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sábado, 19 de julio de 2008

La historia del Caballero Antek



“Mamá, ¿me voy a morir?”, preguntaba Antek. La enfermedad y el dolor de un niño pequeño es un interrogante de difícil respuesta. Antek, de cinco años, le encontró un sentido. Esta es su historia.

Nadie quiere que estas cosas ocurran, pero ocurren. Durante las vacaciones de verano, al “Caballero Antek” le dolió el estomago y se le quitaron las ganas de jugar con sus hermanas Marysia y Rosa. Se quedaba en la cama y lloraba.

Sus padres le llevaron a Urgencias, donde con una inyección le calmaron los dolores. “No le gustó nada -explica Dorota, su madre-, pero le alivió el dolor del estómago. Pensamos que sería algo puntual, pero cada vez volvíamos con más frecuencia al Hospital”.

Cuando terminaron las vacaciones, Antek comenzó a ir al colegio. Pronto se ganó a todos los profesores y compañeros, con su alegría y educación. Siempre jugaba a ser un caballero andante, y se comportaba como tal.

La familia de Antek vive en Varsovia (Polonia), donde los niños van a un colegio obra corporativa del Opus Dei.En su familia y en el colegio Sternik, una obra corporativa del Opus Dei en Varsovia (Polonia), rezaban por la salud de Antek. Algo no iba bien. El niño, en cambio, rezaba por otras muchas cosas, más o menos serias: por la paz en el mundo, por sus hermanas, por su equipo de fútbol...

Finalmente, los médicos se decidieron a operarle de apendicitis. Parecía la solución, pero sólo fue el inicio de ataques más fuertes de dolor de estómago.

- ¿Por qué tengo que estar en el hospital? –preguntaba Antek- ¿Por qué estoy enfermo?

Su madre, que no tenía muchas razones que darle, intentó explicarlo así:

- Hijo mío, si Jesús te mirase y te preguntara: “Antek, ¿me ayudas con la Cruz?”. Tú, ¿que le dirías?

- Pues.... bueno, que sí.

- Pues te lo está preguntando ahora.

Un sacerdote amigo de los padres de Antek fue a visitar al niño. Habló con él y le regaló un crucifijo pequeño, de madera. Desde entonces, Antek lo llevó siempre en la mano cuando le iban hacer una prueba o cuando le llevaban a la sala de operaciones.

Las enfermeras veían que el niño se acercaba la mano a la boca y le oían susurrar: “Jesús, confío en ti”.

El día que les iban a confirmar la diagnosis definitiva, Dorota cuenta que se dirigió al despacho del médico lentamente, al paso de una mujer el el noveno mes del embarazo. “Es un cáncer –les dijo el doctor a los padres-. Mañana empezamos con quimioterapia”.

El Caballero Antek se enfrentó con valentía y muy pocas fuerzas a este temido dragón. Sin pelo, con vómitos y débil, preguntó:

- Mamá, pero ¿qué me pasa?

La madre le dijo la verdad:

- Tienes una enfermedad que se llama cáncer. Los médicos van a intentar curarte, pero tienes que saber que a veces no lo consiguen.

- O sea, que me puedo morir.

- Bueno... como todos, como papá, como yo... Pero solo Dios sabe en qué orden.

El niño no añadió nada. Sólo se giró, tomó de la mesa su crucifijo y susurró otra vez: “Jesús, confío en ti”.

La madre puso en marcha una cadena de oración: en la familia, entre los amigos. Cada día, recibía diferentes SMS en su móvil: “Hoy he ido a misa por Antek”, “Haré unos minutos de oración por tu hijo”... Dorota pedía oraciones a cualquiera. Un día, al bajarse de un taxi, dijo al conductor:

- “Mi hijo se está muriendo. ¿Podría usted rezar por él? “

Rezó e hizo rezar. Quería presentar a Dios “toneladas de oración”.

Antek luchó mucho contra el cáncer. Algunos días estaba fuerte y corría por todo el hospital como un rayo, revolucionándolo todo. Otros, sólo tenía fuerzas para ver la tele.

Y maduraba rápido. Cada vez con más frecuencia, preguntaba a su madre sobre la muerte, el Cielo, el porqué del sufrimiento.

- Mamá, ¿qué se hace en el cielo?

- Juega, corres con la bici, te diviertes con Dios...

La madre asegura ahora que las “toneladas de oración” dieron a Antek un descanso antes del final. Durante unos días, se encontró perfectamente, corría de aquí para allá, paseaba, había recuperado la felicidad...

Pero los médicos sabían que el cáncer seguía creciendo, cada vez más rápido, y aconsejaron a los padres que lo llevaran a casa, donde se encontraría más tranquilo durante sus últimos días. Allí, recayó de nuevo.

Antek disfrutó del ambiente familiar. Desde su cama veía a su madre preparar la cena, a sus hermanas hacer los deberes, a su padre leyéndole un cuento.

Un día llamó a su hermana Róża, con quien a veces peleaba:

- Róża –le dijo-, eres tan bonita y tan buena. Yo te quiero, acuérdate.

En otra ocasión, su padre le dijo llorando:

– Hijo mío, si pudiera, moriría por ti.

El chico sonrió con dificultad y le respondió:

- Pero soy yo quien va a morir por ti.

Antek tenía 6 años y 9 meses.

Murió poco después a las siete de la mañana. En su tumba, un amigo dejó escrito: “Gracias Antek: nos enseñaste a aceptar el dolor que llega sin saber porqué. A sostenernos con la fe. A aceptar la voluntad de Dios y confiar en Él”.

jueves, 26 de junio de 2008

Allí estabas tú (XV)


17. Morir una vez

Aunque sea algo insólito para la gente joven, aunque parezca mentira, en la tierra estamos de paso, y un día nos marcharemos. Dentro de doscientos años -que está ahí al lado- la tierra estará poblada por otros inquilinos.

Si no fuera un hecho incontrastable, nos costaría aceptar ese hecho. Y es que el género humano no iba a gustar el amargo trago de la muerte. Pero el pecado original cambió las cosas. La muerte es una penitencia por el pecado original, y por eso todos morimos, porque nacemos con esa marca.

Si se piensa en ella, sobrecoge. Si no sobrecoge es porque no se considera lo que es: el arrancarse el alma. Muchos no quieren pensar en ella, viven de espaldas a las realidades eternas, para vivir a su manera y no pensar, para no tener que cambiar de vida.

Pero ahí está la realidad. Ahí no cabe ser listo, avispado, tener influencias... A todos, un día, nos meterán bajo una losa fría donde ponga: «Aquí yace...».

Y aquellos ojos que veían el prodigio de la luz y los colores, estarán secos.

Y esos oídos que escuchaban la maravilla de la música, rotos.

Y aquel cuerpo ágil, que se movía con gracia, rígido.

Saltan inmediatamente las conclusiones:

Estar preparados, vivir con la mirada puesta en la eternidad: "Es tan sutil el diafragma que nos separa de la otra vida, que vale la pena estar siempre preparados para emprender ese viaje con alegría" (San Josemaría Escrivá, Ficha escrita el 22-V-1975, citado por Mons. A. del Portillo en Una vida para Dios).

Las decisiones que tenemos que tomar hoy no dejarlas para mañana. Ninguno tenemos asegurados los próximos cinco minutos. Así no mañanearemos con Dios. Hay gente que siempre aguarda un mañana para cambiar de vida, un mañana que nunca amanece, nunca es el día propicio para tomar decisiones que comprometen la vida.

Y colocar cada cosa en su lugar.

El día en que nacimos nos subimos en esta movediza plataforma del tiempo. Nuestra vida, en cierto sentido, es sagrada. Por eso son momentos sagrados, que nos hablan de Dios, el primer segundo de nuestra vida y el último, en el que nos bajaremos del tiempo.

"Nuestra vida entera ha de ser el sacrificio ofrecido a Dios en unión con el de Nuestro Señor en la santa Misa. El momento cumbre de la Santa Misa es aquél en el que el sacerdote dice: Hoc est Corpus meum. Y el momento cumbre de nuestro sacrificio es el de la muerte, cuando también tengamos que decir: Hoc est corpus meum. «Este es mi cuerpo, Señor, el cuerpo que me diste y que ahora me quitas»"(R.A. Knox, Ejercicios para seglares).

Vale la pena que vivamos siempre con esta actitud de ofrenda a Dios Padre, como Cristo en la Cruz, y podamos entregar el cuerpo y el espíritu como hizo Él, diciendo: Consummatum est, cumplí en mi vida todo lo que tenía que hacer.

La teología del borrico


El Cardenal Julián Herranz narra el fallecimiento de San Josemaría.

El 26 de junio regresé a Villa Tevere desde el Vaticano a la hora habitual: poco antes de la una y media del mediodía. Nada más llegar me avisaron desde la Secretaría general:

-Suba enseguida. El Padre está muriéndose.

Me dio un vuelco el corazón y, rezando, subí rápidamente. Cuando llegué al segundo piso de la Villa Vecchia, don Álvaro, que en ese momento se hallaba en el dintel de la puerta de su cuarto de trabajo, donde yacía el Padre, me dijo:

—Ven, ven, porque tú también eres médico.

Entré inmediatamente y encontré al Padre en sotana, tendido en el suelo, con el rostro sereno, aunque sin respiración.

José Luis Soria, sacerdote y médico, estaba efectuándole la respiración artificial desde un rato antes. Fuimos alternándonos: unos segundos él y otros yo. Continuamos practicándole también el masaje cardíaco.

Yo no sabía lo que había sucedido, aunque supuse, como luego me informaron, que el Padre había sufrido un shock cardíaco. Acepté la Voluntad de Dios, pero le pedía que no se lo llevase tan pronto. De rodillas como estaba, le pedí con toda mi alma al Señor que aceptase un cambio: mi vida por la suya. La mía vale poco, le dije. La suya nos es necesaria a todos: a sus hijos, a la Iglesia, a la humanidad.

Y así estuvimos José Luis y yo, durante largo rato: una vez y otra, y otra... en silencio, con lágrimas en los ojos, hasta que nos dimos cuenta de que era inútil seguir. Todos los signos clínicos eran de muerte. Don Álvaro y Javier Echevarría, que en todo momento habían acompañado y atendido amorosamente al Padre, comunicaron formalmente la tristísima noticia a los miembros del Consejo General que estaban reunidos en una habitación contigua. También, por teléfono, a las mujeres de la Asesoría Central. En ambos casos, dándoles a la vez los oportunos consejos de piedad filial y de gobierno.

***
Trasladamos enseguida el cuerpo del Padre al oratorio de Santa María de la Paz. Horas después, mientras rezaba ante su cadáver, revestido con ornamentos sacerdotales, vino a mi mente, entre otros muchos entrañables recuerdos, la confidencia que el Padre nos hizo un lejano día de Navidad de 1953, junto al fuego de la chimenea de la sala de estar.

Nos dijo que quería escribir un libro sobre el borrico, ese animal bíblico con el que tanto le gustaba identificarse, porque había dado calor a Jesús en Belén y lo había llevado en triunfo a Jerusalén. Un animal que los hombres no suelen estimar pero que el Padre nos ponía como ejemplo: de humildad, de reciedumbre en el trabajo y de fidelidad en esa guerra de paz y de amor que sus hijos del Opus Dei y todos los cristianos están llamados a propagar en el mundo. Si llegaba a tener tiempo para escribir ese libro —nos dijo— lo titularía Vida y ventura de un borrico de noria.

Dios se lo llevó antes de que pudiera completarlo. Pero se conservan pasajes recogidos de sus conversaciones, de los que algunos, corregidos de su puño y letra, glosan las misericordias del oratorio de Pentecostés que él quiso ornamentar con escenas de borricos. Esos textos –recogidos en Crónica, una revista interna- son un símbolo de su vida. Entre otras maravillas de la “teología del borrico”, se lee:

«Al borrico le hubiese gustado llegar a la Navidad; calentar otra vez, con su aliento, al Niño. Pero estuvo de algún modo presente, en la blanca alegría de aquella noche, porque vinieron los ángeles e hicieron de su piel panderos y zambombas.

»La historia del borrico termina bien; muere trabajando. Y que lo destrocen después, que lo despellejen y hagan tambores para la guerra y zambombas para cantar al Niño Dios».

Así murió el Padre.

viernes, 2 de mayo de 2008

Basta una cebolla

¿Conocen ustedes la fábula rusa de la cebolla?
Cuentan los viejos cronicones ortodoxos que un día se murió una mujer que no había hecho en toda su vida otra cosa que odiar a cuantos la rodeaban. Y que su pobre ángel de la guarda estaba consternado porque los demonios, sin esperar siquiera al juicio final, la habían arrojado a un lago de fuego en el que esperaban todas aquellas almas que estaban como predestinadas al infierno. ¿Cómo salvar a su protegida? ¿Qué argumentos presentar en el juicio que inclinasen la balanza hacia la salvación? El ángel buscaba y rebuscaba en la vida de su protegida y no encontraba nada que llevar a su argumentación. Hasta que, por fin, rebuscando y rebuscando se acordó de que un día había dado una cebolla a un pobre. Y así se lo dijo a Dios, cuando empezaba el juicio.
Y Dios le dijo: "Muy bien, busca esa cebolla, dile que se agarre a ella y, si así sale del lago, será salvada."
Voló precipitadamente el ángel, tendió a la mujer la vieja cebolla y ella se agarró a la planta con todas sus fuerzas. Y comenzó a salir a flote. Tiraba el ángel con toda delicadeza, no fuera su rabo a romperse. Y la mujer salía, salía.
Pero fue entonces cuando otras almas, que también yacían en el lago, lo vieron. Y se agarraron a la mujer, a sus faldas, a sus piernas y brazos, y todas las almas salían, salían. Pero a esta mujer, que nunca había sabido amar, comenzó a entrarle miedo, pensó que la cebolla no resistiría tanto peso y comenzó a patalear para liberarse de aquella carga inoportuna. Y, en sus esfuerzos, la cebolla se rompió. Y la mujer fue condenada.
Sí, basta una cebolla para salvar al mundo entero. Siempre que no la rompamos pataleando para salvarnos nosotros solitos. (José Luis Martín Descalzo, "Razones para vivir").