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lunes, 26 de octubre de 2009

Más voces críticas




El último experto que ha dado la razón al Papa y ha sido silenciado por la mayor parte de medios españoles es René Ecochard, profesor de medicina, epidemiólogo y jefe del servicio de bioestadística del Centro Hospitalario Universitario de Lyon :"Las palabras de Benedicto XVI sobre el preservativo son simplemente realistas", ha declarado.

sinsida.com

Todos contra el Papa

Ecochard denuncia que esta cuestión "es prisionera de la ideología". Y añade: "Todos los epidemiólogos coinciden hoy en afirmar que las campañas de difusión de preservativos no funcionan en los países donde la proporción de personas afectadas es muy elevada".


Según el experto, "más del 60% de los científicos están a favor de las campañas ABC" (promover la abstinencia, la fidelidad y el preservativo, por este orden). Y el único país africano que ha logrado frenar el contagio de la enfermedad es Uganda, que ha realizado una amplia campaña de este tipo.

El máximo experto el sida de Harvard, Edward Green, también dio la razón al Papa en marzo: "Hay una relación entre una mayor disponibilidad de preservativos y una mayor tasa de contagios de sida".

Como se recordará, el Papa viajó a África en marzo, y ante la pregunta de un periodista en el avión dijo: "No se puede solucionar el flagelo del sida sólo distribuyendo profilácticos; al contrario, existe el riesgo de aumentar el problema". Y añadió: "La solución puede encontrarse sólo en un doble empeño: el primero, una humanización de la sexualidad, es decir, una renovación espiritual y humana que traiga consigo una nueva forma de comportarse uno con el otro; y segundo, una verdadera amistad también y sobre todo hacia las personas que sufren, la disponibilidad incluso con sacrificios, con renuncias personales, a estar con los que sufren".

Inmediatamente, se desató un enorme revuelo mediático, que eclipsó todo el viaje papal y el mensaje de esperanza que Benedicto XVI llevó al continente africano. Incluso en el terreno político internacional se desencadenó una surrealista campaña –Bélgica, Parlamento Europeo, España– para "reprobar" al Papa en el Parlamento.

martes, 8 de septiembre de 2009

¡Fiestas, sí; “pan y circo”, no!


































Por monseñor José Ignacio Munilla, obispo de Palencia


No tengo nada en contra de las fiestas... Es más, le doy gracias a Dios porque hayamos podido celebrar las fiestas patronales palentinas, recién concluidas, en buena armonía, alegría y paz. Es obvio que el equilibrio personal y las buenas relaciones sociales, necesitan del disfrute justo de la faceta lúdica de la vida, y que no todo van a ser debates sobre problemas acuciantes y temas trascendentes...

Sin embargo, hecha esta matización, me permito recordar cómo el Imperio Romano sometía a sus súbditos, con la conocida estrategia del "pan y circo", de forma que la táctica de contentar a los ciudadanos romanos con un calendario en el que los días festivos igualaban a los laborables, resultaba ser más eficaz para evitar las sublevaciones, que las mismas medidas represivas de las legiones del César...

Los espectáculos llenos de violencia en el circo, la promiscuidad sexual en las termas romanas, los interminables banquetes en los que se usaba del "vomitorium" para poder seguir comiendo y bebiendo después de haber "desalojado", resultaron ser el camino más sencillo y eficaz para conseguir que la ciudadanía perdiese toda capacidad crítica y se "abandonase" a la clase dirigente, renunciando a ejercer su derecho-deber de presencia en la vida pública.

Dos milenios después, las cosas no han cambiado tanto... Algunos han llegado a afirmar que uno de los motivos de la caída de las dictaduras comunistas del otro lado del Telón de Acero, fue precisamente su falta de inversión en la estrategia "pan y circo". El capitalismo occidental, por su parte, se ha caracterizado precisamente por lo contrario: el ocio desenfrenado del fin de semana se ha convertido en el icono de la juventud; el consumo de alcohol y de drogas se confunde con la diversión; la música se ofrece como un "mundo alternativo", capaz de aislar a sus adictos de la vida real...

Recuerdo haber escuchado a quien fuera Cardenal de París, Monseñor Lustiger (converso del judaísmo), la siguiente expresión: "Una buena parte de la población acampa fuera de la ciudad". En efecto, hoy es perfectamente posible que un ciudadano viva aislado de la "urbe" o de la "polis", inmerso en la "burbuja" de su cadena musical -en la que ni tan siquiera escucha las noticias-, visionando una y otra vez partidos de fútbol o películas, enganchado a los "realitys" de la telebasura, y totalmente ajeno a los grandes retos y debates de la sociedad.

Mientras tanto... ¡mientras que nosotros estamos de fiesta!, pasan inadvertidas infinidad de noticias que nos deberían abrir los ojos a la estrategia de la que estamos siendo objeto... Noticias muy graves, no pocas veces, que no llegan a ocupar ni el más mínimo espacio en las páginas de los periódicos, y, menos aún, en los espacios televisivos... La estrategia del "pan y circo" tiene una gran capacidad de adormecernos, hasta el punto de sumirnos en la ignorancia y en la insensibilidad.

Señalo un ejemplo que me ha impulsado a escribir estas líneas: El pasado 27 de agosto, la ONU dio a conocer oficialmente la "Guía de Educación Sexual para el Empoderamiento de los Jóvenes", que tiene el subtítulo de "Directrices Internacionales para la Educación Sexual". El documento está elaborado por la UNESCO, con el asesoramiento, entre otros organismos, de la UNICEF, la OMS y el Fondo para la Población de las Naciones Unidas (FNUAP-UNFPA).

En cuanto a los contenidos del documento, existen aspectos perfectamente asumibles desde una ética natural, e incluso desde una antropología cristiana; pero, desgraciadamente, se entremezclan en él indicaciones sobre la iniciación a la masturbación a partir de los cinco años, así como, la mentalización en "los roles de género y en los estereotipos de género", es decir, se introduce desde la más tierna infancia en la enseñanza la ideología de género abogada por el homosexualismo y el pansexualismo. Para los jóvenes, a partir de quince años, se propugna explícitamente la promoción del "derecho al acceso al aborto seguro".

El mero título de "Directrices Internacionales para la Educación Sexual", nos hace caer en la cuenta de que mientras que en occidente -¡el "nuevo Imperio Romano"!- vivimos en una permanente fiesta, está en marcha todo un plan estratégico, perfectamente diseñado, para cambiar los valores de nuestra civilización. Como alguien afirmaba con una gráfica expresión: "¡Están cambiando el agua de la pecera sin que se enteren los peces!".

Por ello, aún a riesgo de ser percibido por algunos como un aguafiestas, me atrevo a insistir: ¡Fiestas, sí; "pan y circo", no! Y es que... la auténtica fiesta no es una evasión de la realidad, sino todo lo contrario, es la capacidad de mirar la existencia con esperanza. Lo difícil no es organizar una fiesta, sino encontrar quien sea capaz de vivirla con verdadera alegría.

viernes, 1 de mayo de 2009

El sida, en África como en Washington. Y lo que el Papa dijo en África.


Ignacio Aréchaga
La Gaceta

La más alta de Estados Unidos

Hay un tipo de periodista occidental que cuando va en el avión del Papa a África ya tiene una pregunta preparada, que a su juicio resume todo el viaje: ¿Por qué la Iglesia no bendice el preservativo para luchar contra el sida que causa tantas muertes en África? Si el Papa da una respuesta con matices, en la que hace ver que la prevención del sida exige cambios de conducta más profundos sin los cuales el mero uso del preservativo no mejorará la situación, este periodista sólo retendrá una idea: la Iglesia rechaza el preservativo para combatir el sida, y a partir de ahí ejercerá su derecho a escandalizarse en titulares.

La escena ha vuelto a repetirse en el viaje de Benedicto XVI a Camerún y Angola. Lo que el Papa dijo es que “no se puede resolver este flagelo simplemente con la distribución de preservativos; al contrario, existe el riesgo de aumentar el problema. La solución sólo se logrará actuando en dos frentes. El primero es una humanización de la sexualidad. En segundo lugar, una verdadera amistad, sobre todo con las personas enfermas. Estos son los factores que ayudan a progresos visibles”. Y señaló cómo la Iglesia católica está absolutamente presente en esta lucha contra el sida, con su servicio a los enfermos. Para los críticos de esta postura, todo lo que no sea distribuir condones es “irrealista y poco eficaz”. Pero no da la impresión de que sean condones lo que más escasee en África.

Tampoco en Washington los preservativos han sido la panacea para la prevención del sida. Según un informe, un 3% de los habitantes está infectado por el VIH, lo que supone haber sobrepasado el umbral del 1% que define una “generalizada y severa” epidemia. “Nuestra tasa es superior a la de África Occidental”, ha dicho Shannon L. Hader, directora del programa sobre el sida en el distrito. Washington D.C. tiene la tasa más alta de infección de EEUU.

Es el mismo problema

Tampoco en Washington el problema parece ser el acceso a los preservativos. De hecho, hay un programa de distribución gratis de condones, que el año pasado proporcionó 1,5 millones de unidades. Según el informe, el sexo entre homosexuales sigue siendo la principal fuente de contagio. Según otro estudio sobre las relaciones heterosexuales en el distrito hecho por la Escuela de Medicina de la George Washington University entre 750 participantes, casi la mitad de los encuestados reconocen haber tenido varias parejas sexuales simultáneas en los últimos doce meses. Tampoco queda lejos el contagio por drogas intravenosas.

Cabe pensar que sería muy sano en Washington lograr esa “humanización de la sexualidad”, que propugna Benedicto XVI. La situación de Washington indica también que la lucha contra el sida va muy unida a la lucha contra la pobreza. Entre los encuestados el 60% dice ganar menos de 10.000 dólares anuales, un porcentaje similar no ha estado nunca casado y un 43% están desempleados. Son situaciones que, como en África, no se arreglan con preservativos.

Cuando el único cambio que se propugna es el uso de preservativos, puede ser la excusa para soslayar los cambios de conducta que exige una vida sana. Es un criterio que sirve tanto para África como para Washington.

Lo que no se entiende es por qué le preguntan al Papa por el sida cuando viaja a África y no cuando va a EEUU.

miércoles, 22 de abril de 2009

Arantza Quiroga


Juan Manuel de Prada
ABC

Por ser libre

LOS voceros del Mátrix progre han reaccionado como la niña del exorcista ante unas declaraciones de la nueva presidenta del parlamento vasco, Arantza Quiroga, en las que se atreve a formular sin ambages su defensa de la vida desde la concepción y su acuerdo con las declaraciones recientes del Papa que solicitaban una humanización de la sexualidad. Pero la frase de Arantza Quiroga que más pataletas ha causado en el Mátrix progre es aquella en la que, sin juzgar lo que cada quisque haga con su vida, afirma: «Yo nunca usaría el preservativo». Lo cual, considerando que Arantza Quiroga es una mujer casada, significa algo tan simple como que aboga por la fidelidad conyugal; pero algo tan simple como abogar por la fidelidad conyugal constituye, por lo que se ve, un pecado gravísimo en el Mátrix progre, que se ha apresurado a calificar a Arantza Quiroga de ultraconservadora, ultracatólica y no sé cuántas soplapolleces más.

Arantza Quiroga reclama que se respete su opción de vida, como ella respeta otras formas de vida, sin que se la moteje de friqui. Arantza Quiroga encarna una opción de vida que, en efecto, el Mátrix progre escarnece y denigra incansablemente, señalando a las personas que la practican como peligrosos subversivos. ¿Y por qué lo hace, si a fin de cuentas esa opción de vida constituye una elección personal que no anhela imponerse sobre otras? Por una sencilla razón: el Mátrix progre persigue la virtud, pues sabe bien que la virtud es una formidable coraza contra su dominio; pero a la vez que la persigue la envidia, porque, en su fuero íntimo, las personas sin valores codician los valores que no alcanzan, como la zorra de la fábula codicia el racimo de uvas. Pero como esos valores le resultan inalcanzables, el Mátrix progre empieza por desdeñarlos rencorosamente, como hace la zorra de la fábula, convenciéndose de que las uvas están agraces. Más tarde, el Mátrix progre odia esos valores, los odia con minuciosidad y encono, y finalmente trata de invertirlos, retratando caricaturescamente a las personas virtuosas como seres repelentes o hipócritas.

El atractivo de la inmundicia

Una prueba de este proceso mental -ampliamente estudiado por la psicología-, que hunde sus raíces en el resentimiento más infame y cochambroso nos la ofrecía la semana pasada el gran estadista Pepiño Blanco, cuando afirmaba que las personas que encabezaban la manifestación contra el aborto son las mismas que luego abortan de tapadillo. Como el gran estadista Pepiño Blanco es incapaz de alcanzar el bien que movía a las personas que se manifestaban contra el aborto, necesita rencorosamente ensuciar ese bien, inalcanzable para él, e invertirlo, echando mano si es necesario de la infamia más burda y rastrera. Y una explicación psicológica semejante requiere la furiosa reacción del Mátrix progre ante las declaraciones de Arantza Quiroga. Nada consuela tanto al Mátrix progre como respirar una atmósfera donde la gente chapotea en los lodazales de la corrupción, convertida en piara; una atmósfera donde hasta las personas nobles se avergüenzan de su nobleza. Y nada le subleva tanto al Mátrix progre como una persona noble que desafía ese mandato de silencio, proclamando sin ambages su opción de vida.

Arantza Quiroga ha tenido valor para desafiar ese mandato de silencio. Y, para más inri, es inteligente, desenvuelta y hermosa: no concuerda con ese arquetipo de friqui lerdo, reprimido y más feo que Picio que el Mátrix progre ha impuesto caricaturescamente para caracterizar a las personas nobles. Auguro que Arantza Quiroga será perseguida con minuciosidad y encono por el Mátrix progre; pero también auguro que se convertirá en un espejo gozoso para muchas personas huérfanas de un modelo de nobleza. Zorionak, Arantza!

jueves, 8 de enero de 2009

Adolescentes frente al sida: preguntas con respuestas (IV)


Dónde está el riesgo

¿Qué es eso del sexo seguro?

En medicina, como en otras tantas facetas de la vida, no hay nada seguro, en todo caso será de bajo riesgo. Transmitir la idea de que el sexo con preservativo es seguro, aparte de falso, puede ser peligroso. Lo que en realidad ocurre es que se transmiten mensajes que banalizan la sexualidad, la reducen a algo puramente lúdico, cuando es un aspecto de la persona mucho más rico. En el fondo, se carece de argumentos para animar a la fidelidad y se puede animar a la población a ser promiscua, al modo animal. Mientras que la sexualidad en los seres humanos forma parte del amor y busca el bien de la pareja, en los animales el acto sexual viene condicionado en buena parte por la fisiología hormonal, y busca perpetuar la especie.

La actividad sexual precoz se asocia a una mayor probabilidad de adquirir enfermedades de transmisión sexual, como el virus del papiloma humano, la gonococia, la hepatitis B o el sida

En Uganda se ha demostrado que promover sólo el preservativo sin otros mensajes educativos provoca que se tengan más contactos sexuales de riesgo. En cambio, si se explica la conveniencia de la abstinencia y la fidelidad en la pareja, el preservativo cumple su función reduciendo el riesgo en las personas que deciden seguir siendo promiscuas. El resto ha evitado el riesgo mucho antes.

¿Cuáles son las conductas sexuales de riesgo típicas?

(…) Los problemas de salud derivados de conductas sexuales de riesgo pueden condicionar la vida de las personas. Se conocen las siguientes situaciones de riesgo:

— Sexualidad precoz. Suele asociarse a una mayor probabilidad de adquirir enfermedades de transmisión sexual, como el virus del papiloma humano, la gonococia, la hepatitis B o el sida.

— Promiscuidad sexual. La multiplicidad de parejas, ya sea de forma encadenada o todas a la vez, supone un mayor riesgo de infección por los agentes de transmisión sexual. Por otro lado, la promiscuidad sexual dificulta en gran medida entender y vivir la entrega que requiere el amor. La inestabilidad emocional asociada es frecuentemente un obstáculo para que la persona encuentre la felicidad. No deja de ser cierto que en el fondo todos buscamos un amor para toda la vida.

— Conductas homosexuales. Estudios científicos ponen de manifiesto que homosexualidad y heterosexualidad no son equiparables desde el punto de vista de la salud. Las personas que tienen relaciones homosexuales tienden a ser más promiscuas, con los problemas físicos y emocionales que eso supone. (…)

¿Qué pasa con los homosexuales y el VIH?

Las personas con conductas homosexuales, casi exclusivamente los varones, fueron un grupo muy afectado por el sida en el inicio de la epidemia. La alarma inicial conllevó que estos sujetos redujeran en un primer momento las situaciones de riesgo drásticamente; esta reacción frenó la expansión del sida entre homosexuales. Sin embargo, en los últimos años asistimos a un rebrote de nuevas infecciones entre varones que tienen relaciones homosexuales. Se piensa que se ha perdido el miedo a la infección, en parte gracias a la disponibilidad de los antirretrovirales.

Los varones homosexuales son una diana especial del VIH por dos razones. En primer lugar, por su promiscuidad generalmente elevada, lo que entraña un mayor riesgo de contacto con personas infectadas. En segundo lugar, porque el tipo de relaciones sexuales es más traumático, sobre todo las anales, con una mayor posibilidad de exposición a sangre contaminada.

¿Qué eficacia tiene el tratamiento frente al VIH?

La eficacia del tratamiento frente al VIH es alta, sobre todo si se comienza a tiempo y el enfermo lo toma de forma adecuada. En estas condiciones muchos enfermos pueden llevar una vida prácticamente normal, salvo por el hecho de tener que tomar pastillas a diario y padecer algunos efectos secundarios. Además, es necesario seguir rigurosamente el tratamiento para que éste sea eficaz a largo plazo. El olvido de apenas el 10% de las tomas facilita que el VIH se haga resistente a los antirretrovirales, y entonces la medicación deja de ser eficaz. Es cierto que actualmente se dispone de fármacos de recambio, pero las alternativas no son ilimitadas.

(…) En España estas medicaciones no se venden en las farmacias de la calle, sino que, una vez efectuada la visita con el médico, se dispensan sin ningún coste para el enfermo en el mismo hospital. El Sistema Nacional de Salud costea al 100% el tratamiento de la infección por VIH, que oscila de promedio entre 600 y 1.000 euros por paciente y mes.

lunes, 5 de enero de 2009

Adolescentes frente al sida: preguntas con respuestas (III)


La estrategia ABC

Todo lo anterior ¿está demostrado científicamente?

La propuesta que te acabo de explicar se llama estrategia ABC, basada en los puntos que ya hemos comentado. De forma simple, A por abstinencia, B por fidelidad (“be faithful” en inglés) y C por condón (preservativo), aunque ya has visto que hay mucho más detrás de cada letra. Este mismo programa ha sido defendido por 140 expertos en VIH/sida de 36 países de los 5 continentes como la mejor forma para prevenir el contagio sexual del sida. Estas recomendaciones se publicaron en el año 2004 en The Lancet, una de las revistas médicas de más prestigio. [2]

Esta estrategia ha dado resultados muy satisfactorios en algunos países de África, por ejemplo, en Uganda [3]. Desde que se aplica el ABC se ha pasado del 31% de nuevas infecciones por VIH en 1990 al 6% en 2000. Además, las campañas basadas en el ABC han sido muy bien aceptadas por la población: se incrementó del 31% al 56% la proporción de jóvenes que retrasaron las relaciones sexuales, y se redujo del 39% al 11% la proporción de ellos que tenían múltiples contactos sexuales. El éxito es tal que la estrategia ABC se está aplicando en otros países, entre ellos Estados Unidos.

A lo mejor en esta estrategia del ABC, resulta que lo más importante es la C, esto es, el uso del preservativo.

Hay varias evidencias de que esto no es así, y que es mucho más eficaz para prevenir la infección por VIH la abstinencia (A) y la fidelidad (B), que la promoción del uso de preservativos (C).

Por un lado, aunque A y B no sean aplicadas a la perfección, la adopción al menos parcial de dichas medidas puede tener un profundo impacto sobre la epidemia. Existen modelos estadísticos que indican que una reducción en el número de parejas sexuales frena la transmisión del VIH de forma más eficaz que el uso del preservativo. Así se ha demostrado en el caso de Uganda, donde se aplica el ABC y las nuevas infecciones por VIH se han reducido, en comparación con otros países donde sólo se aplica C y las cifras de sida suben.

sábado, 3 de enero de 2009

Adolescentes frente al sida: preguntas con respuestas (II)


La mejor prevención

¿Cómo se aplican estas variables a la prevención del sida?

A: cuanto más precoz sea una persona en iniciar las relaciones sexuales, más tiempo hay para infectarse. Además, lo habitual es que si se mantienen relaciones sexuales en la adolescencia sea más fácil que se incurra en situaciones de riesgo, como tener contactos sexuales esporádicos, o varias parejas diferentes.

B: a mayor número de contactos sexuales con personas diferentes, más posibilidad hay de que alguna esté infectada por el VIH y nos contagiemos. En este sentido, fíjate que se da cierto grado de selección natural: las personas promiscuas suelen tener relaciones con otras personas promiscuas, por lo que los riesgos de infectarse por el VIH se concentran.

En Uganda, desde que se aplica el ABC se ha pasado del 31% de nuevas infecciones por VIH en 1990 al 6% en 2000

C: por último el riesgo de transmitir o infectarse por el VIH se incrementa si se padece alguna infección genital simultáneamente, lo que no es raro en personas promiscuas. Es el caso de la sífilis, enfermedad de la que tenemos actualmente un número creciente de casos.

¿Cómo aplico esto a mi vida?

A: piensa dos veces cuándo y con quién quieres empezar tu vida sexual. Ten en cuenta que con esa persona vas a compartir lo más intimo de ti mismo. Junto con tu cuerpo, le deberías entregar tu afecto más sincero y tu proyecto personal. Deberías querer para esa persona lo que quieres para ti. (…)

B: si ya has encontrado a la persona de tu vida, con la que quieres compartir todo, enhorabuena. Como seguro que deseas lo mejor para él o ella, tienes que valorar la estabilidad y fidelidad en vuestra relación. Por eso, no se entendería que tuvieras contactos sexuales con otras personas diferentes, y que pusieras en peligro la salud de la persona a la que de verdad quieres. Valora la fidelidad mutua como una forma fundamental de preservar la salud y felicidad de tu pareja. Si te has equivocado en este aspecto, no lo dudes, aún estás a tiempo de cambiar.

C: por último, si a pesar de lo anterior, decides mantener relaciones sexuales con diferentes personas, solo cabe recomendarte que lo pienses de nuevo. La sexualidad es mucho más que genitalidad. En los humanos, a diferencia de los animales, el celo está subordinado a la razón. En cualquier caso, lo más que puedo decirte es que te protejas y recurras al preservativo.

jueves, 1 de enero de 2009

Adolescentes frente al sida: preguntas con respuestas (I)


Tomado de Aceprensa sinsida.com

Promover entre adolescentes y jóvenes una conducta sexual sana y responsable es una de las estrategias principales para frenar el sida. Con este objetivo, un equipo de especialistas españoles ha elaborado una guía dirigida a adolescentes [1], en forma de preguntas y respuestas. Publicada por la Fundación Investigación y Educación en Sida, la guía se presentó el Día Mundial del Sida (1 de diciembre) del año pasado. Ofrecemos un extracto del texto original, con algunas de las cuestiones más acuciantes que se plantean.

Si se utilizan drogas ¿hay peligro de infectarse por el VIH?

Sólo las drogas inyectadas se asocian con transmisión del VIH [virus de la inmunodeficiencia humana] por intercambio del material de inyección. Sin embargo, el consumo de drogas en general, entre otros efectos, provoca desinhibición y falta de autocontrol en la persona. Esta circunstancia puede conducir a situaciones que faciliten la infección por VIH, como mantener relaciones sexuales de riesgo.

¿Y el alcohol?

El alcohol no puede considerarse una droga, pues un consumo moderado del mismo no provoca dependencia, a diferencia de las verdaderas drogas, o incluso el tabaco.

No obstante, el consumo excesivo de alcohol de forma continua (bebedores crónicos) o esporádica (bebedores de fin de semana) puede ocasionar una dependencia tan grave como cualquier droga. Además, durante los episodios de abuso de alcohol, la conocida borrachera, se puede perder el control e incurrir en situaciones de riesgo para adquirir la infección por VIH.

La sexualidad no es un juego

¿Debo tener cuidado a la hora de plantearme la vida sexual?

Es indudable. Te doy un dato: a nivel mundial el 80% de las 14.000 nuevas infecciones por VIH que por término medio hay cada día, ocurren por relaciones heterosexuales. (…)

La sexualidad es un aspecto fundamental e íntimo de la persona, no algo añadido a la persona que podamos manipular a nuestro gusto. La sexualidad no debe entenderse sólo como genitalidad. Somos personas sexuadas, hombres o mujeres, y “jugar” con la sexualidad es “jugar” con nuestra intimidad. Debemos plantearnos la vida sexual no como algo exclusivamente lúdico, como a veces proponen algunos, sino como un aspecto de nuestra vida en el que ponemos en juego todo lo que somos: salud, afectos, valores, felicidad, futuro... Como ves, hay mucho más en juego que infectarte por el VIH.

Una reducción en el número de parejas sexuales frena la transmisión del SIDA de forma más eficaz que el uso del preservativo

¿Cómo hemos llegado a esta situación, si el preservativo dicen que previene el sida?

A pesar de la insistencia de algunos en el mismo mensaje (“ponte el preservativo”), la pandemia del sida crece rápidamente, con una estimación de más de 5 millones de nuevos infectados sólo en el año 2007. No basta hablar del preservativo para combatir la transmisión del VIH.

En primer lugar, el preservativo constituye sólo una medida de eficacia limitada, aproximadamente del 80%. Cuando se propone como segura se corre el riesgo de que la población se confíe, incremente las conductas de riesgo, y se acabe por perder incluso la eficacia preventiva de la medida propuesta. Es algo así como si ahora nos dijeran que no es necesario cumplir con las normas de circulación, que basta con usar el cinturón de seguridad. ¿Qué crees que pasaría con los accidentes de tráfico? (…)

¿Cuál es la mejor forma de prevenir la transmisión sexual del VIH?

Del mismo modo que se evitan otros riesgos habitualmente, esto es, siendo responsable con lo que uno hace. Es cierto, sin embargo, que para ser responsable hay que estar bien informado. Está científicamente demostrado que la transmisión de enfermedades depende de tres factores: A, el tiempo que se está expuesto al agente infeccioso; B, el número de exposiciones diferentes al mismo; y C, el riesgo de adquirir el agente infeccioso en cada contacto.


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NOTAS

[1] Dr. Pablo Labarga, Dr. Jesús Troya, Dr. Pablo Barreiro, Dr. Juan González-Lahoz, Dr. Vicente Soriano, Adolescentes frente al sida: Preguntas con respuestas, Fundación Investigación y Educación en Sida, Madrid (2007), 53 págs. Distribución gratuita; se puede solicitar ejemplares a fblancodoc@gmail.com.

martes, 23 de septiembre de 2008

¿Por qué esperar?


Alfonso Aguiló
www.interrogantes.net

En un debate televisivo

«Pienso así desde que tenía 14 años. Por aquel entonces ya había observado adónde llevaba la frivolidad sexual a bastantes de mis compañeros de escuela.

»Desde mi adolescencia pensé que la libertad sexual que yo más deseaba es la de estar un día felizmente casada. Y pensé que tenía que guardarme para el matrimonio, y nunca he tenido la más mínima duda sobre mi decisión.

»Y pensé que debía casarme con un hombre que tuviera un concepto suficientemente elevado de su futura esposa como para guardarse íntegro para ella. No es que sea lo único que valoro en un hombre, pero me resulta mucho más fácil confiar en alguien así.»

La que hablaba era una joven y brillante abogada británica llamada Angela Ellis-Jones, en el transcurso de un debate televisivo en la BBC. Defendía con llamativa desenvoltura una opinión poco corriente (al menos, en ese programa).

«Ya entonces —continuaba Ellis-Jones— me resultaba evidente que cuando se separa matrimonio y sexo, se difumina la diferencia entre estar casado y no estarlo, y, sin quererlo, se devalúa en esa persona la misma idea del matrimonio.

»La castidad antes del matrimonio es una cuestión importante. Cuanto más a la ligera entregue uno su cuerpo, tanto menos valor tendrá el sexo. Quien verdaderamente ama a una persona, desea casarse con ella. Una relación sexual sin matrimonio es necesariamente provisional, induce a pensar que es una prueba que aún está a la espera de si llega alguien mejor, y me valoro demasiado como para permitir que un hombre me trate de esa manera.

»Tal vez la postura que mantengo parece que me aísla, pero pienso que no es así: creo que el hombre sensato sólo verá en esos principios un motivo de mayor aprecio.»

Fascinaciones gratificantes

Algunos piensan que lo realista es buscar cuanto antes gratificaciones eróticas, y facilitarlas a otros. Dicen que prefieren ese "pájaro en mano" a un amor ideal que ven como algo muy lejano. Y aunque es comprensible que una persona se deslumbre ante las gratificaciones inmediatas y las prefiera a todo lo que considera como promesas inciertas, parece claro que la tarea de construcción de la propia vida consiste precisamente en abrir horizontes nuevos al deseo, en aprender a valorar lo que todavía no tenemos en la mano pero que, por su valor, nos vemos llamados a alcanzar. Así lo entendía esta joven abogada británica.

Dejarse fascinar por el afán de saciar nuestros instintos es algo que impide alcanzar lo realmente valioso. La sexualidad fuera de su debido contexto responde a un impulso instintivo, que se inflama súbitamente y se apaga luego enseguida. Es una llamarada tan intensa como fugaz, que apenas deja nada tras de sí, y que con facilidad conduce a un círculo angosto de erotismo que, en su búsqueda siempre insatisfecha, considera que otros conceptos más elevados del amor son una simple ensoñación, cuando no un tabú o algo propio de reprimidos.

Pensando siempre en positivo

Sócrates hablaba de una voz interior que le hablaba, le aconsejaba, le reprendía, le impulsaba a buscar la verdad. Esa voz es lo más lúcido de nosotros mismos, y nos advierte que no debemos quedarnos en las meras sensaciones, sino buscar la verdad que hay en ellas, su auténtico valor, y no el que está más a mano, sino el más profundo.

No se trata, por tanto, de controlar al modo estoico las tendencias instintivas. Se trata de desear ardientemente valores más altos. Más que control de los deseos, habría que hablar de recta búsqueda de la plenitud humana. No se trata de reprimir las tendencias, sino de saber orientarlas. Un director de orquesta no reprime a ningún instrumentista, sino que señala a cada uno el camino que debe seguir para realizar su función de modo pleno: en unos momentos habrá de guardar silencio, en otros tendrá que armonizarse con otros instrumentos, y otras veces deberá asumir un papel de mayor protagonismo.

Cuando alguien descubre la realidad del amor, tiene la certeza de haber descubierto una tierra maravillosa hasta entonces desconocida e insospechada. Se considera feliz y agraciado, y con razón. Es una lástima que por no acomodarse al ritmo natural de maduración del amor, algunos quieran comer la fruta verde y pierdan la meta que podrían haber llegado a alcanzar.

miércoles, 2 de julio de 2008

ESTUPIDEZ EN SERIE



Por José Ramón Ayllón

Leticia tiene quince años, una guitarra, varios hermanos y mucha simpatía. Le pregunto su opinión sobre las series de televisión. Me responde que ha decidido no verlas, porque le parece que confunden el amor con la obsesión por enchufar sexo en las cabezas de los espectadores. “Pretenden hacernos creer –me explica- que lo normal es el sexo fuera del matrimonio, el aborto y la eutanasia, y –sobre todo- la homosexualidad. Además, como los guiones están llenos de humor, parece que todo lo que muestran es bueno y maravilloso”.

Algún lector estará pensando que esta chiquilla es un poco estrecha, pero José Antonio Marina dice algo muy parecido: “Si yo fuera un extraterrestre y viera algunos programas de televisión, pensaría que los humanos son unos salidos que no piensan nada más que en el sexo. Es la presión de los adultos, entre otras cosas por razones comerciales, la que está reduciendo el periodo infantil y lanzando, sobre todo a las chicas, a un mundo obsesivamente sexualizado”.

Algún Lector pensará, sin duda, que Marina es un poco estrecho, pero Ángeles Caso lamenta esa misma marea de zafiedad en programas donde “se miente, se grita, se insulta, se calumnia y se rebuzna”. Además, por su propia condición, Ángeles Caso se centra en el punto de la degradación televisiva que más le duele: la reducción de las mujeres a trozos de carne, a marujas parlanchinas, a compradoras compulsivas, a exhibicionistas de cuerpos espléndidos con cerebros de mosquito.

Es posible que Ángeles Caso sea un poco estrecha, pero Emilio Lledó también piensa que “nuestra televisión es una basura. Y su tiranía sobre la conciencia infantil y juvenil es un problema más grave que el desempleo y la crisis económica. Esos otros educadores han invadido sin derecho alguno el espacio de la educación, y han introducido valores, ideas y palabras mortales para la vida de la mente y de los hombres. La educación auténtica exige idealismo y generosidad, y sólo es posible por el cultivo del conocimiento, de la mirada sobre la realidad de la vida y de los hombres. No se trata de algo utópico. Lo utópico, irreal y ridículo es el pragmatismo de lo inútil, la falacia de convertir en real las informaciones o esperpentos que nos venden como vida, ese detritus mental que se produce en muchos rincones de la sociedad”.

Tal vez Lledó..., pero Robert Spaemann también opina que "quienes trabajan en ese medio de comunicación aplican casi únicamente el criterio del impacto para seleccionar los temas. De este modo, la tradición basada en valores normales de la vida no tiene ya espacio. La televisión destruye sistemáticamente la diferencia entre lo normal y lo anormal, porque en sus parámetros lo normal carece de interés. Por lo tanto, ni el equilibrio, ni la verdad, ni la belleza se respetan como valores. No sé si peco de pesimista, pero creo que la dependencia de las personas de la televisión es el hecho más destructivo de la civilización actual".

Quizá Lledó y Spaemann sean filósofos estrechos, pero es Arturo Pérez-Reverte quien coincide con ellos y lamenta lo que ha visto en “una de esas series de estudiantes, y de jóvenes en su misma mismidad”, donde no falta un rata, varias chicas preocupadas porque Mariano no las mira, un cachas que se cepilla a una de ellas, un guapo que está saliendo de la droga, una profesora con ganas de tirarse a los alumnos, un gay que encuentra su media naranja en otro chico gay que resulta ser hijo del conserje, una chica que se queda embarazada... “Lo malo es que todo eso rebota fuera, y en vez de ser la serie la que refleja la realidad de los jóvenes, al final resultan los jóvenes de afuera los que teminan adaptando sus conversaciones, sus ideas, su vida, a lo que la serie muestra (...). Y me aterra que semejantes personajes, irreales, embusteros en su pretendida naturalidad, tan planos como el público que los reclama e imita, se consagren como referencias y ejemplos”.

Los griegos calificaban de obsceno lo que no debía ser representado sobre el escenario del teatro, por considerarlo degradante para el espectador. Pero nosotros somos posmodernos, y no necesitamos moralina de Pericles ni de Pérez-Reverte. Por eso producimos estupidez en serie, y luego vemos esas series con gusto, pues estamos encantados de descender del mono y de los surrealismos y totalitarismos del siglo XX, que nos han acostumbrado a admitir que lo negro es blanco, y la noche día, y a tomar la basura por la más grande de las creaciones humanas. Y, ahora, si algún lector piensa que estoy exagerando en este párrafo, debo reconocer que tiene razón: por suerte, hay mucha gente como Leticia.

miércoles, 18 de junio de 2008

Del sexo casual a la castidad


La periodista Dawn Eden ha publicado el libro "The Thrill of the Chaste: Finding Fulfillment While Keeping Your Clothes On" (La Emoción de la Castidad: Encontrando Satisfacción con la Ropa Puesta), en el que sostiene que para la mujer tiene mucho más sentido la castidad que el sexo casual. Una controvertida periodista americana experta en música rock, y que por muchos años fue una abanderada de la "revolución sexual", se ha convertido -tras abrazar la fe católica- en una ferviente promotora de la castidad. Ella misma explica sus razones. El pasado 10 de marzo, Eden publicó el siguiente artículo traducido al español por El Espectador de Bogotá:

Del sexo casual a la castidad

Un mantra de la generación de los sesenta era que todo debía ser gratis. Pero en las reediciones del festival de Woodstock décadas después, los hippies ya vendían como buhoneros el agua a US$5 la botella. El “amor libre”, sin embargo, era todavía alentado al ritmo en que el Nuevo Establecimiento se aferraba a su autoestima revolucionaria, mediante la promoción del sexo por el sexo como puro placer sin consecuencias.

Hoy, ese dogma está siendo confrontado por una nueva contracultura —de mujeres castas— que está derribando las puertas para protestar porque el sexo de los buhoneros, como su agua, tiene en realidad un precio muy alto.

Pueden contarme entre esas hijas insatisfechas de la revolución sexual. Nací en 1968, como millones de otras niñas, en un mundo que alentaba a las mujeres a explorar su sexualidad. Se nos presentaba casi como un acto feminista. Incluso, la llamativa pregunta que sirvió de fundamento filosófico de la novela y programa de televisión Sex and the City —¿Puede una mujer tener sexo como un hombre?— no es más que una versión moderna de la misma pregunta que en 1962 hizo Helen Gurley Brown en Sex and the Single Girl.

Era el amanecer de la revolución sexual, cuando los bolsos de las mujeres comenzaron a cargar píldoras anticonceptivas al lado del Revlon Fire y el Ice Lipstick. Brown, quien sería después editora de Cosmopolitan, se preguntaba entonces si la mujer podía tener sexo libre sin consecuencias emocionales, y se contestaba que sí porque “igual que el hombre, es una criatura sexual”.

Su aporte dio origen a millones de artículos sobre “100 nuevos trucos sexuales” en las revistas femeninas. Y uno de los íconos feministas de la época, Germaine Greer, habló con entusiasmo de que “los rockeros son importantes porque desmitifican el sexo; lo aceptan como algo físico, y no son posesivos con sus conquistas”.

La filosofía olorosa a patchouli de Greer sigue viva en las revistas modernas, las series de televisión y las películas que dicen sin parar a las mujeres que si no son felices teniendo sexo premarital es porque lo están haciendo mal. Más que eso, las excepciones a la norma cultural —la pequeña minoría de mujeres que, por varias y tristes razones, se sienten impulsadas a ser meros objetos sexuales— son mostradas como el ideal platónico. Si rockeros, modelos, galanes de la televisión y del cine y estrellas pop se pueden llevar a la cama a un hombre diferente cada noche —y aparentan tener el mejor tiempo de sus vidas— con seguridad usted, humilde lectora, puede ocasionalmente esconder sus valores pasados de moda y follarse a un tipo al que acaba de conocer.

Sexo casual... y frecuente

El fruto de este aceptado estilo de vida de la mujer soltera es más semejante al de un hábito de drogas que a un paradigma de los encuentros amorosos. En un círculo vicioso, la mujer se siente sola porque no es amada y entonces tiene sexo casual con hombres que no la aman.

Esa fue mi vida. Me gasté mis 20 y mis tempranos 30 buscando sexo premarital de cualquier manera —anhelando el matrimonio pero buscando descansar en el placer físico, la validación del ego y un respiro de la soledad. Como historiadora del rock basada en Nueva York, colaborando para revistas como Mojo y Bilboard y escribiendo las notas de los discos remasterizados, las oportunidades para travesuras no tenían límite.

Me leí entonces I’m With the Band (‘Estoy con la banda’), de la super fanática del rock Pamela Des Barres, y envidié su habilidad para beber todo lo deseable de los rockeros —su buena figura, ingenio, creatividad y fama— sin que al parecer perdiera nada en sus aventuras con ellos. Mi gran secreto era que, bajo ese anhelo por tener una conexión amorosa, me aterrorizaba la intimidad. Mostrarme vulnerable abría la puerta a la posibilidad de un rechazo. Desde ese punto de vista, un músico de gira era mi compañero sexual ideal. Podía disfrutar con él una suerte de vínculo temporal de cuento de hadas, sin tener que derribar los muros que debía levantar para protegerme. El rechazo vendría cuando él siguiera al siguiente pueblo, y a la siguiente mujer, —pero de alguna manera, verlo venir me hacía sentir en control—. Estaba escogiendo, pensaba, el dolor menor.

Pero en esa época de sexo casual, había un momento que aprendí a temer más que cualquier otro. Me atemorizaba, no que el sexo fuera malo, sino que fuera bueno.

Si el sexo era bueno, incluso aunque en mi corazón sabía que la relación no iba a funcionar, sentía de todos modos como si el acto me hubiera unido a mi compañero sexual de una manera más profunda que antes. Está en la naturaleza del sexo despertar emociones profundas dentro de nosotras —que no son bienvenidas cuando uno está tratando de mantenerlas ligeras—.

En esas noches, el peor momento era cuando todo terminaba. De un momento a otro me sentía sacudida de regreso a la tierra. Entonces me tiraba boca arriba y me sentía despojada. Él podría seguir ahí, y si estaba de mucha suerte, se recostaría a mi lado. Aun así, no podía dejar de sentir que el hechizo se había roto. Podíamos frotarnos las narices, reírnos como bobos o quedarnos dormidos en los brazos del otro pero sabía que era teatro, y él también. No estábamos realmente intimando —todo había sido solo un juego—.

Los campeones de la revolución sexual son en esencia cínicos. Saben en sus corazones que el sexo casual no hace felices a las mujeres —y por eso sienten la necesidad de promocionarlo todo el tiempo—. El sexo que tuve, antes que acercarme a la satisfacción personal y el matrimonio que buscaba, solo me había vuelto menos capaz de alcanzar un matrimonio o siquiera una relación comprometida. Sacrifiqué los que deberían haber sido los mejores años de mi vida, por una mentira negra.

Si bien creo que hay que enseñarles a las jóvenes que deben reservar el sexo para el matrimonio, hay un área en la que estoy de acuerdo con los opositores: la abstinencia no significa nada a menos que uno entienda exactamente lo que es. Y agregaría que para entender lo que es uno debe entender también lo que son el sexo y el matrimonio, qué significan, cuál es su propósito.

Eso suena simple, pero mientras crecía yo tuve poca idea del significado y el propósito del sexo y del matrimonio. Pensaba que el sexo era algo que uno hacía para divertirse o si quería tener hijos (bueno, en esto último iba por buen camino). El matrimonio, creía, significaba una autorización social para tener sexo con una persona en particular. La gente casada debía tener sexo solamente con su pareja porque... bueno, porque no era agradable poner cuernos, la infidelidad podía llevar al divorcio y sabía que eso era doloroso.

Todas estas suposiciones se basaban en lo que había visto viviendo con mi madre y, en menor grado, visitando a mi papá. Mis padres habían quedado heridos por el fracaso de su propia unión y su amargura manchó la imagen del matrimonio que me heredaron.

Como una quinceañera sin un fundamento moral que sostuviera mi decisión de guardarle la virginidad a Mr. Right —diferente del temor a ser lastimada por Mr. Wrong— me sentí libre de empujar el sobre. No, más que libre; me sentí con autoridad para forzar las cosas, pues tenía resentimiento de que Dios —si existía— no me hubiera enviado mi alma gemela. Me convertí en una de esas vírgenes míticas que llegan a “todo, menos...” El nombre Lewinsky todavía no se había vuelto un verbo, pero si hubiera existido, me imagino a los hombres diciéndoselo en secreto a mis espaldas.

El placer por el placer

Cuando, a la edad de 23 años, finalmente me cansé de esperar y perdí mi virginidad con un hombre al que no amaba, fue un gran acontecimiento para mí. Aunque, mirándolo en retrospectiva, no fue en realidad tan significativo. Cierto, mis aventuras se volvieron menos complicadas. Cuando hacía “todo, menos...”, me preocupaba de tener que explicar por qué no quería seguir hasta el final; una vez comencé a tener sexo, eso no era necesario. Pero en un sentido más amplio, la pérdida de mi virginidad, lejos de constituirse en la frontera entre el pasado y el presente, fue apenas un instante en mi continua degradación sexual. El descenso había comenzado desde que comencé a buscar el placer por el placer.

La filosofía hedonista que urge a los jóvenes ese tipo de comportamiento hace daño tanto a los hombres como a las mujeres; pero es particularmente dañina para la mujer, pues la presiona a subvertir sus más profundos deseos emocionales. He probado esa filosofía —de que una mujer puede fornicar como un hombre— y no funciona. No estamos hechas para eso. Las mujeres están hechas para un vínculo.

Por eso, por mucho que tratemos de convencernos de que no es así, el sexo siempre nos dejará sientiéndonos vacías a no ser que estemos seguras de que somos amadas, de que el acto es parte de una pintura mayor, de que somos amadas por lo que somos y no solamente por nuestros cuerpos. A mí me tomó mucho tiempo entenderlo.

Encuentro con la castidad

Ahora vivo un tipo de vida muy diferente. Todavía me encuentro de vez en cuando con viejos amigos músicos, pero me veo más con coristas de iglesia. Mi decisión de resistirme al sexo casual, de nuevo, estuvo influenciada por mi madre —aun cuando no de la manera que ella hubiera querido—.

Cuando era una quinceañera, mi madre abandonó sus creencias en la Nueva Era por el Cristianismo. Yo no tenía esos planes. Mi misión en la vida, como la veía, era diferente —creativa, liberal, rebelde—.

Pero un día, en diciembre de 1995, estaba haciéndole una entrevista a Ben Eshbach —líder de una banda de rock de Los Angeles llamada Sugarplastic— y le pregunté qué estaba leyendo. Me contestó The Man Who Was Thursday (‘El hombre que fue jueves’), de G.K. Chesterton. Lo conseguí por curiosidad y me dejó cautivada. Pronto estaba consiguiendo lo que podía de Chesterton, comenzando por Orthodoxy (Ortodoxia).

Me mantuve leyendo a Chesterton, incluso mientras continuaba con mi estilo de vida libertino, hasta que una noche, en octubre de 1999, tuve una experiencia hipnótica —de esas en las que una no sabe si está despierta o dormida—. Escuché una voz de mujer que decía: “Algunas cosas no están para ser conocidas. Algunas lo están para ser entendidas”. Me arrodillé y me puse a rezar —y eventualmente entré a la Iglesia Católica—.

Una noche el año pasado salí a comer con un amigo, un encantador periodista inglés con el que hubiera comenzado a salir si compartiera mi fe (no lo hacía) y si estuviera interesado en casarse (tampoco). Me acribilló con preguntas sobre la castidad, llegando hasta a sugerir que, ya que llevaba tanto tiempo buscándolo, quizás no iba a encontrar al hombre que buscanba.

“No es así”, le respondí. “Mis posibilidades son mejores ahora que nunca antes, porque antes de ser casta estaba buscando el amor en los lugares equivocados. Apenas ahora es que estoy realmente preparada para el tipo de hombre que quiero que sea mi esposo”.

“Puedo tener 38”, concluí, “pero en términos de búsqueda de marido, tengo apenas 22”.

Hasta aquí su artículo. Dawn Eden es actualmente editora del Daily News de Nueva York, periódico que la contrató después de que su rival, el New York Post, la despidiera por defender abiertamente sus convicciones cristianas. Ganó su prestigio como periodista e historiadora del rock hace unos años, tiempo en el que se acostaba con algunos de sus entrevistados. Esa transformación de defensora y practicante del sexo libre a activista del celibato la llevó a la fama en Estados Unidos, país que ahora debate el tema por la aparición de su primer libro: ‘The Thrill of the Chaste: Finding Fulfillment While Keeping Your Clothes On” (“La emoción de la castidad: encontrando satisfacción con su ropa puesta”). Dawn Eden es un símbolo del movimiento que defiende la abstinencia sexual, cuyos miembros usan un anillo de plata para indicar que son castos.

sábado, 31 de mayo de 2008

Sólo quiero rollo


Ya el amor está sobrevolado, visto y desestimado.


Por Javier Láinez.


Tardes de discoteca.

Me quedé pasmado cuando me lo contaba. Lina es una muchacha alta, guapa y ya muy mujer a sus catorce años. No hace tanto, todavía jugaba con muñecas. En pocas semanas, Lina aprendió todo lo que había que aprender para estar a la altura de la panda. Al principio son juegos amatorios de cuchicheos entre amigas, con ese lenguaje pobre y peculiar de los adolescentes: “Lina está por Marco” o “Lina, sé por Vanessa que Marco quiere pedirte salir, pero no se atreve”. Enseguida llegan los primeros desengaños, los plantones, los marujeos a la puerta de la discoteca y las lágrimas en cualquier portal, con el torpe consuelo de las compañeras. Ya el amor está sobrevolado, visto y desestimado. Más adelante, alguien le explicará detalladamente la técnica del beso. Y habrá prisa por probar. Pero, desgraciadamente, ya no tendrá ese aire tierno y romántico de la vieja canción de Claudio Baglioni: “Il primo baccio, per sapere come si fà” (el primer beso, para saber cómo se hace), sino que será la pura y dura búsqueda de la experiencia sensual. A la postre, el alma desencantada de una casi-niña casi-mujer catorceañera, será capaz de soltarle a un muchacho al que acaba de conocer y que la invita a bailar: “Yo sólo quiero rollo”.

El Enrolle.

En la jerga juvenil, enrollarse significa la tolerancia de una relación (rollo) basada simplemente en el besuqueo lascivo y desaforado, sin mayores pretensiones. Puede que mañana ni siquiera salude al muchacho. Tal vez en la misma puerta de la discoteca se burle de él con sus amigas. Ander, un chico de 17 años, me contaba entre bromas y veras, mientras paseábamos por la calle, que lo mejor es que la chavala esté un poco achispada durante el rollo. “Así, es probable que al día siguiente no se acuerde de tu cara, y te ahorras tener que invitarla a un café”. Adiós caballerosidad, bienvenido cinismo.

No se busca la comunión de las almas, el compromiso estable basado en los aspectos más espirituales de la personalidad. “Eso sólo causa tortura”, te dicen. El rollo es más llevadero. Te diviertes y al cabo de un rato, si te he visto no me acuerdo. El beso no deja secuelas. Tiene toda la electricidad de los actos eróticos, la dosis de aventura necesaria para que valga la pena atreverse y no compromete a nada. Todo el mundo acepta que enrollarse es un escalón anterior a “salir”. Salir, en el criptolenguaje quinceañero significa que me comprometo a no enrollarme con otra persona mientras dure lo nuestro. Salir tiene, como los yogures, fecha de caducidad incorporada. Por eso, se pueden tener varios rollos a lo largo del año, sin que nadie se sienta atado por la anticuada y terrible palabra noviazgo, que se reserva para la mayoría de edad.

Las niñas ya no quieren ser princesas.

Tal vez algún lector piense que exagero. ¿Hay estadísticas? ¿Es para todos los jóvenes el panorama igual de sombrío? ¿Es tan malo que se besen? Gracias a Dios, no todos se comportan así. Pero cualquiera que conozca el mundillo de los institutos y de los colegios de enseñanza media sabe que este fenómeno tiene dimensiones de epidemia. En este pequeño análisis no vamos a preguntarnos por la actividad sexual de los adolescentes (nos llevaría muy lejos), ni sobre la bondad o malicia de los besos. Más concretamente querríamos saber dónde ha ido a parar la educación afectiva de los muchachos y muchachas sin experiencia y sin resortes morales de ningún tipo. Es tremendo comprobar la general abdicación de los padres en este terreno. La escuela no suele dar otra visión que la biológica, cuando no la información perversa de todos los recursos de la fontanería genital. El resultado, aunque sea doloroso reconocerlo, es un desolador desamparo afectivo y moral de miles de adolescentes. Alguien les ha robado el deseo de soñar. Lo advertía aquella canción de Joaquín Sabina, popularizada por el malogrado Antonio Flores: “Las niñas ya no quieren ser princesas / y a los niños les da por perseguir / el mar dentro de un vaso de ginebra...”

Soñadores frustrados.

Lo curioso es que muchos reconocen el engaño. La frustración psicológica y sentimental a la que conducen estos comportamientos deja siempre un poso de amargura. Los más sensatos advierten el tobogán hacia el cinismo de su proceder. Pero, a la vez, se sienten incapaces de salir de la trampa. No es infrecuente encontrar chicas que sueñan con un príncipe azul. Las que no están atrapadas por la estética de grupos musicales como los Backstreet Boys , son incluso capaces de pensar en un muchacho honesto y trabajador que pueda llegar a ser el compañero de su vida. Pero aun en este caso, entretienen la espera enrollándose con el primero que se pone a tiro. Pero –les preguntas- ¿no es eso una contradicción? “Bueno –es la respuesta más frecuente- ese chico con el que sueño no existe. Hay que agarrarse a lo que hay”.

La adolescencia no es para ninguno de sus protagonistas una estación de tránsito, un transbordo para llegar a algún lado. Es, eso parece al menos, una provisionalidad definitiva. La publicidad y la moda han encontrado un buen filón en esta juventud estacionaria. “Just do it” (Simplemente hazlo). Por eso, cuando pasan los años y cabría suponer una cierta maduración intelectual y afectiva, uno se encuentra con el más asombroso vacío: casi ningún deseo de compartir la vida, un vago sentimentalismo sin profundidad, un montón de “experiencias” que han desarbolado la sensibilidad. Llegar con este equipaje a la edad del noviazgo, del matrimonio, de la familia, es como entrar en el circuito del Jarama con las ruedas pinchadas. Aquí sí que cantan las estadísticas: el 40% de los matrimonios de los últimos 15 años han fracasado.

El remedio son los padres.

Desde que los hijos son pequeños debe comenzar su educación afectiva. Buena parte del secreto consiste en adelantarse delicadamente a la natural curiosidad y a las propias experiencias. Pero hay que añadir un ingrediente más. La educación afectiva, sexual y moral de los hijos debe darse sin alarmismos, pero con la clara conciencia de que habrá de desenvolverse en un medio hostil. Una vida familiar sana e intensa requiere mucho sacrificio por parte de los padres, pero no se conoce otro remedio si no quiere uno que se los lleve la riada cuando cumplan determinada edad. San Josemaría Escrivá, que tantas iniciativas promovió para la gente joven, daba a los padres un certero consejo allá por los años 70, cuando de este problema no había asomado ni la punta del iceberg. Reunido con un buen número de matrimonios en Castelldaura (Barcelona) y ante la pregunta de una madre, les respondió: “Sin hacer las cachupinadas del siglo pasado, lo mismo que habéis puesto esos lugares de reunión para chiquitos jóvenes, de doce a catorce años (se refiere a los clubes juveniles), deberíais pensar en otras soluciones, para cuando los chicos comienzan ya a tontear. Es lógico. La mayor parte han de formar un hogar, porque Dios lo quiere así. Tenéis familias amigas, de buenas costumbres, que piensan como vosotros: ¿por qué no os reunís de cuando en cuando, dejando un poco tranquilos a los hijos, para que se conozcan y se vayan tratando? O poneos de acuerdo y sostened entre todos un lugar de recreo y de diversión para vuestros hijos, siempre que haya una madre que esté por allí con un ojo abierto, además del Ángel de la Guarda. Así nacerán noviazgos cristianos, como los quiere la Iglesia. Así casaréis a vuestras hijas con chicos estupendos. Así, las madres que tienen hijos por casar, los casarán con unas nueras maravillosas, que las llamarán madre y no suegra. Si no, os podréis encontrar con esas sorpresas tremendas, que a veces vienen, que os hacen padecer y de las que no tenéis ninguna culpa, porque ésta es la situación actual del mundo (...) Discurrid, pedid al Señor que os ilumine, y haced unas cuantas cosas. No definitivamente, sino como prueba, porque puede no salir bien a la primera, y tampoco a la segunda. Hay que insistir”.

Valía la pena esta cita aunque sea larga. Hay que insistir, sí señor. La perseverancia de los padres y el cuidado del entorno familiar son un seguro baluarte contra el nihilismo afectivo en el que ya estamos inmersos. Esta nadería sentimental que mantiene abotargado el corazón de tantos jóvenes puede provocar desaliento en muchos educadores. El asunto es más grave que la simple desorientación afectiva. El descuido de la educación de la inteligencia, el desarrollo de la publicidad de masas y de los medios de comunicación, las modas light y los hábitos de consumo del occidente opulento son el correlato de la ausencia de algo en el corazón. Pero no hay que desesperar.

Contrarrestar el vacío afectivo.

No podemos consentir que sea Hollywood quien eduque el corazón de los jóvenes. Ni la moda de Ragazza , ni las canciones de las Spice Girls , ni los anuncios de Calvin Klein . La presión de la publicidad existe y tiene una fuerza brutal. Nos hablan de sentimientos, de sensaciones, de sentimentalismo y de otros sensores de la personalidad, que no son otra cosa que eso: sentidos, esto es, puertas hacia el exterior. Lo que queda por construir es la autopista que lleva de los sentidos hasta el corazón. “En estos últimos años, muchos padres y casi todos los colegios parecen haber renunciado a educar la afectividad de los niños. Quizá suponen que lo sano es dejarla a la intemperie, para que se exprese indiscriminada y hemorrágicamente. O quizá han delegado en la tele tan ardua tarea. El caso es que el Planeta se está llenando de adolescentes crónicos, super precoces en lo sexual e inmaduros en el amor” (E. Monasterio).

Pero la cosa no es nueva. Hace poco publicaba Aceprensa un artículo comentando un libro sobre la adolescencia , en el que se puede encontrar la siguiente cita: “La juventud de hoy está corrompida hasta el corazón; es mala, atea y perezosa. Jamás será lo que la juventud ha de ser, ni será capaz de preservar nuestra cultura” . El diagnóstico no puede ser más deprimente y podría parecer que lo hubiera escrito hoy un nostálgico de mejores tiempos pasados. Pero no. La cita procede de una inscripción grabada en una tablilla babilónica hace más de tres mil años. Los pesimistas vienen de antiguo. No se trata, por tanto, de asustarse ni de esperar que el panorama se arregle solo. Hay que poner manos a la obra y gastar toneladas de tiempo en buscar soluciones prácticas. Porque no está en juego simplemente la felicidad de nuestros adolescentes: nos jugamos el modelo social en el que van a crecer y madurar.

Una tirita para el “corazón partío”.

Hasta hace poco estaba muy de moda una tonadilla de Alejandro Sanz que hablaba de su “Corazón partío”. Recientemente he podido comprobar cómo incluso chiquillos de Educación Infantil (3-4 años) conocían la letra de la canción de este super famoso madrileño y tarareaban con su lengua de trapo “¿Quién me va a entregar sus emociones?, ¿quién me va a pedir que nunca la abandone?, ¿quién me tapará esta noche si hace frío?, ¿quién me va a curar el corazón partío?” Bien está que aprendamos por la radio el valor de la ternura, pero todos sabemos que hay más, ¿no? Bueno, pues eso ¿quién nos lo va a enseñar? ¿quién se lo va a enseñar a los que pasan más horas oyendo la radio o viendo la tele que escuchando o contemplando a sus padres? ¿Qué letras, qué canciones que conozcan desde su más tierna infancia y les acompañen durante su juventud? Hace poco he recordado una vieja copla castellana que daba en el clavo: “Corazones partidos, yo no los quiero. Y si le doy el mío, lo doy entero” . En la palabra darse está buena parte de la clave. Aquí entra la familia, aquí debería entrar también la escuela. No se trata de canturrearles antiguallas, pero sí de completar en serio lo que ya saben.

Tampoco estaría mal que de cuando en cuando los padres se preocupen de saber (no es necesario fisgar , preguntando se va a Roma) qué leen, qué oyen y qué ven sus hijos. Los chicos reciben más ejemplo malo que bueno. Pero cuando los padres se empeñan en ir contracorriente y asumen la fatiga de ese largo viaje, la mayor parte de los chicos se lo agradecerá. Porque nadie les habrá arrebatado su capacidad de soñar a cambio de un plato de lentejas.