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viernes, 27 de junio de 2008

Trabajo, santidad, apostolado


Homilía en la fiesta Litúrgica de San Josemaría (Basílica de San Eugenio (Roma), 26-VI-2008). Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei

1. Queridos hermanos y hermanas.
Los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios (Rm 8, 14). Es ésta la asombrosa verdad que nos recuerda la segunda lectura de la Misa de hoy, con palabras de San Pablo a los Romanos. Una verdad esencial de la fe cristiana, que —por querer divino— se convirtió en el eje de la predicación de San Josemaría Escrivá de Balaguer, desde el comienzo de su vocación. Me viene a la memoria la frase con la que abre el libro Forja: Hijos de Dios. —Portadores de la única llama capaz de iluminar los caminos terrenos de las almas, del único fulgor, en el que nunca podrán darse oscuridades, penumbras ni sombras.
—El Señor se sirve de nosotros como antorchas, para que esa luz ilumine... De nosotros depende que muchos no permanezcan en tinieblas, sino que anden por senderos que llevan hasta la vida eterna (Forja, n. 1).

La conciencia de la filiación divina en Cristo empujaba a San Josemaría, dócil instrumento del Paráclito, a comunicar esta gran nueva a todas las personas con las que se encontraba en su caminar terreno, animándolas a recorrer las vías de la santidad. Porque, como continúa el Apóstol, el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados (Rm 8, 16-17).
Estas reflexiones nos mueven a elevar nuestra gratitud a Dios, también por haber dado a la Iglesia la vida de San Josemaría, instrumento del que se ha servido para reavivar en muchas almas la conciencia de la filiación divina.

Demos gracias al Señor también porque, dentro de pocos días, el 28 de junio, por decisión del Santo Padre, que quiere celebrar de este modo el segundo milenio del nacimiento del Apóstol de los gentiles, dará comienzo un año paulino. Es una ocasión muy especial para meditar sobre la vida y la doctrina de San Pablo, un acontecimiento que nos estimula a seguir a Cristo imitando el arrojo y la completa entrega que descubrimos en la existencia de este gran Apóstol.

Un nuevo motivo de acción de gracias proviene del hecho de que hoy, en el Tribunal de la Diócesis de Roma, se ha clausurado el proceso informativo de la Causa de beatificación y canonización del Siervo de Dios Mons. Álvaro del Portillo. Es sólo un primer paso, pero un paso que a nosotros —con tantas otras personas del mundo entero— nos llena de alegría, pues vemos en el queridísimo don Álvaro el hombre íntegro, el cristiano auténtico, el buen pastor, el hijo fidelísimo de San Josemaría, porque ha sido el que mejor ha sabido —con la gracia de Dios— seguir sus huellas, acogiendo en sí plenamente el espíritu que Dios comunicó al Fundador del Opus Dei.

2. La fiesta de hoy, además de recordarnos que la llamada —¡la vocación cristiana!— a la santidad tiene su fundamento en la realidad de nuestra filiación divina, nos invita a considerar el marco en el que se encuadra esta llamada: la vida cotidiana normal y, concretamente, el trabajo profesional y la vida en familia, que llenan la mayor parte de nuestras jornadas.

Trabajar es ciertamente una actividad encaminada a subvenir a las necesidades económicas personales y familiares; pero, como nos ha enseñado San Josemaría, el trabajo deber ser mucho más, pues nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor (Es Cristo que pasa, n. 48).

En efecto, después de haber creado a nuestros primeros padres, Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara (Gn 2, 15). Meditando esta página del Génesis, San Josemaría se llenaba de alegría y de gratitud. El trabajo —escribía— es la vocación inicial del hombre, es una bendición de Dios, y se equivocan lamentablemente quienes lo consideran un castigo.
El Señor, el mejor de los padres, colocó al primer hombre en el Paraíso, «ut operaretur» —para que trabajara (Surco, n. 482).

El trabajo, pues, no es un castigo —el mandato de trabajar es anterior al pecado original—, sino un encargo confiado a todos los hombres para que puedan cooperar con Dios en el desarrollo ordenado de la creación material. Meditando esta enseñanza de la Sagrada Escritura, el Fundador del Opus Dei vio —con luces recibidas del Señor— el gran valor del trabajo como medio de santidad y de apostolado.

Durante un congreso sobre las enseñanzas de San Josemaría, el entonces Cardenal Ratzinger subrayaba la notable contribución dada por nuestro Padre a la solemne proclamación de la llamada universal a la santidad, hecha en el Concilio Vaticano II. Se detenía concretamente en la afirmación de que «a la santidad se llega, bajo la acción del Espíritu Santo, a través de la vida cotidiana. La santidad consiste en esto: en vivir la vida cotidiana con la mirada fija en Dios; en plasmar nuestras acciones a la luz del Evangelio y del espíritu de la fe. Toda una comprensión teológica del mundo y de la historia —añadía— deriva de este núcleo»*, como tantos textos de San Josemaría «atestiguan, de modo preciso e incisivo»*.

3. La llamada a colaborar en la misión salvífica de la Iglesia es inseparable de la vocación a la santidad. También ahora, como en tiempos de Jesús, la muchedumbre tiene hambre de escuchar la palabra de Dios. Es la escena que —una vez más— hemos revivido en el Evangelio. El Señor ha subido a la barca de Pedro para dirigir su palabra a la multitud; se sirve de la colaboración material de Simón y de los otros discípulos para que su mensaje llegue más lejos. Es un primer modo de participar en su misión evangelizadora: facilitar a la Iglesia los medios materiales que necesita para trabajar con mayor eficacia al servicio de las almas.

Pero no basta este empeño. El Señor nos pide también que colaboremos personalmente en el apostolado, cada uno según la situación en la que se encuentra y de acuerdo con sus posibilidades. La pesca milagrosa es también un signo de la eficacia apostólica de la obediencia a la palabra del Maestro. Después de haber enseñado a la muchedumbre, Jesús se dirige a Pedro y a los demás discípulos diciéndoles: guiad mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca (Lc 5, 4). Simón obedece la orden del Señor, a pesar de la reciente experiencia negativa, y entonces se realiza el milagro: recogieron gran cantidad de peces (Lc 5, 6).

También nosotros, si cultivamos la amistad con Jesús en la oración personal, si frecuentamos los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía, si acudimos a la Virgen, a los Ángeles y a los santos, nuestros intercesores delante de Dios, seremos capaces Pero, para esto, es también necesario amar sinceramente a nuestros amigos, a nuestros compañeros, a todas las almas. ¡Un cristiano ha de ser apostólico!

Existe una gran necesidad de mujeres y de hombres seriamente empeñados en la tarea de llevar las almas a los pies de Cristo, como los primeros Doce. Os recuerdo lo que decía el Santo Padre el día en que comenzó su servicio pastoral en la sede de Pedro. «También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera (...). Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida» (Homilía en el comienzo del Pontificado, 24-IV-2005).

San Josemaría nos invitaba a preguntarnos todos los días: ¿qué he hecho hoy para acercar algunas personas a Nuestro Señor? Muchas veces será una conversación orientadora, una invitación a acercarse al sacramento de la Penitencia, un consejo que ayuda a comprender mejor algún aspecto de la vida cristiana. Y, siempre, el ofrecimiento generoso de oración y de mortificación, de trabajo bien hecho; éstos son los medios más importantes que hemos de emplear, para alcanzar los objetivos apostólicos.

Además de ser un buen intercesor, San Josemaría es un modelo espléndido de hombre que ha sabido convertir el trabajo en oración y colaborar con Cristo en la extensión de su reino. Confiemos a María, nuestra Madre, los propósitos concretos que hayamos formulado en estos minutos, para que sean plenamente operativos. Así sea.


*Cardenal Joseph Ratzinger, Mensaje inaugural del Congreso teológico de estudio sobre las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Roma, 12-X-1993

miércoles, 18 de junio de 2008

Allí estabas tú (IX)


11. ¿Quieres ser santo?

Si por parte de Dios no hay impedimento; es decir, que nos ha dado todos los medios –el Espíritu Santo, los Sacramentos, La Santísima Virgen, etc.-, todo depende de nosotros, de que queramos.

Ser santo no es difícil, sin embargo requiere una decisión continuada durante toda la vida, como decía Santa Teresa a sus religiosas: "Los que quieren beber de esta agua de vida y quieren caminar hasta llegar hasta la misma fuente, cómo han de comenzar, y digo que importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabaje lo que trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo" (Santa Teresa, Camino de perfección, 35).

Si Cristo te preguntara si quieres ir a Cielo, contestarías sin vacilar que sí, lógicamente. Pero si te mirara fijamente y te volviera a hacer la pregunta despacio, captarías lo que ese compromiso encierra: poner los medios, todos los medios; abandonarte totalmente como San Pedro. Estar dispuesto a que el Señor te diga como a Simón: "Cuando eras joven, tú te ceñías e ibas adonde querías; cuando seas mayor extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras" (Jn 21,18), es decir, dejarse conducir por Él.

¡Ah, entonces la pregunta cambia! Y es que, a lo mejor, uno desea ganar el premio eterno, pero sin poner los medios, sin empeñar lo que cuesta, y quedarse con la sonrisa de marioneta de cartón como el joven rico.

Piénsalo.

"Me dices que sí, que quieres. -Bien, pero ¿quieres como un avaro quiere su oro, como una madre quiere a su hijo, como un ambicioso quiere los honores o como un pobrecito sensual su placer? -¿No? -Entonces no quieres" (San Josemaría Escrivá, Camino, 316).

Si alguien desea nuestra felicidad más que nosotros mismos ese alguien es Dios. Para eso nos ha facilitado los medios necesarios pasa ir al Cielo -que ya Le costó, ¡eh!-. Todo depende de nosotros. Precisamente para eso estamos de visitantes en esta tierra.

¿Quieres ser santo? ¿De verdad?

martes, 17 de junio de 2008

Allí estabas tú (VIII)



10. Todos tenemos vocación



Hay algunas personas que se preguntan si tendrán ellas vocación, y la pregunta está mal hecha, porque todos tenemos una llamada divina.

Lo que sucede es que hay que descubrirla, y luego seguirla. Descubrir lo que Dios propone a cada uno: Dios nos da todo, se nos da Él mismo. Y pide todo, toda la vida. El mensaje que Cristo proponía a los suyos era radical, exigía una dedicación completa. Y esto en todos los estados y condiciones. No sólo a los presbíteros, sino a las amas de casa, a los estudiantes, a los senadores,...

Una nueva manera de vivir. El planteamiento que Dios hace al cristiano es grandioso: le ofrece la santidad.

Pero exige mucho. Ser cristiano supone haber hecho una opción, haber tomado una decisión en la vida de amar a Dios sobre todas las cosas y de servir a los demás.

Meter toda nuestra existencia en esas dos coordenadas. El cristiano vive cada día para amar a Dios y a los demás; todo lo demás que realiza tiene que tener esa connotación del amor y del servicio. Por eso, el final de su vida da como resultado una vida llena, repleta de amor.

La pregunta, por tanto, no es ¿tengo vocación?, sino ¿de qué?

Jesucristo vino a llamar a todos a seguirle, a la santidad, al Cielo. Sería absurdo pensar que entre los bautizados hubiera unos llamados a mayor perfección que otros. Así no pensaban los primeros cristianos. Cuando se convertían, se comprometían a dar la vida por Cristo, a ser cristianos con todas sus fuerzas, incluso estaban dispuestos al martirio. Que hubiera sacerdotes, diáconos y Obispos era otra historia, era porque se necesitaban. Pero todos eran muy importantes.

Algunos de los santos de los primeros tiempos que veneramos en los altares eran sacerdotes o Papas, pero la mayoría eran profesionales o estudiantes. Por poner un ejemplo, Santa Felicidad murió con veintidós años, estaba casada y tenía un crío de meses.

Dios llama a todos a la santidad. "Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Pastor que 'a sus ovejas las llama a cada una por su nombre' (Jn 10, 3)" (Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici).

Todos estamos llamados a ser santos, a no vivir una existencia meramente humana, sino divina. Y en algún momento de nuestra existencia aparece Cristo que pregunta por nosotros, diciéndonos: ven y sígueme.

Descubrir el sentido vocacional de nuestra existencia, aquello para lo que hemos nacido, es lo más importante de nuestra vida. Simón nació para ser San Pedro, Teresa de Avila para ser carmelita, ser Santa Teresa de Jesús; Ignacio del País Vasco para ser el santo Fundador de los Jesuitas; aquel chico de Barbastro llamado Josemaría Escrivá, para ser el Fundador del Opus Dei. Y todas las personas de todos los tiempos estamos llamados a lo mismo: a ser santos. No a ser fundadores o carmelitas. Pero sí a tener una vida interior no menos intensa que la de ellos.

Lo que hace falta es hacer oración, estar con Jesús, para darse cuenta. Y tener a alguien que nos oriente en esta llamada. Dios pone siempre a nuestro lado alguien que, de parte de Dios, con su palabra o su ejemplo nos llame la atención.

¿Para qué me puso Dios en la existencia? ¿Para qué estoy yo en esta vida? Para algo muy grande que Dios tiene previsto. Es muy importante descubrirlo, y seguirlo... hasta la muerte. Hasta el Cielo. Porque en el Cielo están los santos: esas personas -normales- que le fueron diciendo que sí a Dios.

No, la santidad no es para gente especial, para unos pocos; es para todos. Todos deberíamos llegar al Cielo con una nota de sobresaliente. Si sólo llevamos un aprobado será porque no habremos descubierto nuestra vocación o porque no la habremos vivido bien.

Lo normal en todos los cristianos debería ser la identificación con Cristo, la frecuencia de la Eucaristía y de la Confesión, la devoción a la Virgen, la oración, la mortificación, etc. Es decir, vivir una vida normal, como todos los mortales, pero con un estilo y unas prácticas que los paganos no viven.

Lo que sucede es que, frecuentemente, la vocación cristiana se concreta en una vocación específica; vivir en la Iglesia de un modo determinado, con unas normas y costumbres particulares (Reglas se llaman en algunos sitios). Pero que no suponen algo superior a la llamada bautismal, sino una concreción en el modo de vivirla.

Y uno tiene que ver si Dios le llama a una vocación particular. Decía el Santo Padre: "Me dirijo sobre todo a vosotros, queridísimos chicos y chicas, jóvenes y menos jóvenes, que os halláis en el momento decisivo de vuestra elección. Quisiera encontrarme con cada uno de vosotros personalmente, llamaros por vuestro nombre, hablaros de corazón a corazón de cosas verdaderamente importantes, no sólo para vosotros individualmente, sino para la humanidad entera.

Quisiera preguntaros a cada uno de vosotros: ¿Qué vas a hacer de tu vida? ¿Cuales son tus proyectos? ¿Has pensado en entregar tu existencia totalmente a Cristo? ¿Crees que pueda haber algo más grande que llevar a Jesús a los hombres y los hombres a Jesús?"
(Juan Pablo II, Audiencia 13-V-84).

Como a Pedro, como a los otros Apóstoles y como a todos los hombres y mujeres que a lo largo de la historia han conocido la llamada, también nosotros nos quedamos confundidos. Porque, ¿qué méritos tengo yo?, ¿por qué se ha fijado Dios en mí?

Sin embargo, más que mirarnos a nosotros mismos, a nuestras posibilidades, a si podremos o no podremos, a qué va a pasar, qué van a decir..., lo que hemos de hacer es mirar a Jesús.

Si de El ha partido la idea, será por algo. El ya nos conoce y sabe nuestras pequeñas posibilidades y nuestros defectos. Si, a pesar de todo, nos llama -y nos ha llamado por el hecho de estar bautizados-, lo que hay que hacer es fiarse de El, intentar realizar lo que El tiene previsto.

Será El quien ponga en nosotros lo que nos falte y conducirá todas las cosas para el bien de los que ama. Tú no puedes, tú no vales; pero el Señor sí puede. Puede sacar de un pescador rudo de Galilea un santo: San Pedro.

"La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía" (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 45).

La vida tiene otro color con Él. Si San Pedro pudiera contarnos cosas de su vida con Jesús, ¡nos contaría tantas cosas! ¡Que bien se está con Él!, podría decirnos como aquella vez en el Tabor. Y ante el asombro de los milagros obrados por Jesús: apártate de mí que soy un pecador. También puede suceder que el recorrido de nuestra vida se nos haga largo y nos sucedan cosas. Posiblemente las mismas que a Simón Pedro. A él se le hacía duro tener que ir con Jesús a la Cruz y, ante las dificultades, ante las voces agoreras del ambiente, se nos ocurra decir: Señor, ayúdanos que perecemos.

Y al comprobar nuestros errores, nuestras faltas de fidelidad, tendremos que decir, muchas veces, cuando acudamos al sacramento del perdón: Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo.

Todo esto es nuestra vida; no pensemos que la vida de los santos era un continuo milagro. Eran personas normales, como nosotros, con una vida muy parecida a la nuestra. Siempre buscando hacer la voluntad de Dios; con tribulaciones y viendo los frutos, con alegrías y con penas. Pero eso sí, siempre con una decisión del corazón radical: Señor, yo daré mi vida por ti.

Y así hasta el último momento de la vida. La muerte, entonces, no es otra cosa que el encuentro con Quien amamos ya aquí. La muerte lo que hará es hacernos santos para siempre. Porque el Cielo es la casa de los santos.

lunes, 16 de junio de 2008

Allí estabas tú (VII)


III. SAN PEDRO

9. Historia de un santo

¿Y quién lo iba a decir de ti, Simón, el hijo de Juan?, se pregunta la suegra de Pedro. Yo que conozco a tu madre y a toda tu familia desde toda la vida, que te veía jugar en el pueblo y que ya me preocupé yo de que te casaras con mi hija... ¿Quién te iba a decir a ti, que eras un pescador, que te iban a construir una Basílica en Roma, con una Plaza tan grande y que toda la cristiandad estaría mirando la fumata blanca cada vez que eligieran a un sucesor tuyo?

¿Quién era ese Jesús que ha armado tanto revuelo histórico; y qué era esa Buena Nueva que ha hecho cambiar de esquema al mundo? ¿Y qué tenías tú que no tuvieran los otros del pueblo para que Él se fijara en ti y te hiciera Papa?

La verdad es que mi vida, podría contar Simón, era de lo más normal: yo salía a pescar un día y otro, echaba las redes, las recogía y, luego en el puerto, las extendía para recoger los peces, y después nos íbamos a la taberna...

No sé porqué siempre se me pinta calvo y con barba. Así era yo al final de mi vida, pero cuando hablábamos con Jesús no llegábamos ninguno de los amigos a los treinta años.

Recuerdo cuando Jesús empezó a predicar como Maestro y nos dijo que Le siguiéramos.

Y Le seguimos porque había algo especial en Él. No sólo era muy amable y decía la verdad que cada uno necesitaba -¡era un gran amigo!-, sino que había en Él algo especial, no sé si me entiendes. Jesús era muy humano, pero también muy sobrenatural; infundía como un respeto sagrado. Jesús era, en este sentido, distinto a cualquier otro hombre que había conocido.

Sí, los otros y yo Le seguimos. Entonces empezó una aventura apasionante. Si quieres que te diga la verdad, con Jesús la vida era muy normal, no es que estuviera a todas horas haciendo milagros, pero a veces era desconcertante. Por dos veces sacamos miles de panecillos y de peces de una bolsa, le vimos andar sobre las aguas, y calmar tempestades. No ocurría todos los días, ya te digo, pero tampoco era infrecuente.

Estábamos asombrados. Y lo comentábamos entre nosotros. Sabíamos que con Él estábamos seguros ya fuera ante las inclemencias del tiempo como ante la borrasca de los envidiosos. Porque, asómbrate, los abogados y los sacerdotes de aquel tiempo se pusieron a la contra de Jesús. Incomprensible, porque Él no hacía mal a nadie, y decía unas cosas sobre Dios impresionantes. Por eso también nos empezaron a amenazar a nosotros.

Y Él lo que nos pedía, sobre todo a mí, era que tuviéramos fe. Que nos fiáramos de Él, y que si teníamos fe haríamos las cosas que Él hacía. Una lección que a mí me costó bastante aprender. Una vez, después de una pesca milagrosa tuve que decirle a Jesús "Apártate de mí que soy un pecador" (Lc 5,8).

Porque, a veces, a Jesús yo no le entendía, como os sucede ahora a vosotros; no comprendía que Él fuera a morir en la Cruz. ¿Morir? ¿Jesús? Imposible. ¿Y además en una cruz? "Ni se te ocurra, Señor", vine a decirle. Pero Jesús tenía otros planes.

De verdad, que a veces no le entendíamos: era sorprendente. Y nos equivocábamos, y yo tenía que pedirle perdón: "Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que yo te amo"(Jn 21,17), como cuando la gente se confiesa.

"¿Y aquella vez en el Tabor? ¿Te acuerdas?", podría recordar Pedro a Santiago y a Andrés. ¡Qué bien se estaba allí! Porque, la verdad, ¡qué bien se estaba con Jesús! ¡Cuántos ratos de tertulia! Jesús...; no habían conocido a nadie como Él.

Sí, pero la verdad es que ya le costó a Jesús enseñar a sus Apóstoles; enseñarles a que hicieran Su voluntad, la voluntad de Dios. Sin embargo, ellos fueron aprendiendo; y entre el amor que le tenían y el sentido sobrenatural que fueron adquiriendo, fueron capaces de decir, como San Pedro: "Daré mi vida por ti" (Jn 13,37).

Y él la dio. Murió crucificado boca abajo por Cristo en el circo de Nerón, y después su cuerpo fue enterrado a pocos metros del circo, ahí en la falda del monte Vaticano.

Él no sabía ser San Pedro, él no hubiera podido serlo, pero fiado en la palabra de Jesús y con la asistencia del Espíritu Santo, que recibió el día de Pentecostés, fue lo que fue: un santo.