lunes, 30 de junio de 2008

De Etiopía a Canadá con un amigo


Hayat Hassan Ali

Nací en Etiopía y ahora vivo en Quebec desde 1985. Soy la más pequeña de una familia numerosa de 18 niños.

Cuando mis hermanos y yo nos vimos obligados a salir de Etiopía a causa de la guerra, mi abuela cosió una estampa de Mons. Escrivá en el revés de nuestro vestido para protegernos del peligro. Hasta la frontera tuvimos la seguridad de estar bien acompañados por nuestro amigo. Durante la larga caminata que hicimos para escapar, pasamos muchísima sed sin poder beber agua potable. Solamente encontrábamos charcos de agua sucia. La guía de la expedición, que conocía nuestra devoción al «santo», nos animó a rezarle de rodillas. Más adelante, al llegar al cruce de un camino, apareció un hombre vestido de blanco que nos hizo un gesto desde lejos indicándonos: «¡por aquí, ¡por aquí! ». Decidimos seguirle y nos encontramos delante de una fuente de agua clara donde pudimos saciar nuestra sed. No volvimos a ver al «ángel custodio» que nos guió hasta allí.

Mi abuela había conocido a Mons. Escrivá de Balaguer a finales de los años setenta cuando hizo un viaje a Fátima para rezar a la Virgen. Allí se encontró con una pareja española que le hablaron del fundador del Opus Dei. Después visitó España y aprovechó para conocer mejor a san Josemaría y la Obra. Mi abuela regresó feliz a Etiopía. Me enseñó enseguida a rezar la estampa y a besarla cada vez que salía o regresaba del colegio. También recitábamos su oración después del Rosario. Desde entonces he considerado a san Josemaría como mi mejor amigo.

Ahora, trabajo para la Nueva Evangelización de Quebec. Me encargo sobre todo de las actividades con los jóvenes en la diócesis. He participado en las distintas Jornadas mundiales de la Juventud. San Josemaría siempre me acompaña en estas aventuras. Por ejemplo, cuando en 2005 estábamos preparando el viaje para ir a Colonia nos faltaba mucho dinero. Animé al grupo de jóvenes que estaba conmigo a hacer una novena al fundador del Opus Dei. El último día, después de Misa, se acercó a mí una señora de la parroquia con un sobre. Tenía dentro un cheque de $25,000 para nosotros.

Desde que me involucré en los preparativos del Congreso Eucarístico Internacional 2008, le encomiendo todas las gestiones que tengo que hacer y los frutos del Congreso. Cada mañana, antes de empezar a trabajar me encomiendo a él diciendo: "Tú, que has pasado por momentos difíciles, de incomprensiones, etc., ayúdame a ser paciente y a hacer bien lo que tengo que hacer con optimismo." La previsión del número de inscripciones no era muy numerosa desde que supimos que el santo Padre no podría participar físicamente en el evento. Sin embargo, a dos meses de la apertura del Congreso, ya habíamos llegado a las 10,000 inscripciones, que era la cifra que nos habíamos propuesto desde el comienzo.

Allí estabas tú (XIX)


VII. LOS FARISEOS

21. Jesús da la cara

Jesús se ha quedado solo. Todos se han marchado. Se ha demostrado que muchos Le habían seguido por motivos humanos, porque encandilaba con sus palabras, porque solucionaba problemas, porque parecía que les libraría del yugo político.

Otros sí tenían unos motivos sobrenaturales, se fiaban de Él, pero ya se vio que hasta cierto punto.

Pedro, que había prometido dar su vida por la de Jesús, sacó una espada, una pistola, y quería arreglarlo a tiros. Pero Jesús cortó de raíz la violencia. Y mira a Pedro lanzándole la misma pregunta que a Judas: "¿A qué has venido?, ¿por qué me has seguido?; mi Reino no es de este mundo".

Era el colmo, ¡dejarse prender! Y todos huyeron. Hay que estar loco para dejarse pillar.

El Señor quiere que nos planteemos el motivo por el que Le seguimos. ¿Por qué soy cristiano? ¿Porque el ambiente entre los cristianos es bonito, porque somos muchos, porque ser católico está bien visto...?

Cuando todo iba bien, la gente Le seguía, todos se colocaban cerca suyo para salir en la foto, en los cuadros de Caravaggio, de Tiziano, de Rafael... Ahora, en el momento malo, en la hora de la persecución, se demuestra quién ha entendido el cristianismo.

"Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y calumnien por mi nombre..." (Cf. Mt 5,11).

Y San Pedro: "Que ninguno padezca por homicida o por ladrón, o por malhechor o por entrometido; mas si por cristiano padece, no se avergüence, antes glorifique a Dios en este nombre" (1 Pe 4,15-16). ¿Hasta qué punto estás dispuesto tú a dar la cara por Cristo? ¿Hasta el martirio? Porque "la caridad, según las exigencias del radicalismo evangélico, puede llevar al creyente al testimonio supremo del martirio"(Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, n.89).

Y pasan ante nuestra memoria los cientos de cristianos y cristianas crucificados, embadurnados de pegamento y encendidos, alumbrando las calles de Roma por donde paseaba de noche Nerón.

Y pasan por nuestro recuerdo los millares de martirizados en Uganda, en China, en los campos de concentración...

Al estallar la Guerra Civil española en 1936, había en la Diócesis de Barbastro ciento cuarenta sacerdotes. Los comunistas y anarquistas les buscaban, hasta con perros de caza que olfateaban el rastro, para darles muerte, sólo por el hecho de ser sacerdotes.

Consiguieron matar a ciento catorce sacerdotes, así como al Obispo -después de torturarle-, a cinco seminaristas, cincuenta y un misioneros del Corazón de María, nueve padres Escolapios y dieciocho monjes benedictinos.

El capellán de la ermita de Torreciudad era entonces Don José Muzás. Decían de él que era un sacerdote extraordinariamente piadoso y bueno. Desde pequeño tuvo la ilusión humana y la vocación divina de ser sacerdote. Era la alegría de su casa, la ilusión de su madre.

Mosen Muzás se escondió en los montes cercanos a Torreciudad. Pasaron los días y para poder sobrevivir, el día 20 de agosto se acercó al pueblo cercano de Graus. Cuando llegaba por el camino, los milicianos le dieron el alto y le pidieron el salvoconducto.

El sacó un crucifijo que llevaba en el pecho y dijo:

- Este es mi salvoconducto para ir al cielo.

Lo llevaron a la cárcel del pueblo y al día siguiente por la noche lo fusilaron en el cementerio (Santos Lalueza, Martirio de la Iglesia de Barbastro).

A los cristianos se nos llama "los fieles" precisamente por eso, por nuestra fidelidad a Cristo, a su doctrina. Somos fieles a nuestra palabra dada.

"Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios" (Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, n. 93).

Jesús, después de haber invitado a sus discípulos a que Le siguieran, les puso a prueba su fidelidad. Cuando prometió la institución de la Eucaristía muchos Le abandonaron, porque les parecían duras aquellas palabras. "¿También vosotros queréis marcharos?", le dijo. Y no Le dejaron, porque sólo Jesús tiene palabras de vida eterna.

En el Huerto de los Olivos se ha vuelto a poner a prueba su fe y su amor, a ver si son capaces de dar la vida por el amigo. Y Le han dejado.

Los alguaciles llevaron a Jesús delante del Sumo Sacerdote, y éste, a su vez, Le puso entre la espada y la pared: "¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios vivo?"

Hubiera sido muy fácil, muy fácil haberse hecho el loco, decir que había sido una manera de hablar... Jesús hubiera salvado su vida. ¡Pero es que Jesús era –es– el Hijo de Dios!

No tenía miedo a la verdad aunque le acarreara la muerte.

Para que comprobaran que estaba en su sano juicio y que sabía lo que estaba diciendo, añadió: "Veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre las nubes del cielo" (Mt 26,64)

La cara de Caifás, y la de los otros, palideció. Ellos sabían qué les decía, pues eso estaba profetizado por el profeta Daniel. Pero ellos no querían un Mesías así, querían otro, un libertador político.

Fue un momento de tensión. De pronto, la cara de Caifás enrojeció con el reflejo del infierno e hizo un gesto teatral para romper el encanto que habían dejado las palabras de Jesús en el ambiente: se rasgó las vestiduras.

Entonces, uno, un cualquiera, se acercó a Jesús y le dio una bofetada.

Fue el detonante de la Pasión.

Hasta ese momento nadie ha puesto las manos sobre el Señor, nadie se ha atrevido.

Acaban de golpearle y el Sumo Sacerdote no ha dicho nada, ni Jesús le ha lanzado un rayo que le destroce.

A partir de este momento, todo el que lo desee Le puede golpear. ¡Le he pegado y no me ha pasado nada! Lo que siempre dice el pecador...

Golpear, ser cruel, hasta matar, es una manera de acallar la propia conciencia, de demostrarse uno a sí mismo que tiene razón, de que puede a la verdad, porque la verdad no se revuelve contra él...

... de momento.

domingo, 29 de junio de 2008

Allí estabas tú (XVIII)


20. Compromiso cristiano

Era a la caída de la tarde, de una tarde de agosto, junto a un río, cuando un joven leyó por primera vez el primer párrafo de un libro de espiritualidad llamado Camino: "Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso. -Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. -Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón" (San Josemaría Escrivá, Camino, 1). Era todo un programa de vida, y su vida empezó a cambiar.

La juventud es la época de entusiasmarse con ideales altos, con empresas ambiciosas, arriesgadas; tiempo de hacer algo por la Humanidad, por los necesitados. Es el tiempo del amor.

Y uno se apunta, se enrola en la aventura, aunque tenga riesgo -y por eso mismo- para conseguir un trofeo, la cumbre de una montaña o sacar un periódico adelante. Quien no vive la vida así a los veinte años no sabe ser joven, tiene artrosis en el alma y arrugas en el corazón.

Pero en todas esas empresas se sabe, más o menos conscientemente, que una vez logrado el objetivo, o que pasados los años, uno tendrá que dejar ese empeño. Así es la vida.

Cuando Cristo salió al encuentro del mundo y les proponía alistarse en su empresa sobrenatural, la gente entendía que se trataba de algo muy exigente, que cogía todos los afanes y toda la vida. Por eso ser cristiano -cuando a uno se lo explican bien- tiene un atractivo especial para la gente joven.

Jesucristo es quien más ofrece -la felicidad propia y la de los demás- y quien más pide. La aventura de ser cristiano es la más apasionante que pueda haber: conocer a Dios a fondo, conocerse uno a sí mismo sin falseamientos y ayudar a la Humanidad entera a resolver los problemas. Y todo ello basado en la Ley del amor. ¿Qué más quiere uno? ¿Qué más le puede pedir uno a la vida, con lo corta y problemática que es?

Cuando se bautizaban, los primeros cristianos ya sabían a qué venían, y que iban a chocar con los paganos. Posiblemente nosotros hayamos sido bautizados cuando éramos pequeños, pero al llegar a la juventud uno tiene que plantearse porqué está en la Iglesia, porqué quiere vivir todo el compromiso cristiano, la radicalidad del amor a Dios y a los demás.

No te extrañes que un día te preguntes por qué vas a Misa, o por qué el dolor en el mundo, o por qué existen los sacerdotes y la gente entregada a Dios, o por qué la radicalidad en vivir la honradez, o tantas otras cosas.

Dios quiere que nos hagamos preguntas, permite que tengamos dudas, que veamos buenos o malos ejemplos e, incluso, tengamos tentaciones o enfermedades. La solución no consiste en actuar como Judas que, ante la dificultad y las preguntas que se hacía, prefirió seguir su comodidad y acabó criticando la doctrina del Señor.

No, la solución no es ésa. La solución está en consultar a un sacerdote, en intentar resolver las cuestiones en presencia de Dios para acertar sobre la verdad de nuestra vida: saber para qué hemos nacido.

Es natural que, ante las exigencias de Cristo en las bienaventuranzas, uno se plantee seriamente si Le sigue o no. A medias, ya hemos visto, no se puede estar.

Te animo a que conozcas a fondo el mensaje cristiano. Esto es fundamental, porque si uno sólo se queda en aspectos externos, de lo que hace tal o cual persona, o no sabe lo que son los Sacramentos, la Gracia, y todo lo demás, claro está que no atrae mucho, y otras religiones ofrecen más.

Entérate bien, pon de tu parte lo que haga falta para enterarte, y busca conocer a Jesucristo, que es el Modelo y la Vida de cada cristiano. Verás que la tarea de la vida interior y del apostolado es una aventura que colma las más íntimas aspiraciones.

Y te comprometerás.

La vida vivida así no es una vida inútil, sino todo lo contrario: será algo que ha merecido la pena. Basta leer la vida de cualquier santo.

Eres joven, tienes tu vida en tus manos.

En el fondo de tu ser hay un deseo de hacer algo grande, de emplear tu vida en algo que merezca la pena.

Con los años, serás el tipo de mujer, de hombre, que quieras ser.

Depende de lo que decidas y hagas ahora.

Conmovedora historia de un médico abortista


Publicado en la Gaceta de los Negocios

En un testimonio a la emisora de radio 'Rainha da Paz', un médico brasileño que efectuó durante años el aborto relató su dolorosa e intensa experiencia de conversión, iniciada después de la muerte de su hija.

El médico comentó que es el único hijo hombre de una familia humilde del interior de Minas, y que "con sacrificio y unión" fue el único que tuvo la oportunidad de estudiar, "pues mis hermanas no terminaron la enseñanza secundaria".

"Mi madre era una simple costurera que trabajaba hasta las madrugadas para ayudar a mi padre. Mi padre era un guardia nocturno. Por eso se pueden imaginar el sacrificio que hicieron para tener un hijo médico. Luego escogí la ginecología y la obstetricia", afirmó.

"Entre las mayores dificultades enfrentadas como médico recién formado, choqué con la realidad de lo que es mi profesión. En un largo tiempo los médicos se vuelven ricos, y yo quería más, quería enriquecerme y tener más dinero".

"Me enriquecí escondido tras la máscara de la vitalidad"

"Fue así como violé el juramento que hice cuando me formaba para dar la vida, para salvar la vida. Ayudé a muchos niños a venir al mundo, pero también a muchos de ellos no les permití nacer y me enriquecí escondido tras la máscara de la vitalidad", agregó el médico.

Sobre su vida abortista, el experto explicó que "puse un consultorio que en poco tiempo se convirtió en el más visitado de la región. Y saben ¿qué es lo que hacía?: abortos".

"Y como todos los que cometen el crimen, me decía a mi mismo que todas las mujeres tienen el derecho de escoger y que era mejor que sean ayudadas por un médico para no correr los riesgos de ir a una clínica clandestina donde los índices de muertes son alarmantes".

"Un ciego e inhumano oficio de medicina"

"Y fue así, en un ciego e inhumano oficio de medicina, que construí una familia con muchos bienes, muy rica y que nada le faltaba. Mis padres murieron con la ilusión de que su hijo era un doctor bien logrado, exitoso".

"Crié a mis hijas con el dinero manchado con la sangre de inocentes y fui el más despreciable de los humanos. Mis manos, que debieron ser bendecidas para la vida, trabajaron para la muerte", agregó.

Su conversión

Entrando al tema de su conversión, el médico explicó emocionado que "sólo paré cuando Dios en su sabiduría infinita, rasgó mi conciencia e hizo sangrar a mi corazón con la misma sangre de todos los inocentes que no dejé nacer".

"Mi hija menor, Leticia, dejó de respirar por una infección generalizada después de haberse sometido a un aborto. Ella, de 23 años de edad, salió embarazada y buscó el mismo camino de tantas otras que me fueron a buscar: el camino del aborto. Y sólo supe de esto cuando ya nada se podía hacer".

"Al lado del lecho de muerte de mi hija, vi las lágrimas de todos esos angelitos que yo maté. Mientras ella esperaba la muerte, yo agonizaba junto a ella".

"Fueron seis días de sufrimiento para que en el séptimo día ella partiese hacia el encuentro con su hijo, al cual un médico asesino le impidió nacer", comentó.

"Cansado por las noches que pasé al lado de mi hija, yo soñé que andaba por un lugar absolutamente oscuro y muy húmedo, en el que quería respirar pero no podía, yo quería salir desesperadamente pero fui envuelto por un lugar en donde el estruendo me dejaba atónito".

"Eran los llantos dolidos de los niños que en mi pensamiento, como si un rayo me cortase por la mitad, veía en mi entendimiento: los llantos eran de dolor, eran los lamentos de los angelitos que yo no dejé nacer. Era la triste consecuencia de mis actos sin pensar, esos llantos que gritaban ¡asesino!, ¡asesino!", afirmó el médico.

"Asustado para salir de aquel lugar, pasé mi mano por mi rostro para secar mi sudor y mis manos se mancharon de sangre! Aterrorizado grité con toda la fuerza que me quedaba un pedido de perdón: ¡Dios me perdone! Sólo así logré respirar nuevamente y me acordé de que era tiempo de acoger y valorar el último respiro de mi hija, que murió por las consecuencias de la infección que le produzco el aborto. Yo sé eso a través de mi sueño", agregó.

El experto comentó que "Dios me hizo entender que a partir del momento de la fecundación del óvulo existe vida, por lo que entendí que soy un asesino".

"Ahora, practico una medicina de verdad"

"No sé si algún día Dios me va a perdonar, pero para restar mi culpa y mi dolor, vendí mi consultorio y todos los bienes que conseguí con la práctica del aborto y con ese dinero, construí una casa de amparo para madres solteras y me dedico hoy a atender y practicar ¡una medicina de verdad!".

"Hoy soy médico de los pobres, de los desamparados y desvalidos, y los niños que vienen al mundo a través de mis manos son hijos que adopto pues sé que tengo una sola misión: traer la vida al mundo y dar condiciones para que los niños tengan un lugar feliz donde el padre es Jesús".

"Recen por mí, recen para que Dios tenga piedad de mí y me perdone, porque tengo la seguridad de que participaré del juicio final", concluyó.

sábado, 28 de junio de 2008

Allí estabas tú (XVII)


19. Síntomas de la tibieza

- Judas, te has vuelto tibio.

- ¿Tibio yo?

- Sí, te voy a explicar qué es la tibieza y por qué sigues malhumoradamente a Jesús y te fastidia tener que vivir como un Apóstol.

La pereza es un pecado capital; no, no me refiero al mero dejar las cosas para después. La pereza o acedia es una especie de tristeza, precisamente la tristeza sobre el bien divino del hombre. Te da tristeza el hecho de que Dios te haya elevado a algo grande. Es la tristitia saeculi, aquella tristeza del mundo de la cual dice San Pablo que "lleva a la muerte" (2 Co 7,10).

Por eso Le tienes aversión constante y huyes de la luz de Dios, porque te ha elevado a un modo de ser superior, divino, y esto implica vivir de una determinada manera, menos cómoda con tus caprichos. Preferirías que Dios te hubiera dejado en paz, que no te hubiera llamado a ser santo.

Judas, estás renunciando tristemente, egoístamente, a tu vocación cristiana. Prefieres no ser santo, porque "nobleza obliga" a vivir como hijo de Dios (Cfr. J. Pieper, Sobre la esperanza).

Sí, has caído en la tibieza. Porque no haces oración, y cuando la haces no piensas más que en ti y en tus cosas, no en Él y en sus cosas. Y has empezado a frecuentar ambientes que no te favorecen, y lo sabes. ¿Qué hacías de noche en aquel ambiente donde sabías que se ofendía a Jesús? Seguro que te han prometido la felicidad en la tierra si te apartas de El, si cometes un pecado.

- Yo no quiero cometer un pecado mortal. Yo voy a procurar apartarme de El, pero sin llegar a eso.

- No, no; si no quieres ir al infierno. Pero también sabes que para ir al Cielo es preciso vivir como hijo de Dios.

- Mira, lo que voy a hacer es entregarle, porque ya he dicho que lo iba a hacer, y si no quedo mal; pero luego me voy a mi casa como si nada, como si no le hubiera conocido nunca...

- Sí, con un beso, guardando las apariencias, y por la espalda clavando el cuchillo. ¿Pero no te das cuenta a dónde puede llevar la doble vida? Claro, ya lo dijo Jesús, "El que no está conmigo, está contra mí" (Mt 12,30). No se puede estar a dos aguas. O sí o no. O frío o caliente. Pero tibio ¡no!

* * *

"Aún estaba hablando, cuando llegó Judas, uno de los doce, y con él una gran turba, armada de espadas y garrotes, enviada por los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo. El que iba a entregarles les dio una señal (...). Al instante, acercándose a Jesús, dijo: Salve, Rabbí. Y le besó. Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué has venido?" (Mt 26,47-50).

Judas se ha quedado boquiabierto. Esas palabras le han desconcertado. ¡Amigo! ¡Es a uno de los pocos a quien Jesús llama amigo en los Evangelios! Jesús le quería mucho y confiaba en él: era el administrador del grupo, y entre los judíos ese encargo... Para Jesús, Judas era muy importante, le amó y le seguía amando, su llamada seguía en pie.

¿A qué has venido? ¿A qué viniste a la existencia sino para ser San Judas Iscariote y evangelizar el país que se te encargara? ¿A qué viniste a la Iglesia cuando te llamó por primera vez? A darte del todo. Jesús te prometió el Cielo, la felicidad si tú... creías en El como Señor y Dios tuyo y le amabas por encima de todo.

"Efectivamente, ésta es la vocación: una propuesta, una invitación; más aún, un afán de llevar al Salvador al mundo de hoy que tanta necesidad tiene de El. Una negativa significaría no sólo rechazar la palabra del Señor, sino también abandonar a muchos hermanos nuestros en el error, en el sin sentido o en la frustración de sus aspiraciones más secretas y más nobles, a las que no saben y no pueden dar respuesta por sí solos¨ (Juan Pablo II, Audiencia 17-XII-1981).

¿Para qué está el hombre en la tierra sino para amar y servir a Dios y a todos los hombres? ¿No estamos hechos para amar? ¿Qué sentido tiene estar en el mundo amándose a sí mismo sin Dios?

Amigo..., amigo... Nos lo dice Dios. Dios que nos ha creado, que nos ha amado primero y nos llenó de dones. Y algunos no quieren su amistad, la amistad de Dios, por... unas malditas treinta monedas. Por el apego a su propio juicio, a su opinión, a un trozo de tierra, a un amor humano...; por su ansia equivocado de libertad. De pensar que los mandatos de Dios coartan su libertad.

¡Mi libertad!, podría decir Judas. ¿Libertad? ¿Tu? Tú, que te dejas comprar por treinta mil pesetas? No, Judas, la libertad es algo mucho más grande; es un don de Dios, precisamente para amar y ser fieles a Dios.

* * *

Se habían llevado a Jesús atado, los demás habían salido corriendo. Y allí estaba él, Judas, sólo en ese huerto de muerte dándose cuenta de que había traicionado lo más valioso de su vida, su sentido. Había jugado cartas muy fuertes pero no preveía el desenlace. ¡Van a matar a Jesús, y lo había hecho él! Y eso sí que era un pecado mortal. ¿Adónde ha llegado Judas? A lo más bajo.

Judas lo tenía muy difícil porque, precisamente había traicionado a Quien le podía salvar. ¿Cómo ir a Jesús si había sido él el culpable? No sabía, sin embargo, que era muy fácil obtener el perdón. El problema es que se estaba obcecando. Bastaba que hubiera dicho: "Jesús, perdóname" para que hubiera sido perdonado.

Pero eso tiene la falta de humildad, que no se es capaz de pedir perdón. Todo tiene arreglo en esta vida. Pero esto tiene la dinámica del mal: la falta de sinceridad, de humildad, va borrando el propio camino de la humildad, de la salvación.

Judas se encuentra sin Jesús, sin Dios. Por no querer vivir como hijo de Dios, se imagina solo. Es muy peligroso seguirle el juego al diablo...

De Judas nunca más se supo. Su vida fue una vida estéril, sin fruto, que no ha servido para nada, ¡cuando estaba destinado a ser santo!

Lamentable biografía. Al menos que sirva de experiencia ajena para que los tibios espabilen y reaccionen.

Y que te ayude a ti a ser sabio y tu vida no tenga otro recuerdo que la inutilidad.

«EL TIEMPO PASA, PERO LA ETERNIDAD NO»


"Hablando bajito, como en confidencia, Caviezel confiesa que es un católico fervoroso y practicante; y añade que jamás ha ocultado aquello en lo que cree, aunque alguien pueda violentarse".

Por Luis Olivera
Periodista

Tras unos inicios difíciles en el mundo del celuloide, Jim Caviezel está empezando a despuntar. Después de conseguir pequeños papeles en varios filmes, estos días se ha estrenado en España su película «La venganza del Conde de Montecristo», nueva adaptación norteamericana para el cine de la obra inmortal de Alejandro Dumas. Jim Caviezel ("La delgada línea roja", "Frequency") es el actor que da vida al protagonista de la famosa novela (Edmond Dantès). Acaba de visitar Madrid para hablar del filme que, por ahora, está funcionando bastante bien en taquilla. Pero Caviezel no es un actor común y corriente dentro del complejo universo de Hollywood.

Tras su aspecto de galán, hablando bajito, como en confidencia, Caviezel confiesa que es un católico fervoroso y practicante; y añade que jamás ha ocultado aquello en lo que cree, aunque alguien pueda violentarse: «Prefiero eso a que Dios sienta vergüenza de mí». Primera sorpresa, dentro de unas declaraciones que sólo acaban de empezar. Desde luego es poco común en el mundo de las estrellas de la pequeña pantalla, en las que se fijan muchos jóvenes como modelos a imitar. Parece difícil compaginar la vida que llevan las estrellas de Hollywood, lugar de lujo, glamour y materialismo por excelencia, con una vida espiritual seria. Caviezel, sin embargo, tiene una explicación contundente: «Cuando una persona empieza a sentir a Dios, no está dispuesto a tener menos que eso».

El atractivo y enigmático Caviezel afirmaba en Madrid que, «cuando vimos cómo iba a desarrollarse mi personaje, leí el libro. Pero no quería centrarme sólo en el tema de la venganza». Porque el personaje ha sido encarcelado injustamente, tras ser delatado por un amigo suyo (Guy Pearce). Pero consigue evadirse de la prisión y volver con otra identidad y con sed de venganza. El actor matiza que no ha querido apoyarse sólo en esa ansia negativa de revancha: «Porque existe otro (tema) más importante, el de la libertad. No puedes considerarte una persona libre, si espiritualmente no lo eres». Así, Dantès sale de la cárcel de mazmorras lóbregas y húmedas, pero sigue sin ser un hombre libre.

Jim Caviezel siguió hablando de su experiencia vital en la meca del cine, llevándonos de sorpresa en sorpresa: «Perdí la inocencia en Hollywood, porque también yo estuve en el camino equivocado. Porque quería vivir con sus propias reglas y eso no ayuda a tu alma». Pero la fe y el empeño personal de Jim Caviezel le ayudaron a salir de esa jaula dorada, de ese dilema hamletiano del ‘ser o no ser'. Precisamente ahí ve él la cuestión: «Dios te da a elegir entre el bien y el mal. La libertad te la da una creencia, la creencia en Dios. Cuando decidí que las reglas de Hollywood no me valían, retomé mi libertad». Y es que la libertad auténtica estriba en escoger el bien, que es el que te da alas para volar por encima de tus limitaciones, que son siempre tan humanas: el afán de placer, de poder o de dinero, girando siempre alrededor de uno mismo. Es lo que Alejandro Llano ha denominado “generación del yo”.

En este caso concreto, Caviezel considera que «el problema en Hollywood es el dinero». Algo que, sin embargo, también ocurre en la política o en un pueblo pequeño. «Pero un día deberás rendir cuentas». Allí sabremos qué cosas están mal: hay quien se impone una meta y, para conseguirla, justifica cuestiones con las que antes no estaba de acuerdo. «El problema del siglo XX es que no se diferencia entre lo bueno y lo malo». Que la norma es precisamente no tener ninguna regla objetiva de medir los propios actos y los ajenos. Eso también le ocurre al conde de Montecristo, «a quien todos le dicen que no se olvide de Dios». Lo que demuestra que esa preocupación no es algo de una época determinada, más o menos oscurantista y perdida en la noche de los tiempos, sino una constante que se presenta en la vida, a todo hombre o mujer, antes o después. Y que la lucha entre el bien y el mal, con nuestra libertad por en medio, también es otro de los problemas humanos fundamentales.

Pero Caviezel nos sorprendió todavía más: «Dos semanas antes de que Malick me diese el papel de ‘La delgada línea roja', soñé que Dios me mostraba lo que iba a ser mi carrera. También el poder, la tentación; y me llevó a un lugar que debía ser el Edén. «Yo quería una manzana, pero Dios me dijo que no podía tenerlo todo».

«Cuando desperté –añadió el actor, poniendo la guinda a su suculenta confesión en voz alta--, supe que Malick me ofrecería ese trabajo. Dios me mandó a Hollywood. Desde entonces, decidí que hablaría sin pelos en la lengua de mis creencias. Porque el tiempo pasa, pero la eternidad no» .

viernes, 27 de junio de 2008

Allí estabas tú (XVI)


VI. JUDAS

18. Una vida inútil

Ahora es de noche. Ya era de noche cuando Judas salió del cenáculo. Y dentro de él todo era oscuridad. Pero años atrás las cosas no habían sido así.

Hablemos con él.

- Judas, si quisieras, podrías recordar aquel día caluroso, lleno de luz, uno de esos días de verano. Tú estabas sentado sobre una piedra y Jesús se acercó. Tuviste que ponerte la mano como una visera para proteger tus ojos del sol. Y pudiste ver a Jesús, con quien ya habías hablado otras veces. Detrás estaban Pedro y los otros. Y ahora te llamaba a ti. En su boca una sonrisa, en sus ojos un fuego más fuerte todavía que el sol que tenía detrás de sí.

Y tú te llenaste de alegría, de ilusión, porque tú -el único de tu pueblo- eras uno de los afortunados para acompañarle en esa gran aventura de la salvación.

Pero todo fue cambiando. Lentamente.

Había cosas que no entendías y no fuiste a decírselas a Jesús. También Pedro y Juan y los otros no entendían y preguntaban. Pero tú te lo guardabas. No acababas de ser sincero con El, aunque suponías que El acabaría por saberlo. También los otros metían la pata, y Jesús les corregía y enseñaba a ser cristianos, pero tú no has querido aclararte porque no estás dispuesto a cambiar. Prefieres tu amor propio antes que el programa de las bienaventuranzas que Jesús ofrece. No estás dispuesto a ser manso, ni a llorar, ni a ser pobre..., porque cuesta.

Sabías a lo que te comprometías el día que el Señor te llamó. Sabías que dejar todo era la condición para ser alegre y eficaz. Todo era todo el dinero, todas tus ilusiones, todos tus caprichos y toda tu inteligencia. Sí, porque lo que más te cuesta es ceder tu modo de ver las cosas.