domingo, 18 de mayo de 2008

Mi guerra con Dios



Testimonio de Ángela de la Comunidad "Nuovi Orizzonti". Festival de Jóvenes Medjugorje 2006. Hace poco tiempo, el Padre Ljubo me pregunto si estaba dispuesta a compartirles mi historia. Y les puedo garantizar que no es fácil. Pero cuando se experimenta el amor de Dios, se aprende que no se puede guardar para uno mismo. Yo llevo 10 años viviendo esta forma de amor. Llevando el amor a quienes no conocen el amor de Dios. La comunidad nace en 1984 de Chiara Amirante, que comienza a llevar la palabra de Dios a los puntos de muerte de la ciudad de Roma. Tantos jóvenes que no conocían la palabra de Dios le pedían "Clara sácanos de este infierno".

Yo llevo 10 años, tengo 38 años y cuando entré a la comunidad no creía absolutamente en Dios. Creía que los sacerdotes y las religiosas se hacían sacerdotes y religiosas por la falta de trabajo. Veía una Iglesia que solo daba reglas. Una Iglesia que prohibía todo. Pero había una pregunta que me hacia: "Si es verdad que Dios es amor, por qué en el mundo hay sufrimiento?". Y con el sufrimiento tuve contacto apenas nací. Porque mi papa y mi mama me abandonaron en un hospital recién nacida. Viví mis primeros 6 años de vida en un orfanato. Dos meses después de mi adopción el instituto fue clausurado por maltrato a menores. Yo había conocido todo menos el amor. Y cuando un niño no conoce el amor es difícil que de adulto sepa dar amor. Crecí rebelde. En la escuela era instrumento de santificación para los profesores. Un día iba a la escuela y dos me suspendían.

Origen y primeras experiencias

A los 18 años eres mayor de edad en Italia, así que me fui de casa. Pude hacerlo porque tenía un trabajo, una ocupación. Yo soy una ex chef internacional de cocina. Comencé a trabajar en Italia y el resto de Europa. El dinero empezó a ser el Dios de mi vida. Entre más tenia, mas quería tener. Pero a fin de mes no quedaba nada. Todo lo que pertenece al mundo de la afectividad era un desastre. Tenía novios en base a la estación del año. Por lo tanto, tenía un novio para la estación invernal y otro para el verano. Y me decía, por lo pronto yo el corazón no lo meto. Pero cada vez era una herida más que dejaba al corazón muy lastimado.

Un duro golpe

Finalmente me enamoro de una persona que todas las madres de familia soñarían para su propia hija, inteligente, bueno, perfecto. Pero tenía un pequeño defecto: era un católico, un católico convencido. Y empezó a hablarme de Dios. Y le dije: "Escucha Luca las relaciones de 3 no funcionan, somos tu y yo y punto. Dios debe estar fuera". El fingió seguirme la corriente. Después de 2 años, una noche viene a mi casa y me dice: escucha Ángela, hablé con mi padre espiritual porque tengo intención de casarme contigo. Yo lo observé un poco perpleja pero por un solo motivo, porque no sabía qué era un padre espiritual. Y le respondí: "Vamos al registro de la ciudad, una cita, dos firmas y estamos casados". Y me dijo: "No, para mí es importante el sacramento del matrimonio. Nos dan la posibilidad de efectuar un matrimonio mixto donde tu declares ser no creyente pero yo puedo casarme contigo dentro de la Iglesia". Entonces mi siguiente pregunta fue: "Y esto cuánto cuesta?". "Nada". Por lo tanto, pensé, no cuesta nada, la imagen no la pierdo, puedo hacerlo. Puse una condición: "Tú organizas la boda".

El comenzó a organizar la boda, pero de repente se enferma, se enferma gravemente... Después de una serie de análisis, nos dicen que debido a una transfusión de sangre había contraído el HIV, tenía SIDA. Sentencia: ni un año de vida. Y ahí entro en contacto con la primera verdad de mi vida. Porque yo con el dinero hasta ese día había comprado todo y a todos. Pero una sola cosa no podía comprar, y esta era la vida. Y para mí fue una derrota. Luca partió para el paraíso 4 días antes del matrimonio. Y ahí se me derrumba el mundo… Recuerdo la tarde del funeral, yo estaba en una playa y dije: "Dios, si tú existes, yo te destruyo. Pero si tú no existes, pasaré mi vida diciéndole al mundo que no existes". Y ahí comenzó mi guerra con Dios.

Adónde llevan las sectas

Primero me acerqué a varias filosofías. Todo lo que era la New Age y Reiki. Pero no encontraba nada de la presencia de Dios. Hasta que un día una colega de trabajo me dijo que tal vez necesitaba ir a psicoterapia. Pensé: he probado todo, pruebo también esto. Y comencé a ir un día a la semana, dos días, tres días, cuatro veces por semana. La psicoterapia se convirtió en mi droga. No tenía la facultad de decidir nada de mi vida. Poco después la doctora me dice: sabes, Ángela, tal vez necesites hipnosis porque tenemos que entrar a lo más profundo de tus heridas. Le dije que sí. Desafortunadamente no estaba en situación de tomar ninguna decisión.

Desafortunadamente esta doctora era una sacerdotisa de una de las sectas satánicas más importantes de Italia. Ahí pasé dos años de mi vida. Dos años que me llevaron a perder mi dignidad de mujer, mi dignidad de ser humano. Solo el poder, solo el tener. Llegué a alcanzar la muerte del alma. La noche de Navidad de hace diez años, durante un rito, me dicen que hay una ciudad en Italia en la que puedo ir yo como líder, pero me dicen que tengo que demostrar mi pertenencia, mi afiliación. Y me dicen: "En Roma hay una joven, de nombre Chiara, que ha fundado hace poco tiempo una comunidad. Esta muy protegida por la Iglesia y para nosotros es un obstáculo. Si tu verdaderamente quieres pertenecer a nosotros y tener el poder, debes hacer una cosa: destruye Nuovi Orizzonti y mata a Chiara". Y acepté.

Parto para Roma la noche del 5 de Enero. Eran las 8 de la noche y Chiara estaba cenando. Toqué la puerta de la comunidad. Estaba segura de aquello que haría. Chiara cuenta siempre que en ese momento en su corazón escucho la voz de María que le decía: "Abre tú la puerta que es una hija mía que tiene una gran necesidad". Chiara se levantó y abrió la puerta y cuando abrió la puerta hizo una sola cosa. Me abrazó y me dijo: "Finalmente estás en casa". Es el abrazo que cambia mi vida. Un abrazo indeleble que llegó a mi corazón. Chiara me llevó a su habitación y hablamos un poco. Le entregué el arma y le dije: "Chiara, para mí ya no hay esperanza". Y me respondió: "Sí. Sí hay esperanza, porque el amor ha vencido a la muerte. Porque un hijo dio la vida por ti. Y Jesús te ama". Le dije: "Chiara, yo los conozco. Tengo pocos minutos. Ellos me matarán a mí y te matarán a ti". "No Ángela, no lo harán. Porque María te quiso en esta casa".

En la Iglesia Católica

Llamaron a un sacerdote, pues obviamente la primera cosa por hacer era una buena confesión. Debido a las actividades en las que estaba involucrada no me pudieron dar la absolución inmediatamente. Escribieron a la Santa Sede, a la Doctrina de la fe, mi historia. Y un cierto cardenal Ratzinger en pocos días respondió: "Hoy la Iglesia está de fiesta porque un Hijo ha regresado a casa". Con un permiso muy especial la noche del 27 de Enero, en la capilla de las hermanas de la Madre Teresa en Roma, pude recibir la comunión, pude consagrar mi corazón al Corazón Inmaculado de María, y pude hacer votos de pobreza, obediencia, castidad y la alegría de Cristo Resucitado. Y ahí comenzó mi camino. Mi camino de sanación. Donde ninguno había conseguido sanar ciertas heridas, solamente el amor de Jesús.

Pero había todavía una herida que no había podido sanar, y era la falta de una madre… porque me faltaba… Me faltaba cuando en Navidad todas la madres telefonaban y yo no recibía una llamada. Y entonces un día Chiara me envía a abrir un centro de ayuda a la vida. Un centro para jóvenes madres y menores en riesgo. Me fui con el entusiasmo de abrir una casa. Pero después de poco tiempo, empecé a recoger un grito de dolor. Madres que habían dado a luz en cárceles, que no sabían leer ni escribir, habían firmado ciertos documentos y una vez dado a luz el niño, les era arrebatado. Y entonces me decían: "Sabes, hoy tendría un hijo, pero está en alguna parte, tiene 8 años, nunca lo he visto". Comencé a recoger el grito de dolor de mujeres que habían abortado y me decían: "Sabes, hoy tendría un hijo pero lo asesiné".

La Cruz de Cristo

Por la noche, cuando llegaba frente a Jesús para entregarle todo este dolor. Empecé a escuchar una cosa en mi corazón: "Ángela, si hoy tú existes es porque tu madre dijo sí a la vida". Cuando se experimenta la misericordia de Dios, la primera cosa que se aprende es a no juzgar. Y yo no tenía ningún derecho de juzgar a mi madre. Porque si una madre llega a abandonar a un hijo es porque hay un gran dolor.

La ley italiana permite obtener información del propio origen. Encontré a mi madre. Comenzó a telefonearme y un día me sugirió conocernos personalmente. El 2 de Junio de 2004 partí para la ciudad donde ella vivía, para encontrarla. Y había dos partes de mí. Estaba la parte humana que decía finalmente podré llamar a alguien mamá. Pero había una parte operativa que me decía: Ángela, no sabes qué puedes encontrar allá. Mi error es que venció la parte humana. Pero el hombre propone y Dios dispone… porque pocos minutos después de encontrarnos, con una mirada que yo no le deseo ni a mi peor enemigo me dijo: "Tú para mi no has existido hasta ahora, no existes hoy, sal de mi vida". Yo no sé qué siente una madre cuando un hijo dice no al amor, pero les puedo decir lo que siente un hijo cuando una madre le dice no al amor…

Fue un gran dolor, regresé a Roma con Chiara y le dije: "Pero yo qué he hecho de malo a Jesús, trabajo para Él, por qué no me puede ayudar?", y Chira me respondió con una frase de Santa Teresa de Ávila a mi pregunta de por qué Jesús me trata así, me contestó: "Sabes, Ángela, a sus amigos los trata así". Y Santa Teresa había respondido: "Ahora entiendo por qué tienes tan pocos amigos"…

Una franca resistencia

Chiara me dijo: "Escucha, Ángela, tienes 20 días de vacaciones, hay un lugar al que puedes ir. Este lugar es Medjugorje, toma tus vacaciones y ve allá". Era el periodo del aniversario. Y pensé: yo a Medjugorje no voy. Mejor me pagas las vacaciones a Croacia que tiene un mar estupendo y un día voy a Medjugorje. Pero yo no voy a ir a meterme en las piedras, las colinas, el calor... Y ella me dijo: "Te recuerdo que tienes un voto de pobreza y un voto de obediencia. Y por obediencia vas a Medjugorje". Así que vine a Medjugorje.

Llego a Medjugorje. Y me daban pena los peregrinos. Porque decía: al menos ellos podrían ir al mar y no van. Yo estoy obligada a estar aquí. Los primeros 10 días no quise saber de nada. El undécimo día, cerca de la tienda verde, pasa la vidente Marija me saluda y me invita a una aparición. Y de golpe, riéndome, le contesto: "Escucha, Marija, la Virgen tiene que venir a mí porque yo no me muevo". Me observó un poco sorprendida y me dice: "De todas formas vienes".

Era al día siguiente en el Oasis de la Paz, estaba lleno de gente. Yo llego a las 6:20 p.m. y había gente que llevaba 2 o 3 horas esperando. Y yo decía: para qué llegar tan temprano, de todas formas no la veo. Llego al Oasis, pasa Marija, me toma por el brazo y me lleva con ella dentro de la capilla del Oasis. Y empieza la aparición. Me hizo arrodillarme, ella estaba al lado de mí. Yo veía a todos los peregrinos, y decía: "¡qué buenos, como rezan!", pero mi corazón estaba cerrado.

Por otro lado pensaba, no se podía estar al lado a un personaje como Marija y no verse afectado. De repente la observaba y veía que movía sus labios de vez en cuando, y en ese momento ¿saben cuál era mi preocupación? ¿Pero ella con la Virgen habla en italiano o en croata? Quince días después le hice esta pregunta y me dijo que hablaba en croata.

Contacto con lo divino

Pero en cierto momento sucedió una cosa, y se lo dice la persona más racional que existe. Empecé a sentir un calor en el cuerpo, era un calor que me envolvía, era como si algo me abrazara, pero lo más increíble era como si fuera un transplante de corazón y subrayo la palabra transplante porque no era un corazón reparado, era un corazón nuevo…

Termina la aparición, y yo continuaba repitiéndome, Ángela no ha pasado nada. Y entre más lo decía mejor me sentía. Marija se levanta e hizo lo que hace siempre, explica lo que ha sucedido. Delante a todos dice: "He presentado a la Virgen todas las intenciones de oración, la Virgen ha orado por ustedes, los ha bendecido" y después delante a todos me observa y me dice: "La Virgen hace suyo el dolor que llevas, pero a partir de hoy sólo Ella será tu Madre".

Marija de mi historia no sabia absolutamente nada. Salí de la capilla, Marija me toma por el brazo y nos vamos a casa. Y aún sin convencerme le hago una pregunta: ¿Marija, estabas ahí, tú en la capilla me viste? Y ella sonriendo me respondió: "Yo no, pero la Virgen sí". Y desde aquel día he sentido a María en mi vida.

He descubierto que cada vez que tengo el rosario en las manos es María quien me toma de la mano. Aquella tarde aprendí otra cosa, que era cierto que hasta ese día había trabajado para Dios. Pero que María quería que trabajara con Dios. Y otra cosa bellísima es que si yo quería llegar a ser santa, debería tomar a María como modelo de santidad. Y para un carácter como el mío no era fácil. No era fácil vivir la obediencia de María. No era fácil vivir la humildad de María. No era fácil vivir el silencio de María. El silencio de María bajo la cruz. María estaba bajo la cruz.

Un profundo en inexplicable cambio

Fue una experiencia bellísima. Porque descubrí que el dolor, puede ser transformado en amor por la humanidad. Cuando el Padre Ljubo me llamó, a través de Chiara, porque si hoy yo les hablo es porque me han autorizado a hacerlo, me imagino en el paraíso. Me imagino la Santísima Trinidad, con Maria, y los santos. ¡Cuantos se están formando en este momento!

Porque si aquella tarde yo dije que Dios no existe, después de 12 años puedo decirles que Dios existe. Por 8 años, viví en el silencio. Viví escondida. Pero hace 2 años, durante un capitulo general de la familia salesiana, Chiara y otras personas importantes me pidieron contar mi historia. Al principio tuve miedo. Pero cuando aprendes que la vida no te pertenece a ti, que la vida es un regalo..., hice este pacto con Jesús: "Jesús te ruego, si mi vida, mi historia, sirve a un solo joven a encontrar tu misericordia, daré mi vida por esto".

Seguridad en medio de la indigencia

Queridos Jóvenes: no tengan miedo al sufrimiento. El sufrimiento existe. El mundo nos enseña que no existe. El mundo nos enseña a cubrir el sufrimiento. Pero Jesús nos ha enseñado a vivirlo con Él. Lo que tiene clavado a Jesús a la cruz no son los clavos sino el amor especial que tiene por cada uno de nosotros… Les ruego, como decía San Francisco, no permitan que el amor de los amores no sea amado. Llevemos el amor de Dios a todo el mundo. La Madre Teresa decía: somos gotas en el mar, pero tantas gotas hacen un océano.

Queridos Jóvenes: como decía San Pedro, yo no tengo oro ni plata. Queridos Jóvenes: todo lo que tengo me llega de la Providencia, ni siquiera este rosario, me lo han dado. Queridos Jóvenes: yo no tengo nada. A diferencia de San Pedro, yo no hago milagros. Pero les puedo decir una cosa: que hay un Dios que ha dado la vida. Que hay un Dios que nos ama. Que debemos experimentar la alegría. La alegría de Cristo resucitado. Ese pedazo de pan que nosotros adoramos, ese pedazo de pan con el que nos nutrimos. Ahí está realmente el cuerpo de Jesús. Y lo digo con un gran dolor, porque los satanistas creen más que nosotros que ahí está el cuerpo de Jesús. Nosotros tenemos que empezar a creer. Tenemos que empezar a vivir a Jesús. San Pablo decía, no soy yo quien vivo, es Jesús quien vive en mí.

Entonces jóvenes, ya saben donde está la verdadera libertad. Está en una sola palabra, la verdadera libertad está en la obediencia. Y lo repito, no escapen al sufrimiento. Llévenlo con Jesús, y entonces ese sufrimiento se transformará en amor. Me despido con una frase de Edith Stein. Cuando Edith Stein se convirtió le preguntaron: ¿por qué te convertiste a la religión católica? Y ella respondió: "Porque busqué el amor y encontré a Jesús".

El día que Jesús guardó silencio

Aún no llego a comprender cómo ocurrió, si fue real o un sueño. Sólo recuerdo que ya era tarde y estaba en mi sofá preferido con un buen libro en la mano. El cansancio me fue venciendo y empecé a cabecear... En algún lugar entre la semiinconsciencia y los sueños, me encontré en aquel inmenso salón, no tenía nada en especial salvo una pared llena de tarjeteros, como los que tienen las grandes bibliotecas. Los ficheros iban del suelo al techo y parecían interminables en ambas direcciones. Tenían diferentes rótulos. Al acercarme, me llamó la atención un cajón titulado: "Muchachas que me han gustado". Lo abrí descuidadamente y empecé a pasar las fichas. Tuve que detenerme por la impresión, había reconocido el nombre de cada una de ellas: ¡se trataba de las chicas que a mí me habían gustado! Sin que nadie me lo dijera, empecé a sospechar dónde me encontraba. Este inmenso salón, con sus interminables ficheros, era un crudo catálogo de toda mi existencia. Estaban escritas las acciones de cada momento de mi vida, pequeños y grandes detalles, momentos que mi memoria había ya olvidado. Un sentimiento de expectación y curiosidad, acompañado de intriga, empezó a recorrerme mientras abría los ficheros al azar para explorar su contenido. Algunos me trajeron alegría y momentos dulces; otros, por el contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa tan intensos que tuve que volverme para ver si alguien me observaba. El archivo "Amigos" estaba al lado de "Amigos que racioné" y "Amigos que abandoné cuando más me necesitaban". Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo. "Libros que he leído", "Mentiras que he dicho", "Consuelo que he dado", "Chistes que conté", otros títulos eran: "Asuntos por los que he peleado con mis hermanos", "Cosas hechas cuando estaba molesto", "Murmuraciones cuando mamá me reprendía de niño", "Videos que he visto"... No dejaba de sorprenderme de los títulos. En algunos ficheros había muchas más tarjetas de las que esperaba y otras veces menos de lo que yo pensaba. Estaba atónito del volumen de información de mi vida que había acumulado. ¿Sería posible que hubiera tenido el tiempo de escribir cada una de esas millones de tarjetas? Pero cada tarjeta confirmaba la verdad. Cada una escrita con mi letra, cada una llevaba mi firma. Cuando vi el archivo "Canciones que he escuchado" quedé atónito al descubrir que tenía más de tres cuadras de profundidad y, ni aun así, vi su fin. Me sentí avergonzado, no por la calidad de la música, sino por la gran cantidad de tiempo que demostraba haber perdido. Cuando llegué al archivo: "Pensamientos lujuriosos" un escalofrío recorrió mi cuerpo. Solo abrí el cajón unos centímetros.. Me avergonzaría conocer su tamaño. Saqué una ficha al azar y me conmoví por su contenido. Me sentí asqueado al constatar que "ese" momento, escondido en la oscuridad, había quedado registrado... No necesitaba ver más... Un instinto animal afloró en mí. Un pensamiento dominaba mi mente: Nadie debe de ver estas tarjetas jamás. Nadie debe entrar jamás a este salón... ¡Tengo que destruirlo! En un frenesí insano arranqué un cajón, tenía que vaciar y quemar su contenido. Pero descubrí que no podía siquiera desglosar una sola del cajón. Me desesperé y trate de tirar con más fuerza, sólo para descubrir que eran más duras que el acero cuando intentaba arrancarlas. Vencido y completamente indefenso, devolví el cajón a su lugar. Apoyando mi cabeza al interminable archivo, testigo invencible de mis miserias, y empecé a llorar. En eso, el título de un cajón pareció aliviar en algo mi situación: "Personas a las que les he compartido el Evangelio". La manija brillaba, al abrirlo encontré menos de 10 tarjetas. Las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos. Lloraba tan profundo que no podía respirar. Caí de rodillas al suelo llorando amargamente de vergüenza. Un nuevo pensamiento cruzaba mi mente: nadie deberá entrar a este salón, necesito encontrar la llave y cerrarlo para siempre. Y mientras me limpiaba las lágrimas, lo vi. ¡Oh no!, ¡por favor no!, ¡Él no!, ¡cualquiera menos Jesús!. Impotente vi como Jesús abría los cajones y leía cada una de mis fichas. No soportaría ver su reacción. En ese momento no deseaba encontrarme con su mirada. Intuitivamente Jesús se acercó a los peores archivos. ¿Por qué tiene que leerlos todos? Con tristeza en sus ojos, buscó mi mirada y yo bajé la cabeza de vergüenza, me llevé las manos al rostro y empecé a llorar de nuevo. Él se acercó, puso sus manos en mis hombros. Pudo haber dicho muchas cosas. Pero Él no dijo ni una sola palabra. Allí estaba junto a mí, en silencio. Era el día en que Jesús guardó silencio... y lloró conmigo. Volvió a los archivadores y, desde un lado del salón, empezó a abrirlos, uno por uno, y en cada tarjeta firmaba Su nombre sobre el mío. ¡No!, le grité corriendo hacia Él. Lo único que atiné a decir fue sólo ¡no!, ¡no!, ¡no! cuando le arrebaté la ficha de su mano. Su nombre no tenía por que estar en esas fichas. No eran sus culpas, ¡eran las mías! Pero allí estaban, escritas en un rojo vivo. Su nombre cubrió el mío, escrito con su propia sangre. Tomó la ficha de mi mano, me miró con una sonrisa triste y siguió firmando las tarjetas. No entiendo cómo lo hizo tan rápido. Al siguiente instante lo vi cerrar el último archivo y venir a mi lado. Me miró con ternura a los ojos y me dijo: - Todo esta Consumado, está terminado, yo he cargado con tu vergüenza y culpa. En eso salimos juntos del Salón... Salón que aún permanece abierto.... Porque todavía faltan más tarjetas que escribir... Aún no sé si fue un sueño, una visión, o una realidad... Pero, de lo que sí estoy convencido, es que la próxima vez que Jesús vuelva a ese salón, encontrará más fichas de que alegrarse, menos tiempo perdido y menos fichas vanas y vergonzosas.

El árbol de las manzanas

Hace mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo apreciaba mucho y todos los días jugaba a su alrededor. Trepaba por el árbol, y le daba sombra. El niño amaba al árbol y el árbol amaba al niño. Pasó el tiempo y el pequeño niño creció y el nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol. Un día el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste: "¿Vienes a jugar conmigo?". Pero el muchacho contestó: "Ya no soy el niño de antes que jugaba alrededor de enormes árboles. Lo que ahora quiero son juguetes y necesito dinero para comprarlos". "Lo siento, dijo el árbol, pero no tengo dinero... pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas. Así obtendrás el dinero para tus juguetes". El muchacho se sintió muy feliz. Tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz. Pero el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar triste. Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le preguntó: "¿Vienes a jugar conmigo?". "No tengo tiempo para jugar. Debo trabajar para mi familia. Necesito una casa para compartir con mi esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?". "Lo siento, no tengo una casa, pero... puedes cortar mis ramas y construir tu casa". El joven cortó todas las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario. Cierto día de un cálido verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado. "Vienes a jugar conmigo?", le preguntó el árbol. El hombre contestó: "Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y descansar. ¿Puedes darme uno?". El árbol contestó: "Usa mi tronco para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz". El hombre cortó el tronco y construyó su bote. Luego se fue a navegar por un largo tiempo. Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo: "Lo siento mucho, pero ya no tenga nada que darte, ni siquiera manzanas". El hombre replicó: "No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar... ahora ya estoy viejo. Yo no necesito mucho ahora, solo un lugar para descansar. Estoy tan cansado después de tantos años...". Entonces el árbol, con lágrimas en sus ojos, le dijo: "Realmente no puedo darte nada... lo único que me queda son mis raíces muertas, pero las viejas raíces de un árbol son el mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa". El hombre se sentó junto al árbol y éste, feliz y contento, sonrió con lágrimas.
Esta puede ser la historia de cada uno de nosotros. El árbol son nuestros padres. Cuando somos niños, los amamos y jugamos con papá y mamá... Cuando crecemos los dejamos... Sólo regresamos a ellos cuando los necesitamos o estamos en problemas... No importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo lo que puedan y hacernos felices. Parece que el muchacho es cruel contra el árbol... pero es así como nosotros tratamos a veces a nuestros padres. Valoremos a nuestros padres mientras los tengamos a nuestro lado.

sábado, 17 de mayo de 2008

El amor del padre

Hubo hace años un hombre muy rico el cual compartía la pasión por el coleccionismo de obras de arte con su fiel y joven hijo. Juntos viajaban alrededor del mundo añadiendo a su colección tan solo los mejores tesoros artísticos. Obras maestras de Picasso, Van Gogh, Monet y otros muchos, adornaban las paredes de la hacienda familiar.
El anciano, que se había quedado viudo, veía con satisfacción como su único hijo se convertía en un experimentado coleccionista de arte. El ojo clínico y la aguda mente para los negocios del hijo, hacían que su padre sonriera con orgullo mientras trataban con coleccionistas de arte de todo el mundo.
Estando cercano el invierno, la nación se sumió en una guerra y el joven partió a servir a su país. Tras solo unas pocas semanas, su padre recibió un telegrama. Su adorado hijo había desaparecido en combate. El coleccionista de arte esperó con ansiedad más noticias, temiéndose que nunca más volvería a ver a su hijo. Pocos días más tarde sus temores se confirmaron: el joven había muerto mientras arrastraba a un compañero hasta el puesto médico.
Trastornado y solo, el anciano se enfrentaba a las próximas fiestas navideñas con angustia y tristeza. La alegría de la festividad, la festividad que él y su hijo siempre había esperado con placer, no entraría más en su casa.
En la mañana del día de Navidad, una llamada a la puerta despertó al deprimido anciano. Mientras se dirigía a la puerta, las obras maestras de arte en las paredes únicamente le recordaban que su hijo no iba a volver a casa. Cuando abrió la puerta fue saludado por un soldado con un abultado paquete en la mano. Se presentó a sí mismo diciendo: "Yo era amigo de su hijo. Yo era al que estaba rescatando cuando murió. ¿Puedo pasar un momento? Quiero mostrarle algo."
Al iniciar la conversación, el soldado relató como el hijo del anciano había contado a todo el mundo el amor de su padre por el arte. "Yo soy un artista", dijo el soldado, "y quiero darle ésto". Cuando el anciano desenvolvió el paquete, el contenido resultó ser un retrato de su hijo. Aunque difícilmente podía ser considerada la obra de un genio, la pintura representaba al joven con asombroso detalle. Embargado por la emoción, el hombre dió las gracias al soldado, prometiéndole colgar el cuadro sobre la chimenea.
Unas pocas horas más tarde, tras la marcha del soldado, el anciano se puso a la tarea. Haciendo honor a su palabra, la pintura fue colocada sobre la chimenea, desplazando cuadros de miles de dólares. Entonces el hombre se sentó en su silla y pasó la Navidad observando el regalo que le habían hecho.
Durante los días y semanas que siguieron, el hombre comprendió que, aunque su hijo ya no estaba con él, seguía vivo en aquellos a los que había rozado. Pronto se enteró de que su hijo había rescatado docenas de soldados heridos antes de que una bala atravesara su bondadoso corazón. Conforme le iban llegando noticias de la nobleza de su hijo, el orgullo paterno y la satisfacción empezaron a aliviar su pena. El cuadro de su hijo se convirtió en su posesión más preciada, eclipsando sobradamente cualquier interés por piezas por las que clamaban los museos del mundo entero. Dijo a sus vecinos que era el mejor regalo que jamás había recibido.
En la primavera siguiente, el anciano enfermó y falleció. El mundo del arte se puso a la expectativa. Con el coleccionista muerto y su único hijo también fallecido, todas aquellos cuadros tendrían que ser vendidos en una subasta. De acuerdo con el testamento del anciano, todas las obras de arte serían subastadas el día de Navidad, el día en que había recibido su mayor regalo.
Pronto llegó el día y coleccionistas de arte de todo el mundo se reunieron para pujar por algunas de las más espectaculares pinturas a nivel mundial. Muchos sueños podían realizarse ese día; podía conseguirse la gloria y muchos podrían afirmar "Yo tengo la mejor colección de todas".
La subasta empezó con una pintura que no estaba en la lista de ningún museo. Era el cuadro de su hijo. El subastador pidió una puja inicial. La sala permanecía en silencio. "¿Quién abrirá la puja con 100 dólares?, preguntó.
Los minutos pasaban. Nadie hablaba. Desde el fondo de la sala se escuchó: ¿A quien le importa ese cuadro? Sólo es un retrato de su hijo. Olvidémoslo y pasemos a lo bueno". Más voces se alzaron asintiendo. "No, primero tenemos que vender éste", replicó el subastador. "Ahora, ¿quién se lse queda con el hijo?". Finalmente, un amigo del anciano habló: "¿Cogería usted diez dólares por el cuadro? Es todo lo que tengo. Conocía al muchacho, así que me gustaría tenerlo". "Tengo diez dólares. ¿Alguien da más?" anunció el subastador. Tras otro silencio, el subastador dijo: "Diez a la una, diez a las dos. Vendido". El martillo descendió sobre la tarima. Los aplausos llenaron la sala y alguien exclamó: "¡Ahora podemos empezar y pujar por estos tesoros!" El subastador miró a la audiencia y anunció que la subasta había terminado. Una aturdida incredulidad inmovilizó la sala. Alguien alzó la voz para preguntar: "¿Qué significa que ha terminado? No hemos venido aquí por un retrato del hijo del viejo. ¿Qué hay de estos cuadros? ¡Aquí hay obras de arte por valor de millones de dólares! ¡Exijo una explicación de lo que está sucediendo!". El subastador replicó: "Es muy sencillo. De acuerdo con el testamento del padre, el que se queda con el hijo... se queda con todo". Viéndolo desde otra perspectiva, como aquellos coleccionistas de arte descubrieron en el día de Navidad, el mensaje es aún el mismo: El amor de un Padre, cuya mayor alegría vino de su Hijo que se le dejó para dar su vida rescatando a otros. Y a causa de ese amor paterno, el que se queda con el Hijo lo obtiene todo. (Autor desconocido)

Dos estrellas

Un ermitaño recogía diariamente un hato de ramas, lo cargaba en su borriquillo y lo intercambiaba en el pueblo por lo que le ofrecieran: queso, verduras… A mitad de camino de regreso, cuando el cansancio y el calor arreciaban, pasaba delante de una fuente de agua fresca, y el ermitaño pasaba de largo ofreciéndoselo a Dios. Por la noche Dios le obsequiaba ese sacrificio con una luminosa estrella en el firmamento. Un día un muchacho se unió al ermitaño en su camino. Ese día el sol apretaba especialmente y la cuesta se hacía pesada. Cuando se acercaban a la fuente, el viejo ermitaño leyó en los ojos del joven que el chico no bebería si él no lo hacía. Decidió beber aun a costa de quedarse sin estrella. Esa noche, brillaron dos estrellas.

lunes, 12 de mayo de 2008

Horizontes

HORIZONTES

Juan Pablo II ha convocado con frecuencia a los católicos a una nueva evangelización, a esa renovada tarea misionera de la Iglesia de nuestro tiempo. Concretamente, después del Jubileo del año 2000, el Santo Padre nos ha recordado el mandato del Señor a los apóstoles: Duc in altum! ¡Mar adentro! Hacia nuevas metas, hacia nuevas aventuras apostólicas, para llevar a Cristo a todos los rincones del mundo y a todas las actividades y ambientes.

Una nueva cultura

Llevar a Cristo a todos los rincones implica, sin duda, el empeño por promover una nueva cultura, una legislación y una moda respetuosas con la dignidad del hombre. Se trata de una tarea positiva: una renovación, una regeneración, una mejora. No basta lamentarse de la cultura actual, de la moda imperante, de las leyes vigentes. No cabe limitarse a criticar las carencias del ambiente, ni añorar un pasado mejor. El apostolado no es tarea de nostálgicos, sino de rebeldes. Los cristianos anhelan con esperanza un futuro mejor. Por la fe, estamos convencidos de que el futuro pertenece a nuestra libertad y que, en gran parte, depende de nosotros. Y por experiencia humana sabemos que el porvenir se forja con pasión, con coraje y con la gracia de Dios. Existen muchos motivos para realizar la tarea apostólica con espíritu constructivo.

Amar el mundo apasionadamente es el título de una homilía de San Josemaría, que sintetiza un punto central de su ejemplo y de sus enseñanzas. Amaba el mundo apasionadamente: no el concepto de mundo, sino el mundo real en el que vivió: su cultura, sus tradiciones, sus expresiones artísticas. Solía decir a los casados: tienes que querer a tu marido, o a tu mujer, con sus defectos, siempre que no sean ofensa a Dios; si no, no es verdad que le quieres. Por analogía podríamos aplicar estas palabras también a otro contexto: amar el mundo con sus virtudes y con sus defectos, siempre que no sean ofensa a Dios. Este mundo que aprecia la libertad, desea la paz, ama el trabajo bien hecho, defiende los derechos humanos, valora la solidaridad, impulsa la tecnología y la ciencia, se preocupa por la ecología. Ciertamente no es un mundo ideal, porque proliferan no sólo defectos sino ofensas a Dios y al prójimo: el desprecio de la vida humana y de su dignidad, la violencia, el odio, la pobreza, la pornografía, la increencia, la corrupción. Problemas que, juntos, alzan oleadas oscuras que serán vencidas por la luz de Cristo.

Dios espera que de nuestras almas salga otra oleada —blanca y poderosa, como la diestra del Señor—, que anegue, con su pureza, la podredumbre de todo materialismo y neutralice la corrupción, que ha inundado el Orbe: a eso vienen —y a más— los hijos de Dios ( San Josemaría, Forja, n. 23). Esto no significa apartamiento, es más bien signo de compromiso con este mundo que el Señor nos ha entregado como heredad y del que nos sentimos responsables: éste es el mejor y único momento para nuestro apostolado.

Método

El fin es claro: poner a Cristo en la cumbre de estas actividades humanas que están necesitadas de dignificación. Pero, ¿y los medios? ¿Cómo pueden los cristianos lograr que se respete la dignidad de la persona en todos los ámbitos? ¿Cómo devolver a la castidad el lugar que merece en la jerarquía de valores de una sociedad tan materialista?

La prudencia consiste precisamente en arbitrar los medios adecuados para conseguir un fin. Y en este caso, además de tener claro el objetivo, es preciso acertar con el método. La realización de estudios interdisciplinares, por ejemplo, se muestra cada vez más necesaria: para evangelizar el mundo hay que reflexionar, conocer, pensar, proponer. Una movilización apostólica inteligente, basada en el estudio, capaz de incidir en la cultura y en los estilos de vida de modo práctico y operativo.

San Josemaría sintetizaba en Camino algunos rasgos propios de una mentalidad profundamente católica, capaz de alcanzar la altura histórica de las circunstancias sin empequeñecimientos ni frivolidades: Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características:

• amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica;

• afán recto y sano —nunca frivolidad— de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia...;

• una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos;

—y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida (San Josemaría, Surco, n. 428).

Actitud positiva ante la transformación de los estilos de vida. Actitud constructiva, para la que se necesitan cristianos que estén en condiciones de realizar investigaciones hondas en temas como la familia, los jóvenes, los ancianos, las enfermedades y epidemias, la televisión, el amor humano, la bioética. Para inducir tendencias nuevas hace falta formular propuestas innovadoras, que muevan a la acción y conformen las culturas. Enfoques atractivos en el arte, la moda, la publicidad, que convenzan y arrastren.

Algunos estudios profundos, investigaciones profesionales o ideas interesantes naufragan cuando no se dan a conocer del modo adecuado. No basta tener razón, es preciso hacerse entender. Cada campo de la actividad humana tiene sus reglas propias. Así sucede también con las opiniones, las tendencias y las modas. Hay que saber cómo funcionan los procesos de aceptación o rechazo de los argumentos en la opinión pública; cómo nacen, crecen y cambian las tendencias sociales; cuál es la dinámica de los movimientos ciudadanos en las sociedades democráticas y pluralistas; quién toma las decisiones que influyen en ámbito internacional y cómo lo hace; qué características tiene el lenguaje propio de las tribunas públicas. Estos son algunos de los elementos que componen el “don de lenguas”, y que son necesarios en las nuevas fronteras de la evangelización.

Coherencia

La transformación de las formas de vida presenta muchas facetas. A nadie se le oculta la trascendencia de la virtud de la santa pureza en este momento, precisamente por la agresividad de quienes se proponen erradicarla del vocabulario, de las convicciones y de las costumbres. Parte importante de la movilización apostólica consiste precisamente en mostrar que la castidad es posible, necesaria y atractiva, y que ayuda a edificar con armonía la propia existencia, el trato con Dios y las relaciones interpersonales. Hay que empezar por la propia casa: «Primero purificarse y luego purificar; dejarse instruir por la sabiduría y luego instruir; primero convertirse en luz y luego iluminar; primero acercarse a Dios y luego llevar a otros a Él; primero ser santos y luego santificar» (San Gregorio Nacianceno, Oración II, 71; cit. por Juan Pablo II en Exhort. apost. Pastores gregis, 16-X-2003, n. 12).

Empezar por la propia casa significa amar con obras todas las manifestaciones de la virtud de la castidad, pedir a Dios que —con su gracia y nuestra correspondencia— nos conceda un amor cada día más limpio, más generoso, más delicado. También a nivel personal, el esfuerzo de la voluntad ha de apoyarse sobre bases sólidas en la inteligencia, que den estabilidad a los afectos y una gran finura en la sensibilidad, para levantar el nivel más de lo que quizá pueda parecer necesario. Fruto de esas convicciones profundas es la resistencia activa ante las agresiones que por desgracia llegan a través de todo tipo de cauces, y presentan engañosamente la impureza como un fenómeno “normal”, casi “inevitable”, incluso “deseable”.

El modelo de esta virtud, y de todas, es Cristo. La forma de vestir, de hablar y de comportarse manifiesta la categoría humana y sobrenatural. Los cristianos expresamos en nuestro porte externo —cada uno a nuestro modo— la conciencia de la dignidad de hijos de Dios: ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo (San Josemaría, Camino, n. 2).

Las virtudes son un reflejo de la verdad, la bondad y la belleza de Dios. Hacer atractiva la virtud es procurar vivirla con delicadeza, sin esconderla ni “exhibirla”, con naturalidad. Así, muchos se sentirán atraídos por la humildad, la sencillez en el trato, la generosidad que acompañan a la pureza. Y comprenderán de ese modo, su profunda razón de ser.

Prestigio

Hoy más que nunca se cumple el diagnóstico que el Fundador de la Obra recoge en Camino: Antes, como los conocimientos humanos —la ciencia— eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo sabio pudiera hacer la defensa y apología de nuestra Santa Fe. Hoy, con la extensión y la intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia. —Tú... no te puedes desentender de esta obligación(San Josemaría, Camino, n. 338).

Hacen falta científicos que sepan hacer la apología de la fe, cada uno en su campo, en todas las profesiones. El trabajo nos proporciona la ocasión y también el lenguaje para extender la Iglesia, el idioma en que podemos expresar la verdad de la fe de forma comprensible para nuestros colegas. Y el lenguaje es hoy un instrumento fundamental para el apostolado, porque nuestra sociedad está cada día más comunicada y —paradójicamente— cada vez más fragmentada.

Cada profesión tiene sus reglas, su historia, sus principios y paradigmas. Puede decirse que cada una tiene su verdad: hay que conocerla para estar en condiciones de poner a Cristo en su mismo corazón, y de ese modo, llevarla a su más alto nivel de excelencia, purificándola de los elementos negativos que el hombre o el ambiente hayan introducido con el tiempo. Santifiicar el mundo desde dentro es hacer brillar el esplendor de la verdad en cada profesión, como luz que atrae a los demás y les anima a trabajar con calidad, con caridad, por amor, para servir.

El prestigio es hoy la cátedra de la autoridad reconocida. Para mejorar el ambiente se necesitan profesionales cristianos que trabajen mucho y bien en los campos neurálgicos de la sociedad. Ésa es la misión de los laicos en la Iglesia. Trabajar cristianamente como escritores, empresarios, publicistas, políticos, artistas, creadores de moda, guionistas, maestros, profesores, investigadores. Tratar a muchos profesionales, con el apostolado de amistad y confidencia, el apostolado de la inteligencia. Y también con el apostolado de la responsabilidad, que nos recuerda que nos hemos de convertir personalmente y que hemos de transformar el mundo y llevarlo a Dios.

Servicio

Muchos errores doctrinales y no pocos desórdenes morales son respuestas equivocadas a problemas reales. Incluso algunos pecados contra la virtud de la castidad nacen del miedo, de la desconfianza en uno mismo, y tienen su origen en la huida o en la búsqueda de algo: personas que huyen de la soledad y de la tristeza, personas que buscan el afecto y la comprensión, y equivocan el camino. No se trata de justificar lo que no tiene justificación posible, sino de descubrir, incluso en el pecado, ese grito silencioso del hombre que no sabe que es hijo de Dios, que no se sabe querido, que no se sabe redimido.

• ¡Dios es mi Padre! —Si lo meditas, no saldrás de esta consoladora consideración.

• ¡Jesús es mi Amigo entrañable! (otro Mediterráneo), que me quiere con toda la divina locura de su Corazón.

• ¡El Espíritu Santo es mi Consolador!, que me guía en el andar de todo mi camino.

Piénsalo bien. —Tú eres de Dios..., y Dios es tuyo (San Josemaría, Forja, n. 2).

El apostolado se resume en recordar esta profunda verdad. Más aún, cabe afirmar que el apostolado consiste en expresar esa verdad con obras, mostrando el amor de Dios a través de la caridad con los hombres. Quien trata a un cristiano, ha de percibir que el secreto de la felicidad es el amor, no el egoísmo; la fidelidad, no la frivolidad; el servicio, no el interés. Dios es, para todos los hombres, “médico, maestro, amigo”. Y los cristianos hemos de ser testigos vivos de ese amor.

Sin la caridad, afirma Juan Pablo II, «el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día» (Juan Pablo II, Litt. apost. Novo Millennio ineunte, 6-I-2001, n. 50). La caridad de las obras asegura una fuerza inigualable a la caridad de las palabras, dándoles relieve, profundidad y altura. La forma del amor de Dios permite elevar la comunicación humana al más alto grado de verdad.

Veritatem facientes in caritate (Ef 4, 15). La misión apostólica se resume en dejar que brille el esplendor de la verdad, unido al esplendor de la caridad, en todas las actividades nobles de los hombres, como luces que se encienden en su interior e iluminan el mundo.

Ciudadanos

En la carta dedicada al Año de la Eucaristía, Juan Pablo II invita a los cristianos a «dar testimonio de la presencia de Dios en el mundo. No tengamos miedo de hablar de Dios ni de mostrar los signos de la fe con la frente muy alta» (Juan Pablo II, Litt. apost. Mane nobiscum Domine, 7-X-2004, n. 26). La Eucaristía — centro y raíz de la vida cristiana— «es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura» (Ibid, n. 25).

Este misterio inefable de fe y de amor, que desafía la limitada inteligencia de los hombres, se proyecta desde la intimidad del alma hacia la sociedad entera. Poco después de su elección, en otro documento sobre la Eucaristía (Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae, dirigida a los Obispos, sobre el misterio y el culto de la Eucaristía, 24-II-1980), Juan Pablo II señalaba que «la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y corroborar el “sacrum” de la Eucaristía». Y añadía: «en nuestra sociedad pluralista, y a veces también deliberadamente secularizada, la fe viva de la comunidad cristiana —fe consciente incluso de los propios derechos con respecto a todos aquellos que no comparten la misma fe— garantiza a ese “sacrum” el derecho de ciudadanía» (Dominicae Cenae, n. 8).

La fe viva de los cristianos asegura el derecho de ciudadanía de la Eucaristía, y de todos los misterios de la fe: las catedrales son fruto del deseo de adorar a Dios; las universidades nacen del anhelo de conocer al Creador y al mundo creado por Él; los hospitales son expresión de misericordia. A través del arte, de la ciencia, o de tantas disciplinas humanas, en cuyo origen está el deseo universal de verdad, de bien y de belleza, los cristianos transforman la fe en cultura y la muestran como es: hermosa, amable y razonable; accesible a todos los hombres de buena voluntad.
No se trata solamente de una posibilidad, sino de una obligación para el cristiano, porque «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida» (Juan Pablo II, Decreto de creación del Pontificio Consejo para la Cultura, en L'Osservatore Romano, 6-VI-1982).

Desde dentro

Esta realidad, siempre presente en la historia de la Iglesia, adquiere acentos particulares desde la perspectiva de la secularidad. La expresión de la fe en la cultura constituye, por así decir, el punto de encuentro entre la fuerza de Dios y los anhelos de los hombres. Los conflictos y necesidades, que el mundo padece a causa del pecado, tienen su respuesta, consuelo y esperanza en las obras que nacen de la fe viva de la comunidad cristiana. Por eso, «el divorcio, que se constata en muchos, entre la fe que profesan y su vida cotidiana, debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestro tiempo. No se debe oponer por ello, sin razón, la actividad profesional y social, por una parte, y la vida religiosa, por otra» (Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et Spes, n. 43).

Si la fe se recluyera en el ámbito de la intimidad privada, y abandonara el ancho campo de las actividades humanas, la sociedad entera se vería privada de una fuente de libertad y de progreso, y se correría el riesgo de que la verdad revelada fuese invisible para los creyentes y para todos los hombres: la fe se volvería incomunicable. Formulando la misma idea de modo positivo, «la síntesis vital entre el Evangelio y los deberes cotidianos de la vida que los fieles laicos sabrán plasmar, será el más espléndido y convincente testimonio de que, no el miedo, sino la búsqueda y la adhesión a Cristo son el factor determinante para que el hombre viva y crezca, y para que se configuren nuevos modos de vida más conformes a la dignidad humana» (Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 34).

Compete especialmente a los fieles laicos desarrollar esta tarea, lograr esta síntesis. Lejos de toda falsa neutralidad y de todo infundado complejo de inferioridad. Y lejos también de todo clericalismo, que llevaría, por una parte, a comprometer a la Jerarquía en cuestiones temporales, cayendo en un clericalismo diverso pero tan nefando como el de los siglos pasados; y, por otra, a aislar a los laicos, a los cristianos corrientes, del mundo en el que viven, para convertirlos en portavoces de decisiones o ideas concebidas fuera de ese mundo (San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 59). Desde dentro del mundo, desde dentro de las profesiones han de surgir las múltiples soluciones cristianas a los problemas sociales.

Compromiso

Promover «nuevos modos de vida más conformes con la dignidad humana» (Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, n. 34), o fomentar una nueva cultura, son invitaciones a emprender con brío renovado el camino misionero de la Iglesia, una llamada a sentirnos responsables del mundo en que vivimos, un estímulo a comprometernos. Comprometidos: palabra que gustaba mucho a san Josemaría, y que sintetiza un conjunto de convicciones y actitudes, como la mentalidad laical, el sentido positivo, la responsabilidad y la esperanza.

Fruto de ese compromiso han nacido iniciativas variadísmias de apostolado: instituciones educativas, asistenciales, de servicio, consecuencias del deseo de contribuir a resolver las necesidades de su propio entorno. A las personas que sacaban adelante una de esas labores de apostolado se dirigía el Fundador de la Obra con estas palabras: Vosotros sois parte de un pueblo que sabe que está comprometido en el progreso de la sociedad a la que pertenece. Y continuaba: Al prestar vuestra cooperación sois claro testimonio de una recta conciencia ciudadana, preocupada del bien común temporal: atestiguáis que una Universidad puede nacer de las energías de un pueblo y ser sostenida por el pueblo (San Josemaría, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, n. 120).

La participación activa en la sociedad en la que vive es consecuencia de la vocación divina del cristiano corriente, que no puede desentenderse de los problemas de sus semejantes, ni dar la espalda a las necesidades de su ambiente. Participar en la sociedad como ciudadanos libres y responsables, sin dejaciones. San Josemaría empleaba para una ocasión concreta algunas expresiones que describen aspectos esenciales de la mentalidad laical: una llamada a que ejerzáis —¡a diario!, no sólo en situaciones de emergencia— vuestros derechos; y a que cumpláis noblemente vuestras obligaciones como ciudadanos —en la vida política, en la vida económica, en la vida universitaria, en la vida profesional— asumiendo con valentía todas las consecuencias de vuestras decisiones libres, cargando con la independencia personal que os corresponde. Y esta cristiana mentalidad laical os permitirá huir de toda intolerancia, de todo fanatismo —lo diré en positivo— os hará convivir en paz con todos vuestros conciudadanos, y fomentar también la convivencia en los diversos órdenes de la vida social (Idem, n. 117).

La presencia de los católicos en la vida pública está tan alejada del fanatismo como del relativismo. En su reciente carta Mane nobiscum Domine, Juan Pablo II recuerda que «la “cultura de la Eucaristía” promueve una cultura del diálogo, que en ella encuentra fuerza y alimento. Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia. (...) Quien aprende a decir “gracias” como lo hizo Cristo en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un torturador» (Juan Pablo II, Litt. apost. Mane nobiscum Domine, 7-X-2004, n. 26). Ese espíritu de diálogo es el camino para lograr la libre adhesión a Jesucristo por parte de las personas que nos rodean.

Operatividad

Las necesidades de las personas y de los pueblos no son idénticas en todos los lugares y en todas las épocas. En consecuencia, la acción social de los cristianos cambia también, adecuándose al contexto. Son esclarecedoras estas palabras del Papa: «La Europa a la que estamos enviados ha padecido tales y tantas transformaciones culturales, políticas, sociales y económicas, que plantea el problema de la evangelización en términos totalmente nuevos. Podemos también decir que Europa, como se ha configurado después de las complejas vicisitudes del último siglo, ha lanzado al cristianismo y a la Iglesia el reto más radical que la historia haya conocido, pero también presenta hoy nuevas y creativas posibilidades de anuncio y de encarnación del Evangelio» (Juan Pablo II, Discurso al Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas, 11 de octubre de 1985). En los cinco continentes se observan circunstancias similares: transformaciones profundas que son otros tantos desafíos para la encarnación de la fe. Los nuevos retos reclaman medios nuevos, fruto de la confianza en Dios, del celo apostólico y de la creatividad de los cristianos.

No resulta arriesgado afirmar que parte del “reto más radical para la Iglesia” consiste precisamente en llevar a Cristo a esos ambientes —la moda, la música, el cine, la comunicación, por citar algunos—, que no sólo aparecen con frecuencia como más alejados de Dios en la práctica, sino que algunos intentan presentar como ajenos a Dios por principio. Es misión de los cristianos que viven en medio del mundo demostrar que todos los trabajos honrados son camino de santidad, que todos se pueden realizar de acuerdo con la dignidad de la persona. Y su mejor argumento será la “fe viva”, la fe encarnada en obras: realidades que expresen —como las catedrales, las universidades, los hospitales— que el hombre alcanza su plenitud precisamente cuando respeta la ley natural —que es norma para la conducta y luz para la inteligencia—, cuando reconoce la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. La fe viva de los cristianos lleva a descubrir nuevos caminos para el arte, nuevas aventuras para el conocimiento, nueva «fantasía de la caridad» (Juan Pablo II, Litt. apost. Novo Millennio ineunte, 6-I-2001, n. 50).

El campo es amplísimo, porque hoy el arte se expresa también en la fotografía, en la moda y en el cine; la caridad en la lucha por la paz, los derechos humanos y el desarrollo; la ciencia en las redes internacionales de investigación especializada. Las necesidades son muchas, en el terreno de la justicia y de la libertad. Pero quizá se percibe de modo particularmente agudo la urgencia de una profunda labor cultural de los cristianos en defensa de la verdad: la verdad natural sobre la vida, el matrimonio, la castidad, la religión. Ésa es indudablemente una de las grandes prioridades apostólicas de nuestro tiempo: que los cristianos sepamos transformar nuestra fe en cultura, precisamente en esos campos, mediante la intervención en la política, la participación en organismos internacionales, los movimientos ciudadanos, las asociaciones de familias, las agrupaciones empresariales y los sindicatos, la investigación científica, tecnológica y sociológica. Allí donde se someten a discusión las cuestiones fundamentales, allí han de estar presentes los cristianos, como ciudadanos comprometidos, promoviendo activamente culturas compatibles con la dignidad del hombre.

Estilo

Las iniciativas que pueden responder a todas estas necesidades deben ser muy diferentes, porque dependen de las circunstancias del ambiente, de los deseos de los promotores y de otras mil variables. Proponemos, sin embargo, unas características comunes que responden a los retos expuestos hasta ahora; a modo de denominador común, el estilo propuesto no genera uniformidad sino que, al contrario, es garantía de pluralismo.

Nos atrevemos a sintetizar algunas notas que no deben faltar: serán iniciativas apostólicas por su finalidad y porque faciliten la formación personal, las relaciones de amistad, el acercamiento a Dios y a la Iglesia. Profesionales: realizadas con la ilusión de trabajar bien, independientemente del tipo de actividad que desarrollen; profesionalidad capaz de atraer también a quienes no tienen fe. Con clara identidad cristiana, capaz de empapar en las relaciones sociales, o manifestarse en el tono humano que corresponde a la dignidad de hijos de Dios. Abiertas: respetuosas de la libertad de personas de todas las religiones, clases sociales y tendencias políticas. Positivas: con la intención de sembrar el bien, fomentar el progreso, sin limitarse a la protesta ni al lamento. Capaces de unir en su área de actividad, de servir de puente entre instituciones similares, públicas o privadas, buscando lo que suma, lo que agrega, esforzándose por superar las divisiones. Abiertas al diálogo, al intercambio sereno de pareceres, al respeto de los puntos de vista.

Estos rasgos de identidad pueden inspirar las empresas apostólicas que nacerán como respuesta a los “nuevos retos para la Iglesia”: las iniciativas que cada uno puede promover en su propio ambiente, por su cuenta; los proyectos que pueden surgir de la suma de los esfuerzos de muchos colegas y amigos que comparten los mismos ideales. Conocemos a muchas personas que están luchando de forma admirable por un mundo mejor: esas personas merecen oración, aliento y, cuando sea posible, también ayuda.

Optimismo

Duc in altum! ¡Mar adentro! Cada generación de cristianos tiene una misión particular. La generación de los que hemos participado en el Jubileo hemos recibido la responsabilidad de llevar a Cristo a los ambientes más necesitados de su luz en nuestros días. Aunque es muy claro, importa recordar que ésta es una tarea que excede por completo las fuerzas humanas.

La llamada a la evangelización constituye siempre una llamada a la conversión. La Iglesia no es portadora de un proyecto político, ni de una propuesta cultural. Su misión no es organizar el mundo, sino hacer presente entre los hombres la Redención que nos ha alcanzado Jesucristo con su Pasión y su Resurrección. El apostolado es el desbordarse de la vida interior, las obras son la expresión de la fe y de la caridad, las iniciativas apostólicas han de estar siempre ancladas en la tierra firme del amor personal a Jesucristo. Especialmente cuando los desafíos son más difíciles, cuando el reto supera más claramente las fuerzas humanas, entonces se hace más necesario aún mantener la mirada fija en el Señor, vivir de la Eucaristía.

Ningún fruto procede de la mera planificación de recursos: sólo Dios, Señor de la historia, convierte los corazones. El Santo Padre lo ha recordado, precisamente en la carta apostólica que escribió al comienzo del nuevo milenio, al que calificó como una nueva etapa para la Iglesia (Cfr. Juan Pablo II, Litt. apost Novo Millennio ineunte, 6-I-2001, n. 1). Allí subraya «un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia. Hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, no podemos hacer nada» (Idem, n. 38). Por eso importa tanto poner todos los medios humanos y todos los medios sobrenaturales. Sembramos sabiendo que Dios pondrá el incremento. Ésa es precisamente la razón más profunda de nuestro optimismo.

sábado, 10 de mayo de 2008

Dio su vida por sus amigos

Al final de la Primera Guerra Mundial, un destacamento de soldados ingleses esperaba entrar en un pequeño pueblo cerca del Rhin, cuando repentinamente un soldado salió corriendo de un edificio gritando: "¡Alerta!". Instantáneamente, una descarga de rifles le dejaron muerto en el suelo. Pero la advertencia salvó a la compañía de una emboscada. El destacamento luchó haciendo retirar al enemigo y pronto se supo la historia del que les había salvado. Era un soldado de la guardia real irlandesa, prisionero de los alemanes quien conociendo los planes del enemigo esperó el momento oportuno y sacrificó su propia vida para salvar la de muchos compatriotas. Reconocidos y conmovidos los ingleses le dieron una buena sepultura, poniendo sobre ella una cruz con este texto: "A otros salvó, a sí mismo no se pudo salvar".

Estas fueron precisamente las palabras que los judíos lanzaron contra Cristo cuando estaba pendiente de la cruz. No pudo salvar a otros y a sí mismo a la vez, y prefirió sacrificarse él en favor de otros, incluso de aquellos que le crucificaron.