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viernes, 21 de noviembre de 2008

Los 78 minutos de David Beckham


Hijo de un montador de cocinas y de una peluquera, David Beckham se ha convertido en un verdadero “espectáculo” futbolístico del siglo XXI.
Jorge Ranninger

Como lo más normal

Durante los años 2003 y 2004 fue el deportista más clickado en Google. Al día de hoy es considerado el atleta mundial más requerido por las “revistas del corazón”, y noveno en la lista general. En estos días, con su posible préstamo al Milán italiano, no deja de aparecer en los periódicos deportivos. Recientemente la revista financiera Forbes publicó la lista de las 100 celebridades del mundo, en donde Beckham se encuentra en el número 5. Según una encuesta realizada por la Universidad de Leiscester, los jóvenes británicos señalan a David Beckham como la persona que más admiran en toda la Historia. No es poca cosa… Pero no son ciertamente éstas las virtudes que más me llaman la atención y en las que me quiero fijar.

He seguido en estos últimos años la carrera deportiva de Beckham. Y ha habido actitudes que me han llamado fuertemente la atención. Son pequeños detalles, que saltan a la vista de repente, con un gesto o una reacción en medio de un partido. A veces son cosas insignificantes, pero dicen mucho. En la carrera de Beckham no me han dejado de sorprender, para bien. Y hay que saberlo reconocer. Ésta es una de ellas.

El 11 de octubre de 2008, hace unos días, la selección nacional inglesa, dirigida por el conocido Fabio Cappelo, jugó contra la selección de Kazajistán, en un partido de clasificación para el mundial del 2010.

De los 90 minutos que duró el partido, Beckham pasó 78 sentado en el banquillo a la derecha de Cappelo. No es que estuviera lesionado o sancionado. Alguno podría decir que no estaba en su mejor forma física, pero estoy seguro que no es ésta la razón.

En el minuto 79 Cappelo decidió dar entrada a Beckham en el terreno de juego. En esos once minutos restantes corrió, dio pase de gol, sudó la camiseta, luchó, celebró con sus compañeros los goles, peleó cada pelota… Finalmente lo ingleses ganaron 5 – 1.

Lo más difícil

Beckham que durante años fue capitán de la misma selección inglesa, figura indiscutible de algunos de los mejores equipos del mundo, solamente jugó 11 minutos. ¡Pero qué once minutos!

Y no me refiero a la calidad técnica, que no le falta, sino más bien a la demostración de saber estar. Aceptar y cumplir. Suena fácil pero no lo es. Cuando estás en ciertos niveles estos “detalles” duelen. Me viene a la mente ahora el partido de liga española que disputaron hace dos temporadas el Barcelona y el Racing de Santander. A pocos minutos del final del partido, Frank Rijkaard, entrenador del Barcelona, dispuso un cambio de jugador. El jugador que debía entrar al terreno de juego, se negó a hacerlo, y no entró.

Un jugador debe saber aceptar la realidad. Cumplir con la misión que le toca en este tipo de momentos. Es en estas situaciones donde realmente sale a relucir la calidad humana del jugador. Callar, aceptar, cumplir. Entrenar y hacer equipo. De esto no se debería librar ningún jugador, galáctico o no galáctico.

Es cierto, hace falta un poco de humildad, o un mucho, pero sin esto no se llega nunca a ser un verdadero crack del fútbol. Dominar el balón, tener una buena visión de juego, rematar de manera espectacular, no es suficiente. No es sinónimo de ser un crack. 78 minutos sí es tiempo suficiente para demostrarlo.

¡Primero hombre, después crack!

miércoles, 12 de noviembre de 2008

"La carreta vacía"



Alfonso Aguiló
www.interrogantes.net

De casi todo lo malo

«Caminaba despacio con mi padre, cuando él se detuvo en una curva y, después de un pequeño silencio, me preguntó: “Además del canto de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?”. Agucé el oído y le respondí: “Oigo el ruido de una carreta”. “Eso es —dijo mi padre—, una carreta, pero una carreta vacía”. Pregunté a mi padre: “¿Cómo sabes que está vacía, si aún no la hemos visto?”.

»Entonces mi padre respondió: “Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por el ruido. Cuanto más vacía va la carreta, mayor es el ruido que hace”.

»Me convertí en adulto, y ahora, cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación, siendo inoportuna o arrogante, presumiendo de lo que tiene o de lo que es, mostrándose prepotente o menospreciando a los demás, tengo la impresión de oír de nuevo la voz de mi padre diciendo: "Cuanto más vacía va la carreta, mayor es el ruido que hace". La humildad hace callar a nuestras virtudes y permite a los demás descubrirlas, y nadie está más vacío que quien está lleno de sí mismo.»

Es interesante el mensaje que nos deja este viejo relato. Cuando imaginamos el paso de una carreta llena de carga, esforzada, silenciosa, un poco hundida por el peso que lleva, esa imagen nos transmite una sensación de plenitud y de silencio. Y algo parecido sucede con las personas. Hay vidas que están llenas de contenido, de esfuerzo y de sentido. Suelen ser vidas activas y luchadoras, pero hacen poco ruido. Son vidas que no cuadran con los alardes grandilocuentes de actividad, ni con los excesos de protagonismo personal, ni con ese individualismo que suele delatar ocultas faltas de rectitud y de sentido de servicio.

Tengo el convencimiento de que la soberbia es la clave de casi todos los conflictos humanos. Formas de soberbia más o menos elaboradas, más primarias o más sutiles, pero siempre la soberbia está en la raíz de las actitudes que los provocan. En las personas más simples, se nota enseguida. En las más inteligentes, cuesta un poco más, pues con el tiempo van aprendiendo a disimularlo.

Muchas variantes y común denominador

Cuando vemos que en torno a una persona los conflictos tienden a enconarse, o que surgen distanciamientos o desencuentros tontos, o que a su alrededor los equipos humanos se desunen o se rompen, casi siempre está detrás ese empeño vanidoso e histriónico de la soberbia. Puede adoptar muchas formas, pero casi siempre son variantes de lo mismo: ese afán un tanto ridículo por dejar constancia del propio mérito, la susceptibilidad enfermiza que quien se siente agraviado constantemente por auténticas simplezas, las pugnas y desavenencias absurdas por una pequeña cuota de protagonismo personal, los agradecimientos exigidos y contabilizados, las ayudas aparentemente desinteresadas pero que luego reclaman una sumisión perpetua, los consejos que se dan con aire liberal pero que luego se considera una traición que no se sigan. Todo eso suele estar tejido y comunicado por el correoso hilo de la soberbia, e identificado por la falta de calado y de silencio interior.

El que sabe, suele hablar poco; el que habla mucho, suele saber poco. El que profundiza en las cosas, suele hablar con prudencia y con mesura. Los que hablan a la ligera y hacen juicios precipitados sobre las personas o los asuntos, suelen hablar demasiado. Son personas que con su alma vacía hacen chirriar el ambiente en todo su entorno, como las carretas vacías. Y chirrían sobre todo porque les falta el aplomo de la verdad. Porque la verdad, sobre todo en las cosas más patentes e inmediatas, es lo que más enerva al soberbio, que ve a la verdad ahí, independiente de él, imponiendo todo el peso de sus exigencias intelectuales y morales. Porque la verdad fastidia su constante búsqueda de satisfacción personal, y eso no lo soportan.

martes, 27 de mayo de 2008

Productividad no es igual a fecundidad


-¿Piensa que falta conciencia de la presencia de María en el mundo universitario e intelectual?
--Burggraf: María nos recuerda una verdad básica: "El amor siempre hace una carrera hacia abajo".
En una parábola famosa del Evangelio, un fariseo da gracias a Dios por ser mejor que los demás hombres, y Jesucristo desaprueba claramente esta actitud. Pero si, en el caso contrario, el fariseo hubiera pensado que era peor que los demás, tampoco hubiera sido humilde.
Una persona humilde no se compara con nadie. No mira ni a sí misma ni a los otros hombres, como el publicano en aquella parábola. Sólo busca a Dios, y se siente responsable ante Él, porque sabe que Dios le mira con cariño y confianza.
Un cristiano que trata de tener una presencia viva de María, no intenta compararse con los demás -ni comparar a los otros entre sí-. No es nunca un "rival", un "competidor". Contribuye a que el ambiente a su alrededor sea natural y amable, y se alegra del bien y de los logros de los demás.
Una persona unida a Dios y a María, obtiene una libertad mayor que la que tienen los pájaros del cielo. Está por encima de tantas pequeñeces que pueden frenar nuestros pasos.
No quiere dejarse cautivar ni por la comodidad de los bienes materiales, ni por el brillo de la fama o de una máscara, ni por los resultados de su propio trabajo.
Quiere ser generosa y compartir sus bienes con los demás: por supuesto el pan, pero también el vino, también el tiempo y las ideas, también los proyectos profesionales y todas las oportunidades que le brinda la vida.
Quizá pueda parecer, a veces, un poco ingenua y hacerse objeto de burlas o sonrisas compasivas. Puede incluso tener ciertas desventajas profesionales en un ambiente en el que cuentan sólo la imagen y el progreso, el subir en la escala social. Pero sabe que el éxito no es una categoría de Dios.
María nos enseña que todo lo aparentemente grande, poderoso y triunfal no es más que una mota de polvo, si no es purificado por el amor. Mirar hacia ella, la Madre, es importante en nuestra época de activismo.
Cristo, ciertamente, pide a sus discípulos que den frutos. Pero esta exhortación debe comprenderse en el contexto evangélico, y no según las claves de interpretación que se utilizan en las sociedades de rendimiento. La fecundidad es algo muy distinto que la productividad. Una persona puede producir mucho, obtener resultados y méritos incontables por su trabajo, y no ser verdaderamente fértil. Otra, en cambio, puede no rendir nada ante los ojos del mundo, y tener una gran fecundidad.
Cristo pide frutos que permanezcan. Podemos estar completamente seguros de que, lo que permanece para siempre, no será nuestro dinero, ni el aplauso, ni el éxito. Lo único que contará al final de nuestra vida, será el amor que hemos ofrecido y recibido. No tendremos nada más.