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miércoles, 17 de diciembre de 2008

Soñad y os quedaréis cortos


Miguel Aranguren
ALBA

Y el sueño se hizo realidad

La historia de la Iglesia no se escribe de hoy para mañana. Han sido precisos veinte siglos para llegar hasta donde estamos. Incluso, si me permiten el atrevimiento, han sido necesarios los herejes y apóstatas para afianzar el depósito de la fe, para que usted y yo, querido lector, caminemos tranquilamente por el mundo con la seguridad de que todo lo que hacemos colabora en el misterio de la salvación.

Por eso, sorprende la forma con la que el Espíritu Santo se ha adaptado a los nuevos tiempos. Lo que antaño exigía siglos hasta lograr su establecimiento y expansión (basta un análisis somero sobre la acción de las órdenes mendicantes a lo largo del medioevo), ahora parece coser y cantar. San Josemaría, que fue un sacerdote con dones proféticos, animaba a los primeros jóvenes que se acercaban al Opus Dei a soñar. Si trato de ponerme en el pellejo de aquellos muchachos, mis sueños de expansión apostólica hubiesen saltado de Madrid a Guadalajara, por ejemplo, o a Tordesillas en el caso de hacer un esfuerzo de audacia. Pero san Josemaría fue testigo en vida de que era voluntad de Dios una difusión rápida y universal de la Obra, tal y como aquellos jóvenes y otros que se les unieron comenzaron a poner en práctica en Valencia, Barcelona, Valladolid…, Japón, Australia, Chile o México. Si consideramos que el Opus Dei fomenta una vivencia radical del Evangelio en medio de las situaciones cotidianas, la expansión resulta todavía más increíble. Porque otra cosa sería si habláramos de una industria de refrescos o de automóviles. No. Hablamos de cientos de miles de hombres y mujeres que aspiran a un grado heroico de santidad en un mundo al que no le ilusiona, precisamente, el mensaje exigente y misericordioso de Cristo.

La fortuna me permitió conocer a algunos de los primeros que llevaron la Obra a Kenia, el primer país del África negra en el que desembarcó el Opus Dei, al que algunas autoridades vaticanas calificaban con rechazo “adelantado a los ritmos de la Iglesia en, al menos, cien años”. Pero aquellos hombres tenían el empeño de abrir en Nairobi el primer colegio interracial del continente (Strathmore nunca hizo diferencias por el color de la piel o las creencias de sus alumnos), en un país en el que se mantenía el apartheid colonial. “Soñad y os quedaréis cortos”, evocaban los corazones de aquellos primeros al tiempo que hacían balance de los medios que habían llevado para dar comienzo a semejante reto: una cruz, una imagen de la Virgen y la bendición del fundador. Hoy, cincuenta años después, como en tantos otros rincones del planeta, el Opus Dei es una llamarada de luz que surca la sabana y el trópico africano.

jueves, 10 de julio de 2008

Benedicto XVI a los jóvenes


Fragmento del Mensaje del Papa para la XXIII Jornada Mundial de la Juventud en Sydney

3. Pentecostés, punto de partida de la misión de la Iglesia

La tarde del día de su resurrección, Jesús, apareciéndose a los discípulos, «sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”» (Jn 20, 22). El Espíritu Santo se posó sobre los Apóstoles con mayor fuerza aún el día de Pentecostés: «De repente un ruido del cielo –se lee en los Hechos de los Apóstoles–, como el de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (2, 2-3).

El Espíritu Santo renovó interiormente a los Apóstoles, revistiéndolos de una fuerza que los hizo audaces para anunciar sin miedo: «¡Cristo ha muerto y ha resucitado!». Libres de todo temor comenzaron a hablar con franqueza (cf. Hch 2, 29; 4, 13; 4, 29.31). De pescadores atemorizados se convirtieron en heraldos valientes del Evangelio. Tampoco sus enemigos lograron entender cómo hombres «sin instrucción ni cultura» (cf. Hch 4, 13) fueran capaces de demostrar tanto valor y de soportar las contrariedades, los sufrimientos y las persecuciones con alegría. Nada podía detenerlos. A los que intentaban reducirlos al silencio respondían: «Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído» (Hch 4, 20). Así nació la Iglesia, que desde el día de Pentecostés no ha dejado de extender la Buena Noticia «hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8).

4. (...) os invito a notar cómo el Espíritu Santo es el don más alto de Dios al hombre, el testimonio supremo por tanto de su amor por nosotros, un amor que se expresa concretamente como «sí a la vida» que Dios quiere para cada una de sus criaturas. Este «sí a la vida» tiene su forma plena en Jesús de Nazaret y en su victoria sobre el mal mediante la redención. A este respecto, nunca olvidemos que el Evangelio de Jesús, precisamente en virtud del Espíritu, no se reduce a una mera constatación, sino que quiere ser «Buena Noticia para los pobres, libertad para los oprimidos, vista para los ciegos...». Es lo que se manifestó con vigor el día de Pentecostés, convirtiéndose en gracia y en tarea de la Iglesia para con el mundo, su misión prioritaria.

Nosotros somos los frutos de esta misión de la Iglesia por obra del Espíritu Santo. Llevamos dentro de nosotros ese sello del amor del Padre en Jesucristo que es el Espíritu Santo. No lo olvidemos jamás, porque el Espíritu del Señor se acuerda siempre de cada uno y quiere, en particular mediante vosotros, jóvenes, suscitar en el mundo el viento y el fuego de un nuevo Pentecostés.

miércoles, 2 de julio de 2008

Allí estabas tú (XXI)


23. Respetos humanos

Un punto concreto que denota la falta de decisión para hacer lo que Dios quiere son los respetos humanos.

Volvamos al Evangelio. Los fariseos habían creado una opinión pública en contra de Jesús. Y los que ayer aclamaban a Jesús cuando entraba triunfal en Jerusalén, eran los mismos que piden hoy su cabeza. El ambiente se había enrarecido. Lo que ayer se veía como un bien, defenderlo hoy suponía aparecer como poco moderno, que diríamos hoy.

También hoy, desde ciertos sectores de la opinión pública y ciertas personas concretas presionan el ambiente para que los cristianos que quieran vivir conforme a su fe lo hagan, en todo caso, en privado; que no hagan apostolado, que no defiendan en público sus creencias porque, se dice, son chocantes y crean la polémica.

Y esto puede retraer al cristiano para vivir conforme a la Fe, es decir, vivir en la hipocresía.

El caso lo relata la misma Tatiana Góricheva, a quien le sucedió. Ella es una mujer rusa educada en el más puro ateísmo. Narra cómo encontró a Dios y lo que le costó mantenerse en la Fe ante la persecución que se desató en Rusia contra ella y otros universitarios por haberse hecho cristianos.

Después de diversos avatares pasó el telón de acero. Estando en Suiza, un día se apuntó en una excursión que había organizado la parroquia de un pueblo. Al frente de la expedición iba un hombre joven muy vinculado a la parroquia.

«En el curso de las dos jornadas que viajamos en el autobús, habló de todo lo imaginable: de aviones y de fútbol, de las elecciones y de la comida. Reía mucho y se esforzaba por alegrar a todos. Algo parecido a nuestros animadores de masas.

Más tarde, ya de regreso, le pregunté:

- ¿Por qué no ha hablado usted ni una sola vez de Dios?

Y él me respondió:

- Porque si empiezo a hablar de Dios, pierdo a mi gente y me quedo solo.

- Pero la soledad no es nunca un pecado.

Al decirle esto pensaba que no era verdad que fuese a quedarse solo. ¡Cómo me habían escuchado a mí los campesinos!, cuando les hablaba de nuestra Iglesia, de la Iglesia en general. Y cómo me habían rogado que les hablase más y más» (T. Góricheva, Hablar de Dios resulta peligroso).

Sabemos cómo está el ambiente, y nos vamos conociendo; sabemos que dentro de nosotros están latentes los virus de todas las enfermedades -de todos los vicios-, y si se ponen las circunstancias propicias, uno acaba acomodándose a lo que "el mundo" dice, siendo cómplice de sus desórdenes.

Algunas veces tendremos que hacernos violencia, saber decir que no al ambiente. Ser fuertes para hacer lo que sabemos que debemos hacer, aunque para eso hayamos de dar la cara.

Un cristiano tiene muchas veces que hacer apostolado; es decir, tiene que explicar a los demás por qué hace el bien y no hace el mal, y, además, habla a los demás de Dios.

Los respetos humanos son la vergüenza que el diablo nos pone para no hacer lo que debemos o hacer, lo que no debemos, por miedo a lo que van a pensar o van a decir los demás de nosotros.

Sentir esa vergüenza no es malo, sí lo es consentirla y no hacer lo que se debe.

Jesús dio la cara, y los Apóstoles también, una vez que recibieron el Espíritu Santo. A partir de ese momento no tenían miedo a nada ni a nadie. Quedaron fatal delante de los enemigos de Cristo, pero ellos sabían lo que hacían y no podían no hablar de lo que habían visto y ellos practicaban.

"Es que nos van a matar...".

Bueno, ¿y qué? Los Apóstoles fueron mártires, y ahora son santos.

jueves, 12 de junio de 2008

¿Qué llevas ahí dentro?


Por Arturo Guerra

Una ardilla asada o para asar

Un joven que trabajaba en una escuela aparecía todos los días por la puerta principal con una misteriosa caja de plástico entre sus manos. A juzgar por el gesto que hacía mientras la transportaba, no se trataba de una caja ligera. Tampoco era pequeña porque parecía capaz de contener cinco balones de fútbol. Al inicio, los chavales de la escuela sólo miraban un tanto intrigados aquella caja con señor. Pero como la escena se repetía día tras día, la curiosidad de algunos niños se desbordó y comenzaron las preguntas: “Oye, ¿qué llevas ahí dentro?”

En ocasiones, la operación transporte coincidía con la hora del recreo de los chavales. Entonces aquel joven tenía que ir con más cuidado. Acentuando el gesto, esquivaba magistralmente, a diestra y siniestra, chavales de todos los tamaños. Era entonces cuando, sobre todo los más pequeños, que corrían como almas en pena rumbo a su anhelada hora del patio, se detenían y le preguntaban. Él, sin alterar un ápice su gesto de esfuerzo prolongado, les decía que ahí dentro había una ardilla viva, y que la debía llevar a la cocina para que la asaran. El revuelo quedaba servido. Los niños se olvidaban de que tenían prisa por llegar al patio. “¡Ala!” –espetaba una niña de gafas, quedando boquiabierta al final de su frase. “¡A ver, enséñamela!” –pedía un chico. “¡Abre la caja!” –exigía amablemente el de más allá. “¿Por dónde respira?” –inquiría el listo de la clase. Otros pocos, mayores, los que no habían preguntado nada, miraban escépticos la caja, al señor y a los chavales, y seguían su camino. Cuando aquel señor, horas después, salía de la escuela con la misma caja, al ser interrogado, respondía que llevaba ya la ardilla asada.

El pobre portador de la caja, en medio de aquellos barullos, a duras penas les convencía de que le dejaran seguir su camino y de que la caja no podía abrirla porque, si lo hacía, la ardilla viva se escaparía, o la ardilla asada se enfriaría, según fuese el caso.

Quitando a los escépticos, los chicos, en cuestión de segundos, se compadecían del triste destino de aquella infeliz criatura. Una chica se preguntaba con amargura si no sería la misma ardilla que había visto el domingo pasado en un bosque al que le llevó su padre. Otros ponían a trabajar a marchas forzadas su imaginación para hacer posible el rescate de aquel animalejo que viajaba en caja contra su voluntad. Otros, que tenían madera de periodista, corrían a contar a gritos a sus amigos la espectacular noticia. Una primicia.

Como la fe cristiana

Sí, es la curiosidad innata del ser humano. Esa que algunos vamos perdiendo con el paso de los años. Pero es esa curiosidad al natural la que sigue explicando la fruición con la que abrimos un regalo insospechado o una carta inesperada. Aquellos chavales aguantaron muy pocos días sin lanzarse a descifrar el enigma de la caja misteriosa. El corazón humano busca siempre, así de sencillamente, los motivos de las cosas. La verdad y la belleza nos interpelan con toda su simplicidad a través de los actos, personas y cosas donde se reflejan. No necesitan ellas departamento de marketing.

Es la misma curiosidad la que en ocasiones nos interpela cuando observamos un comportamiento especialmente elocuente. En el caso del comportamiento auténticamente cristiano, lo que puede llamar la atención es ese caminar por el mundo, diario, sin aspavientos, con el tesoro de la fe en el corazón del caminante cristiano. Bastaría llevarlo siempre. A todos lados. No dejarlo nunca en casa. Sin presumirlo vanidosamente, pero sin esconderlo. Día tras día. Quizá al inicio nadie diga nada. Pero tarde o temprano, habrá gente que empezará a preguntarse en su interior: ¿de dónde le viene a éste su integridad, su alegría, su ímpetu, su sencillez? ¿Por qué se le ve tan seguro, tan coherente? ¿Por qué ayuda tan desinteresadamente a los demás? ¿Cómo es que sabe ser feliz en medio del sufrimiento? ¿Por qué vive sin complicaciones? ¿Por qué hace tal cosa si hoy en día nadie lo hace? En resumen, querrán decirle: “Oye, ¿qué llevas ahí dentro, en tu corazón?” Y entonces podrá responderles que lleva a Cristo, o que Cristo le lleva a él.

La pregunta clave

Es cierto, ante la respuesta, algunos mirarán escépticos y seguirán su camino. Pero otros se sentirán interpelados. Sentirán una chispa que Alguien ha encendido en sus corazones. Así ha funcionado la transmisión de la fe de generación en generación. Es la fuerza del testimonio. Ya lo cuchichearon intrigadas las primeras opiniones públicas al entrar en contacto con los cristianos: “Mirad cómo se aman”. Y cuando esto no es cuchicheado, preguntémonos si no será que estamos fallando en lo más esencial del cristianismo: el amor a Dios y al prójimo.

Y en cuanto a los escépticos del caso de la ardilla, se les podría invitar a visitar el horno de la cocina de aquella escuela en la que una ardilla, cada día, de lunes a viernes, es asada.

lunes, 12 de mayo de 2008

Horizontes

HORIZONTES

Juan Pablo II ha convocado con frecuencia a los católicos a una nueva evangelización, a esa renovada tarea misionera de la Iglesia de nuestro tiempo. Concretamente, después del Jubileo del año 2000, el Santo Padre nos ha recordado el mandato del Señor a los apóstoles: Duc in altum! ¡Mar adentro! Hacia nuevas metas, hacia nuevas aventuras apostólicas, para llevar a Cristo a todos los rincones del mundo y a todas las actividades y ambientes.

Una nueva cultura

Llevar a Cristo a todos los rincones implica, sin duda, el empeño por promover una nueva cultura, una legislación y una moda respetuosas con la dignidad del hombre. Se trata de una tarea positiva: una renovación, una regeneración, una mejora. No basta lamentarse de la cultura actual, de la moda imperante, de las leyes vigentes. No cabe limitarse a criticar las carencias del ambiente, ni añorar un pasado mejor. El apostolado no es tarea de nostálgicos, sino de rebeldes. Los cristianos anhelan con esperanza un futuro mejor. Por la fe, estamos convencidos de que el futuro pertenece a nuestra libertad y que, en gran parte, depende de nosotros. Y por experiencia humana sabemos que el porvenir se forja con pasión, con coraje y con la gracia de Dios. Existen muchos motivos para realizar la tarea apostólica con espíritu constructivo.

Amar el mundo apasionadamente es el título de una homilía de San Josemaría, que sintetiza un punto central de su ejemplo y de sus enseñanzas. Amaba el mundo apasionadamente: no el concepto de mundo, sino el mundo real en el que vivió: su cultura, sus tradiciones, sus expresiones artísticas. Solía decir a los casados: tienes que querer a tu marido, o a tu mujer, con sus defectos, siempre que no sean ofensa a Dios; si no, no es verdad que le quieres. Por analogía podríamos aplicar estas palabras también a otro contexto: amar el mundo con sus virtudes y con sus defectos, siempre que no sean ofensa a Dios. Este mundo que aprecia la libertad, desea la paz, ama el trabajo bien hecho, defiende los derechos humanos, valora la solidaridad, impulsa la tecnología y la ciencia, se preocupa por la ecología. Ciertamente no es un mundo ideal, porque proliferan no sólo defectos sino ofensas a Dios y al prójimo: el desprecio de la vida humana y de su dignidad, la violencia, el odio, la pobreza, la pornografía, la increencia, la corrupción. Problemas que, juntos, alzan oleadas oscuras que serán vencidas por la luz de Cristo.

Dios espera que de nuestras almas salga otra oleada —blanca y poderosa, como la diestra del Señor—, que anegue, con su pureza, la podredumbre de todo materialismo y neutralice la corrupción, que ha inundado el Orbe: a eso vienen —y a más— los hijos de Dios ( San Josemaría, Forja, n. 23). Esto no significa apartamiento, es más bien signo de compromiso con este mundo que el Señor nos ha entregado como heredad y del que nos sentimos responsables: éste es el mejor y único momento para nuestro apostolado.

Método

El fin es claro: poner a Cristo en la cumbre de estas actividades humanas que están necesitadas de dignificación. Pero, ¿y los medios? ¿Cómo pueden los cristianos lograr que se respete la dignidad de la persona en todos los ámbitos? ¿Cómo devolver a la castidad el lugar que merece en la jerarquía de valores de una sociedad tan materialista?

La prudencia consiste precisamente en arbitrar los medios adecuados para conseguir un fin. Y en este caso, además de tener claro el objetivo, es preciso acertar con el método. La realización de estudios interdisciplinares, por ejemplo, se muestra cada vez más necesaria: para evangelizar el mundo hay que reflexionar, conocer, pensar, proponer. Una movilización apostólica inteligente, basada en el estudio, capaz de incidir en la cultura y en los estilos de vida de modo práctico y operativo.

San Josemaría sintetizaba en Camino algunos rasgos propios de una mentalidad profundamente católica, capaz de alcanzar la altura histórica de las circunstancias sin empequeñecimientos ni frivolidades: Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características:

• amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica;

• afán recto y sano —nunca frivolidad— de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia...;

• una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos;

—y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida (San Josemaría, Surco, n. 428).

Actitud positiva ante la transformación de los estilos de vida. Actitud constructiva, para la que se necesitan cristianos que estén en condiciones de realizar investigaciones hondas en temas como la familia, los jóvenes, los ancianos, las enfermedades y epidemias, la televisión, el amor humano, la bioética. Para inducir tendencias nuevas hace falta formular propuestas innovadoras, que muevan a la acción y conformen las culturas. Enfoques atractivos en el arte, la moda, la publicidad, que convenzan y arrastren.

Algunos estudios profundos, investigaciones profesionales o ideas interesantes naufragan cuando no se dan a conocer del modo adecuado. No basta tener razón, es preciso hacerse entender. Cada campo de la actividad humana tiene sus reglas propias. Así sucede también con las opiniones, las tendencias y las modas. Hay que saber cómo funcionan los procesos de aceptación o rechazo de los argumentos en la opinión pública; cómo nacen, crecen y cambian las tendencias sociales; cuál es la dinámica de los movimientos ciudadanos en las sociedades democráticas y pluralistas; quién toma las decisiones que influyen en ámbito internacional y cómo lo hace; qué características tiene el lenguaje propio de las tribunas públicas. Estos son algunos de los elementos que componen el “don de lenguas”, y que son necesarios en las nuevas fronteras de la evangelización.

Coherencia

La transformación de las formas de vida presenta muchas facetas. A nadie se le oculta la trascendencia de la virtud de la santa pureza en este momento, precisamente por la agresividad de quienes se proponen erradicarla del vocabulario, de las convicciones y de las costumbres. Parte importante de la movilización apostólica consiste precisamente en mostrar que la castidad es posible, necesaria y atractiva, y que ayuda a edificar con armonía la propia existencia, el trato con Dios y las relaciones interpersonales. Hay que empezar por la propia casa: «Primero purificarse y luego purificar; dejarse instruir por la sabiduría y luego instruir; primero convertirse en luz y luego iluminar; primero acercarse a Dios y luego llevar a otros a Él; primero ser santos y luego santificar» (San Gregorio Nacianceno, Oración II, 71; cit. por Juan Pablo II en Exhort. apost. Pastores gregis, 16-X-2003, n. 12).

Empezar por la propia casa significa amar con obras todas las manifestaciones de la virtud de la castidad, pedir a Dios que —con su gracia y nuestra correspondencia— nos conceda un amor cada día más limpio, más generoso, más delicado. También a nivel personal, el esfuerzo de la voluntad ha de apoyarse sobre bases sólidas en la inteligencia, que den estabilidad a los afectos y una gran finura en la sensibilidad, para levantar el nivel más de lo que quizá pueda parecer necesario. Fruto de esas convicciones profundas es la resistencia activa ante las agresiones que por desgracia llegan a través de todo tipo de cauces, y presentan engañosamente la impureza como un fenómeno “normal”, casi “inevitable”, incluso “deseable”.

El modelo de esta virtud, y de todas, es Cristo. La forma de vestir, de hablar y de comportarse manifiesta la categoría humana y sobrenatural. Los cristianos expresamos en nuestro porte externo —cada uno a nuestro modo— la conciencia de la dignidad de hijos de Dios: ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo (San Josemaría, Camino, n. 2).

Las virtudes son un reflejo de la verdad, la bondad y la belleza de Dios. Hacer atractiva la virtud es procurar vivirla con delicadeza, sin esconderla ni “exhibirla”, con naturalidad. Así, muchos se sentirán atraídos por la humildad, la sencillez en el trato, la generosidad que acompañan a la pureza. Y comprenderán de ese modo, su profunda razón de ser.

Prestigio

Hoy más que nunca se cumple el diagnóstico que el Fundador de la Obra recoge en Camino: Antes, como los conocimientos humanos —la ciencia— eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa Fe. Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia. —Tú... no te puedes desentender de esta obligación(San Josemaría, Camino, n. 338).

Hacen falta científicos que sepan hacer la apología de la fe, cada uno en su campo, en todas las profesiones. El trabajo nos proporciona la ocasión y también el lenguaje para extender la Iglesia, el idioma en que podemos expresar la verdad de la fe de forma comprensible para nuestros colegas. Y el lenguaje es hoy un instrumento fundamental para el apostolado, porque nuestra sociedad está cada día más comunicada y —paradójicamente— cada vez más fragmentada.

Cada profesión tiene sus reglas, su historia, sus principios y paradigmas. Puede decirse que cada una tiene su verdad: hay que conocerla para estar en condiciones de poner a Cristo en su mismo corazón, y de ese modo, llevarla a su más alto nivel de excelencia, purificándola de los elementos negativos que el hombre o el ambiente hayan introducido con el tiempo. Santifiicar el mundo desde dentro es hacer brillar el esplendor de la verdad en cada profesión, como luz que atrae a los demás y les anima a trabajar con calidad, con caridad, por amor, para servir.

El prestigio es hoy la cátedra de la autoridad reconocida. Para mejorar el ambiente se necesitan profesionales cristianos que trabajen mucho y bien en los campos neurálgicos de la sociedad. Ésa es la misión de los laicos en la Iglesia. Trabajar cristianamente como escritores, empresarios, publicistas, políticos, artistas, creadores de moda, guionistas, maestros, profesores, investigadores. Tratar a muchos profesionales, con el apostolado de amistad y confidencia, el apostolado de la inteligencia. Y también con el apostolado de la responsabilidad, que nos recuerda que nos hemos de convertir personalmente y que hemos de transformar el mundo y llevarlo a Dios.

Servicio

Muchos errores doctrinales y no pocos desórdenes morales son respuestas equivocadas a problemas reales. Incluso algunos pecados contra la virtud de la castidad nacen del miedo, de la desconfianza en uno mismo, y tienen su origen en la huida o en la búsqueda de algo: personas que huyen de la soledad y de la tristeza, personas que buscan el afecto y la comprensión, y equivocan el camino. No se trata de justificar lo que no tiene justificación posible, sino de descubrir, incluso en el pecado, ese grito silencioso del hombre que no sabe que es hijo de Dios, que no se sabe querido, que no se sabe redimido.

• ¡Dios es mi Padre! —Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración.

• ¡Jesús es mi Amigo entrañable! (otro Mediterráneo), que me quiere con toda la divina locura de su Corazón.

• ¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino.

Piénsalo bien. —Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo (San Josemaría, Forja, n. 2).

El apostolado se resume en recordar esta profunda verdad. Más aún, cabe afirmar que el apostolado consiste en expresar esa verdad con obras, mostrando el amor de Dios a través de la caridad con los hombres. Quien trata a un cristiano, ha de percibir que el secreto de la felicidad es el amor, no el egoísmo; la fidelidad, no la frivolidad; el servicio, no el interés. Dios es, para todos los hombres, “médico, maestro, amigo”. Y los cristianos hemos de ser testigos vivos de ese amor.

Sin la caridad, afirma Juan Pablo II, «el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día» (Juan Pablo II, Litt. apost. Novo Millennio ineunte, 6-I-2001, n. 50). La caridad de las obras asegura una fuerza inigualable a la caridad de las palabras, dándoles relieve, profundidad y altura. La forma del amor de Dios permite elevar la comunicación humana al más alto grado de verdad.

Veritatem facientes in caritate (Ef 4, 15). La misión apostólica se resume en dejar que brille el esplendor de la verdad, unido al esplendor de la caridad, en todas las actividades nobles de los hombres, como luces que se encienden en su interior e iluminan el mundo.

Ciudadanos

En la carta dedicada al Año de la Eucaristía, Juan Pablo II invita a los cristianos a «dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta» (Juan Pablo II, Litt. apost. Mane nobiscum Domine, 7-X-2004, n. 26). La Eucaristía — centro y raíz de la vida cristiana— «es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura» (Ibid, n. 25).

Este misterio inefable de fe y de amor, que desafía la limitada inteligencia de los hombres, se proyecta desde la intimidad del alma hacia la sociedad entera. Poco después de su elección, en otro documento sobre la Eucaristía (Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae, dirigida a los Obispos, sobre el misterio y el culto de la Eucaristía, 24-II-1980), Juan Pablo II señalaba que «la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y corroborar el “sacrum” de la Eucaristía». Y añadía: «en nuestra sociedad pluralista, y a veces también deliberadamente secularizada, la fe viva de la comunidad cristiana —fe consciente incluso de los propios derechos con respecto a todos aquellos que no comparten la misma fe— garantiza a ese “sacrum” el derecho de ciudadanía» (Dominicae Cenae, n. 8).

La fe viva de los cristianos asegura el derecho de ciudadanía de la Eucaristía, y de todos los misterios de la fe: las catedrales son fruto del deseo de adorar a Dios; las universidades nacen del anhelo de conocer al Creador y al mundo creado por Él; los hospitales son expresión de misericordia. A través del arte, de la ciencia, o de tantas disciplinas humanas, en cuyo origen está el deseo universal de verdad, de bien y de belleza, los cristianos transforman la fe en cultura y la muestran como es: hermosa, amable y razonable; accesible a todos los hombres de buena voluntad.
No se trata solamente de una posibilidad, sino de una obligación para el cristiano, porque «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida» (Juan Pablo II, Decreto de creación del Pontificio Consejo para la Cultura, en L'Osservatore Romano, 6-VI-1982).

Desde dentro

Esta realidad, siempre presente en la historia de la Iglesia, adquiere acentos particulares desde la perspectiva de la secularidad. La expresión de la fe en la cultura constituye, por así decir, el punto de encuentro entre la fuerza de Dios y los anhelos de los hombres. Los conflictos y necesidades, que el mundo padece a causa del pecado, tienen su respuesta, consuelo y esperanza en las obras que nacen de la fe viva de la comunidad cristiana. Por eso, «el divorcio, que se constata en muchos, entre la fe que profesan y su vida cotidiana, debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestro tiempo. No se debe oponer por ello, sin razón, la actividad profesional y social, por una parte, y la vida religiosa, por otra» (Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et Spes, n. 43).

Si la fe se recluyera en el ámbito de la intimidad privada, y abandonara el ancho campo de las actividades humanas, la sociedad entera se vería privada de una fuente de libertad y de progreso, y se correría el riesgo de que la verdad revelada fuese invisible para los creyentes y para todos los hombres: la fe se volvería incomunicable. Formulando la misma idea de modo positivo, «la síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se configuren nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana» (Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 34).

Compete especialmente a los fieles laicos desarrollar esta tarea, lograr esta síntesis. Lejos de toda falsa neutralidad y de todo infundado complejo de inferioridad. Y lejos también de todo clericalismo, que llevaría, por una parte, a comprometer a la Jerarquía en cuestiones temporales, cayendo en un clericalismo diverso pero tan nefando como el de los siglos pasados; y, por otra, a aislar a los laicos, a los cristianos corrientes, del mundo en el que viven, para convertirlos en portavoces de decisiones o ideas concebidas fuera de ese mundo (San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 59). Desde dentro del mundo, desde dentro de las profesiones han de surgir las múltiples soluciones cristianas a los problemas sociales.

Compromiso

Promover «nuevos modos de vida más conformes con la dignidad humana» (Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 34), o fomentar una nueva cultura, son invitaciones a emprender con brío renovado el camino misionero de la Iglesia, una llamada a sentirnos responsables del mundo en que vivimos, un estímulo a comprometernos. Comprometidos: palabra que gustaba mucho a san Josemaría, y que sintetiza un conjunto de convicciones y actitudes, como la mentalidad laical, el sentido positivo, la responsabilidad y la esperanza.

Fruto de ese compromiso han nacido iniciativas variadísmias de apostolado: instituciones educativas, asistenciales, de servicio, consecuencias del deseo de contribuir a resolver las necesidades de su propio entorno. A las personas que sacaban adelante una de esas labores de apostolado se dirigía el Fundador de la Obra con estas palabras: Vosotros sois parte de un pueblo que sabe que está comprometido en el progreso de la sociedad a la que pertenece. Y continuaba: Al prestar vuestra cooperación sois claro testimonio de una recta conciencia ciudadana, preocupada del bien común temporal: atestiguáis que una Universidad puede nacer de las energías de un pueblo y ser sostenida por el pueblo (San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 120).

La participación activa en la sociedad en la que vive es consecuencia de la vocación divina del cristiano corriente, que no puede desentenderse de los problemas de sus semejantes, ni dar la espalda a las necesidades de su ambiente. Participar en la sociedad como ciudadanos libres y responsables, sin dejaciones. San Josemaría empleaba para una ocasión concreta algunas expresiones que describen aspectos esenciales de la mentalidad laical: una llamada a que ejerzáis —¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia— vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos —en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional— asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde. Y esta cristiana mentalidad laical os permitirá huir de toda intolerancia, de todo fanatismo —lo diré en positivo— os hará convivir en paz con todos vuestros conciudadanos, y fomentar también la convivencia en los diversos órdenes de la vida social (Idem, n. 117).

La presencia de los católicos en la vida pública está tan alejada del fanatismo como del relativismo. En su reciente carta Mane nobiscum Domine, Juan Pablo II recuerda que «la “cultura de la Eucaristía” promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia. (...) Quien aprende a decir “gracias” como lo hizo Cristo en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un torturador» (Juan Pablo II, Litt. apost. Mane nobiscum Domine, 7-X-2004, n. 26). Ese espíritu de diálogo es el camino para lograr la libre adhesión a Jesucristo por parte de las personas que nos rodean.

Operatividad

Las necesidades de las personas y de los pueblos no son idénticas en todos los lugares y en todas las épocas. En consecuencia, la acción social de los cristianos cambia también, adecuándose al contexto. Son esclarecedoras estas palabras del Papa: «La Europa a la que estamos enviados ha padecido tales y tantas transformaciones culturales, políticas, sociales y económicas, que plantea el problema de la evangelización en términos totalmente nuevos. Podemos también decir que Europa, como se ha configurado después de las complejas vicisitudes del último siglo, ha lanzado al cristianismo y a la Iglesia el reto más radical que la historia haya conocido, pero también presenta hoy nuevas y creativas posibilidades de anuncio y de encarnación del Evangelio» (Juan Pablo II, Discurso al Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas, 11 de octubre de 1985). En los cinco continentes se observan circunstancias similares: transformaciones profundas que son otros tantos desafíos para la encarnación de la fe. Los nuevos retos reclaman medios nuevos, fruto de la confianza en Dios, del celo apostólico y de la creatividad de los cristianos.

No resulta arriesgado afirmar que parte del “reto más radical para la Iglesia” consiste precisamente en llevar a Cristo a esos ambientes —la moda, la música, el cine, la comunicación, por citar algunos—, que no sólo aparecen con frecuencia como más alejados de Dios en la práctica, sino que algunos intentan presentar como ajenos a Dios por principio. Es misión de los cristianos que viven en medio del mundo demostrar que todos los trabajos honrados son camino de santidad, que todos se pueden realizar de acuerdo con la dignidad de la persona. Y su mejor argumento será la “fe viva”, la fe encarnada en obras: realidades que expresen —como las catedrales, las universidades, los hospitales— que el hombre alcanza su plenitud precisamente cuando respeta la ley natural —que es norma para la conducta y luz para la inteligencia—, cuando reconoce la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. La fe viva de los cristianos lleva a descubrir nuevos caminos para el arte, nuevas aventuras para el conocimiento, nueva «fantasía de la caridad» (Juan Pablo II, Litt. apost. Novo Millennio ineunte, 6-I-2001, n. 50).

El campo es amplísimo, porque hoy el arte se expresa también en la fotografía, en la moda y en el cine; la caridad en la lucha por la paz, los derechos humanos y el desarrollo; la ciencia en las redes internacionales de investigación especializada. Las necesidades son muchas, en el terreno de la justicia y de la libertad. Pero quizá se percibe de modo particularmente agudo la urgencia de una profunda labor cultural de los cristianos en defensa de la verdad: la verdad natural sobre la vida, el matrimonio, la castidad, la religión. Ésa es indudablemente una de las grandes prioridades apostólicas de nuestro tiempo: que los cristianos sepamos transformar nuestra fe en cultura, precisamente en esos campos, mediante la intervención en la política, la participación en organismos internacionales, los movimientos ciudadanos, las asociaciones de familias, las agrupaciones empresariales y los sindicatos, la investigación científica, tecnológica y sociológica. Allí donde se someten a discusión las cuestiones fundamentales, allí han de estar presentes los cristianos, como ciudadanos comprometidos, promoviendo activamente culturas compatibles con la dignidad del hombre.

Estilo

Las iniciativas que pueden responder a todas estas necesidades deben ser muy diferentes, porque dependen de las circunstancias del ambiente, de los deseos de los promotores y de otras mil variables. Proponemos, sin embargo, unas características comunes que responden a los retos expuestos hasta ahora; a modo de denominador común, el estilo propuesto no genera uniformidad sino que, al contrario, es garantía de pluralismo.

Nos atrevemos a sintetizar algunas notas que no deben faltar: serán iniciativas apostólicas por su finalidad y porque faciliten la formación personal, las relaciones de amistad, el acercamiento a Dios y a la Iglesia. Profesionales: realizadas con la ilusión de trabajar bien, independientemente del tipo de actividad que desarrollen; profesionalidad capaz de atraer también a quienes no tienen fe. Con clara identidad cristiana, capaz de empapar en las relaciones sociales, o manifestarse en el tono humano que corresponde a la dignidad de hijos de Dios. Abiertas: respetuosas de la libertad de personas de todas las religiones, clases sociales y tendencias políticas. Positivas: con la intención de sembrar el bien, fomentar el progreso, sin limitarse a la protesta ni al lamento. Capaces de unir en su área de actividad, de servir de puente entre instituciones similares, públicas o privadas, buscando lo que suma, lo que agrega, esforzándose por superar las divisiones. Abiertas al diálogo, al intercambio sereno de pareceres, al respeto de los puntos de vista.

Estos rasgos de identidad pueden inspirar las empresas apostólicas que nacerán como respuesta a los “nuevos retos para la Iglesia”: las iniciativas que cada uno puede promover en su propio ambiente, por su cuenta; los proyectos que pueden surgir de la suma de los esfuerzos de muchos colegas y amigos que comparten los mismos ideales. Conocemos a muchas personas que están luchando de forma admirable por un mundo mejor: esas personas merecen oración, aliento y, cuando sea posible, también ayuda.

Optimismo

Duc in altum! ¡Mar adentro! Cada generación de cristianos tiene una misión particular. La generación de los que hemos participado en el Jubileo hemos recibido la responsabilidad de llevar a Cristo a los ambientes más necesitados de su luz en nuestros días. Aunque es muy claro, importa recordar que ésta es una tarea que excede por completo las fuerzas humanas.

La llamada a la evangelización constituye siempre una llamada a la conversión. La Iglesia no es portadora de un proyecto político, ni de una propuesta cultural. Su misión no es organizar el mundo, sino hacer presente entre los hombres la Redención que nos ha alcanzado Jesucristo con su Pasión y su Resurrección. El apostolado es el desbordarse de la vida interior, las obras son la expresión de la fe y de la caridad, las iniciativas apostólicas han de estar siempre ancladas en la tierra firme del amor personal a Jesucristo. Especialmente cuando los desafíos son más difíciles, cuando el reto supera más claramente las fuerzas humanas, entonces se hace más necesario aún mantener la mirada fija en el Señor, vivir de la Eucaristía.

Ningún fruto procede de la mera planificación de recursos: sólo Dios, Señor de la historia, convierte los corazones. El Santo Padre lo ha recordado, precisamente en la carta apostólica que escribió al comienzo del nuevo milenio, al que calificó como una nueva etapa para la Iglesia (Cfr. Juan Pablo II, Litt. apost Novo Millennio ineunte, 6-I-2001, n. 1). Allí subraya «un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia. Hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, no podemos hacer nada» (Idem, n. 38). Por eso importa tanto poner todos los medios humanos y todos los medios sobrenaturales. Sembramos sabiendo que Dios pondrá el incremento. Ésa es precisamente la razón más profunda de nuestro optimismo.

viernes, 2 de mayo de 2008

Basta una cebolla

¿Conocen ustedes la fábula rusa de la cebolla?
Cuentan los viejos cronicones ortodoxos que un día se murió una mujer que no había hecho en toda su vida otra cosa que odiar a cuantos la rodeaban. Y que su pobre ángel de la guarda estaba consternado porque los demonios, sin esperar siquiera al juicio final, la habían arrojado a un lago de fuego en el que esperaban todas aquellas almas que estaban como predestinadas al infierno. ¿Cómo salvar a su protegida? ¿Qué argumentos presentar en el juicio que inclinasen la balanza hacia la salvación? El ángel buscaba y rebuscaba en la vida de su protegida y no encontraba nada que llevar a su argumentación. Hasta que, por fin, rebuscando y rebuscando se acordó de que un día había dado una cebolla a un pobre. Y así se lo dijo a Dios, cuando empezaba el juicio.
Y Dios le dijo: "Muy bien, busca esa cebolla, dile que se agarre a ella y, si así sale del lago, será salvada."
Voló precipitadamente el ángel, tendió a la mujer la vieja cebolla y ella se agarró a la planta con todas sus fuerzas. Y comenzó a salir a flote. Tiraba el ángel con toda delicadeza, no fuera su rabo a romperse. Y la mujer salía, salía.
Pero fue entonces cuando otras almas, que también yacían en el lago, lo vieron. Y se agarraron a la mujer, a sus faldas, a sus piernas y brazos, y todas las almas salían, salían. Pero a esta mujer, que nunca había sabido amar, comenzó a entrarle miedo, pensó que la cebolla no resistiría tanto peso y comenzó a patalear para liberarse de aquella carga inoportuna. Y, en sus esfuerzos, la cebolla se rompió. Y la mujer fue condenada.
Sí, basta una cebolla para salvar al mundo entero. Siempre que no la rompamos pataleando para salvarnos nosotros solitos. (José Luis Martín Descalzo, "Razones para vivir").