lunes, 7 de julio de 2008

Disfruta de la vida


El rico industrial y el pobre pescador (Una historia sobre la importancia de disfrutar la vida antes que el ganar mucho dinero)

El rico industrial del Norte se horrorizó cuando vio a un pescador del Sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa.
"¿Por qué no has salido a pescar?", le preguntó el industrial.
"Porque ya he pescado bastante por hoy", respondió el pescador.
¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?", insistió el industrial.
"¿Y qué iba a hacer con ello? preguntó a su vez el pescador.
"Ganarías más dinero", fue la respuesta. De ese modo podrías poner un motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que obtendrías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos barcas... y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico, ¡cómo yo!
"¿Y qué haría entonces?", preguntó de nuevo el pescador.
"Podrías sentarte y disfrutar de la vida", respondió el industrial.
"¿Y que crees que estoy haciendo en este preciso momento?", respondió el satisfecho pescador.

domingo, 6 de julio de 2008

Te miro... y hacen falta gentes como tú


Unas palabras de San Josemaría para meditar a fondo.

Yo quiero que vosotros seáis felices. Lo pido al Señor con toda mi alma. Pero si queréis ser felices, tenéis que estar dispuestos a seguir al Señor poniendo los pies donde Él los puso. Él no vaciló en seguir el camino: un camino fuerte, recio, varonil.

De modo que habéis de hacer el propósito de trabajar y de santificar vuestro trabajo. De esa manera podréis tener un hogar -si ese es el camino que Dios os tiene reservado- os enfrentaréis con las cosas que hay en el mundo -que todas no son agradables- y las que no son agradables se convertirán en cosas agradables, porque tendréis buen humor.

Vuestros deberes de cristiano se pueden reducir a ser leales. No es leal el hombre que no tiene consigo mismo -¡contra sí mismo!- una lucha. Esté donde esté: alto, bajo, a mi derecha, a mi izquierda... en cualquier lado. Si no lucha no es leal.

Habéis, pues, de hacer el propósito de ser leales. De ser serios en vuestras maneras de vivir. Los estudiantes a estudiar. Los que trabajan a trabajar... y a trabajar sin quitar el hombro -¡eh! - con empeño.

Te miro... y hacen falta gentes como tú… en el mundo. Que en tu ambiente, en tu trabajo, en tu familia,... en el lugar donde haces tu vida, en el sitio donde te diviertes, seas un hombre entero, recio, agradable y cristiano. De modo que todo esto espero de ti.

viernes, 4 de julio de 2008

¡No! quien deja entrar a Cristo no pierde nada


Unas palabras de Benedicto XVI al comienzo de su pontificado que siempre me gusta recordar.

"En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro. Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de entonces: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!” El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la libertad a la fe. Sí, él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa. Además, el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo –si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él–, miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén".

miércoles, 2 de julio de 2008

ESTUPIDEZ EN SERIE



Por José Ramón Ayllón

Leticia tiene quince años, una guitarra, varios hermanos y mucha simpatía. Le pregunto su opinión sobre las series de televisión. Me responde que ha decidido no verlas, porque le parece que confunden el amor con la obsesión por enchufar sexo en las cabezas de los espectadores. “Pretenden hacernos creer –me explica- que lo normal es el sexo fuera del matrimonio, el aborto y la eutanasia, y –sobre todo- la homosexualidad. Además, como los guiones están llenos de humor, parece que todo lo que muestran es bueno y maravilloso”.

Algún lector estará pensando que esta chiquilla es un poco estrecha, pero José Antonio Marina dice algo muy parecido: “Si yo fuera un extraterrestre y viera algunos programas de televisión, pensaría que los humanos son unos salidos que no piensan nada más que en el sexo. Es la presión de los adultos, entre otras cosas por razones comerciales, la que está reduciendo el periodo infantil y lanzando, sobre todo a las chicas, a un mundo obsesivamente sexualizado”.

Algún Lector pensará, sin duda, que Marina es un poco estrecho, pero Ángeles Caso lamenta esa misma marea de zafiedad en programas donde “se miente, se grita, se insulta, se calumnia y se rebuzna”. Además, por su propia condición, Ángeles Caso se centra en el punto de la degradación televisiva que más le duele: la reducción de las mujeres a trozos de carne, a marujas parlanchinas, a compradoras compulsivas, a exhibicionistas de cuerpos espléndidos con cerebros de mosquito.

Es posible que Ángeles Caso sea un poco estrecha, pero Emilio Lledó también piensa que “nuestra televisión es una basura. Y su tiranía sobre la conciencia infantil y juvenil es un problema más grave que el desempleo y la crisis económica. Esos otros educadores han invadido sin derecho alguno el espacio de la educación, y han introducido valores, ideas y palabras mortales para la vida de la mente y de los hombres. La educación auténtica exige idealismo y generosidad, y sólo es posible por el cultivo del conocimiento, de la mirada sobre la realidad de la vida y de los hombres. No se trata de algo utópico. Lo utópico, irreal y ridículo es el pragmatismo de lo inútil, la falacia de convertir en real las informaciones o esperpentos que nos venden como vida, ese detritus mental que se produce en muchos rincones de la sociedad”.

Tal vez Lledó..., pero Robert Spaemann también opina que "quienes trabajan en ese medio de comunicación aplican casi únicamente el criterio del impacto para seleccionar los temas. De este modo, la tradición basada en valores normales de la vida no tiene ya espacio. La televisión destruye sistemáticamente la diferencia entre lo normal y lo anormal, porque en sus parámetros lo normal carece de interés. Por lo tanto, ni el equilibrio, ni la verdad, ni la belleza se respetan como valores. No sé si peco de pesimista, pero creo que la dependencia de las personas de la televisión es el hecho más destructivo de la civilización actual".

Quizá Lledó y Spaemann sean filósofos estrechos, pero es Arturo Pérez-Reverte quien coincide con ellos y lamenta lo que ha visto en “una de esas series de estudiantes, y de jóvenes en su misma mismidad”, donde no falta un rata, varias chicas preocupadas porque Mariano no las mira, un cachas que se cepilla a una de ellas, un guapo que está saliendo de la droga, una profesora con ganas de tirarse a los alumnos, un gay que encuentra su media naranja en otro chico gay que resulta ser hijo del conserje, una chica que se queda embarazada... “Lo malo es que todo eso rebota fuera, y en vez de ser la serie la que refleja la realidad de los jóvenes, al final resultan los jóvenes de afuera los que teminan adaptando sus conversaciones, sus ideas, su vida, a lo que la serie muestra (...). Y me aterra que semejantes personajes, irreales, embusteros en su pretendida naturalidad, tan planos como el público que los reclama e imita, se consagren como referencias y ejemplos”.

Los griegos calificaban de obsceno lo que no debía ser representado sobre el escenario del teatro, por considerarlo degradante para el espectador. Pero nosotros somos posmodernos, y no necesitamos moralina de Pericles ni de Pérez-Reverte. Por eso producimos estupidez en serie, y luego vemos esas series con gusto, pues estamos encantados de descender del mono y de los surrealismos y totalitarismos del siglo XX, que nos han acostumbrado a admitir que lo negro es blanco, y la noche día, y a tomar la basura por la más grande de las creaciones humanas. Y, ahora, si algún lector piensa que estoy exagerando en este párrafo, debo reconocer que tiene razón: por suerte, hay mucha gente como Leticia.

Allí estabas tú (XXI)


23. Respetos humanos

Un punto concreto que denota la falta de decisión para hacer lo que Dios quiere son los respetos humanos.

Volvamos al Evangelio. Los fariseos habían creado una opinión pública en contra de Jesús. Y los que ayer aclamaban a Jesús cuando entraba triunfal en Jerusalén, eran los mismos que piden hoy su cabeza. El ambiente se había enrarecido. Lo que ayer se veía como un bien, defenderlo hoy suponía aparecer como poco moderno, que diríamos hoy.

También hoy, desde ciertos sectores de la opinión pública y ciertas personas concretas presionan el ambiente para que los cristianos que quieran vivir conforme a su fe lo hagan, en todo caso, en privado; que no hagan apostolado, que no defiendan en público sus creencias porque, se dice, son chocantes y crean la polémica.

Y esto puede retraer al cristiano para vivir conforme a la Fe, es decir, vivir en la hipocresía.

El caso lo relata la misma Tatiana Góricheva, a quien le sucedió. Ella es una mujer rusa educada en el más puro ateísmo. Narra cómo encontró a Dios y lo que le costó mantenerse en la Fe ante la persecución que se desató en Rusia contra ella y otros universitarios por haberse hecho cristianos.

Después de diversos avatares pasó el telón de acero. Estando en Suiza, un día se apuntó en una excursión que había organizado la parroquia de un pueblo. Al frente de la expedición iba un hombre joven muy vinculado a la parroquia.

«En el curso de las dos jornadas que viajamos en el autobús, habló de todo lo imaginable: de aviones y de fútbol, de las elecciones y de la comida. Reía mucho y se esforzaba por alegrar a todos. Algo parecido a nuestros animadores de masas.

Más tarde, ya de regreso, le pregunté:

- ¿Por qué no ha hablado usted ni una sola vez de Dios?

Y él me respondió:

- Porque si empiezo a hablar de Dios, pierdo a mi gente y me quedo solo.

- Pero la soledad no es nunca un pecado.

Al decirle esto pensaba que no era verdad que fuese a quedarse solo. ¡Cómo me habían escuchado a mí los campesinos!, cuando les hablaba de nuestra Iglesia, de la Iglesia en general. Y cómo me habían rogado que les hablase más y más» (T. Góricheva, Hablar de Dios resulta peligroso).

Sabemos cómo está el ambiente, y nos vamos conociendo; sabemos que dentro de nosotros están latentes los virus de todas las enfermedades -de todos los vicios-, y si se ponen las circunstancias propicias, uno acaba acomodándose a lo que "el mundo" dice, siendo cómplice de sus desórdenes.

Algunas veces tendremos que hacernos violencia, saber decir que no al ambiente. Ser fuertes para hacer lo que sabemos que debemos hacer, aunque para eso hayamos de dar la cara.

Un cristiano tiene muchas veces que hacer apostolado; es decir, tiene que explicar a los demás por qué hace el bien y no hace el mal, y, además, habla a los demás de Dios.

Los respetos humanos son la vergüenza que el diablo nos pone para no hacer lo que debemos o hacer, lo que no debemos, por miedo a lo que van a pensar o van a decir los demás de nosotros.

Sentir esa vergüenza no es malo, sí lo es consentirla y no hacer lo que se debe.

Jesús dio la cara, y los Apóstoles también, una vez que recibieron el Espíritu Santo. A partir de ese momento no tenían miedo a nada ni a nadie. Quedaron fatal delante de los enemigos de Cristo, pero ellos sabían lo que hacían y no podían no hablar de lo que habían visto y ellos practicaban.

"Es que nos van a matar...".

Bueno, ¿y qué? Los Apóstoles fueron mártires, y ahora son santos.

martes, 1 de julio de 2008

Allí estabas tú (XX)


22. ¿Eres un hipócrita?

El hipócrita era en el teatro griego el actor que, con una máscara y la indumentaria apropiada, representaba un papel. Aparentaba ser un personaje que no era en la realidad.

La soberbia alucina y hace que la imaginación haga vivir en la irrealidad, en la locura de imaginarnos estar representando en esta vida un papel que realmente no somos. La humildad, en cambio, lleva a estar en la verdad, a reconocer Quien es Dios, quiénes son los demás y quién soy yo.

Ya Jesucristo habló muchas veces del peligro de la hipocresía, de la enfermedad que padecían muchos de los fariseos. Ellos hacían cosas externas buenas, aparecían como honrados y celosos de Dios, mientras que su corazón estaba lejos de Dios, estaba centrado en ellos mismos.

A la vez, la hipocresía es una de las cosas que más molesta a la gente joven. Molesta encontrarse con alguien que aparenta ser amigo y luego va hablando mal de nosotros, o nos deja tirados cuando le necesitamos en el momento difícil, como hicieron los fariseos con Judas cuando fue a pedirles ayuda. Le dijeron: "Allá tú" (Mt 27,4), y no se preocuparon de su problema.

Junto a esto, rechazamos la hipocresía en nosotros mismos. Nos molesta ser hipócritas con Dios o con los demás.

Uno sabe que es hipócrita con los demás cuando su trato es superficial, no de verdadera amistad; cuando va con sus amigos por el bien que le reportan, pero no está dispuesto a hacer ningún sacrificio por ellos.

Tendríamos que preguntarnos el motivo de nuestra amistad y hasta dónde somos capaces de dar a los demás lo que necesitan.

También tendríamos que preguntarnos si no somos algo hipócritas para con Dios. Si no hacemos algunas cosas "para tenerle contento", para estar en regla, y no buscamos de verdad su amistad y hacer Su voluntad. Porque, incluso, podríamos inventarnos un cristianismo a nuestra medida, a la medida de nuestra comodidad, un cristianismo que no nos costara vivir.

Dios nos ha hablado y desea que realicemos su voluntad para vivir como cristianos. ¿Te cuesta alguna vez ser cristiano? ¿Te cuesta ir a Misa, vivir la caridad, la pobreza, la pureza, la obediencia...?

No se trata de intranquilizarnos innecesariamente, pero tampoco se trata de que no nos cuesten algunos aspectos de la vida cristiana sencillamente porque no los vivamos.

«Dios nos grita a través de nuestro dolor»


Entrevista con el filósofo José Ramón Ayllón

El diario La Vanguardia publicó una entrevista a José Ramón Ayllón en la que el filósofo, respondiendo a las preguntas de Ima Sanchís, abordó el misterio del sufrimiento y del dolor.

Originario de Santoña (Cantabria, España), Ayllón es católico, tiene 47 años y fue profesor de enseñanza secundaria durante 15 años. Actualmente, se dedica a escribir. Su especialidad es la ética.

Entre sus publicaciones, el libro «Dios y los náufragos» (Editorial Belacqua, Barcelona, 2002), al que alude en la entrevista, es un ensayo sobre el sentido de la vida, referido a su clave divina. En el volumen, el autor selecciona y deja hablar a 26 pensadores agnósticos, ateos, conversos, enfrentados a la más radical de las cuestiones, la pregunta sobre Dios.

–¿Dios es el espejo del hombre?

–Yo creo que más bien es al revés: el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios.

–Puede que nuestro papel en este planeta no sea alabar a Dios sino crearlo.

–Si usted está dispuesta a esgrimir las tesis hegelianas, defender que Dios es una sublimación de los deseos humanos, vamos a estar animados; pero déjeme advertirle…

–Adelante.

–Todos los conversos tienen en común que no se convierten a una teoría o a unas ideas, sino a una persona que tuvo nombre y apellidos y que se llamaba Jesucristo.

–¿Y qué más tienen en común?

–Todos los hombres de ciencia, novelistas, filósofos y pensadores que he seleccionado en «Dios y los náufragos» han tenido vidas conmovedoras y difíciles. Todos hablan desde un profundo conocimiento de la experiencia humana, del dolor y el sufrimiento.

–¿Dios se esconde detrás del sufrimiento?

–Una noche la Guardia Civil llamó a Narciso Yepes: «Su hijo ha fallecido». ¿Cree que alguien puede ver a Dios detrás de eso?

–A Dios o al diablo.

–«Cuando se vive con fe, le diría Yepes, se entiende mejor el dolor humano. El dolor acerca a la intimidad de Dios».

–¿Sabe?, adoro la alegría.

–Yepes, un converso, dijo que había alcanzado la certeza moral y hasta física de que la muerte es un paso maravilloso: «Llegar por fin a la felicidad que nunca se acaba y que nada ni nadie puede desbaratar».

–¿Qué le sucedió a este ilustre hombre?

–Había sido ateo toda su vida y un día, de repente, cuando estaba acodado en un puente del Sena, escuchó dentro de él una voz: «No sólo se hizo oír, escribió, sino que entró de lleno y para siempre en mi vida».

–¿No tiene un ejemplo más racional?

–Sí, Agustín de Hipona.

–¡Pero si era obispo y además santo!

–San Agustín fue un «play-boy» total y absoluto y, si no, lea sus «Confesiones». Lo que pasa es que era un tipo muy listo y llegó a Dios por eliminación de posibilidades. Él se da cuenta de que el corazón humano está hecho para ser feliz y no le salen las cuentas.

–Hasta ahí estoy de acuerdo.

–Pues sigamos. Tenemos un corazón con una capacidad inmensa para amar y ser amados y está claro que aquí, en la tierra, no lo vamos a llenar nunca.

–No me diga eso.

–San Agustín, Platón y Kant argumentaban que las necesidades del hombre existen porque pueden ser colmadas.

–Aunque no siempre lo sean…

–Ese es otro tema. El caso es que tenemos sed y hay agua, sentimos hambre y hay comida… Todos tenemos necesidad de justicia y el sentimiento interno de la dignidad humana; si no, no saltaríamos cuando nos pisan.

–El mundo está lleno de pisoteados.

–Eso le demuestra que existe un Dios que hará justicia; si no, por qué tenemos ese instinto. Ahí tiene la demostración kantiana de la existencia de Dios.

–Una idea simple.

–Y muy profunda. Recuerde lo que dijo Pascal, máximo exponente del racionalismo: «Para los que quieren creer en Dios hay suficiente luz. Para los que no quieren creer hay suficiente oscuridad».

–Hay un viejo proverbio que dice: «Dios escribe derecho con renglones torcidos».

–Todo agnóstico se encuentra con el escollo del sufrimiento humano. En su libro «El hombre en busca de sentido», Viktor Frankl, discípulo de Freud y superviviente de Auschwitz, explica que si ponemos a un chimpancé una dolorosa vacuna que puede salvar la humanidad, el mono no lo entenderá. La respuesta al dolor humano la tiene Dios.

–Es como un pez que se muerde la cola.

–El filósofo Clives S. Lewis, otro converso, reflexionó mucho sobre el dolor y concluyó que Dios nos habla por medio de la conciencia y nos grita por medio de nuestros dolores: los usa como megáfono para despertar un mundo de sordos.

–Bonita manera de devolvernos a la cruda realidad.

–«El dolor, la injusticia y el error –dice Lewis– son tres tipos de males con una diferencia: la injusticia y el error pueden ser ignorados por el que vive en ellos, mientras que el dolor no puede ser ignorado y toda persona sabe que algo anda mal cuando sufre».

–¿No tendría en su chistera una visión de Dios más «humana»?

–Je, je, vayamos a Gilbert K. Chesterton, considerado uno de los grandes escritores del siglo XX: «Después de haber permanecido en los abismos del pensamiento contemporáneo, tuve un fuerte impulso interior para rebelarme y desechar semejante pesadilla».

–Lúcido.

–Je, je… «Como encontraba poca ayuda en la filosofía y ninguna en la religión, inventé una teoría mística rudimentaria: la mera existencia era lo suficientemente extraordinaria para ser estimulante».

–Me gusta.

–En su opinión, la depresión del hombre era el peor pecado. Chesterton llegó a la conclusión de que los valores que predica el cristianismo –prudencia, templanza, justicia, fortaleza…– eran racionalmente la mejor opción: «La tremenda imagen que alienta en las frases del Evangelio se alza más allá de todos los sabios tenidos por mayores».

–De ahí a la Iglesia católica…

–Escuche, escuche a Chesterton: «Estoy orgulloso de verme atado por dogmas anticuados, como dicen mis amigos periodistas, porque sólo el dogma razonable vive lo bastante para que se le llame anticuado».