de la Sagrada Liturgia Eucarística.
Recemos, trabajemos, sacrifiquémonos, y confiemos para que «Al fin,
Mi Inmaculado Corazón vencerá».

LAS QUINCE PROMESAS DE LA VIRGEN DEL ROSARIO

1ª Quien me sirviere rezando constantemente mi Rosario, recibirá cualquier
gracia que me pida.
2ª Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que
devotamente rezaren mi Rosario.
3ª El Rosario será un escudo fortísimo contra el infierno, destruirá los
vicios, librará de pecados y abatirá la herejía.
4ª El Rosario hará germinar las virtudes y que las almas consigan copiosamente
la misericordia divina; sustituirá en el corazón de los hombres
el amor de Dios al amor del mundo y los elevará a desear las
cosas celestiales y eternas. ¡Cuántas almas por este medio se santificarán!
5ª El alma que se me encomiende por el Rosario no perecerá.
6ª El que con devoción rezare mi Rosario, considerando sus sagrados
misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá de muerte
desgraciada; se convertirá si es pecador, perseverará en la gracia si es
justo: y en todo caso será admitido a la vida eterna.
7ª Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los auxilios de
la Iglesia.
8ª Quiero que todos los que rezan mi Rosario tengan en vida y en la
muerte la luz y la plenitud de la gracia y sean partícipes de los méritos
de los bienaventurados.
9ª Yo libro muy pronto del purgatorio a las almas devotas del Rosario.
10ª Los hijos verdaderos de mi Rosario gozarán en el cielo de una
gloria singular.
11ª Todo cuanto se pidiere por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
12ª Socorreré en todas sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
13ª He impetrado de mi Hijo que todos los cofrades del Rosario tengan
en vida y en la muerte como hermanos a todos los bienaventurados de
la corte celestial.
14ª Los que rezan mi Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos
de mi unigénito Jesús.
15ª La devoción al santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación
a la gloria. (Beato Alano)

martes, 27 de mayo de 2008

Productividad no es igual a fecundidad


-¿Piensa que falta conciencia de la presencia de María en el mundo universitario e intelectual?
--Burggraf: María nos recuerda una verdad básica: "El amor siempre hace una carrera hacia abajo".
En una parábola famosa del Evangelio, un fariseo da gracias a Dios por ser mejor que los demás hombres, y Jesucristo desaprueba claramente esta actitud. Pero si, en el caso contrario, el fariseo hubiera pensado que era peor que los demás, tampoco hubiera sido humilde.
Una persona humilde no se compara con nadie. No mira ni a sí misma ni a los otros hombres, como el publicano en aquella parábola. Sólo busca a Dios, y se siente responsable ante Él, porque sabe que Dios le mira con cariño y confianza.
Un cristiano que trata de tener una presencia viva de María, no intenta compararse con los demás -ni comparar a los otros entre sí-. No es nunca un "rival", un "competidor". Contribuye a que el ambiente a su alrededor sea natural y amable, y se alegra del bien y de los logros de los demás.
Una persona unida a Dios y a María, obtiene una libertad mayor que la que tienen los pájaros del cielo. Está por encima de tantas pequeñeces que pueden frenar nuestros pasos.
No quiere dejarse cautivar ni por la comodidad de los bienes materiales, ni por el brillo de la fama o de una máscara, ni por los resultados de su propio trabajo.
Quiere ser generosa y compartir sus bienes con los demás: por supuesto el pan, pero también el vino, también el tiempo y las ideas, también los proyectos profesionales y todas las oportunidades que le brinda la vida.
Quizá pueda parecer, a veces, un poco ingenua y hacerse objeto de burlas o sonrisas compasivas. Puede incluso tener ciertas desventajas profesionales en un ambiente en el que cuentan sólo la imagen y el progreso, el subir en la escala social. Pero sabe que el éxito no es una categoría de Dios.
María nos enseña que todo lo aparentemente grande, poderoso y triunfal no es más que una mota de polvo, si no es purificado por el amor. Mirar hacia ella, la Madre, es importante en nuestra época de activismo.
Cristo, ciertamente, pide a sus discípulos que den frutos. Pero esta exhortación debe comprenderse en el contexto evangélico, y no según las claves de interpretación que se utilizan en las sociedades de rendimiento. La fecundidad es algo muy distinto que la productividad. Una persona puede producir mucho, obtener resultados y méritos incontables por su trabajo, y no ser verdaderamente fértil. Otra, en cambio, puede no rendir nada ante los ojos del mundo, y tener una gran fecundidad.
Cristo pide frutos que permanezcan. Podemos estar completamente seguros de que, lo que permanece para siempre, no será nuestro dinero, ni el aplauso, ni el éxito. Lo único que contará al final de nuestra vida, será el amor que hemos ofrecido y recibido. No tendremos nada más.

lunes, 26 de mayo de 2008

La verdadera sabiduría


-En el mundo académico se invoca a María como sede de la sabiduría.

- Jutta Burggraf (teóloga): Según la gran Tradición de la Iglesia, la redención comienza en la cabeza. Empieza conociendo la verdad, que nunca es sólo teoría. San Agustín habla de una reciprocidad entre "ciencia" y "tristeza": el simple saber -dice- produce tristeza. Y, en efecto -sigue diciendo el Papa Benedicto XVI-, "quien sólo ve y percibe todo lo que sucede en el mundo, acaba por entristecerse. Pero la verdad significa algo más que el saber: el conocimiento de la verdad tiene como finalidad el conocimiento del bien... La verdad nos hace buenos, y la bondad es verdadera".
La sabiduría expresa una visión integral del hombre y del mundo. Hace referencia no sólo a la ciencia, sino también a madurez y belleza interiores. T. S. Eliot habla de "la sabiduría de la humildad". Todas estas dimensiones están realizadas con abundancia en María.
La belleza más profunda es, ciertamente, la belleza de la santidad. Una buena mujer que cuidaba a su madre día y noche en un hospital, dijo hace algún tiempo: "Cuando me encontré temprano por la mañana en la cafetería del hospital y miré a mi alrededor, vi a gente pálida, con ojeras que, evidentemente, habían estado pendientes de sus seres queridos durante la noche. Y pensé: ‘Esta es la verdadera belleza: la belleza de la entrega'".

domingo, 25 de mayo de 2008

María ayuda a perdonar "siempre y sin condiciones"



PAMPLONA viernes, 23 mayo 2008 (ZENIT.org).- María es modelo de perdón porque "nos enseña a perdonar de todo corazón, incondicionalmente, como una madre, no como una educadora", explica la teóloga Jutta Burggraf.

Laica y alemana de origen, profesora de teología en la Universidad de Navarra, Burggraf en esta entrevista concedida a Zenit, al acercarse a su conclusión el mes de la Virgen María, presenta las lecciones de candente actualidad que deja la Madre de Dios.

-¿Cuál es la actitud de Santa María que le parece más importante imitar en nuestros días?

-Burggraf: Perdonar siempre y sin condiciones. Hay muchas personas heridas en nuestras sociedades, personas que no pueden vivir en paz con sus recuerdos. Así, se crea una especie de malestar y de insatisfacción generales. Perdonar no es fácil, pero es posible con la ayuda de Dios. Es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador, tanto para el otro como para mí. Significa optar por la vida y actuar con creatividad.
Nuestra Madre nos ha dado un ejemplo espléndido bajo la Cruz. Cuando oyó las palabras de Cristo: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen," comprendió lo que Dios esperaba también de ella, e hizo lo mismo que su Hijo: perdonó.
A este respecto, recuerdo lo que cuenta una amiga sobre su infancia. Solía tener ataques de rabia: cuando algo iba contra su voluntad, se ponía, con cara roja, a gritar y a golpear con manos y pies. Después de algún tiempo, se daba cuenta del comportamiento poco correcto. Corría llorando a su madre y le pedía perdón. La madre la sentaba en su regaza y, abrazándola, la consolaba con las palabras: "Ya está bien. Tú no eres así. En realidad, eres mucho mejor". De este modo, desde pequeña, ella experimentaba la "fiesta del perdón" y volvía feliz a jugar con sus amigos. Después de cada perdón, la vida empezaba de nuevo para ella... Pero la madre murió, y una educadora cristiana la sustituyó. Pasado algún tiempo, se repitió la escena conocida. La niña se puso furiosa, gritó y golpeó. Después de su ataque de rabia, corrió, como de costumbre, hacia la educadora y pidió perdón. Pero esta vez todo fue distinto: la educadora no le abrazó, ni le besó, ni le consoló. Aceptó el perdón con una cara seria y con varias amonestaciones. "Entonces comprendí que ya no tenía madre", comenta mi amiga.
La Virgen nos enseña a perdonar de todo corazón, incondicionalmente, como una madre, no como una educadora.

sábado, 3 de mayo de 2008

El video más visto en España

Hoy es un día simpático. Porque celebro mi santo. Porque he ido al Carrefour a por unas carpetas que necesitaba y allí he conocido a una persona muy amable que me ha ayudado con los paquetes (¡gracias Santi!). Y porque ahora llego a casa y me encuentro un mensaje de un amigo que dice lo siguiente: Es el video más visto en España
http://www.youtube.com/watch?v=YxjjyXhO9EA

Espero que te guste, además he visto en el video a un amigo que hacía años que no veía. Es una buena manera de comenzar el mes de la Virgen.