viernes, 6 de junio de 2008

Convertirse al natalismo


Hace ya bastantes años fue el economista americano Julien Simon, de religión judía, el que se “convirtió” científicamente al natalismo por la fuerza de las cifras contantes y sonantes, dejando atrás una larga trayectoria maltusiana. Recientemente otro profesor norteamericano, igualmente economista, también ha cambiado de bando y se ha pasado al bando de los cornucopianos.

Gregory Mankiw, profesor de la Universidad de Harvard, es conocido por ser el autor de dos libros muy populares entres los estudiantes de economía: ‘Principios de Economía’ y ‘Macroeconomía’, de los que ha vendido más de un millón de ejemplares.

No hace mucho, un estudiante de 1º de esta licenciatura en la Universidad San Pablo-CEU (Madrid), le escribió un e-mail al profesor N. Gregory Mankiw. En esa misiva electrónica, el joven le decía que su profesor de Economía no estaba de acuerdo con las tesis maltusianas que aparecían en su libro ‘Principios de Economía’. Debió sorprenderse bastante el citado estudiante al recibir la contestación desde las aulas de Harvard, perteneciente al célebre y reducido grupo de universidades que integran la “Ivy League”. Porque Mankiw le contestó que él ya había cambiado sus tesis y que se estaba convirtiendo al “natalismo”.

Y no sólo eso. Sino que añadía, con cierta sorna, el profesor americano: “Mi mujer y yo estamos a punto de realizar un acto que algunos definirían como socialmente irresponsable: al final del verano, vendrá al mundo nuestro tercer hijo (..)”. Al escribir esto me acordé de la familia Latasa, mis nuevos amigos, que acabo de conocer en Irlanda: con seis chicos y chicas a sus espaldas, muchos los deben ver como unos auténticos ‘extraterrestres’ en este mundo que nos rodea. Pero todo el que los conozca, aunque sólo sea por un breve rato, se dará cuenta de que es en esas familias numerosas donde uno puede encontrar la verdadera alegría y el sentirse querido. Juan y Patricia, los padres, son unos auténticos héroes, unos ‘superpadres’.

Las teorías de Malthus han fracasado, “afortunadamente estaba bastante equivocado”, contestaba Mankiw: “Aunque la población mundial ha aumentado seis veces con respecto a la de hace un par de siglos, ahora los niveles de vida son mucho mayores”. Las nuevas ideas acerca de las mejoras en la producción, e incluso los bienes que deben ser producidos, nos han llevado a una época de prosperidad mayor de la que Malthus (o cualquiera de sus coetáneos) pudieron haber imaginado.

No hay que tener miedo a la superpoblación, el fantasma que propaló Malthus hace doscientos años y que algunos ingenuos todavía se siguen creyendo. Antes de decidir si la superpoblación es una plaga o una bendición, deberíamos preguntarnos si el hecho de que haya una persona más supone un problema, fijándonos si consume más de lo que produce o viceversa. Como decía Julien Simon en su célebre libro “El último recurso”, cada hombre es una nueva boca que alimentar, pero también dos brazos para trabajar y un cerebro para pensar. Sobre todo esto último. Ya decía Ortega y Gasset que “el destino del hombre es primariamente ‘acción’. No vivimos para pensar, sino al revés: pensamos para poder pervivir”. Por eso Simon concluía que el ser humano es “el último recurso”.

El profesor de Harvard está en la misma línea de pensamiento: la ‘bomba de la población’ es un ‘bluff’ que esconde oscuros e inconfesables intereses de poder. No hace mucho, la prestigiosa revista ‘The Economist’ diseccionaba cómo nacen y se desarrollan algunos alarmismos sobre el medio ambiente, que califica de “cuentos de terror con argumento medioambiental”. Hablando del de la superpoblación, escribe: “Así, cuando nadie miraba, la ‘explosión’ demográfica se transformó en un crecimiento asintótico hasta un máximo de 15.000 millones; que se rebaja luego a 12.000 millones y, después, hasta menos de 10.0000. Lo que significa que la población nunca volverá a duplicarse”.

Para el nuevo partidario del ‘cuerno de la abundancia’, “quizás el recurso sin precio más importante sea la capacidad de la sociedad para generar nuevas ideas. Cada vez que nace un bebé, hay una probabilidad de que se convierta en el próximo Newton, Darwin o Einstein. Y cuando eso ocurre, todos nos beneficiamos”.

Y concluye que, por ejemplo, el Gobierno puede proteger el medio ambiente de una manera muy sencilla con impuestos eficaces sobre los hidrocarburos; “pero que fomentar la producción de nuevas ideas es mucho más difícil. La mejor manera de tener más genios es teniendo más gente”.

Luis Olivera

jueves, 5 de junio de 2008

En las cárceles de Albania



Con motivo de la celebración de los 50 años de sacerdocio de Juan Pablo II, Anton Luli, sacerdote jesuita albanés, contó al Papa su experiencia bajo el régimen comunista (L'Osservatore Romano, 15-XI-96).

(...) Acababa de ser ordenado sacerdote cuando a mi país, Albania, llegó la dictadura comunista y la persecución religiosa más despiadada. Algunos de mis hermanos en el sacerdocio, después de un proceso lleno de falsedades y engaño, fueron fusilados y murieron mártires de la fe. Así celebraron, como pan partido y sangre derramada por la salvación de mi país, su última Eucaristía personal. Era el año 1946.

A mí el Señor me pidió, por el contrario, que abriera los brazos y me dejara clavar en la cruz y así celebrara, en el ministerio que me era prohibido y con una vida transcurrida entre cadenas y torturas de todo tipo, mi Eucaristía, mi sacrificio sacerdotal.

El 19 de diciembre de 1947 me arrestaron con la acusación de agitación y propaganda contra el gobierno. Viví diecisiete años de cárcel estricta y muchos otros de trabajos forzados. Mi primera prisión, en aquel gélido mes de diciembre en una pequeña aldea de las montañas de Escútari, fue un cuarto de baño. Allí permanecí nueve meses, obligado a estar agachado sobre excrementos endurecidos y sin poder enderezarme completamente por la estrechez del lugar. La noche de Navidad de ese año -¿cómo podría olvidarla?- me sacaron de ese lugar y me llevaron a otro cuarto de baño en el segundo piso de la prisión, me obligaron a desvestirme y me colgaron con una cuerda que me pasaba bajo las axilas. Estaba desnudo y apenas podía tocar el suelo con la punta de los pies. Sentía que mi cuerpo desfallecía lenta e inexorablemente. El frío me subía poco a poco por el cuerpo y, cuando llegó al pecho y estaba para parárseme el corazón, lancé un grito de agonía. Acudieron mis verdugos, me bajaron y me llenaron de puntapiés. Esa noche, en ese lugar y en la soledad de ese primer suplicio, viví el sentido verdadero de la Encarnación y de la cruz.

Pero en esos sufrimientos tuve a mi lado y dentro de mí la consoladora presencia del Señor Jesús, sumo y eterno sacerdote, a veces, incluso, con una ayuda que no puedo menos de definir "extraordinaria", pues era muy grande la alegría y el consuelo que me comunicaba.

Pero nunca he guardado rencor hacia los que, humanamente hablando, me robaron la vida. Después de la liberación, me encontré por casualidad en la calle con uno de mis verdugos: sentí compasión por él, fui a su encuentro y lo abracé.
Me liberaron en la amnistía del año 1989. Tenía 79 años.

Esta es mi experiencia sacerdotal en todos estos años; una experiencia, ciertamente, muy particular con specto a la de muchos sacerdotes, pero desde luego no única: son millares los sacerdotes que en su vida han sufrido persecución a causa del sacerdocio de Cristo. Experiencias diversas, pero todas unificadas por el amor. El sacerdote es, ante todo, una persona que ha conocido el amor; el sacerdote es un hombre que vive para amar: para amar a Cristo y para amar a todos en Él, en cualquier situación de vida, incluso dando la vida.

miércoles, 4 de junio de 2008

Los famosos también creen



Es obvio que no se precisa la fama humana para testimoniar la fe. Pero tampoco vamos a desecharla cuando puede servirnos como interpelación para ser coherentes.

Pocos eran los testimonios públicos de personajes famosos que expresaran públicamente su fe cristiana y hablaran de la gran importancia que ha jugado en sus vidas. De un tiempo a esta parte hemos sido testigos de declaraciones edificantes, de palabras que dan esperanza, de conversiones más o menos sorprendentes, de proyectos de TV, radio, Internet y películas de cine que ponen los medios tecnológicos a disposición de la evangelización; o que promueven los valores humanos y las virtudes que el cristianismo defiende: todavía son pocas voces, pero cada vez hacen más ruido.

Ahí están las palabras de la conocida lesbiana afroamericana, fundadora y editora de la revista homosexual "Venus", Charlene Cothran. En el artículo "¡Redimida! 10 maneras de dejar ´la vida´ homosexual si quieres salir de ella", comunicaba a los casi 40 mil suscriptores de la revista y a los cientos de lectores del sitio web, su decisión de cambiar el rumbo de la publicación para ayudar a la recuperación de homosexuales.

“He decidido -decía- entregar todos mis dones de nuevo al Señor, incluyendo la revista “Venus”. El público será el mismo, pero la misión ha sido renovada: “Nuestra nueva misión es animar, educar y asistir a todos aquellos en la vida que quieren cambiar, pero no han encontrado una salida. Hermano mío, hermana mía, por favor, sígueme en el camino de salida a todo esto”.

Y más impresionante aún: "Aunque he vivido como lesbiana a lo largo de toda mi vida adulta, no tengo duda alguna de que el propósito de mi alma es el de usar mis dones para AMOROSAMENTE compartir la verdad de cómo llegamos aquí: cómo nos convertimos en un gay o una lesbiana, cómo llegamos a disfrutar de nuestro ´estilo de vida´ y cómo llegamos a creer –erróneamente- que esto estaba de acuerdo con Dios".

Mucho antes que ella, lo hizo el escritor Oscar Wilde (autor, entre otros, de "El retrato de Dorian Gray"). Pero hay otro que vale la pena rescatar y recordar: el del también escritor, aunque éste italiano, Pier Giorgio Tondelli. Éste, declaradamente homosexual, aunque ya converso hacia el final de su vida, dijo que la castidad "es una virtud mística para todos aquellos que la han elegido, y quizá el uso más sobrehumano de la sexualidad [...] quien ama a la vida no es el libertino sino el monje, porque este último busca el absoluto". Pocos días antes de fallecer dejo unas notas conmovedoras que reflejaban el discurso hacia el que se decantó su vida: "Sólo salva el Amor, la fe y la recaída de la Gracia".

Por otra parte, en una reciente entrevista concedida al ‘National Catholic Register’, Sylvester Stallone ha manifestado su intención de, además del mensaje cristiano que ha mostrado en “Rocky Balboa”, hacer ahora lo mismo con su nueva producción "Rambo IV: Pearl of the Cobra". En el semanario, Stallone narra la historia de su vuelta a la fe católica y cómo el nacimiento de su hija a finales de los 90 jugó un papel determinante: "Cuando mi hija nació enferma y me di cuenta de que necesitaba ayuda, comencé a poner todo en las manos de Dios, su omnipotencia y su gran misericordia".

De novicio budista a religioso camilo: es el caso de Nidal Ranatunga, ex principiante de monje budista y ahora primer sacerdote srilankés de la Orden de san Camilo. Atraído por la belleza del perdón y la alegría de servir a los demás, emprendió su camino hacia el cristianismo. Su andar fue sencillo: quinto de seis hermanos, nació en una familia budista pobre. Tras morir su padre, fue acogido para el servicio doméstico por una familia católica ya que su madre no podía mantenerlo. Ahí comenzó su deseo de hacerse monje budista pero, por curiosidad, empezó a ir a escondidas a la parroquia y, después de algún tiempo, como él mismo declaró a la agencia "Asia News", "me encontré, con estupor, rezando a la Virgen". Tras cinco años volvió a su hogar y, tras seis meses de catequesis, fue bautizado. La vocación fue un paso natural. Llegó a Italia en 1992 y conoció a religiosos de la orden de san Camilo. En 1994 ingresó en ella y fue ordenado sacerdote en 2004. Ahora es el padre Maximiliano Ranatunga y trabaja como capellán del hospital san Camilo en Roma, además de atender a la comunidad de cingaleses que viven en esa ciudad

En Italia destacan las conversiones en los últimos años del escritor Vittorio Messori, la del empresario editorial Leonardo Mondadori, la de la princesa Alessandra Borghese, la de la novelista Susanna Tamaro o la del vaticanista de la prensa laica Domenico del Rio, quien había abandonado el sacerdocio y recuperó la fe por el testimonio de Juan Pablo II.

O, al otro lado del Atlántico, la vuelta a la fe de Anne Rice que, en 1998, después de pasar la mayor parte de su vida adulta como una autora denominada atea, regresó a la fe católica, la cual no había practicado desde sus 18 años de edad. Ha vendido más de 100 millones de ejemplares de sus libros. En octubre de 2005, Rice anunció en la revista ‘Newsweek’ que, de ahora en adelante, "sólo escribiría sobre Jesús nuestro Señor". Su primer libro en esta línea se llama ‘Cristo el Señor: Fuera de Egipto’, que es el comienzo de una trilogía que pretende narrar la cronología de la vida de Jesús. Con este hecho finaliza la saga de "Las Crónicas Vampíricas" y de "Las Brujas de Mayfair", siendo por tanto el último libro Blood Canticle.

El actor Glenn Ford decía, hace años, que “me da pena la gente que no cree, porque es una gran pérdida para el hombre no tener fe”. Es obvio que no se precisa la fama humana para testimoniar la fe. Pero tampoco vamos a desecharla cuando puede servirnos como interpelación para ser coherentes. Son pequeñas voces que se alzan, que salen a flote; pero bien podríamos transformarlas en un grito, unánime y firme. No vale sólo creer, hay que poner en práctica la propia fe. Las conversiones siempre han interpelado a la humanidad; quizá sea ése el motivo por el que los medios de comunicación les dediquen poco espacio. De por sí, son incómodas, porque hacen pensar. Y para eso hace falta la valentía de enfrentarse con la verdad desnuda de las cosas.

Luis Olivera

lunes, 2 de junio de 2008

Por qué creemos en la Iglesia Católica




Fe católica es la que tenemos en lo que dijo Jesucristo, por la cual estamos
persuadidos de que lo que Él dijo es verdad.
Esta fe es divina porque Jesucristo es Dios. Por esto, no se puede negar
que sea obligatoria a todos los hombres.
Así lo dijo el mismo Jesucristo: «Id y enseñad a todas las gentes, a guardar
todo lo que os he mandado».
Y luego añadió: «El que crea y se bautice, se salvará; pero el que no crea se
condenará».
Dios ha querido darnos una serie de razones por las cuales vemos que
realmente ha hablado al mundo, diciendo cómo seremos felices eternamente,
si no vivimos una vida meramente materialista.
Las razones que nos ha dado para creer, son los diez motivos de credibilidad.
Los mejores medios para saber si una doctrina ha sido revelada por Dios,
son los milagros y las profecías.
Pues, el sentido común del género humano, siempre ha tenido y tiene
por testimonio de Dios, el milagro y las profecías cumplidas.
Por eso los judíos decían a Jesucristo salvador: «¿Qué milagro haces tú
para que veamos y creamos en ti?»
Milagro es un hecho sensible realizado por Dios, por encima de las fuerzas
de la naturaleza.
Es, pues, un hecho que no procede de las fuerzas de la naturaleza, sino
que Dios lo hace por sí, o valiéndose de otra causa instrumental, pero que
la naturaleza no lo haría con las fuerzas recibidas de Dios.
Que el milagro sea posible no se puede negar, pues existen muchísimos.
El milagro es un testimonio de la verdad de la doctrina, en cuyo favor se ha
hecho. Dios no va a cooperar en favor de una mentira.
Milagros verdaderos son los que superan las fuerzas de la naturaleza: la
resurrección de un muerto, etc....

Milagros aparentes son simulacros de milagros, en los cuales no se ve el
modo como se producen, debido a las fuerzas ocultas de la naturaleza.
Profecía es la predicción cierta de un suceso futuro, incapaz de ser conocido
en sus causas naturales, por ninguna inteligencia creada.
Por ejemplo, la profecía que dio san Gabriel al profeta Daniel, que de allí
a setenta semanas de años nacería el Mesías.
Dios, además de haber creado todo lo que existe, para que pueda ser
conocido por todo hombre, nos ha revelado en la Biblia, nos ha explicado
todo lo que está escrito en el A.T. y en el N.T. por medio de Jesucristo.
¿Cómo podemos saber que es verdad todo lo que Dios nos ha dicho en el
A.T. y en el N.T. por medio de Jesucristo?
Dios nos ha dado, para que podamos creer con toda seguridad todo lo
que ha dicho, una serie de pruebas que se llaman motivos de credibilidad.
Las principales pruebas son diez:
Los milagros. En especial su resurrección.
El cumplimiento de las profecías sobre Jesucristo.
Los milagros de los apóstoles y discípulos.
La conservación milagrosa del catolicismo, de la religión.
El testimonio de los mártires.
Los frutos del cristianismo.
La excelencia de la doctrina cristiana, enseñada por Dios.
La santidad de Jesucristo.
La vida de Jesucristo.
La mayor fuerza demostrativa de los motivos de credibilidad les viene de la
unión de todas.
1ª Prueba: Los milagros de Jesucristo
Los milagros de Jesucristo fueron hechos en presencia de muchedumbres
–durante varios años– ante enemigos y toda clase de personas.
Los milagros son hechos que superan las fuerzas de la naturaleza, sea en
el hecho o en el modo.
El hecho: Resucitar un muerto.
El modo: Curar la lepra con palabras. Con un tratamiento de medicina se
puede curar.
Dijo Jesucristo: «para que sepáis que... Levántate, toma tu camilla y anda»
Jn 10, 38.
Jesucristo: «Al menos creed por mis obras» Jn 10, 37.
Jesucristo: «Si no hubiera hecho las obras de mi Padre...» Jn 11, 42.
Jesucristo, en el milagro de la resurrección de Lázaro: «Para que crean que
me has enviado».
Las dos multiplicaciones de los panes:
Mt 14,13 –15,29–
El ciego de nacimiento Jn 9
La hija de Jairo. 9,18
El hijo de la viuda de Naím.
2ª Prueba: La Resurrección de Jesucristo
Es la mejor prueba. Sólo ella bastaría.
Después de haber resucitado, se mostró lleno de vida a sus discípulos,
durante cuarenta días, en muchas y variadas circunstancias.
Los discípulos, testigos de la resurrección, se dejaron matar por sostener
esta verdad.
3ª Prueba: Cumplimiento de las profecías
Son muchísimas en el Antiguo Testamento.
«Será hijo de Abraham»
«De la tierra de Judá»
«Descendiente de David»
«Hijo de una Virgen»
«Nacerá en Belén a las setenta semanas».
Su pasión y muerte están profetizadas sobre todo en Isaías, que por sus
pasmosas profecías, es llamado el profeta evangelista, porque más parece
contar lo pasado, que predecir lo futuro.
4ª Prueba: Milagros de los apóstoles y discípulos de Jesucristo
Curación del cojo del templo. Act 3,6
Los efectos de la sombra de Pedro. Act 5,13.
El milagro de Pentecostés.
La conversión de san Pablo.
Los discípulos de Jesucristo, canonizados, santos, hicieron muchísimas
veces milagros admirables, muy estudiados médicamente y controlados.
En muchos hay numerosos milagros.
Los papas no canonizan a una persona, por virtudes que tenga y santo
que sea, si Dios no habla por medio de un milagro, bien comprobado y
estudiado, por comisiones de expertos y médicos.
5ª Prueba: La propagación y conservación milagrosa de la Iglesia.
Es un milagro de orden moral. La propagación fue rápida y universal; en
medio de obstáculos insuperables, por predicadores pobres y humanamente
ignorantes.
Enseñaron una doctrina contraria a las pasiones y a las filosofías
helénicas.
6ª Prueba: La propagación se realizó en medio de continuas persecuciones.
Esta prueba es hoy muy admirada, porque no hay otra institución –fuera de
la Iglesia católica– que se conserve tantos siglos, siempre entera, igual en
las cuestiones esenciales; a pesar de ser tan perseguida.
Esto sólo lo puede hacer Dios.
7ª Prueba: El testimonio de los mártires
Mártir es el que da su vida en testimonio de la cristiandad. Fueron de todas
las edades y condiciones con horribles tormentos. Se calculan unos 18 millones.
8ª Prueba: Los frutos del cristianismo.
Las vidas heroicas de tantos buenos cristianos con sus virtudes.
9ª Prueba: Excelencia de la doctrina de Cristo
La ciencia elevadísima acerca de Dios, del hombre, del mundo, de la
santidad, del sufrimiento, etc... de la muerte, de la vida futura, por parte
de Jesucristo que no estudió.
10ª Prueba: La santidad de Jesucristo
La vida de Jesucristo demuestra que su doctrina es divina.
Cada una de estas pruebas son irrebatibles y su mayor fuerza está en su
conjunto.

Encuentro inesperado



Alphonse Ratisbonne era un joven judío de Estrasburgo, rico, cultivado, callejero, hijo de banquero... En 1842, Ratisbonne vivía en Roma -entre un viaje a Oriente y una escala en Palermo- una especie de ociosidad turística e indolente que le hace parecerse de lejos a un personaje de Stendhal: habría podido posar para Lucien Leuwen. Ratisbonne estaba prometido y preparaba su instalación viajando mucho. Era ateo y tenía un escepticismo quisquilloso que le llevaba a levantar querellas contra la Iglesia y el cristianismo. Tenía un amigo: el barón de Bussieres, muy piadoso, que multiplicaba por su conversión votos y exhortaciones.

Ratisbonne había accedido desde hacía algún tiempo -por pura gentileza, y porque no le concedía verdaderamente importancia alguna- a llevar consigo una medalla piadosa ofrecida por su amigo; un día, el amigo de Ratisbonne le invita a dar un paseo en coche; el carruaje del barón de Bussieres se para en la pequeña plaza de Roma, donde se eleva la iglesia de San Andrés delle-Fratte. La iglesia de San Andrés delle-Fratte es un edificio de modestas dimensiones; una tibieza a la italiana por la severidad del plano, el calor del decorado y la abundancia de cirios que plantan aquí y allá arbustos de luz. La iglesia demuestra una evidente insustancialidad, y no es de las que extravían las imaginaciones.

El barón -que ha de hacer una gestión en la iglesia- desciende, e invita a su pasajero a esperar, o a acompañarle; es asunto, añade, de pocos minutos. Ratisbonne, antes que aburrirse en el vehículo, decide visitar la iglesia, sin otra intención -por supuesto- que adicionarla a su colección de monumentos romanos.

Cuando empuja la puerta de esa iglesia, es un perfecto incrédulo, curioso por la arquitectura; no es un alma torturada a la zaga de un ideal. Yo no sé lo que se produce en ese instante en el «inconsciente» de Ratisbonne, como algunos pretenden conocer de lo acontecido en parecida circunstancia en el inconsciente de San Pablo; pero si el mío trabaja, actúa y me prepara una jugada, mi inconsciente es el único en saberlo.

Ratisbonne se mantiene no lejos de la entrada, cerca de una capilla lateral (la segunda), algo empotrada en la muralla, a su izquierda; es un incrédulo que tiene dos o tres minutos que desperdiciar; que no está mejor dispuesto a las emociones místicas, ni deseoso de creer; pero su incredulidad va a terminar allí, hecha añicos por la evidencia; la capilla que Ratisbonne recorre con mirada distraída, que ninguna obra maestra detiene en su paso, desaparece bruscamente. Lo que él ve entonces es la Virgen María, tal y como figura en la medalla que lleva al cuello, y tal como está hoy representada, con colores realzados por algunos artificios luminosos, en la capilla de San Andrés delle-Fratte.

Hay esa dicha, que le arroja al suelo; y yo imagino que habrá tenido tantas dificultades en hacerla compartir, como Bernadette de Lourdes en convencer al clero de la diócesis, o en persuadir a las damas de la prefectura, de que una persona de buena sociedad como la Virgen María haya podido aparecer dieciocho veces seguidas con el mismo vestido.

Esta es la narración que hace el propio Ratisbonne; estamos en el 20 de enero de 1842:

«... Si alguien me hubiera dicho en la mañana de aquel día: "Te has levantado judío y te acostarás cristiano"; si alguien me hubiera dicho eso, lo habría mirado como al más loco de los hombres.

»Después de haber almorzado en el hotel y llevado yo mismo mis cartas al correo, me dirigí a casa de mi amigo Gustave, el pietista, que había regresado de la caza; excursión que le había mantenido alejado algunos días.

»Estaba muy asombrado de encontrarme en Roma. Le expliqué el motivo: ver al Papa.

»Pero me iría sin verlo -le dije-, pues no ha asistido a las ceremonias de la Cátedra de San Pedro, donde se me habían dado esperanzas de encontrarlo.

»Gustave me consoló irónicamente y me habló de otra ceremonia completamente curiosa, que debía tener lugar, según creo, en Santa María la Mayor. Se trataba de la bendición de los animales. Y sobre ello hubo tal asalto de equívocos y chanzas como el que se puede imaginar entre un judío y un protestante.

»Hablamos de caza, de placeres, de diversiones del carnaval; de la brillante velada que había organizado, la víspera, el duque de Torlonia. No podían olvidarse los festejos de mi matrimonio; yo había invitado a M. de Lotzbeck, que me prometió asistir.

»Si en ese momento -era mediodia- un tercer interlocutor se hubiese acercado a mí y me hubiera dicho: "Alphonse, dentro de un cuarto de hora adorarás a Jesucristo, tu Dios y Salvador; y estarás prosternado en una pobre iglesia; y te golpearás el pecho a los pies de un sacerdote, en un convento de jesuitas, donde pasarás el carnaval preparándote al bautismo; dispuesto a inmolarte por la fe católica; y renunciarás al mundo, a sus pompas, a sus placeres, a tu fortuna, a tus esperanzas, a tu porvenir; y, si es preciso, renunciarás también a tu novia, al afecto de tu familia, a la estima de tus amigos, al apego de los judíos...; ¡y sólo aspirarás a servir a Jesucristo y a llevar tu cruz hasta la muerte!..."; digo que si algún profeta me hubiera hecho una predicción semejante, sólo habría juzgado a un hombre más insensato que ése: ¡al hombre que hubiera creído en la posibilidad de tamaña locura! Y, sin embargo, ésta es hoy la locura causa de mi sabiduría y de mi dicha.

»Al salir del café encuentro el coche de M. Théodore de Bussieres. El coche se para; se me invita a subir para un rato de paseo. El tiempo era magnífico y acepté gustoso. Pero M. de Bussieres me pidió permiso para detenerse unos minutos en la iglesia de San Andrés delle-Fratte, que se encontraba casi junto a nosotros, para una comisión que debía desempeñar; me propuso esperarle dentro del coche; yo preferí salir para ver la iglesia. Se hacían allí preparativos funerarios, y me informé sobre el difunto que debía recibir los últimos honores. M. de Bussieres me respondió: "Es uno de mis amigos, el conde de La Ferronays; su muerte súbita es la causa-añadi6-de la tristeza que usted ha debido notar en mí desde hace dos días." Yo no conocía a M. de La Ferronays; nunca le había visto, y no apreciaba otra impresión que la de una pena bastante vaga, que siempre se siente ante la noticia de una muerte súbita. M. de Bussieres me dejó para ir a retener una tribuna destinada a la familia del difunto. "No se impaciente usted -me dijo mientras subía al claustro-, será cuestión de dos minutos."

»La iglesia de San Andrés es pequeña, pobre y desierta; creo haber estado allí casi solo; ... ningún objeto artístico atraía en ella mi atención. Paseé maquinalmente la mirada en torno a mí, sin detenerme en ningún pensamiento; recuerdo tan sólo a un perro negro que saltaba y brincaba ante mis pasos... En seguida el perro desapareció, la iglesia entera desapareció, ya no vi, o más bien, ¡¡¡Oh, Dios mío, vi una sola cosa!!!

»¿Cómo sería posible explicar lo que es inexplicable? Cualquier descripción -por sublime que fuera- no sería más que una profanación de la inefable verdad. Yo estaba allí, prosternado, en lágrimas, con el corazón fuera de mí mismo, cuando M. de Bussieres me devolvió a la vida.

»No podía responder a sus preguntas precipitadas; mas al fin, tomé la medalla que había dejado sobre mi pecho; besé efusivamente la imagen de la Virgen, radiante de gracia... ¡Era, sin duda, Ella!

»No sabía dónde estaba, ni si yo era Alphonse u otro distinto; sentí un cambio tan total que me creía otro yo mismo... Buscaba cómo reencontrarme y no daba conmigo... La más ardiente alegría estalló en el fondo de mi alma; no pude hablar, no quise revelar nada; sentí en mí algo solemne y sagrado que me hizo pedir un sacerdote... Se me condujo ante él y sólo después de recibir su positiva orden hablé como pude: de rodillas y con el corazón estremecido.

»Mis primeras palabras fueron de agradecimiento para M. de La Ferronays y para la archicofradía de Nuestra Señora de las Victorias. Sabía de una manera cierta que M. de La Ferronays había rezado por mí; pero no sabría decir cómo lo supe, ni tampoco podría dar razón de las verdades cuya fe y conocimiento había adquirido. Todo lo que puedo decir es que, en el momento del gesto, la venda cayó de mis ojos; no sólo una, sino toda la multitud de vendas que me habían envuelto desaparecieron sucesiva y rápidamente, como la nieve y el barro y el hielo bajo la acción del sol candente.

»Todo lo que sé es que, al entrar en la iglesia, ignoraba todo; que saliendo de ella, veía claro. No puedo explicar ese cambio, sino comparándolo a un hombre a quien se despertara súbitamente de un profundo sueño; o por analogía con un ciego de nacimiento que, de golpe, viera la luz del día: ve, pero no puede definir la luz que le ilumina y en cuyo ámbito contempla los objetos de su admiraci6n. Si no se puede explicar la luz física, ¿cómo podría explicarse la luz que, en el fondo, es la verdad misma? Creo permanecer en la verdad diciendo que yo no tenía ciencia alguna de la letra, pero que entreveía el sentido y el espíritu de los dogmas. Sentía, más que veía, esas cosas; y las sentía por los efectos inexpresables que produjeron en mí. Todo ocurría en mi interior; y esas impresiones -mil veces más rápidas que el pensamiento- no habían tan sólo conmocionado mi alma, sino que la habían como vuelto del revés, dirigiéndola en otro sentido, hacia otro fin y hacia una nueva vida.»

Esta es la aventura romana de Alphonse de Ratisbonne. A partir de entonces -añade- el mundo ya no fue nada para él; sus prevenciones contra el cristianismo se borraron sin dejar rastro, lo mismo que los prejuicios de su infancia; y el amor de su Dios «había ocupado el lugar de cualquier otro amor».

Que esos profesionales de la verdad que los intelectuales deberían ser aparten de su pensamiento las apariciones de Lourdes, pretextando que Bernadette Soubirous era una niña, y que las niñas no disciernen, según parece (aunque yo no lo crea en absoluto), el sueño de la realidad. Admitámoslo. Que rechacen la relación de los pastorcillos de la Salette, que han visto llorar a la Virgen Santísima en las montañas del Dauphiné, porque unos pastorcillos sin instrucción pueden ser influenciables; o víctimas de una clase de reciprocidad de la autosugestión; o por cualquier otro motivo del mismo género. Admitámoslo también. Finalmente, que no se tenga en cuenta mi testimonio, porque nada es tan difícil de comprender como una visión sin imágenes; ni de creer a un periodista que dice haber hallado la verdad. Consiento en ello, aunque sea duro saber y no convencer; y más duro todavía constatar que no se ha convencido por falta de elocuencia, y que se ha carecido de elocuencia sólo por haber carecido de amor.

Pero, ¿y Ratisbonne? Los hijos de banquero pueden -tanto como los demás- estar sujetos a las alucinaciones, pero están, por lo general, provistos del bagaje intelectual suficiente para advertir su desventura, si no inmediatamente, por lo menos, después. Es bastante extraordinario que un fenómeno así procure una serenidad nueva al paciente, además de una vocación, además de una doctrina; y más extraordinario todavía que -aparte de dos o tres grandes espíritus, como Henri Bergson o Jean Guitton- ningún pensador de oficio haya juzgado útil examinar una mutación tan insólita; aunque sólo fuere para explicar cómo un joven-tan bien dotado de sentido crítico como puede serlo un judío; y de realismo, como puede serlo un hijo de familia perfectamente consciente de las ventajas de su posición-haya podido fundamentar todo el resto de su vida sobre una ilusión de los sentidos, y sin retroceder ante sus consecuencias, retornando a su sangre fría.

domingo, 1 de junio de 2008

Por qué me convertí al catolicismo



Aunque sólo hace algunos años que soy católico, sé sin embargo que el problema "por qué soy católico" es muy distinto del problema "por qué me convertí al catolicismo". Tantas cosas han motivado mi conversión y tantas otras siguen surgiendo después... Todas ellas se ponen en evidencia solamente cuando la primera nos da el empujón que conduce a la conversión misma. Todas son también tan numerosas y tan distintas las unas de las otras, que, al cabo, el motivo originario y primordial puede llegar a parecernos casi insignificante y secundario. La "confirmación" de la fe, vale decir, su fortalecimiento y afirmación, puede venir, tanto en el sentido real como en el sentido ritual, después de la conversión. El convertido no suele recordar más tarde de qué modo aquellas razones se sucedían las unas a las otras. Pues pronto, muy pronto, este sinnúmero de motivos llega a fundirse para él en una sola y única razón. Existe entre los hombres una curiosa especie de agnósticos, ávidos escudriñadores del arte, que averiguan con sumo cuidado todo lo que en una catedral es antiguo y todo lo que en ella es nuevo. Los católicos, por el contrario, otorgan más importancia al hecho de si la catedral ha sido reconstruida para volver a servir como lo que es, es decir, como catedral.

¡Una catedral! A ella se parece todo el edificio de mi fe; de esta fe mía que es demasiado grande para una descripción detallada; y de la que, sólo con gran esfuerzo, puedo determinar las edades de sus distintas piedras.

A pesar de todo, estoy seguro de que lo primero que me atrajo hacia el catolicismo, era algo que, en el fondo, debería más bien haberme apartado de él. Estoy convencido también de que varios católicos deben sus primeros pasos hacia Roma a la amabilidad del difunto señor Kensit.

El señor Kensit, un pequeño librero de la City, conocido como protestante fanático, organizó en 1898 una banda que, sistemáticamente, asaltaba las iglesias ritualistas y perturbaba seriamente los oficios. El señor Kensit murió en 1902 a causa de heridas recibidas durante uno de esos asaltos. Pronto la opinión pública se volvió contra él, clasificando como "Kensitite Press" a los peores panfletos antirreligiosos publicados en Inglaterra contra Roma, panfletos carentes de todo juicio sano y de toda buena voluntad.

Recuerdo especialmente ahora estos dos casos: unos autores serios lanzaban graves acusaciones contra el catolicismo, y, cosa curiosa, lo que ellos condenaban me pareció algo precioso y deseable.

En el primer caso —creo que se trataba de Horton y Hocking— se mencionaba con estremecido pavor, una terrible blasfemia sobre la Santísima Virgen de un místico católico que escribía: "Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella, hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento". Esto me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta voz: "¡Qué maravillosamente dicho!" Me parecía como si el inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel místico, siempre que se la sepa entender.

En el segundo caso, alguien del diario "Daily News" (entonces yo mismo era todavía alguien del "Daily News"), como ejemplo típico del "formulismo muerto" de los oficios católicos, citó lo siguiente: un obispo francés se había dirigido a unos soldados y obreros cuyo cansancio físico les volvía dura la asistencia a Misa, diciéndoles que Dios se contentaría con su sola presencia, y que les perdonaría sin duda su cansancio y su distracción. Entonces yo me dije otra vez a mi mismo: "¡Qué sensata es esa gente! Si alguien corriera diez leguas para hacerme un gusto a mi, yo le agradecería muchísimo, también, que se durmiera enseguida en mi presencia".

Junto con estos dos ejemplos, podría citar aún muchos otros procedentes de aquella primera época en que los inciertos amagos de mi fe católica se nutrieron casi con exclusividad de publicaciones anticatólicas. Tengo un claro recuerdo de lo que siguió a estos primeros amagos. Es algo de lo cual me doy tanta más cuenta cuanto más desearía que no hubiese sucedido. Empecé a marchar hacia el catolicismo mucho antes de conocer a aquellas dos personas excelentísimas a quienes, a este respecto, debo y agradezco tanto: al reverendo Padre John O'Connor de Bradford y al señor Hilaire Belloc; pero lo hice bajo la influencia de mi acostumbrado liberalismo político; lo hice hasta en la madriguera del "Daily News".Este primer empuje, después de debérselo a Dios, se lo debo a la historia y a la actitud del pueblo irlandés, a pesar de que no hay en mí ni una sola gota de sangre irlandesa. Estuve solamente dos veces en Irlanda y no tengo ni intereses allí ni sé gran cosa del país. Pero ello no me impidió reconocer que la unión existente entre los diferentes partidos de Irlanda se debe en el fondo a una realidad religiosa; y que es por esta realidad que todo mi interés se concentraba en ese aspecto de la política liberal. Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano, y todavía sigue odiándosele. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.

Creo que estas mis revelaciones personales evidencian con claridad la razón de mi catolicismo, razón que luego fue fortificándose. Podría añadir ahora cómo seguí reconociendo después, que a todos los grandes imperios, una vez que se apartaban de Roma, les sucedía precisamente lo mismo que a todos aquellos seres que desprecian las leyes o la naturaleza: tenían un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentaban la sensación de estar enlazados por un nudo corredizo, en una situación de la que ellos mismos no podían librarse. En Prusia hay tan poca perspectiva para el prusianismo, como en Manchester para el individualismo manchesteriano.

Todo el mundo sabe que a un viejo pueblo agrario, arraigado en la fe y en las tradiciones de sus antepasados, le espera un futuro más grande o por lo menos más sencillo y más directo que a los pueblos que no tienen por base la tradición y la fe. Si este concepto se aplicase a una autobiografía, resultaría mucho más fácil escribirla que si se escudriñasen sus distintas evoluciones; pero el sistema sería egoísta. Yo prefiero elegir otro método para explicar breve pero completamente el contenido esencial de mi convicción: no es por falta de material que actúo así, sino por la dificultad de elegir lo más apropiado entre todo ese material numeroso. Sin embargo trataré de insinuar uno o dos puntos que me causaron una especial impresión.

Hay en el mundo miles de modos de misticismo capaces de enloquecer al hombre. Pero hay una sola manera entre todas de poner al hombre en un estado normal. Es cierto que la humanidad jamás pudo vivir un largo tiempo sin misticismo. Hasta los primeros sones agudos de la voz helada de Voltaire encontraron eco en Cagliostro. Ahora la superstición y la credulidad han vuelto a expandirse con tan vertiginosa rapidez, que dentro de poco el católico y el agnóstico se encontrarán lado a lado. Los católicos serán los únicos que, con razón, podrán llamarse racionalistas. El mismo culto idolátrico por el misterio empezó con la decadencia de la Roma pagana a pesar de los "intermezzos" de un Lucrecio o de un Lucano.

No es natural ser materialista ni tampoco el serlo da una impresión de naturalidad. Tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por lo contrario, es místico. Nacido como místico, muere también como místico, sobre todo si en vida ha sido un agnóstico. Mientras que todas las sociedades humanas consideran la inclinación al misticismo como algo extraordinario, tengo yo que objetar, sin embargo, que una sola sociedad entre ellas, el catolicismo, tiene en cuenta las cosas cotidianas. Todas las otras las dejan de lado y las menosprecian.

Un célebre autor publicó una vez una novela sobre la contraposición que existe entre el convento y la familia (The Cloister and the hearth). En aquel tiempo, hace 50 años, era realmente posible en Inglaterra imaginar una contradicción entre esas dos cosas. Hoy en día, la así llamada contradicción, llega a ser casi un estrecho parentesco. Aquellos que en otro tiempo exigían a gritos la anulación de los conventos, destruyen hoy sin disimulo la familia. Este es uno de los tantos hechos que testimonian la verdad siguiente: que en la religión católica, los votos y las profesiones más altas y "menos razonables" —por decirlo así— son, sin embargo, los que protegen las cosas mejores de la vida diaria.

Muchas señales místicas han sacudido el mundo. Pero una sola revolución mística lo ha conservado: el santo está al lado de lo superior, es el mejor amigo de lo bueno. Toda otra aparente revelación se desvía al fin hacia una u otra filosofía indigna de la humanidad; a simplificaciones destructoras; al pesimismo, al optimismo, al fatalismo, a la nada y otra vez a la nada; al "nonsense", a la insensatez.

Es cierto que todas las religiones contienen algo bueno. Pero lo bueno, la quinta esencia de lo bueno, la humildad, el amor y el fervoroso agradecimiento "realmente existente" hacia Dios, no se hallan en ellas. Por más que las penetremos, por más respeto que les demostremos, con mayor claridad aún reconoceremos también esto: en lo más hondo de ellas hay algo distinto de lo puramente bueno; hay a veces dudas metafísicas sobre la materia, a veces habla en ellas la voz fuerte de la naturaleza; otras, y esto en el mejor de los casos, existe un miedo a la Ley y al Señor.

Si se exagera todo esto, nace en las religiones una deformación que llega hasta el diabolismo. Sólo pueden soportarse mientras se mantengan razonables y medidas. Mientras se estén tranquilas, pueden llegar a ser estimadas, como sucedió con el protestantismo victoriano. Por el contrario, la más alta exaltación por la Santísima Virgen o la más extraña imitación de San Francisco de Asís, seguirían siendo, en su quintaesencia, una cosa sana y sólida. Nadie negará por ello su humanismo, ni despreciará a su prójimo. Lo que es bueno, jamás podrá llegar a ser DEMASIADO bueno. Esta es una de las características del catolicismo que me parece singular y universal a la vez. Esta otra la sigue:

Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo. El otro día, Bernard Shaw expresó el nostálgico deseo de que todos los hombres vivieran trescientos años en civilizaciones más felices. Tal frase nos demuestra cómo los santurrones sólo desean —como ellos mismos dicen— reformas prácticas y objetivas.

Ahora bien: esto se dice con facilidad; pero estoy absolutamente convencido de lo siguiente: si Bernard Shaw hubiera vivido durante los últimos trescientos años, se habría convertido hace ya mucho tiempo al catolicismo. Habría comprendido que el mundo gira siempre en la misma órbita y que poco se puede confiar en su así llamado progreso. Habría visto también cómo la Iglesia fue sacrificada por una superstición bíblica, y la Biblia por una superstición darwinista. Y uno de los primeros en combatir estos hechos hubiera sido él. Sea como fuere, Bernard Shaw deseaba para cada uno una experiencia de trescientos años. Y los católicos, muy al contrario de todos los otros hombres, tienen una experiencia de diecinueve siglos. Una persona que se convierte al catolicismo, llega, pues, a tener de repente dos mil años.

Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una persona, al convertirse, crece y se eleva hacia el pleno humanismo. Juzga las cosas del modo como ellas conmueven a la humanidad, y a todos los países y en todos los tiempos; y no sólo según las últimas noticias de los diarios. Si un hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos. El socialismo es la reacción contra el capitalismo, contra la insana acumulación de riquezas en la propia nación. Su política resultaría del todo distinta si se viviera en Esparta o en el Tíbet. El espiritualismo no atraería tampoco tanto la atención si no estuviese en contradicción deslumbrante con el materialismo extendido en todas partes. Tampoco tendría tanto poder si se reconocieran más los valores sobrenaturales. Jamás la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora. Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño espíritu. Estas supersticiones son invenciones de su tiempo —podría decirse en su excusa—. Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día.


G. K. Chesterton

¡Buen vuelo, comandante Carolina!



Su país aún la llora y no deja de conmoverse por su valiente sacrificio: estaba embarazada de cinco meses cuando supo que padecía esta enfermedad en fase ya terminal. Y, sin embargo, decidió postergar su tratamiento para que su hijo pudiera nacer.

Caroline Aigle hubiera cumplido 33 años de edad el pasado 12 de septiembre.

Se dice pronto: sólo 33. Tenía toda la vida por delante. Fue la primera mujer piloto de caza de la Fuerza Armada Francesa, y ya estaba en camino de ser una futura astronauta. Aficionada al submarinismo y al paracaidismo, fue dos veces campeona del mundo militar de triatlón. Pero murió el 21 de agosto víctima de un cáncer fulminante. Su país aún la llora y no deja de conmoverse por su valiente sacrificio: estaba embarazada de cinco meses cuando supo que padecía esta enfermedad en fase ya terminal. Y, sin embargo, decidió postergar su tratamiento para que su hijo pudiera nacer.

No es un caso aislado de 'madre coraje'. La doctora italiana Gianna Baretta ya ha sido canonizada por haber sido tan heroica como nuestra protagonista de hoy, cuando sólo tenía 40 años. De hecho, nada más ser sepultada en Mesero, rápidamente se difundió su fama de santidad por su vida y por el gesto de amor grande, inconmensurable, que la había coronado.

A mediados de julio pasado, Caroline recibió la devastadora noticia de su enfermedad. Lejos de derrumbarse, esta mujer de su tiempo se enfrentó a la adversidad y no hizo caso a los médicos, que le aconsejaron abortar para tratar de extender su vida en el tiempo. Pero ella tenía como perspectiva otro tipo de tiempo: el de la eternidad, junto al amor en estado puro. La reacción popular ha sido masiva, como en el caso de Gianna: en el blog especialmente creado por el Servicio de Información y Relaciones públicas del ejército, la afluencia de mensajes no ha dejado de crecer. El diario 'Le Figaro' decía: "En una semana, más de 800 personas, civiles o militares, próximos y anónimos, han expresado su tristeza después de su brusca desaparición (?). Una increíble ola de emoción recorre el mundo de la aeronáutica militar y, más allá, se propaga, deseándole hoy: «Bon vol à Caroline»".

Apenas ha tenido dos meses antes de romper la barrera del sonido rumbo al Cielo de todos los pilotos. Junto a su esposo, el también piloto Christophe Deketelaere, decidió darle una oportunidad al nuevo miembro de su familia.

Su segundo hijo nació a inicios de agosto tras sólo cinco meses y medio de gestación. Lo llamó Gabriel, nombre de arcángel. Nació muy pequeño, con poco peso, pero sigue luchando por su vida y tiene muchas posibilidades de salir adelante. Tiene pasión por vivir, como su esforzada madre, de la que seguro que ha heredado su fortaleza.

Ella lo tuvo claro desde el principio. "No podía detener la vida de un ser que había llevado consigo por cinco meses. Me dijo: 'Él tiene el derecho a tener posibilidades como yo'", declaró Christophe a Radio Tele Luxembourg.

Para su esposo, este embarazo fue "su último combate y lo ganó". Antes de morir, pudo ver a su hijo varias veces y cargarlo en sus brazos. "Fue heroica hasta el final", aseguró.

Caroline Aigle (que significa "águila" en francés) nació en Montauban en 1974. A los 14 años de edad ingresó en la escuela militar de Saint-Cyr. En mayo de 1999 se convirtió en piloto de caza y estuvo a cargo de un Mirage

2000-5 del Escuadrón de Caza "Cote d'Or", estacionado en Dijon. En 2005 se convirtió en comandante de escuadrilla y, desde 2006, desempeñaba funciones de seguridad en vuelo en el centro de mando de la ciudad de Metz.

Su funeral fue presidido por el sacerdote Pierre Demoures, un ex piloto de combate. Otro ejemplo: del ejército de los hombres había pasado a engrosar el Ejército de Dios. En su homilía, el Padre Demoures recordó a Caroline como una persona que condujo a la gente a Cristo con sus "sus cualidades, amabilidad, disponibilidad y pasión". Y, además, por sus "opciones" al considerar "a su hijo como una vida que excedía la simple visión humana de la vida" y por la cuál "retrasó un tratamiento que era urgente". Cuando hoy tantas miles de mujeres en España alegan causas psíquicas para abortar, el testimonio de esta madre ejemplar es una bofetada contra la hipocresía que se esconde en una ley que los poderes públicos han convertido en una gran 'tragadera' de un progresismo que no respeta a los que no pueden defenderse a si mismos.

El sacerdote recordó que cuando Carolina y Christophe lo buscaron para preparar su matrimonio, le pidieron un texto que no hablara del amor del uno por el otro, "sino que tratara del amor que nos abre y lleva a amar a los demás". Su jefe de escuadrilla ha escrito: "El ejército del Aire llora a Caroline Aigle, su leyenda".

"La gran lección que nos dio Carolina, es la urgencia de amar. No una urgencia de temer, sino la urgencia vital de saber que sólo el amor trae vida. El hombre está hecho para la vida. Esta urgencia puede hacer que el amor sea más fuerte y dar vida a un tesoro en medio de los eventos más trágicos", aseguró el sacerdote.

Nosotros necesitamos héroes próximos que, con su ejemplo personal, nos recuerden que ese tipo de comportamiento es posible, que está al alcance de nuestras pobres fuerzas. Que nos digan al oído que el amor es más fuerte que cualquier sacrificio. Incluso el de la propia muerte. ¡Buen vuelo, comandante Carolina!

*Luis Olivera
Periodista